Como cada año, desde que en 1822 Paulina Jaricot crease en Lyon, Francia, una red de ayuda a las misiones con limosnas semanales donadas por los obreros de la ciudad, el próximo domingo 19 de octubre los católicos tendremos la ocasión de ofrecer nuestra ayuda material y espiritual, que, por mediación de los misioneros de la Iglesia, se transforma en apoyo, aliento y fortaleza de Dios para los más necesitados de los cinco continentes.
Aquellos obreros de la industrial Lyon fueron los primeros. Un siglo después, el Papa Pío XI hizo de esta Obra de Propagación de la Fe el cauce de la Iglesia para verter su ayuda en las misiones. Hoy el DOMUND es cumbre de los esfuerzos de la Iglesia, motivo de orgullo para los católicos y ejemplo en el trabajo a favor de la evangelización; de la entrega hacia los pobres, excluidos y perseguidos de nuestro mundo.
El DOMUND nos trae recuerdos de la infancia. Imágenes del pasado en las que nos vemos corriendo de un lado a otro llevando huchas y pegatinas, pidiendo en las calles “para las misiones” y sonriendo a todos los que introducían por la ranura alguna moneda, que no nos parábamos a mirar de qué valor era. Nos importaba llenarla para, al final de la semana, entregarla en el colegio. Recuerdos en los que el abuelo, aquella mañana, antes de llevar las huchas, traía a casa decenas de monedas de veinte duros para colmarlas hasta arriba. Para nosotros aquello era el DOMUND: una diversión. También nos abría a algo que ahora vamos entendiendo: al trabajo por los demás y a la alegría en la entrega gratuita. Y eso era lo que acontecía después de devolver nuestras huchas a la gran obra del Fondo Universal de Solidaridad que coordina todas las ayudas a nivel internacional para las misiones.
No sabíamos que algunas semanas después la colecta mundial llegaría a su destino y que, con ella, sería posible atender a decenas de miles de parroquias, colegios, hospitales, hogares para ancianos, leproserías o jardines de infancia. Tampoco éramos conscientes de que en todos estos lugares miles de misioneros trabajarían cada día y dejarían en ellos su vida. Nada de esto sabíamos. Pero de manera inconsciente habíamos aportado aquello que podíamos, a nuestra edad, a la misión de la Iglesia en el mundo. Fue, sin saberlo, algo grande. Llegados a otras edades entendemos el fondo de la cuestión: que la acción de la Iglesia ha hecho que nuestro mundo sea mucho mejor de lo que podría ser. Que el mayor testimonio de caridad –aunque se hable más de solidaridad– de nuestra época lo ofrecen unas personas que lo dejan todo por fe y amor para ayudar a los demás en las misiones.
El cartel
Las parroquias han colgado en sus puertas el cartel del DOMUND. Nos llama la atención la ternura que desprende la imagen. Una madre que lleva a su hijo pequeño en brazos pide limosna. Por allí pasa una persona que no mira para otro lado. Es un buen samaritano que se desvía de su camino para dar y acoger. La cruz que lleva esta persona –es un obispo– queda en medio y el niño la mira con curiosidad y respeto. El cartel lleva impreso el lema “Como Pablo, misionero por vocación”, uniendo tres palabras que ejemplifican el servicio de la Iglesia. Una labor por y para el Evangelio, realizada con total entrega, sin límites de fuerzas y de tiempo, siguiendo los caminos del Apóstol. Y es que “anunciar el Evangelio es hoy más necesario que nunca”, ya que “sólo Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas del corazón del hombre”, señala el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones.
Al “otro lado” de la campaña del DOMUND está, por ejemplo, el padre Frank Vargas, sacerdote vicentino, rector del Colegio de San Vicente de Paúl en Jaro, Filipinas. El padre Vargas conmemoró hace poco sus cuatro décadas como sacerdote en la “misión popular”. Cuarenta años dedicados a ir de poblado en poblado catequizando y administrando los sacramentos, al trabajo pastoral, a la formación de los seminaristas, a la dirección de retiros espirituales para laicos, sacerdotes y religiosos. “Siempre he encontrado en la historia de la conversión de San Pablo –explica el padre Vargas en un testimonio recogido por la agencia Fides– todos los elementos necesarios para ser un buen misionero y un buen sacerdote vicentino: se necesita estar siempre en camino de conversión, todos los días, recordando que soy un sacerdote enviado a cumplir el plan del Padre”.
Gracias, en gran parte, a la labor de los misioneros y misioneras, hoy día podemos decir que, de cada cien católicos, catorce son africanos, cincuenta americanos, diez asiáticos, veinticinco europeos y uno de Oceanía. En los últimos años el número de católicos se ha multiplicado por tres en África y en Asia lo ha hecho por dos. El número de obras sociales en las misiones se ha multiplicado por cinco en los últimos quince años. Hoy la Iglesia atiende más de veinticinco mil centros sociales (desde hospitales a guarderías) y casi cien mil centros educativos (de todos los niveles). En ese periodo de tiempo la Iglesia ha abierto en las misiones cuatro obras sociales y casi diez educativas cada día. Desde el DOMUND también se atiende a más de un millar de diócesis en los “territorios de misión”. Allí los misioneros, el gran tesoro de la Iglesia, trabajan cada día.
España, segundo donante mundial
España contribuyó el año pasado con más de 18.350.000 euros. Fue el segundo país del mundo en aportaciones, tras los EE UU. Más de la mitad de los fondos tuvieron como destino África. Monseñor Francisco Pérez, director nacional de las Obras Misionales Pontificias, señala que “España es uno de los países más solidarios; en proporción al número de católicos es el que más colabora”. Sin embargo, nos quedamos de media en esos cincuenta céntimos de donativo: “Ojalá se llegara a cinco euros”, afirma monseñor Pérez.
“Gracias a la Iglesia de España y a la Obra de la Propagación de la Fe por todo lo que hacen por nosotros” es el mensaje que repiten las numerosas cartas que desde distintas Iglesias locales llegan a la Dirección de las OMP cada año tras el envío de los donativos del DOMUND. “Una parte se destina a la misión y a los necesitados –escribe en una de ellas monseñor Juan Oliver Climent, obispo vicario apostólico de Requena, Perú–, otra parte a los catequistas, otra al mantenimiento de una lancha que utilizamos para hacer giras por los caseríos, ya que en esta región selvática no hay medios de comunicación salvo los ríos... La mayor parte de los caseríos no pueden llegar a tener una eucaristía por año, ni cada dos años; por otro lado, proliferan numerosos grupos de sectas”. Desde Burkina Faso, monseñor Thomas Kaboré, obispo de Kaya, recuerda en otra misiva que “la obra de evangelización en nuestro país se topa cada día con dificultades que serían casi insuperables sin su ayuda”.
Entrega y compromiso
Una ayuda “que llega”. Es decir, una ayuda que financia realmente proyectos, obras e inversiones. Una ayuda que tiene una gestión eficiente a más no poder y una red de “auditores” excepcionales: el trabajo de los misioneros, de los agentes de pastoral y de la Iglesia universal. Hace algunos días, el ex director general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, dio por “agotado” el actual modelo de “solidaridad internacional para la cooperación” y reclamó “una renovación en las fuentes de financiación para la ayuda al desarrollo”. Mayor Zaragoza afirmó el “fracaso” de la donación del 0,7 por ciento del PIB de los países desarrollados a los del Tercer Mundo, una opción que, a su juicio, “era muy razonable, pero no se ha hecho”. Por contra, la ayuda enviada desde las sucesivas campañas del DOMUND ha llegado a su destino y ha permitido desarrollar cientos de miles de acciones concretas.
Esa entrega de los misioneros fue agradecida hace unos meses por el Gobierno español en el acto de imposición al nuncio apostólico en la República Democrática del Congo, Giovanni D´Aniello, de la encomienda de la Orden de Isabel la Católica. En ese momento, el embajador de España en Kinshasa, Miguel Fernández Palacios, en presencia del ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, subrayó el “reconocimiento a la entrega, el compromiso y la dedicación de los misioneros españoles en el Congo”.
Una dedicación y un compromiso que, en ocasiones, llevan aparejados el dolor e, incluso, el martirio. “El encargo del anuncio y la llamada al sufrimiento por Cristo van inseparablemente juntos, la verdad se paga con el sufrimiento”, señaló Benedicto XVI en la Apertura del Año Paulino en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma. En los últimos años, ciento setenta y tres agentes de pastoral han sido asesinados. Son los mártires de nuestros días.
La caridad “más grande”
El martirio y el amor. Porque en misiones desborda el amor. “Merece la pena estar en misiones, para mí es un regalo”, afirma María José Sánchez, misionera de Jesús, María y José, que está en Kayenzi, Ruanda, y lleva allí un cuarto de siglo. En Rangún, el “ángel de los leprosos”, la religiosa Ignacia Aramburu, de las Franciscanas Misioneras de María, se ha quedado encorvada de tanto llevar en sus brazos a los enfermos. “Necesitamos mucha ayuda y muy urgente”, alerta esta misionera de ochenta y ocho años, que llegó a la antigua Birmania cuando tenía veinticinco. Monseñor Kike Figaredo es jesuita y prefecto apostólico de Battambang, en Camboya. Abandera una campaña internacional contra las minas antipersona y ayuda en la acogida a los refugiados, en un país en el que todo el clero fue asesinado por el régimen de Pol Pot a finales de los años setenta. Hoy, setenta sacerdotes misioneros proclaman el Evangelio junto a cinco sacerdotes locales y cuatro seminaristas en formación. Por su parte, el misionero Víctor Gil, hermano de La Salle, se encarga de la acogida pastoral a los inmigrantes birmanos, trabaja en la educación y con niños abandonados. Tras el tsunami que asoló el sureste asiático, mantiene y alimenta a cincuenta huérfanos.
“Contemplando la experiencia de San Pablo –expresa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones–, comprendemos que la actividad misionera es respuesta al amor con el que Dios nos ama”. Así lo recuerda también Ángela Martínez de Toda, Hija de la Caridad, que comenzó a trabajar en misiones en el sur de Madagascar hace treinta y ocho años: “Al mirar atrás se da gracias a Dios, que se sirvió de tan pocos como éramos y tan pocos medios para que la misión haya ido adelante”. Cuando llegaron a esa comarca, “el paludismo y la malaria acababan entonces con los niños; se salvaron muchas vidas, se creó una red educativa y un cuerpo de profesores, y la mortalidad infantil descendió a niveles normales”.
“Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe”, decía y nos dice San Pablo. Porque, como nos recuerda el Apóstol, “todo lo que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo”.
Aquellos obreros de la industrial Lyon fueron los primeros. Un siglo después, el Papa Pío XI hizo de esta Obra de Propagación de la Fe el cauce de la Iglesia para verter su ayuda en las misiones. Hoy el DOMUND es cumbre de los esfuerzos de la Iglesia, motivo de orgullo para los católicos y ejemplo en el trabajo a favor de la evangelización; de la entrega hacia los pobres, excluidos y perseguidos de nuestro mundo.
El DOMUND nos trae recuerdos de la infancia. Imágenes del pasado en las que nos vemos corriendo de un lado a otro llevando huchas y pegatinas, pidiendo en las calles “para las misiones” y sonriendo a todos los que introducían por la ranura alguna moneda, que no nos parábamos a mirar de qué valor era. Nos importaba llenarla para, al final de la semana, entregarla en el colegio. Recuerdos en los que el abuelo, aquella mañana, antes de llevar las huchas, traía a casa decenas de monedas de veinte duros para colmarlas hasta arriba. Para nosotros aquello era el DOMUND: una diversión. También nos abría a algo que ahora vamos entendiendo: al trabajo por los demás y a la alegría en la entrega gratuita. Y eso era lo que acontecía después de devolver nuestras huchas a la gran obra del Fondo Universal de Solidaridad que coordina todas las ayudas a nivel internacional para las misiones.
No sabíamos que algunas semanas después la colecta mundial llegaría a su destino y que, con ella, sería posible atender a decenas de miles de parroquias, colegios, hospitales, hogares para ancianos, leproserías o jardines de infancia. Tampoco éramos conscientes de que en todos estos lugares miles de misioneros trabajarían cada día y dejarían en ellos su vida. Nada de esto sabíamos. Pero de manera inconsciente habíamos aportado aquello que podíamos, a nuestra edad, a la misión de la Iglesia en el mundo. Fue, sin saberlo, algo grande. Llegados a otras edades entendemos el fondo de la cuestión: que la acción de la Iglesia ha hecho que nuestro mundo sea mucho mejor de lo que podría ser. Que el mayor testimonio de caridad –aunque se hable más de solidaridad– de nuestra época lo ofrecen unas personas que lo dejan todo por fe y amor para ayudar a los demás en las misiones.
El cartel
Las parroquias han colgado en sus puertas el cartel del DOMUND. Nos llama la atención la ternura que desprende la imagen. Una madre que lleva a su hijo pequeño en brazos pide limosna. Por allí pasa una persona que no mira para otro lado. Es un buen samaritano que se desvía de su camino para dar y acoger. La cruz que lleva esta persona –es un obispo– queda en medio y el niño la mira con curiosidad y respeto. El cartel lleva impreso el lema “Como Pablo, misionero por vocación”, uniendo tres palabras que ejemplifican el servicio de la Iglesia. Una labor por y para el Evangelio, realizada con total entrega, sin límites de fuerzas y de tiempo, siguiendo los caminos del Apóstol. Y es que “anunciar el Evangelio es hoy más necesario que nunca”, ya que “sólo Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas del corazón del hombre”, señala el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones.
Al “otro lado” de la campaña del DOMUND está, por ejemplo, el padre Frank Vargas, sacerdote vicentino, rector del Colegio de San Vicente de Paúl en Jaro, Filipinas. El padre Vargas conmemoró hace poco sus cuatro décadas como sacerdote en la “misión popular”. Cuarenta años dedicados a ir de poblado en poblado catequizando y administrando los sacramentos, al trabajo pastoral, a la formación de los seminaristas, a la dirección de retiros espirituales para laicos, sacerdotes y religiosos. “Siempre he encontrado en la historia de la conversión de San Pablo –explica el padre Vargas en un testimonio recogido por la agencia Fides– todos los elementos necesarios para ser un buen misionero y un buen sacerdote vicentino: se necesita estar siempre en camino de conversión, todos los días, recordando que soy un sacerdote enviado a cumplir el plan del Padre”.
Gracias, en gran parte, a la labor de los misioneros y misioneras, hoy día podemos decir que, de cada cien católicos, catorce son africanos, cincuenta americanos, diez asiáticos, veinticinco europeos y uno de Oceanía. En los últimos años el número de católicos se ha multiplicado por tres en África y en Asia lo ha hecho por dos. El número de obras sociales en las misiones se ha multiplicado por cinco en los últimos quince años. Hoy la Iglesia atiende más de veinticinco mil centros sociales (desde hospitales a guarderías) y casi cien mil centros educativos (de todos los niveles). En ese periodo de tiempo la Iglesia ha abierto en las misiones cuatro obras sociales y casi diez educativas cada día. Desde el DOMUND también se atiende a más de un millar de diócesis en los “territorios de misión”. Allí los misioneros, el gran tesoro de la Iglesia, trabajan cada día.
España, segundo donante mundial
España contribuyó el año pasado con más de 18.350.000 euros. Fue el segundo país del mundo en aportaciones, tras los EE UU. Más de la mitad de los fondos tuvieron como destino África. Monseñor Francisco Pérez, director nacional de las Obras Misionales Pontificias, señala que “España es uno de los países más solidarios; en proporción al número de católicos es el que más colabora”. Sin embargo, nos quedamos de media en esos cincuenta céntimos de donativo: “Ojalá se llegara a cinco euros”, afirma monseñor Pérez.
“Gracias a la Iglesia de España y a la Obra de la Propagación de la Fe por todo lo que hacen por nosotros” es el mensaje que repiten las numerosas cartas que desde distintas Iglesias locales llegan a la Dirección de las OMP cada año tras el envío de los donativos del DOMUND. “Una parte se destina a la misión y a los necesitados –escribe en una de ellas monseñor Juan Oliver Climent, obispo vicario apostólico de Requena, Perú–, otra parte a los catequistas, otra al mantenimiento de una lancha que utilizamos para hacer giras por los caseríos, ya que en esta región selvática no hay medios de comunicación salvo los ríos... La mayor parte de los caseríos no pueden llegar a tener una eucaristía por año, ni cada dos años; por otro lado, proliferan numerosos grupos de sectas”. Desde Burkina Faso, monseñor Thomas Kaboré, obispo de Kaya, recuerda en otra misiva que “la obra de evangelización en nuestro país se topa cada día con dificultades que serían casi insuperables sin su ayuda”.
Entrega y compromiso
Una ayuda “que llega”. Es decir, una ayuda que financia realmente proyectos, obras e inversiones. Una ayuda que tiene una gestión eficiente a más no poder y una red de “auditores” excepcionales: el trabajo de los misioneros, de los agentes de pastoral y de la Iglesia universal. Hace algunos días, el ex director general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, dio por “agotado” el actual modelo de “solidaridad internacional para la cooperación” y reclamó “una renovación en las fuentes de financiación para la ayuda al desarrollo”. Mayor Zaragoza afirmó el “fracaso” de la donación del 0,7 por ciento del PIB de los países desarrollados a los del Tercer Mundo, una opción que, a su juicio, “era muy razonable, pero no se ha hecho”. Por contra, la ayuda enviada desde las sucesivas campañas del DOMUND ha llegado a su destino y ha permitido desarrollar cientos de miles de acciones concretas.
Esa entrega de los misioneros fue agradecida hace unos meses por el Gobierno español en el acto de imposición al nuncio apostólico en la República Democrática del Congo, Giovanni D´Aniello, de la encomienda de la Orden de Isabel la Católica. En ese momento, el embajador de España en Kinshasa, Miguel Fernández Palacios, en presencia del ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, subrayó el “reconocimiento a la entrega, el compromiso y la dedicación de los misioneros españoles en el Congo”.
Una dedicación y un compromiso que, en ocasiones, llevan aparejados el dolor e, incluso, el martirio. “El encargo del anuncio y la llamada al sufrimiento por Cristo van inseparablemente juntos, la verdad se paga con el sufrimiento”, señaló Benedicto XVI en la Apertura del Año Paulino en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma. En los últimos años, ciento setenta y tres agentes de pastoral han sido asesinados. Son los mártires de nuestros días.
La caridad “más grande”
El martirio y el amor. Porque en misiones desborda el amor. “Merece la pena estar en misiones, para mí es un regalo”, afirma María José Sánchez, misionera de Jesús, María y José, que está en Kayenzi, Ruanda, y lleva allí un cuarto de siglo. En Rangún, el “ángel de los leprosos”, la religiosa Ignacia Aramburu, de las Franciscanas Misioneras de María, se ha quedado encorvada de tanto llevar en sus brazos a los enfermos. “Necesitamos mucha ayuda y muy urgente”, alerta esta misionera de ochenta y ocho años, que llegó a la antigua Birmania cuando tenía veinticinco. Monseñor Kike Figaredo es jesuita y prefecto apostólico de Battambang, en Camboya. Abandera una campaña internacional contra las minas antipersona y ayuda en la acogida a los refugiados, en un país en el que todo el clero fue asesinado por el régimen de Pol Pot a finales de los años setenta. Hoy, setenta sacerdotes misioneros proclaman el Evangelio junto a cinco sacerdotes locales y cuatro seminaristas en formación. Por su parte, el misionero Víctor Gil, hermano de La Salle, se encarga de la acogida pastoral a los inmigrantes birmanos, trabaja en la educación y con niños abandonados. Tras el tsunami que asoló el sureste asiático, mantiene y alimenta a cincuenta huérfanos.
“Contemplando la experiencia de San Pablo –expresa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones–, comprendemos que la actividad misionera es respuesta al amor con el que Dios nos ama”. Así lo recuerda también Ángela Martínez de Toda, Hija de la Caridad, que comenzó a trabajar en misiones en el sur de Madagascar hace treinta y ocho años: “Al mirar atrás se da gracias a Dios, que se sirvió de tan pocos como éramos y tan pocos medios para que la misión haya ido adelante”. Cuando llegaron a esa comarca, “el paludismo y la malaria acababan entonces con los niños; se salvaron muchas vidas, se creó una red educativa y un cuerpo de profesores, y la mortalidad infantil descendió a niveles normales”.
“Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe”, decía y nos dice San Pablo. Porque, como nos recuerda el Apóstol, “todo lo que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo”.








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