
A cualquier vicenciano, por instinto, se le va la mirada hacia cualquier cuadro que represente a la Virgen Milagrosa. La curiosidad suplanta a la devoción, si la imagen contemplada está situada en el retablo mayor de una iglesia de China. Y comienza la imaginación a hacerse preguntas y, con suerte, aparecen respuestas.
Pues sí, el retablo de la Catedral de Beijing (Pekín), está presidido por un cuadro, pintado al óleo, que representa a la Virgen de la Medalla Milagrosa; obra de Inés Teng.
Inés Teng nació el 5 de diciembre de 1908. Ingresó en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 28 de octubre de 1931. Desde entonces, y desde antes, Sor Inés Teng enseñó, durante mucho tiempo, inglés y francés, que dominaba a la perfección, además de Arte, especialidad en la que era una verdadera maestra. Después de su jubilación siguió enseñando en privado.
Falleció el 2 de septiembre de 1998.
Le tocó sufrir, como a tantos otros, durante la Revolución Cultural. Y, cuando se pudieron abrir las iglesias al público, los responsables de la Catedral de Beijing, alrededor del año 1980, la invitaron a pintar un cuadro de la Virgen de la Medalla Milagrosa. El que está colocado en el centro del retablo y ha suscitado este comentario.
Cuentan de Sor Inés Teng que profesó siempre una devoción extraordinaria al Santísimo Sacramento; que tuvo la suerte de poder guardarlo en su casa, y que en su presencia pasaba muchas horas al día.
A esta Hija de la Caridad que, a pesar de tantos sufrimientos, nunca había dejado de serlo, la Providencia, al principio de los años 90, quiso recompensarla en la tierra con la visita del P. Superior General y de la Superiora General de las Hijas de la Caridad, quienes le proporcionaron, no sólo consuelo, sino también, como puede comprobarse en la fotografía con Sor Juana Elizondo, una alegría inmensa.
Estas visitas, hechas cuando se pudieron hacer, quisieron manifestar a las Hermanas chinas que nunca habían sido olvidadas. Y ellas demostraron, a su vez, que nunca habían dejado de ser Hijas de la Caridad.
Sor Inés Teng y su Milagrosa y la presencia de las Hermanas en China, nos invitan a descubrir algunas esperanzas, aunque el camino sea muy largo y muy escabroso, todavía.
Ya se ha escrito, para abrir la puerta a esta esperanza, que “China y la Santa Sede han alzado la bandera blanca de la paz”. Dios lo quiera, y que así se manifiesta en el hecho de la publicación de la carta del Papa Benedicto XVI, el 17 de mayo del año pasado, dirigida a la Iglesia de China, en la que se tiende la mano a la reconciliación. Católicos de todo el mundo, no sólo de China, rezan para que lleguen a ser realidad los deseos del Santo Padre. Propone, Su Santidad, un diálogo respetuoso y abierto; por un lado, entre la Santa Sede y los obispos chinos; y, por otro, con las autoridades gubernativas. Mediante el diálogo se pueden superar las dificultades y se puede llegar a acuerdos provechosos en favor de la comunidad católica y de la convivencia social.
Acontecimientos considerados importantes por ambas partes han sido el concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional China en el Vaticano, y las concesiones del Gobierno Chino para las celebraciones litúrgicas católicas durante los Juegos Olímpicos.
La distensión que ha proporcionado la carta del Papa se ha vista avalada, sobre todo, por la ordenación de dos Obispos, con todas las bendiciones del Vaticano, puesto que están en plena comunión con el Papa, lo mismo que los Obispos consagrantes, todos en comunión con el Papa y reconocidos por el Gobierno.
Cientos de fieles han participado en las dos ordenaciones episcopales. Los dos candidatos habían sido sugeridos como dignos e idóneos por las respectivas comunidades católicas locales; y, al tener noticia de la comunión concedida por el Papa a monseñor Xiao y a monseñor Li, han explotado en fiesta alrededor de los dos pastores. Parece ser que los obispos ordenados sin aprobación del Romano Pontífice no son bien vistos ni por el clero ni por los fieles.
Las relaciones entre la Santa Sede y el Gobierno chino se rompieron en 1951, y uno de los inconvenientes más importantes para restablecerlas son, precisamente, los nombramientos de obispos. La última, el año pasado, cuando se realizaron tres ordenaciones episcopales ilegítimas, puesto que no tenían el consentimiento del Papa.
Otra puerta que se abre a la esperanza es la creación de una comisión permanente de la Iglesia católica para afrontar las cuestiones chinas, que tiene como uno de sus objetivos la posibilidad de crear relaciones entre la Santa Sede y la República Popular China, como garantía de la libertad religiosa en el país, e, incluso, una visita del Papa a China.
El gran signo de esperanza es el que ofrecen tantos obispos, sacerdotes y fieles que, a pesar de los muchos sufrimientos, han permanecido fieles a la Sede de Pedro. Este testimonio luminoso ha hecho que de los 3 millones de católicos de los años 50, se haya pasado a 12 millones en la actualidad.
A pesar de estas esperanzas, aún quedan algunos nubarrones que ensombrecen el panorama: 17 obispos desaparecidos, 20 arrestados, siguen las persecuciones y las marginaciones para todos aquellos que no acaten la autoridad de la Asociación Patriótica...
Estas sombras no pueden hacer que la salida del sol sea luminosa y esperanzadora. En realidad, no se trata de dos Iglesias, pues la inmensa mayoría quieren estar unidos al Papa. Y, después de tantos años de separación forzada, casi todos los obispos de la Iglesia oficial han sido legitimados por el Papa Benedicto XVI.
El Padre Gregorio Gay, Superior General de los Misioneros Paúles, visitó a los Paúles y a las Hijas de la Caridad en China (31 de octubre-15 de noviembre, 2007). La Provincia canónica de los misioneros paúles en China es la más internacional de la Congregación. Entre sus miembros hay taiwaneses y chinos, pero también, coreanos, filipinos, indios, indonesios, norteamericanos, vietnamitas, polacos y alemanes. Nuestra historia en China —confirma el Superior General—ha sido larga, con más de 1.000 misioneros, 400 de ellos, chinos. Y ha habido otras tantas Hijas de la Caridad al servicio de los necesitados, chinas y extranjeras. “Espero y pido que muchos en la Congregación de la Misión y en toda la Familia Vicenciana, crezcan en el deseo de tomar parte en este nuevo y excitante trabajo de evangelización en un modo más pleno, cuando la divina Providencia nos permita hacerlo.”
Que la Santísima Virgen de la Medalla Milagrosa, entronizada en Pekín, apresure el día. Y que los sufrimientos y sangre de tantos cristianos sigan produciendo sus frutos. Otros muros más altos han caído.
Pues sí, el retablo de la Catedral de Beijing (Pekín), está presidido por un cuadro, pintado al óleo, que representa a la Virgen de la Medalla Milagrosa; obra de Inés Teng.
Inés Teng nació el 5 de diciembre de 1908. Ingresó en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 28 de octubre de 1931. Desde entonces, y desde antes, Sor Inés Teng enseñó, durante mucho tiempo, inglés y francés, que dominaba a la perfección, además de Arte, especialidad en la que era una verdadera maestra. Después de su jubilación siguió enseñando en privado.
Falleció el 2 de septiembre de 1998.
Le tocó sufrir, como a tantos otros, durante la Revolución Cultural. Y, cuando se pudieron abrir las iglesias al público, los responsables de la Catedral de Beijing, alrededor del año 1980, la invitaron a pintar un cuadro de la Virgen de la Medalla Milagrosa. El que está colocado en el centro del retablo y ha suscitado este comentario.
Cuentan de Sor Inés Teng que profesó siempre una devoción extraordinaria al Santísimo Sacramento; que tuvo la suerte de poder guardarlo en su casa, y que en su presencia pasaba muchas horas al día.
A esta Hija de la Caridad que, a pesar de tantos sufrimientos, nunca había dejado de serlo, la Providencia, al principio de los años 90, quiso recompensarla en la tierra con la visita del P. Superior General y de la Superiora General de las Hijas de la Caridad, quienes le proporcionaron, no sólo consuelo, sino también, como puede comprobarse en la fotografía con Sor Juana Elizondo, una alegría inmensa.
Estas visitas, hechas cuando se pudieron hacer, quisieron manifestar a las Hermanas chinas que nunca habían sido olvidadas. Y ellas demostraron, a su vez, que nunca habían dejado de ser Hijas de la Caridad.
Sor Inés Teng y su Milagrosa y la presencia de las Hermanas en China, nos invitan a descubrir algunas esperanzas, aunque el camino sea muy largo y muy escabroso, todavía.
Ya se ha escrito, para abrir la puerta a esta esperanza, que “China y la Santa Sede han alzado la bandera blanca de la paz”. Dios lo quiera, y que así se manifiesta en el hecho de la publicación de la carta del Papa Benedicto XVI, el 17 de mayo del año pasado, dirigida a la Iglesia de China, en la que se tiende la mano a la reconciliación. Católicos de todo el mundo, no sólo de China, rezan para que lleguen a ser realidad los deseos del Santo Padre. Propone, Su Santidad, un diálogo respetuoso y abierto; por un lado, entre la Santa Sede y los obispos chinos; y, por otro, con las autoridades gubernativas. Mediante el diálogo se pueden superar las dificultades y se puede llegar a acuerdos provechosos en favor de la comunidad católica y de la convivencia social.
Acontecimientos considerados importantes por ambas partes han sido el concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional China en el Vaticano, y las concesiones del Gobierno Chino para las celebraciones litúrgicas católicas durante los Juegos Olímpicos.
La distensión que ha proporcionado la carta del Papa se ha vista avalada, sobre todo, por la ordenación de dos Obispos, con todas las bendiciones del Vaticano, puesto que están en plena comunión con el Papa, lo mismo que los Obispos consagrantes, todos en comunión con el Papa y reconocidos por el Gobierno.
Cientos de fieles han participado en las dos ordenaciones episcopales. Los dos candidatos habían sido sugeridos como dignos e idóneos por las respectivas comunidades católicas locales; y, al tener noticia de la comunión concedida por el Papa a monseñor Xiao y a monseñor Li, han explotado en fiesta alrededor de los dos pastores. Parece ser que los obispos ordenados sin aprobación del Romano Pontífice no son bien vistos ni por el clero ni por los fieles.
Las relaciones entre la Santa Sede y el Gobierno chino se rompieron en 1951, y uno de los inconvenientes más importantes para restablecerlas son, precisamente, los nombramientos de obispos. La última, el año pasado, cuando se realizaron tres ordenaciones episcopales ilegítimas, puesto que no tenían el consentimiento del Papa.
Otra puerta que se abre a la esperanza es la creación de una comisión permanente de la Iglesia católica para afrontar las cuestiones chinas, que tiene como uno de sus objetivos la posibilidad de crear relaciones entre la Santa Sede y la República Popular China, como garantía de la libertad religiosa en el país, e, incluso, una visita del Papa a China.
El gran signo de esperanza es el que ofrecen tantos obispos, sacerdotes y fieles que, a pesar de los muchos sufrimientos, han permanecido fieles a la Sede de Pedro. Este testimonio luminoso ha hecho que de los 3 millones de católicos de los años 50, se haya pasado a 12 millones en la actualidad.
A pesar de estas esperanzas, aún quedan algunos nubarrones que ensombrecen el panorama: 17 obispos desaparecidos, 20 arrestados, siguen las persecuciones y las marginaciones para todos aquellos que no acaten la autoridad de la Asociación Patriótica...
Estas sombras no pueden hacer que la salida del sol sea luminosa y esperanzadora. En realidad, no se trata de dos Iglesias, pues la inmensa mayoría quieren estar unidos al Papa. Y, después de tantos años de separación forzada, casi todos los obispos de la Iglesia oficial han sido legitimados por el Papa Benedicto XVI.
El Padre Gregorio Gay, Superior General de los Misioneros Paúles, visitó a los Paúles y a las Hijas de la Caridad en China (31 de octubre-15 de noviembre, 2007). La Provincia canónica de los misioneros paúles en China es la más internacional de la Congregación. Entre sus miembros hay taiwaneses y chinos, pero también, coreanos, filipinos, indios, indonesios, norteamericanos, vietnamitas, polacos y alemanes. Nuestra historia en China —confirma el Superior General—ha sido larga, con más de 1.000 misioneros, 400 de ellos, chinos. Y ha habido otras tantas Hijas de la Caridad al servicio de los necesitados, chinas y extranjeras. “Espero y pido que muchos en la Congregación de la Misión y en toda la Familia Vicenciana, crezcan en el deseo de tomar parte en este nuevo y excitante trabajo de evangelización en un modo más pleno, cuando la divina Providencia nos permita hacerlo.”
Que la Santísima Virgen de la Medalla Milagrosa, entronizada en Pekín, apresure el día. Y que los sufrimientos y sangre de tantos cristianos sigan produciendo sus frutos. Otros muros más altos han caído.







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