Este año nos tocará vivir la Navidad, casi con toda seguridad, bajo el signo de la palabra más repetida a lo largo de los últimos meses: la crisis.
Será una Navidad más austera para la mayoría de quienes vivimos en los países de Norte (siempre hay excepciones). Quienes viven en los países pobres también lo notarán. Conseguir un puñado de arroz o de maíz resultará más difícil.
La dichosa “crisis” aparentemente nos acerca un poco más a ricos y pobres. Aunque en realidad la brecha entre unos y otros sigue aumentando. Y si en algo nos acerca es hacia abajo y no hacia arriba.
En nuestros países ricos hemos intentado campear el temporal dedicando muchos cientos de millones de euros para mantener el sistema financiero y nuestro nivel de vida. Buena parte de ese dinero ha salido a base de reducir la ayuda a los países pobres. Las buenas intenciones (como los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas) quedan para momentos “mejores”.
Cuando las patatas queman… buscamos exclusivamente nuestra salvación económica. Poco importa que eso suponga la condena a muerte de millones de personas en otros países.
Entre la felicitaciones de Navidad del año pasado, he encontrado una de Rafael Sandoval, obispo de Tarahumara, en México. Entre otras cosas decía:
“Jesús viene para todos, y su salvación no admite exclusividades. Pero él se acerca con preferencia a los que no tienen esperanza; a los que quedaron fuera: niños, mujeres, enfermos, impuros, refugiados… Su criterio no es la riqueza o pobreza, sino la voluntad de hacer lo que Dios quiere. Si el rico no abre la cartera, ahí no hay nada que hacer. El pobre necesita la voluntad de ser salvado, y esto es más fácil porque nada tiene que perder.
La Iglesia, para ser signo auténtico, necesita tener amor preferencial por los pobres. Esta no es una moda, sino una realidad. Los pobres de hoy son muchos: indígenas, minusválidos, excluidos, marginados, inmigrantes… Si alguien no tiene ese amor, no tiene a Jesús, aunque en su casa ponga arbolitos de navidad y nacimientos, aunque rece mucho y aunque vaya a Misa.
La celebración de la Navidad verdadera tiene un signo: el amor a los más necesitados. Sin eso no hay salvación. Pero hay que hacerlo sin actitud de paternalismos y sin odio a los opresores. Pero sí con la actitud de sentar bases para construir una sociedad nueva, de justicia y fraternidad.
Desde la Sierra Tarahumara, en nombre propio y de esta diócesis, deseamos que esta Navidad traiga paz a todos los hombres de buena voluntad.”
Resulta fuerte afirmar que sin amor preferencial a los pobres, a los más necesitados, no hay salvación.
Nos guste o no, ese es el mensaje del Evangelio. Ese es el mensaje del pesebre que va desapareciendo de nuestros hogares, en parte porque lo convertimos en una simple figura decorativa, en parte por la pérdida de fe. Quizás no hayamos perdido tanto la fe en Dios, como la fe la solidaridad con los más necesitados capaz de transformar nuestro mundo.
Si perdemos la fe en la solidaridad será difícil que tengamos salvación. No ya en la “otra vida”, sino en ésta.
A todos os deseamos una Feliz Navidad abierta a la esperanza
Será una Navidad más austera para la mayoría de quienes vivimos en los países de Norte (siempre hay excepciones). Quienes viven en los países pobres también lo notarán. Conseguir un puñado de arroz o de maíz resultará más difícil.
La dichosa “crisis” aparentemente nos acerca un poco más a ricos y pobres. Aunque en realidad la brecha entre unos y otros sigue aumentando. Y si en algo nos acerca es hacia abajo y no hacia arriba.
En nuestros países ricos hemos intentado campear el temporal dedicando muchos cientos de millones de euros para mantener el sistema financiero y nuestro nivel de vida. Buena parte de ese dinero ha salido a base de reducir la ayuda a los países pobres. Las buenas intenciones (como los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas) quedan para momentos “mejores”.
Cuando las patatas queman… buscamos exclusivamente nuestra salvación económica. Poco importa que eso suponga la condena a muerte de millones de personas en otros países.
Entre la felicitaciones de Navidad del año pasado, he encontrado una de Rafael Sandoval, obispo de Tarahumara, en México. Entre otras cosas decía:
“Jesús viene para todos, y su salvación no admite exclusividades. Pero él se acerca con preferencia a los que no tienen esperanza; a los que quedaron fuera: niños, mujeres, enfermos, impuros, refugiados… Su criterio no es la riqueza o pobreza, sino la voluntad de hacer lo que Dios quiere. Si el rico no abre la cartera, ahí no hay nada que hacer. El pobre necesita la voluntad de ser salvado, y esto es más fácil porque nada tiene que perder.
La Iglesia, para ser signo auténtico, necesita tener amor preferencial por los pobres. Esta no es una moda, sino una realidad. Los pobres de hoy son muchos: indígenas, minusválidos, excluidos, marginados, inmigrantes… Si alguien no tiene ese amor, no tiene a Jesús, aunque en su casa ponga arbolitos de navidad y nacimientos, aunque rece mucho y aunque vaya a Misa.
La celebración de la Navidad verdadera tiene un signo: el amor a los más necesitados. Sin eso no hay salvación. Pero hay que hacerlo sin actitud de paternalismos y sin odio a los opresores. Pero sí con la actitud de sentar bases para construir una sociedad nueva, de justicia y fraternidad.
Desde la Sierra Tarahumara, en nombre propio y de esta diócesis, deseamos que esta Navidad traiga paz a todos los hombres de buena voluntad.”
Resulta fuerte afirmar que sin amor preferencial a los pobres, a los más necesitados, no hay salvación.
Nos guste o no, ese es el mensaje del Evangelio. Ese es el mensaje del pesebre que va desapareciendo de nuestros hogares, en parte porque lo convertimos en una simple figura decorativa, en parte por la pérdida de fe. Quizás no hayamos perdido tanto la fe en Dios, como la fe la solidaridad con los más necesitados capaz de transformar nuestro mundo.
Si perdemos la fe en la solidaridad será difícil que tengamos salvación. No ya en la “otra vida”, sino en ésta.
A todos os deseamos una Feliz Navidad abierta a la esperanza








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