
Durante mucho tiempo hablar de la misión era sinónimo de hablar de “las misiones”.Y las ideas estaban muy claras: la misión era “ir” hacia los “pueblos paganos” para anunciar el cristianismo y fundar la Iglesia. Por supuesto ese “ir” tenía una dirección bien definida: se iba desde la Europa cristiana hacia los pueblos paganos.
Era fácil coger el mapa y señalar los países que enviaban misioneros y los países que recibían misioneros. Los primeros constituían la llamada “iglesia misionera” los otros formaban parte de la “iglesia de misión”. Por un lado estábamos los que dábamos y por el otro los que recibían. Nosotros éramos los países ricos en religión y económicamente, los otros eran los países pobres en religión y económicamente.
De alguna manera siempre estuvo presente la conciencia de que el anuncio del cristianismo tenía que ir unido a la promoción humana, al desarrollo de los países de misión. Pero esta convicción tomó fuerza, sobre todo a partir de mitad del siglo XIX.
Eso supuso un cambio profundo en la forma de entender la misión. No bastaba anunciar una religión que prometía una felicidad más allá de esta vida. Dios quería que sus hijos vivieran con dignidad “así en la tierra como en el cielo”. La Iglesia asumió, y sigue manteniendo, un compromiso y un esfuerzo decidido en el desarrollo de los países pobres.
Por fortuna numerosas Organizaciones No Gubernamentales (ONG) se sumaron a ese esfuerzo aportando una ayuda no vinculada a lo religioso. También en muchos países creció la conciencia de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), aunque muchas veces estuviera unida a los intereses de grandes empresas multinacionales.
Otros cambios profundos se han ido dando en la forma de entender la misión. De aquellos tiempos en los que se pensaba que había que arrasar con las culturas y religiones “paganas” para imponer la cultura y la religión cristiana, se ha pasado a la conciencia clara de la necesidad del diálogo intercultural e interreligioso. Es un proceso largo y aún en camino que lleva a la Iglesia a discernir los valores “evangélicos” que puede aportar a otros pueblos y a la vez a reconocer que Dios ya estaba presente en esos pueblos. Por eso, en el diálogo sincero, ellos nos ayudan a crecer en nuestra propia fe y a recuperar el sentido de “humanidad” que un sistema de creencias cerrado en sí mismo corre el peligro de perder. Algo que suele ocurrir cuando las “ideas” son más importantes que las “personas”.
Hoy vivimos una época de profundos cambios sociales y culturales que afectan también a la forma de entender y vivir la misión. Los misioneros nos preguntamos cómo debe ser la misión hoy y cómo será mañana.
Lo fundamental seguirá siendo anunciar, con palabras y obras, el amor de Dios a cada persona tal como se manifestó en Jesús de Nazaret. Pero ¿cómo? ¿dónde? ¿con qué medios? ¿con qué actitudes?
No somos adivinos y eso nos exige hacer una lectura “desinteresada” de la historia. Caminamos mientras buscamos.
Hoy no podemos dividir el mapa entre países misioneros y países misionados. Las “gentes” a quienes somos enviados no son solamente los que están más allá de unas fronteras geográficas. Puede ser la familia que vive en el piso de al lado, la persona que sienta junto a nosotros en el autobús, el empleado que viene a arreglarme el frigorífico, la mujer a la que le compro la fruta en el mercado…
Estamos en la búsqueda de un nuevo rostro de la misión. Mientras tanto seguimos caminando. Con aciertos y errores. Pero con la conciencia de que, desde la fe, algo importante podemos aportar para que este mundo sea cada día un poco más humano.
Era fácil coger el mapa y señalar los países que enviaban misioneros y los países que recibían misioneros. Los primeros constituían la llamada “iglesia misionera” los otros formaban parte de la “iglesia de misión”. Por un lado estábamos los que dábamos y por el otro los que recibían. Nosotros éramos los países ricos en religión y económicamente, los otros eran los países pobres en religión y económicamente.
De alguna manera siempre estuvo presente la conciencia de que el anuncio del cristianismo tenía que ir unido a la promoción humana, al desarrollo de los países de misión. Pero esta convicción tomó fuerza, sobre todo a partir de mitad del siglo XIX.
Eso supuso un cambio profundo en la forma de entender la misión. No bastaba anunciar una religión que prometía una felicidad más allá de esta vida. Dios quería que sus hijos vivieran con dignidad “así en la tierra como en el cielo”. La Iglesia asumió, y sigue manteniendo, un compromiso y un esfuerzo decidido en el desarrollo de los países pobres.
Por fortuna numerosas Organizaciones No Gubernamentales (ONG) se sumaron a ese esfuerzo aportando una ayuda no vinculada a lo religioso. También en muchos países creció la conciencia de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), aunque muchas veces estuviera unida a los intereses de grandes empresas multinacionales.
Otros cambios profundos se han ido dando en la forma de entender la misión. De aquellos tiempos en los que se pensaba que había que arrasar con las culturas y religiones “paganas” para imponer la cultura y la religión cristiana, se ha pasado a la conciencia clara de la necesidad del diálogo intercultural e interreligioso. Es un proceso largo y aún en camino que lleva a la Iglesia a discernir los valores “evangélicos” que puede aportar a otros pueblos y a la vez a reconocer que Dios ya estaba presente en esos pueblos. Por eso, en el diálogo sincero, ellos nos ayudan a crecer en nuestra propia fe y a recuperar el sentido de “humanidad” que un sistema de creencias cerrado en sí mismo corre el peligro de perder. Algo que suele ocurrir cuando las “ideas” son más importantes que las “personas”.
Hoy vivimos una época de profundos cambios sociales y culturales que afectan también a la forma de entender y vivir la misión. Los misioneros nos preguntamos cómo debe ser la misión hoy y cómo será mañana.
Lo fundamental seguirá siendo anunciar, con palabras y obras, el amor de Dios a cada persona tal como se manifestó en Jesús de Nazaret. Pero ¿cómo? ¿dónde? ¿con qué medios? ¿con qué actitudes?
No somos adivinos y eso nos exige hacer una lectura “desinteresada” de la historia. Caminamos mientras buscamos.
Hoy no podemos dividir el mapa entre países misioneros y países misionados. Las “gentes” a quienes somos enviados no son solamente los que están más allá de unas fronteras geográficas. Puede ser la familia que vive en el piso de al lado, la persona que sienta junto a nosotros en el autobús, el empleado que viene a arreglarme el frigorífico, la mujer a la que le compro la fruta en el mercado…
Estamos en la búsqueda de un nuevo rostro de la misión. Mientras tanto seguimos caminando. Con aciertos y errores. Pero con la conciencia de que, desde la fe, algo importante podemos aportar para que este mundo sea cada día un poco más humano.







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