(Comentario Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Universal de Misiones 2008)
Publicado por OMP Chile
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El Papa Benedicto XVI en su Mensaje al III Congreso Misionero Americano (Cam 3- Comla 8 ) nos hablaba de la hora presente de la Iglesia en América como “una ocasión providencial” para que con “sencillez, limpieza de corazón y fidelidad” volvamos a escuchar al Maestro, ser sus siervos y amigos, imitar su vida apasionada por el Reino y sobre todo a ser sembradores de su Palabra.
Con esta misma insistencia el Papa, como lo hicieran sus predecesores, especialmente los Papas Paulo VI y Juan Pablo II en sus diversas exhortaciones magisteriales, vuelve a estremecer las conciencias de los bautizados, con ocasión del DUM 2008, “sobre la urgencia persistente del anuncio del Evangelio”. Dice claramente: “El mandato misionero continúa siendo prioridad absoluta para todos los bautizados, llamados a ser ‘siervos y apóstoles de Cristo Jesús’, en este inicio de milenio” (Mensaje DUM 2008).
El Mensaje DUM 2008 está situado en el horizonte celebrativo del Año Paulino. Ocasión propicia para volver la mirada a la ejemplar vida de San Pablo y su apasionada carrera por anunciar a Cristo, con la parresía apostólica de un enamorado del Señor, capaz de atravesar todas las fronteras geográficas y culturales con tal de ganar a todos para el Reino. El Papa lo presenta como “un modelo de empeño apostólico” y nos invita a no desaprovechar este tiempo jubilar: “¿Cómo no aprovechar la oportunidad que este especial jubileo ofrece a las iglesias locales, a las comunidades cristianas y a cada fiel, para propagar hasta los extremos confines del mundo el anuncio del Evangelio, fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree?” (Mensaje DUM 2008).
El grito de San Pablo “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1Cor 9,16), es también el apremiante grito de todo cristiano, de toda comunidad, de toda Iglesia local, de todo pastor, que sabe y siente que “la humanidad tiene necesidad de ser liberada y redimida” (Mensaje DUM 2008 – nº 1). Los gritos de la historia, los rostros sufrientes de una humanidad lacerada por la violencia, por la pobreza opresora, por las discriminaciones raciales, culturales y religiosas, los agudos desequilibrios e injusticias y las amenazas a la armonía y al equilibrio de nuestra Madre Tierra, son retos para una misión contextualizada, encarnada, comprometida y solidaria con la vida humana, de una Iglesia que se siente débil con los débiles, pobre con los pobres, peregrina con los peregrinos y desamparados de la historia, hambrienta con los hambrientos de pan y de esperanza en los caminos y plazas de cada día. La misión de la Iglesia “no puede ser ajena a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que, con mucha frecuencia, son pobrezas escondidas. Toda auténtica misión unifica la preocupación por la dimensión trascendente del ser humano y por todas sus necesidades concretas, para que todos alcancen la plenitud que Jesucristo ofrece” (Documento de Aparecida 176).
Lo que nos mueve no es una simple filantropía, por más generosa que esta sea; lo que mueve a un misionero de Cristo es el desbordante amor de un apasionado de Dios que sabe y siente que sólo este Amor, es la fuente originaria y primordial de donde brota toda la fecunda energía apostólica y misionera; “solamente de esta fuente se pueden conseguir la atención, la ternura, la compasión, la acogida, la disponibilidad, el interés por los problemas de la gente, y aquellas otras virtudes necesarias a los mensajeros del Evangelio para dejarlo todo y dedicarse completa e incondicionalmente a esparcir por el mundo el perfume de la caridad de Cristo” (Mensaje DUM 2008).
Nuestra Iglesia en América sabe que vive una hora de gracia, un tiempo providencial, en su permanente tarea evangelizadora. En Quito- Ecuador, en la culminación del III Congreso Americano Misionero se ha lanzado la Misión Continental; un acontecimiento que involucra a todas las fuerzas vivas y creativas de la Iglesia; un gran “empujón” del Espíritu para todas aquellas comunidades vencidas por el miedo, abatidas por el desánimo y arrastradas por la inercia y que necesitan “superar el individualismo y el aislamiento y reclaman robustecer el sentido de pertenencia eclesial y la colaboración leal con sus pastores con el fin de formar comunidades cristianas orantes, concordes, fraternas y misioneras” (Benedicto XVI. Mensaje al CAM 3, Quito-Ecuador).
Nuestros pastores, reunidos en Aparecida- Brasil, asumieron valientemente el compromiso de devolverle a la Iglesia en América el fervor y la audacia misionera de la hora primera de la evangelización. Hemos recibido tanto, pero aún nos resistimos a dar. “La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza…Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo” (Documento de Aparecida 362).
No existe ninguna justificación para que un cristiano, una comunidad, un movimiento, no sea evangelizador. En el Mensaje DUM 2008 el Papa insiste: “aún en medio de las dificultades crecientes, el mandato de Cristo de evangelizar a todas las gentes continúa siendo una prioridad. Ninguna razón justifica un estancamiento, porque ‘la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia” (Mensaje DUM 2008 – nº 3). Por tanto, para una Iglesia que se ha colocado en “estado de misión” urge “que se despierte en cada bautizado el misionero que lleva dentro de sí y se venza la vacilación o la mediocridad que a menudo nos asalta” (Benedicto XVI. Mensaje al CAM 3).
Las Iglesias locales de América, por donde pasa toda la universalidad de la Iglesia de Cristo, están invitadas a vivir, con imaginación y creatividad un desafiante proceso de renovación misionera, especialmente de todas aquellas estructuras caducas que imposibilitan transitar por nuevos caminos, hacia nuevos horizontes por donde el Espíritu los va empujando, “para llegar a las multitudes que anhelan el Evangelio de Jesucristo” (Documento de Aparecida 173).
Esta renovación reclama en nuestras comunidades eclesiales “un testimonio de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir, como Jesús lo hizo” (Documento de Aparecida 363). Se trata de renovarnos no para un “seguro intimismo religioso” sino de liberarnos para “la salida”; deshacernos de los “ropajes” que nos hacen lentos y tardíos y así, “ligeros de equipo”, “cruzar a la otra orilla” del espacioso mundo que nos espera.
No hay tiempo que esperar. El Mensaje del DUM 2008 nos invita a entrar mar adentro “en el vasto mar del mundo y, siguiendo la invitación de Jesús, echemos sin miedo las redes, confiando en su constante ayuda. Exhorta a los obispos a que sean, como San Pablo, “prisioneros de Cristo para los gentiles”, no sólo han sido consagrados para sus diócesis sino para la salvación de todo el mundo; a los sacerdotes se les pide que “sean pastores generosos y evangelizadores entusiastas”; a los religiosos y religiosas, por su testimonio coherente, llevar el Evangelio a los más lejanos; a todos los fieles laicos, tomar parte más relevante en la difusión del Evangelio, especialmente en los nuevos areópagos del mundo.
El tiempo providencial al que estamos llamados a vivir con generosa disponibilidad y obediencia a “los empujones” del Espíritu, nos debe llevar a crecer en la colaboración solidaria y ayuda comprometida hacia las necesidades de nuestras comunidades misioneras, especialmente en aquellos lugares del mundo donde se hace difícil el camino evangelizador, donde los misioneros y misioneras carecen de medios para su efectivo trabajo (Colecta DUM); a una profunda vinculación espiritual, donde la fuerza de la oración, el fervor de la eucaristía, la escucha de la Palabra y el sacrificio amoroso nos vuelvan compañeros de camino con todas y todos los bautizados que en las diversas latitudes van abriendo surcos para que la semilla del Evangelio muera en las profundidades de la tierra fecunda de nuestros pueblos y culturas y dé frutos abundantes y así la vida de Cristo llegue a todos, allí donde aún “no es reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente” (Documento de Aparecida 376).
Que los discípulos enamorados de Cristo, no dejemos de anunciar al mundo que sólo El salva; que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro y a Quien testimoniamos de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo (Cf. Documento de Aparecida 145 –146).
Con esta misma insistencia el Papa, como lo hicieran sus predecesores, especialmente los Papas Paulo VI y Juan Pablo II en sus diversas exhortaciones magisteriales, vuelve a estremecer las conciencias de los bautizados, con ocasión del DUM 2008, “sobre la urgencia persistente del anuncio del Evangelio”. Dice claramente: “El mandato misionero continúa siendo prioridad absoluta para todos los bautizados, llamados a ser ‘siervos y apóstoles de Cristo Jesús’, en este inicio de milenio” (Mensaje DUM 2008).
El Mensaje DUM 2008 está situado en el horizonte celebrativo del Año Paulino. Ocasión propicia para volver la mirada a la ejemplar vida de San Pablo y su apasionada carrera por anunciar a Cristo, con la parresía apostólica de un enamorado del Señor, capaz de atravesar todas las fronteras geográficas y culturales con tal de ganar a todos para el Reino. El Papa lo presenta como “un modelo de empeño apostólico” y nos invita a no desaprovechar este tiempo jubilar: “¿Cómo no aprovechar la oportunidad que este especial jubileo ofrece a las iglesias locales, a las comunidades cristianas y a cada fiel, para propagar hasta los extremos confines del mundo el anuncio del Evangelio, fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree?” (Mensaje DUM 2008).
El grito paulino
El grito de San Pablo “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1Cor 9,16), es también el apremiante grito de todo cristiano, de toda comunidad, de toda Iglesia local, de todo pastor, que sabe y siente que “la humanidad tiene necesidad de ser liberada y redimida” (Mensaje DUM 2008 – nº 1). Los gritos de la historia, los rostros sufrientes de una humanidad lacerada por la violencia, por la pobreza opresora, por las discriminaciones raciales, culturales y religiosas, los agudos desequilibrios e injusticias y las amenazas a la armonía y al equilibrio de nuestra Madre Tierra, son retos para una misión contextualizada, encarnada, comprometida y solidaria con la vida humana, de una Iglesia que se siente débil con los débiles, pobre con los pobres, peregrina con los peregrinos y desamparados de la historia, hambrienta con los hambrientos de pan y de esperanza en los caminos y plazas de cada día. La misión de la Iglesia “no puede ser ajena a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que, con mucha frecuencia, son pobrezas escondidas. Toda auténtica misión unifica la preocupación por la dimensión trascendente del ser humano y por todas sus necesidades concretas, para que todos alcancen la plenitud que Jesucristo ofrece” (Documento de Aparecida 176).
Lo que nos mueve no es una simple filantropía, por más generosa que esta sea; lo que mueve a un misionero de Cristo es el desbordante amor de un apasionado de Dios que sabe y siente que sólo este Amor, es la fuente originaria y primordial de donde brota toda la fecunda energía apostólica y misionera; “solamente de esta fuente se pueden conseguir la atención, la ternura, la compasión, la acogida, la disponibilidad, el interés por los problemas de la gente, y aquellas otras virtudes necesarias a los mensajeros del Evangelio para dejarlo todo y dedicarse completa e incondicionalmente a esparcir por el mundo el perfume de la caridad de Cristo” (Mensaje DUM 2008).
Evangelizar siempre: una prioridad
Nuestra Iglesia en América sabe que vive una hora de gracia, un tiempo providencial, en su permanente tarea evangelizadora. En Quito- Ecuador, en la culminación del III Congreso Americano Misionero se ha lanzado la Misión Continental; un acontecimiento que involucra a todas las fuerzas vivas y creativas de la Iglesia; un gran “empujón” del Espíritu para todas aquellas comunidades vencidas por el miedo, abatidas por el desánimo y arrastradas por la inercia y que necesitan “superar el individualismo y el aislamiento y reclaman robustecer el sentido de pertenencia eclesial y la colaboración leal con sus pastores con el fin de formar comunidades cristianas orantes, concordes, fraternas y misioneras” (Benedicto XVI. Mensaje al CAM 3, Quito-Ecuador).
Nuestros pastores, reunidos en Aparecida- Brasil, asumieron valientemente el compromiso de devolverle a la Iglesia en América el fervor y la audacia misionera de la hora primera de la evangelización. Hemos recibido tanto, pero aún nos resistimos a dar. “La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza…Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo” (Documento de Aparecida 362).
No existe ninguna justificación para que un cristiano, una comunidad, un movimiento, no sea evangelizador. En el Mensaje DUM 2008 el Papa insiste: “aún en medio de las dificultades crecientes, el mandato de Cristo de evangelizar a todas las gentes continúa siendo una prioridad. Ninguna razón justifica un estancamiento, porque ‘la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia” (Mensaje DUM 2008 – nº 3). Por tanto, para una Iglesia que se ha colocado en “estado de misión” urge “que se despierte en cada bautizado el misionero que lleva dentro de sí y se venza la vacilación o la mediocridad que a menudo nos asalta” (Benedicto XVI. Mensaje al CAM 3).
Renovación Misionera
Las Iglesias locales de América, por donde pasa toda la universalidad de la Iglesia de Cristo, están invitadas a vivir, con imaginación y creatividad un desafiante proceso de renovación misionera, especialmente de todas aquellas estructuras caducas que imposibilitan transitar por nuevos caminos, hacia nuevos horizontes por donde el Espíritu los va empujando, “para llegar a las multitudes que anhelan el Evangelio de Jesucristo” (Documento de Aparecida 173).
Esta renovación reclama en nuestras comunidades eclesiales “un testimonio de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir, como Jesús lo hizo” (Documento de Aparecida 363). Se trata de renovarnos no para un “seguro intimismo religioso” sino de liberarnos para “la salida”; deshacernos de los “ropajes” que nos hacen lentos y tardíos y así, “ligeros de equipo”, “cruzar a la otra orilla” del espacioso mundo que nos espera.
“Duc in altum”
No hay tiempo que esperar. El Mensaje del DUM 2008 nos invita a entrar mar adentro “en el vasto mar del mundo y, siguiendo la invitación de Jesús, echemos sin miedo las redes, confiando en su constante ayuda. Exhorta a los obispos a que sean, como San Pablo, “prisioneros de Cristo para los gentiles”, no sólo han sido consagrados para sus diócesis sino para la salvación de todo el mundo; a los sacerdotes se les pide que “sean pastores generosos y evangelizadores entusiastas”; a los religiosos y religiosas, por su testimonio coherente, llevar el Evangelio a los más lejanos; a todos los fieles laicos, tomar parte más relevante en la difusión del Evangelio, especialmente en los nuevos areópagos del mundo.
El tiempo providencial al que estamos llamados a vivir con generosa disponibilidad y obediencia a “los empujones” del Espíritu, nos debe llevar a crecer en la colaboración solidaria y ayuda comprometida hacia las necesidades de nuestras comunidades misioneras, especialmente en aquellos lugares del mundo donde se hace difícil el camino evangelizador, donde los misioneros y misioneras carecen de medios para su efectivo trabajo (Colecta DUM); a una profunda vinculación espiritual, donde la fuerza de la oración, el fervor de la eucaristía, la escucha de la Palabra y el sacrificio amoroso nos vuelvan compañeros de camino con todas y todos los bautizados que en las diversas latitudes van abriendo surcos para que la semilla del Evangelio muera en las profundidades de la tierra fecunda de nuestros pueblos y culturas y dé frutos abundantes y así la vida de Cristo llegue a todos, allí donde aún “no es reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente” (Documento de Aparecida 376).
Que los discípulos enamorados de Cristo, no dejemos de anunciar al mundo que sólo El salva; que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro y a Quien testimoniamos de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo (Cf. Documento de Aparecida 145 –146).
Fr. Luis Alberto Nahuelanca Muñoz, OFM
Misionólogo Franciscano- Secretario Nacional PUM- OMP
Chile
Misionólogo Franciscano- Secretario Nacional PUM- OMP
Chile







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