El enojo forma parte de la personalidad del ser humano; la manera de cómo lo externemos hace la diferencia: si es violentamente, será un sentimiento negativo, pero si lo utilizamos para organizarnos y ayudar a los demás, se vuelve un sentimiento positivo.
La guerra en Uganda avanzaba del sur hacia el norte en 1986. Yo me encontraba en Angal, al noroeste del país. En los corazones de las personas había mucho sufrimiento, miedo y desesperanza; y no era para menos, pues veían cómo eran destruidas sus casas, saqueadas sus pocas propiedades y asesinados sus familiares.
Recuerdo que me encontraba en el hospital trabajando cuando de repente, se oyeron disparos ensordecedores; en un instante los enfermos se levantaron con desesperación, otros se arrancaron de sus brazos la conexión del suero; las enfermeras se tiraron al suelo llenas de pavor. Creíamos que la guerra había llegado a esa zona, pero era sólo un pequeño grupo armado que estaba causando pánico en la población. Cuando todo se calmó, me acerqué a un hombre que tenía su mirada perdida en el horizonte; al oír mi voz se puso a llorar diciendo «ya no hay esperanza para nosotros…».
La violencia en la vida humana
Es verdad, la guerra o cualquier tipo de violencia prolongada mina la esperanza de las personas hasta el punto de llevarlas a la desesperación y angustia. He sido testiga del desgaste psicológico en la gente que ha sufrido tanta violencia y crueldad: el pánico se apodera de ella hasta el punto de no poder razonar más, se hace susceptible y vulnerable, otra se vuelve irritable y defensiva, y otra más responde a la violencia con violencia convirtiéndose en delincuente y asesina.
Pero la violencia no se experimenta sólo en tiempo de guerra, se hace presente en cualquier ámbito de la sociedad humana: en las familias, las calles, el trabajo, la política y la religión. El coraje que se lleva dentro es externado de manera negativa hacia los demás. Cuando platicamos con personas que han sido agredidas verbal o físicamente, vemos el daño psicológico y moral que cargan.
¿Por qué somos violentos los seres humanos? Cada vez que me topo con la violencia me hago esta pregunta. Mucha gente dice: «así nos creó Dios». No es verdad, Dios no nos ha creado violentos, al contrario, nos ha compartido su bondad; es la cultura y la sociedad las que nos hacen violentos.
El enojo
El enojo es un sentimiento que forma parte de nuestra naturaleza humana, al igual que otras emociones, éste lo tenemos para detectar nuestras necesidades humanas. Nos dicen los psicólogos que las emociones no son en sí ni buenas ni malas; es la acción llevada adelante por la emoción la que hace que el sentimiento sea positivo o negativo. Una cosa es sentir y otra es actuar. Para actuar no somos regidos sólo por las emociones, sino también por la razón, la voluntad y la libertad.
El problema se presenta cuando no sabemos cómo encauzar nuestro enojo y nos dejamos llevar por éste hasta que se torna violencia dañina y destructora. Es este enojo no controlado el que nos hace insultarnos, herirnos e inclusive matarnos unos a otros. Los medios de comunicación nos señalan diariamente esta realidad presente en nuestros hogares, en la sociedad y en el mundo.
Llamados a la paz
Uno de los retos más importantes de los seguidores de Jesús es el trabajo por la paz, es decir, a ser personas no violentas en medio de situaciones agresivas. Ser seguidores de Jesucristo no significa que no sintamos enojo, ¡claro que lo sentimos! –y tal vez no sepamos manejarlo–. Algunos lo reprimimos porque «no nos queda» estar enojados; otros explotamos verbalmente hiriendo a quienes están cerca. En fin, no estamos exentos de equivocarnos en el manejo del enojo.
Como discípulos de Jesús, sentimos enojo cuando vemos injusticias sociales; cuando los derechos humanos no son respetados; cuando se da más importancia a la economía que al ser humano; cuando las mujeres y niños son violados en sus derechos fundamentales; cuando el hombre es para la ley y no la ley para el hombre, etcétera. En estos casos, el enojo ayuda a organizar proyectos a favor de las personas para su crecimiento humano, espiritual y psicológico; también a denunciar aquello que atenta contra la integridad de la gente. Trabajar por la paz no significa cubrir o negar los males en nuestras sociedades; callarlos y cubrirlos es contribuir al pecado social de la violencia.
Jesús se enojó cuando vio que los derechos de los pobres, enfermos, niños, pecadores y mujeres no eran respetados. Se enojó también cuando vio que el Templo servía más para negocio que para el culto a Dios. Sin embargo, cuando su persona fue atacada verbal y físicamente, Jesús no respondió con violencia; prefirió ser víctima de la violencia humana, a ser un victimario de los demás. Ese es el paradigma que los seguidores del Señor estamos llamados a hacer nuestro.
La enseñanza máxima de la no violencia que Jesucristo nos da es cuando se aparece resucitado, y en vez de organizar a sus amigos en contra de aquellos que lo habían crucificado, los instituye para que fueran testigos de su amor, de su perdón y de su paz, les da al Espíritu Santo para construir y no destruir, para sanar y no herir, para amar y no odiar, para perdonar y no vengarse, para vivir en la unidad y no en la división, para ser mensajeros de paz y no de violencia.
Si tú, joven, sientes el llamado de seguir a Jesús para ser mensajero de paz, ¡anímate! Antes de ti han habido muchos que lo han dejado todo porque han creído en la paz. Los seguidores de Cristo hemos vencido nuestros temores y nos estamos lanzando a la aventura de la paz. Únete a «nuestras filas» para hacer de nuestro mundo un lugar con menos violencia, guerras, divisiones y odios.
«Oh Dios, creador del universo, envía tu Espíritu sobre nosotros para que él pueda obrar en la intimidad de nuestros corazones; para que los enemigos puedan empezar a dialogar; para que los adversarios puedan estrecharse las manos; y para que las personas puedan encontrar entre sí la armonía. Para que todos puedan comprometerse en la búsqueda sincera por la verdadera paz; para que se eliminen todas las disputas, para que la caridad supere el odio, para que el perdón venza el deseo de venganza» (Juan Pablo II).
La guerra en Uganda avanzaba del sur hacia el norte en 1986. Yo me encontraba en Angal, al noroeste del país. En los corazones de las personas había mucho sufrimiento, miedo y desesperanza; y no era para menos, pues veían cómo eran destruidas sus casas, saqueadas sus pocas propiedades y asesinados sus familiares.
Recuerdo que me encontraba en el hospital trabajando cuando de repente, se oyeron disparos ensordecedores; en un instante los enfermos se levantaron con desesperación, otros se arrancaron de sus brazos la conexión del suero; las enfermeras se tiraron al suelo llenas de pavor. Creíamos que la guerra había llegado a esa zona, pero era sólo un pequeño grupo armado que estaba causando pánico en la población. Cuando todo se calmó, me acerqué a un hombre que tenía su mirada perdida en el horizonte; al oír mi voz se puso a llorar diciendo «ya no hay esperanza para nosotros…».
La violencia en la vida humana
Es verdad, la guerra o cualquier tipo de violencia prolongada mina la esperanza de las personas hasta el punto de llevarlas a la desesperación y angustia. He sido testiga del desgaste psicológico en la gente que ha sufrido tanta violencia y crueldad: el pánico se apodera de ella hasta el punto de no poder razonar más, se hace susceptible y vulnerable, otra se vuelve irritable y defensiva, y otra más responde a la violencia con violencia convirtiéndose en delincuente y asesina.
Pero la violencia no se experimenta sólo en tiempo de guerra, se hace presente en cualquier ámbito de la sociedad humana: en las familias, las calles, el trabajo, la política y la religión. El coraje que se lleva dentro es externado de manera negativa hacia los demás. Cuando platicamos con personas que han sido agredidas verbal o físicamente, vemos el daño psicológico y moral que cargan.
¿Por qué somos violentos los seres humanos? Cada vez que me topo con la violencia me hago esta pregunta. Mucha gente dice: «así nos creó Dios». No es verdad, Dios no nos ha creado violentos, al contrario, nos ha compartido su bondad; es la cultura y la sociedad las que nos hacen violentos.
El enojo
El enojo es un sentimiento que forma parte de nuestra naturaleza humana, al igual que otras emociones, éste lo tenemos para detectar nuestras necesidades humanas. Nos dicen los psicólogos que las emociones no son en sí ni buenas ni malas; es la acción llevada adelante por la emoción la que hace que el sentimiento sea positivo o negativo. Una cosa es sentir y otra es actuar. Para actuar no somos regidos sólo por las emociones, sino también por la razón, la voluntad y la libertad.
El problema se presenta cuando no sabemos cómo encauzar nuestro enojo y nos dejamos llevar por éste hasta que se torna violencia dañina y destructora. Es este enojo no controlado el que nos hace insultarnos, herirnos e inclusive matarnos unos a otros. Los medios de comunicación nos señalan diariamente esta realidad presente en nuestros hogares, en la sociedad y en el mundo.
Llamados a la paz
Uno de los retos más importantes de los seguidores de Jesús es el trabajo por la paz, es decir, a ser personas no violentas en medio de situaciones agresivas. Ser seguidores de Jesucristo no significa que no sintamos enojo, ¡claro que lo sentimos! –y tal vez no sepamos manejarlo–. Algunos lo reprimimos porque «no nos queda» estar enojados; otros explotamos verbalmente hiriendo a quienes están cerca. En fin, no estamos exentos de equivocarnos en el manejo del enojo.
Como discípulos de Jesús, sentimos enojo cuando vemos injusticias sociales; cuando los derechos humanos no son respetados; cuando se da más importancia a la economía que al ser humano; cuando las mujeres y niños son violados en sus derechos fundamentales; cuando el hombre es para la ley y no la ley para el hombre, etcétera. En estos casos, el enojo ayuda a organizar proyectos a favor de las personas para su crecimiento humano, espiritual y psicológico; también a denunciar aquello que atenta contra la integridad de la gente. Trabajar por la paz no significa cubrir o negar los males en nuestras sociedades; callarlos y cubrirlos es contribuir al pecado social de la violencia.
Jesús se enojó cuando vio que los derechos de los pobres, enfermos, niños, pecadores y mujeres no eran respetados. Se enojó también cuando vio que el Templo servía más para negocio que para el culto a Dios. Sin embargo, cuando su persona fue atacada verbal y físicamente, Jesús no respondió con violencia; prefirió ser víctima de la violencia humana, a ser un victimario de los demás. Ese es el paradigma que los seguidores del Señor estamos llamados a hacer nuestro.
La enseñanza máxima de la no violencia que Jesucristo nos da es cuando se aparece resucitado, y en vez de organizar a sus amigos en contra de aquellos que lo habían crucificado, los instituye para que fueran testigos de su amor, de su perdón y de su paz, les da al Espíritu Santo para construir y no destruir, para sanar y no herir, para amar y no odiar, para perdonar y no vengarse, para vivir en la unidad y no en la división, para ser mensajeros de paz y no de violencia.
Si tú, joven, sientes el llamado de seguir a Jesús para ser mensajero de paz, ¡anímate! Antes de ti han habido muchos que lo han dejado todo porque han creído en la paz. Los seguidores de Cristo hemos vencido nuestros temores y nos estamos lanzando a la aventura de la paz. Únete a «nuestras filas» para hacer de nuestro mundo un lugar con menos violencia, guerras, divisiones y odios.
«Oh Dios, creador del universo, envía tu Espíritu sobre nosotros para que él pueda obrar en la intimidad de nuestros corazones; para que los enemigos puedan empezar a dialogar; para que los adversarios puedan estrecharse las manos; y para que las personas puedan encontrar entre sí la armonía. Para que todos puedan comprometerse en la búsqueda sincera por la verdadera paz; para que se eliminen todas las disputas, para que la caridad supere el odio, para que el perdón venza el deseo de venganza» (Juan Pablo II).








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