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domingo, 11 de enero de 2009

Otra Mirada: La riqueza del cristiano I

Por Ángel Aparicio Rodríguez, cmf
Publicado por Ciudad Redonda

Es fácil identificar tres pasajes en el sermón de la montaña que forman un nuevo tríptico, en este caso del «dinero cristiano». Hay quien acude al altar con un don o tributo, pero, mientras se encamina hacia el altar, cae en cuenta de que su hermano tiene cuentas pendientes con él (Mt 5,23-25). ¿Qué ha de hacer el oferente en este caso? Cuando nos dirigimos al Padre del cielo, somos plenamente conscientes de las deudas contraídas con él; ¡si nos condonara esas deudas…! ¿Cómo hemos de comportarnos con aquellos que nos adeudan algo? (Mt 6,12). «Poderoso caballero es D. Dinero»; tan poderoso que no pocos se postran ante él y le sirven como si de un dios de tratara. ¿Podrá vivir el cristiano sin adorar al dios Dinero? ¿Cuáles serán las consecuencias?

La reconciliación entre los hermanos como dinero de Dios (Mt 5,23-25)

Tiene cierto parecido la primera tabla de este nuevo tríptico con la primera escena del anterior. En aquélla los magos brindan sus dones, tributos u ofrendas (dôron) al niño; en ésta, el creyente (el cristiano) acude al templo para presentar su ofrenda (dôron) a Dios que habita en el santuario [tres veces se repite el sustantivo dôron]. Expresa de este modo la dependencia con relación a Dios, y también el reconocimiento o la acción de gracias. Es algo loable, que, de suyo, comporta una donación de la existencia. Pero cuando el culto no es traducción de la actitud interior, cuando degenera en ritualismo, Dios ya no se complace en ese don, porque prefiere la misericordia a los sacrificios, como ha repetido insistentemente en profetismo (cf. Is 1,10-20; Jr 7,1-15, etc.) y otros libros bíblicos, por ejemplo el Sal 51: «Los sacrificios no te satisfacen, / si te ofreciera un holocausto, tú no lo querrías» (Sal 51,18). El sacrificio y la ofrenda que Dios acepta de buen grado es «un corazón contrito y humillado» (Sal 51,19).

¿Cómo honrar sinceramente a Dios si el hermano tiene «cuentas pendientes» con el que acude el templo llevando dones consigo? No es ésta la pregunta que se formula Pedro: «¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). El oferente no ha ofendido a su hermano ni tiene nada contra él; sucede lo inverso: el hermano tiene algo contra el oferente. En este caso, le exigencia de reconciliación es tan imperativa y universal que incluso puede interrumpir la actividad cultual. Aunque se encuentre ya ante el altar, aunque ya esté ante Dios, ha de dejar allí mismo su ofrenda y ha de ir donde está su hermano para reconciliarse con él. Ya reconciliado, podrá volver al templo y ofrecer sus dones. La ofrenda se convierte, a partir de ese momento, en signo de reconciliación.

Jesús, por tanto, no condena sin paliativos los bienes. Advierte, sin embargo, que no han de ser gastados de modo egoísta, y mucho menos para sobornar a Dios. Los bienes han de ser puestos al servicio de la reconciliación. Lo importante, lo primero, en este caso es la reconciliación con el hermano. ¿Cuándo acabaremos de reconciliarnos con el mundo…? La reconciliación con el hermano, he ahí la gran ofrenda, el sacrificio grato a Dios. Mejor finalidad no se le puede dar a los bienes.

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WebJCP | Abril 2007