Publicado por El Mensajero
M.G. MASCIARELLI

La renovación actual de la problemática del laicado pasa por un doble camino: uno existencial-experiencial y otro teorético-teológico. En los años del posconcilio se ha creado sobre nuestro tema una nueva conciencia, contextualmente con la aclaración y el desarrollo de la teología del Vat II. Es difícil decir si la problemática laical se va desarrollando más a nivel existencial experiencial que a nivel teorético-teológico. Por lo demás, es imposible verificar cuál de los dos modos de renovación influye más en el otro.
En cambio, es posible afirmar que estos dos caminos, a través de los cuales pasa la innegable promoción del laicado, no son paralelos, sino que se entrecruzan: la nueva experiencia laical estimula a la teología, obligándola a continuar el esfuerzo de análisis más rigurosos y la prosecución de síntesis más coherentes; por su parte, la teología ayuda a las nuevas experiencias de los laicos con la oferta de nuevos paradigmas tipológicos y de nuevos criterios de orientación para resolver sus problemas a nivel de identidad y de comportamiento.
LOS LAlCOS HOY EN LA IGLESIA
Lo primero que hay que decir al hablar de los laicos hoy en la iglesia es que nos encontramos ante un problema en evolución que, entre otras cosas, ha sido estudiado relativamente poco y por poco tiempo, y cuyos términos y articulaciones son de algún modo todavía inciertos y confusos. El índice de esta incertidumbre y confusión es la comprobable copresencia de tres actitudes, que se asumen a menudo respecto al tema de los laicos: una actitud conservadora (se afirma que los laicos cuentan ya bastante en la iglesia), una actitud reivindicativa (se sostiene que los laicos son poco considerados en la iglesia por la persistencia del clericalismo), una actitud niveladora (se insinúa que el problema de los laicos es un falso problema: la iglesia, se dice, es una comunidad de iguales, diferenciada sólo a nivel funcional). En todo caso, es posible captar en el actual momento evolutivo un signo cierto e inconfundible: va surgiendo cada vez más una conciencia nueva de toda la iglesia sobre la realidad de los laicos.
Hasta no hace mucho tiempo, por la conocida concepción pasiva de la condición laical, se daba por descontado que un cristiano, por el hecho de no sentirse llamado a una vocación sacerdotal o religiosa, era laico. Hoy, sin embargo, por influjo de una nueva teología de las vocaciones, se va desarrollando una significativa renovación de la teología del laicado y de la misma eclesiología, ya no se habla del laico en sentido negativo, ni se habla de la iglesia como si estuviese dividida en cristianos cualificados y cristianos genéricos: la vocación cualifica a todo cristiano. Por lo demás, la Escritura hace una exposición amplia de las vocaciones, e incluye entre ellas también a las laicales. En el AT, junto a vocaciones estrictamente religiosas, es decir, de hombres dedicados al culto, encontramos numerosas vocaciones de tipo laical: tales son, p. ej., las vocaciones de Abrahán (cf Gén 12,1), de Moisés (cf Éx 3,10-16), de los profetas (cf Is 8,11), de los jueces (cf Jue 6,1-24) y de los reyes (cf ISam 10,1727; 16,1-13). En cuanto al NT, dentro de la amplia vocación al discipulado, junto a la vocación de los apóstoles, encontramos también vocaciones laicales: la de Zaqueo (cf Lc 19,1-10), el cual, después del encuentro con Jesús, no cambia de oficio, sino que sigue ejerciendo su trabajo con una lógica renovada; la vocación del maestro de la ley, llamado a comportarse como el buen samaritano (Lc 10,25-27), y, sobre todo la vocación de María (Lc 1,26-38), que en la anunciación recibió una llamada típicamente laical, cual es la llamada a la maternidad mesiánica.
Hoy, sin embargo, la importancia religiosa y eclesial de los laicos ha surgido sobre todo porque la teología de las vocaciones no pone en la base de sus tematizaciones las vocaciones particulares al sacerdocio y a la vida religiosa, sino más bien la vocación a la salvación. Dios, en efecto, llama ante todo y primariamente a todos los hombres a las nupcias de su Hijo (Mt 22,3-9; Lc 14,1624; Ap 19,9); todos los hombres tienen la vocación a Cristo porque la plenitud de la vida del hombre y del cosmos se realizará cuando todo haya sido recapitulado en Cristo (cf Ef 1,10; Gál 1,20; 2Pe 3,10-13; LG 48). Desde esta vasta perspectiva de partida se ha llegado a ampliar el tema de las vocaciones dentro de la iglesia considerada como realidad enteramente vocacional hasta redescubrir la condición laica como vocación. Dios no llama nunca a vivir en la vida cristiana de modo genérico, sino siempre con una modalidad especifica, que puede ser la sacerdotal, la religiosa o la laica, además esta última es siempre la vocación de fondo de todos los cristianos, incluso de los que son sacerdotes-ministros y de los que abrazan la vida religiosa. Se descubre de nuevo con ello una vocación fundamental que afecta a todo el pueblo de Dios, y que por tanto funda la condición laica básica de la iglesia, dada por el sacramento del bautismo —que encuentra su perfeccionamiento en la confirmación— como hecho vocante por excelencia en la vida del cristiano. La iglesia «sociedad de los llamados por Cristo», asamblea divinamente pensada y querida, no se divide en virtud de las diversas vocaciones, sino que se construye por ellas, según la afirmación paulina: «Un solo cuerpo, y miembros todos los unos de los otros» (Rm 12,5). Por eso los elementos que diferencian a sus diversos miembros o sea, los dones, los cargos y los diversos cometidos eclesiales constituyen en sustancia una especie de complemento recíproco y están ordenados a la única misión del mismo cuerpo (cf LG 7; AA 3): «El hecho de que en la iglesia se pueda ser pastores, laicos o religiosos, no implica desigualdad, en cuanto a la dignidad común de los miembros (cf LG 32) sino que expresa más bien la articulación de las junturas y de las distintas funciones de un organismo».
Los diversos estados de vida -también el laical- expresan, cada uno por su cuenta, la riqueza del pueblo de Dios; por tanto, la riqueza de la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa no quita nada a la riqueza de la vocación de los laicos; todos los miembros del pueblo de Dios, ligados por el vinculo de la ley nueva (Jn 13,34), forman el único cuerpo de Cristo y están llamados a cooperar, cada uno dentro de su vocación, al bien común, es decir, a que todo el género humano sea llevado a la unidad de la familia de Dios. Lo específico de los laicos es hacer todo esto «con carácter secular» (LG 31).
La conciencia eclesial sobre la realidad de los laicos no ha alcanzado un pleno desarrollo ni ha superado del todo ciertos esquematismos que impiden una lectura amplia y comprensiva de las múltiples diversificaciones que existen dentro del estado, de las funciones y de la espiritualidad de los laicos.
Es preciso, p. ej., que la teología de las vocaciones y de los carismas proceda de manera cada vez más armónica en su investigación sobre los laicos; que supere toda concepción reductiva respecto a la vocación y al carisma de los laicos debido a una mala relación con la vocación y los carismas de los sacerdotes ministros y de los religiosos; que, en cambio, valore positiva, y en algún modo au-tónomamente, su enorme importancia, con una raíz sacramental (bautismo, confirmación, matrimonio). Además, como ya se apuntaba, han sido superados esquematismos peligrosos
e incongruentes; p. ej., el que intenta poner al sacerdote ministro en el altar y al laico en las realidades terrenas, en contraposición con el Vat ll 8. Se corre el riesgo de que el redescubrimiento de los ministerios catalice alrededor suyo la teología del laicado, induciendo a pensar que en los ministerios sobre todo se realizan los laicos, asimismo, se intenta interpretar de modo exclusivo la afirmación de que los laicos están destinados a la animación de las realidades temporales, como si los laicos no actuaran como tales fuera de la animación de esas realidades.
Sin embargo, la consideración que acabamos de hacer no debería impedir, en nuestra humilde opinión, que, además del reconocimiento de la función especifica de los laicos en el mundo, se concibiese la identidad de los laicos incluso en términos de plenitud; así como se habla, en su género, de plenitud del sacerdocio, debería poderse hablar oportunamente de plenitud del laicado, justamente porque existe también un cometido especifico de los laicos en orden al cual alcanzan ellos la plenitud de la vocación cristiana. Por último, hay que observar que la rígida categorización actual de estado, función-rol, espiritualidad de los laicos, queda superada también mediante una reconsideración de la importancia de la persona (entendida en su singularidad). En otras palabras, la teología de las vocaciones debe ampliar aún más la apertura del ángulo de su objetivo; debe pasar de la generalización inherente al razonamiento sobre el estado, la función, la espiritualidad de los laicos, a la particularización implicada en un razonamiento sobre las personas; éstas, en efecto, son los sujetos de los carismas, de los deberes, de los cargos y, en último análisis, de la gracia y de la salvación.
EVOLUCIÓN POSCONCILIAR DE LA TEOLOGÍA DEL LAICADO
El posconcilio ha provocado también en una cierta medida un desarrollo de la teología del laicado, desarrollo que está todavía en marcha a todos los niveles; un indicio de que perdura el estado evolutivo de la reflexión teológica del laicado es la evidente insuficiencia terminológica con que nos enfrentamos, por lo cual sobre tal problemática, entre otras cosas, «probablemente será necesario un ulterior esfuerzo de creatividad literaria y lingüística para buscar una terminología nueva». En todo caso se pueden indicar ya algunas líneas de tendencia de tal evolución.
a) Desarrollo de los ministerios. Un cambio llamativo en la problemática laical es hoy el intenso carácter ministerial que va asumiendo. La reflexión suscitada por el Vat II a fin de poner de relieve los elementos específicos de la iglesia y de su ministerio sacerdotal ha involucrado necesariamente el tema de los ministerios en plural. Más aún, la teología posconciliar —solicitada por los mismos sínodos de los obispos: el lIl, de 1971, y el IV, de 1974, y por la Evangelii nuntiandi, de 1975— ha ido redescubriendo que desde los orígenes toda la iglesia fue ministerial, siguiendo las huellas de su fundador, que se presentó como el siervo del Señor para la salvación del mundo; así, la teología va comprobando que el Espíritu ha suscitado siempre diversos carismas y múltiples ministerios. Como consecuencia de todo ello, hoy se relaciona a los laicos con la realidad ministerial. En el posconcilio se han promulgado diversos textos del magisterio que conciernen a los laicos en relación con los ministerios; entre ellos destacan la carta apostólica motu proprio Ministeria quaedam (15 de agosto de 1972) de Pablo VI; Ia declaración de la Congregación para la doctrina de la fe Inter insigniores (15 de octubre de 1975), sobre la debatida cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, así como la carta circular dirigida a los ordinarios por la sagrada Congregación para la evangelización (17 de mayo de 1970) sobre L’action missionnaire des laïcs. En teología se lleva a cabo hoy una revalorización de los ministerios, que como efecto secundario tiende a conferir nuevas dimensiones al ministerio directivo u ordenado de los obispos, sacerdotes y diáconos, se lo considera como uno de los ministerios o, mejor, como el ministerio de los ministerios, el servicio coordinador y de amplias miras para el crecimiento armonioso de la comunidad en la fe y en el amor, ministerio que deja a los obispos, sacerdotes y diáconos como hermanos entre hermanos.
b) La exigencia de desarrollar el Vat II. Se advierte sobre el tema del laicado la exigencia de no repetir simplemente al Vat II, sino de asimilarlo y desarrollarlo. Esta exigencia la ha sentido también el padre Congar, que sin lugar a dudas es el teólogo que más ha influido en el Vat II respecto a la teología del laicado. El insigne eclesiólogo francés revisa sus posiciones teológicas sobre el laicado, principalmente con un articulo muy comprometido y denso de evolución: Mi itinerario en la teología del laicado y de los ministerios. Respecto a sus Jalones de 1953, añade el convencimiento de que el binomio decisivo no es tanto el de sacerdocio-laicado cuanto el de ministerios-comunidad. Se pasa así de un esquema lineal (partiendo de Cristo se va hacia la jerarquía y de ésta a la iglesia como comunidad de fieles) a otro circular, en el que la comunidad aparece como una realidad englobante, dentro de la cual los ministerios, también los instituidos y sacramentales, se sitúan como servicios a lo que la comunidad está llamada a ser y a hacer, según la afirmación paulina de Ef 4,11-12: «A fin de perfeccionar a los cristianos en la obra de su ministerio, (que es) la edificación de su cuerpo». El nuevo enfoque que da Congar a la teología de los laicos es, según se ve, efecto de una variación en la concepción eclesiológica, que se hace más marcadamente comunional; se impone el llamado principio de totalidad —al que apela con frecuencia la teología posconciliar de los laicos, y que consiste en dar la prioridad a la unidad, que el Vat II ha expresado con la categoría de pueblo de Dios y que la teología posconciliar prefiere expresar con la de comunión— sobre la diversidad creada por la diferenciación ministerial.
Se sigue de ahí que el tema de los laicos ha de ser colocado antes que el discurso sobre el ministerio sacerdotal y contemplarlo en su aspecto positivo, mostrando que no es suficiente caracterizar al laico como aquel que no es clérigo ni religioso, si bien ésta, observa Congar, «es una precisión que ciertamente debe intervenir en un momento u otro», por lo cual, como se apuntaba, no puede sostenerse una actitud niveladora que equipare en todo a sacerdotes y laicos, ni es suficiente hablar en la iglesia sólo de diversas funciones, sin precisar que la más importante de ellas se basa en una articulación (diferenciación) creada por una estructura sacramental (orden): no existe en la iglesia sólo la dimensión sacramental-bautismal (= principio de totalidad), sino también la dimensión sacramental-jerárquica (= principio de la diversificación); en otras palabras, no existe sólo el sacerdocio de los fieles, sino también el sacerdocio ministerial. Nos parece que es justo partir del binomio comunidad-ministerios, convencidos de la fecundidad de tal enfoque entre otras cosas para crear una sensibilidad de comunión; pero no nos parece que con ese punto de partida desaparezca toda diferencia en la iglesia, y mucho menos la existente entre jerarquía y laicado
En el esfuerzo notable que la teología posconciliar va haciendo para asimilar en su desarrollo la lección del Vat II sobre los laicos, nos parecen dignas de mención tres tesis desarrolladas por Citrini.
1) El problema de los laicos se puede estudiar hoy con mayor claridad en virtud del redescubrimiento (o acentuación) de dos elementos de la eclesiología conciliar: el escatológico y el antropológico. Viendo a la iglesia en la perspectiva más amplia del reino de Dios, el Vat II ha pretendido asegurar la autonomía tanto de la secularidad como de la misma iglesia, «signo e instrumento» del reino (LG 1). Por lo demás, «el sujeto real de la sacralidad cristiana y de la secularidad, más allá de la iglesia y del mundo, es el hombre... Iglesia y mundo son dos tejidos de relaciones, dos estructuras de comunión entre los hombres, y de los hombres, a través de las cosas y de los hermanos, con Dios en Cristo».
2) El problema de los laicos se puede afrontar con tanta mayor claridad en el plano teológico cuanto menos se identifica (conscientemente o no) la relación iglesia-mundo con las relaciones jerarquía-laicado, religiosos-seglares. El ministerio jerárquico y la vocación profética de los religiosos no se discuten, pero «ningún hombre de iglesia puede eximirse de ser hombre de mundo, so pena de no ser ya hombre; ni, viceversa, responsabilidades seculares, asumidas por vocación justamente en su secularidad.... pueden quitarle al laico el ser hombre de iglesia, so pena de no ser ya cristiano».
3) El problema de los laicos se puede desarrollar tanto más fructuosamente (bajo todos los aspectos) cuanto mejor se sepa distinguir (sin complejo alguno de inferioridad, tanto de una parte como de otra) el nivel dogmático del pastoral. «Laico, p. ej., es un concepto pastoral... Hay tantas vocaciones laicas cuantos son los laicos. Hay tantos modos diversos de asumir la secularidad cuantas son las diversas vocaciones laicales (mejor: cristianas). El orden y el matrimonio (que involucran a la persona en su totalidad) son los únicos elementos que entre bautizados establecen cesuras vocacionales netas. En lo demás no existen soluciones de continuidad entre las diversas vocaciones, si no es con un significado práctico-pastoral». Así, el hecho de dedicarse a tiempo pleno al servicio de la comunidad eclesial puede tener una notable importancia para la vocación personal y desde el punto de vista de la espiritualidad; pero «a los conceptos de tiempo pleno y de tiempo libre, lo mismo que al de profesionalidad, difícilmente se les podría atribuir un valor teológico». Se niega así la identificación de laico con laicidad o con secularidad; ésta es para el laico —como por lo demás también para el clero— una dimensión más o menos grande, más o menos determinante de la vocación personal.
En cambio, es posible afirmar que estos dos caminos, a través de los cuales pasa la innegable promoción del laicado, no son paralelos, sino que se entrecruzan: la nueva experiencia laical estimula a la teología, obligándola a continuar el esfuerzo de análisis más rigurosos y la prosecución de síntesis más coherentes; por su parte, la teología ayuda a las nuevas experiencias de los laicos con la oferta de nuevos paradigmas tipológicos y de nuevos criterios de orientación para resolver sus problemas a nivel de identidad y de comportamiento.
LOS LAlCOS HOY EN LA IGLESIA
Lo primero que hay que decir al hablar de los laicos hoy en la iglesia es que nos encontramos ante un problema en evolución que, entre otras cosas, ha sido estudiado relativamente poco y por poco tiempo, y cuyos términos y articulaciones son de algún modo todavía inciertos y confusos. El índice de esta incertidumbre y confusión es la comprobable copresencia de tres actitudes, que se asumen a menudo respecto al tema de los laicos: una actitud conservadora (se afirma que los laicos cuentan ya bastante en la iglesia), una actitud reivindicativa (se sostiene que los laicos son poco considerados en la iglesia por la persistencia del clericalismo), una actitud niveladora (se insinúa que el problema de los laicos es un falso problema: la iglesia, se dice, es una comunidad de iguales, diferenciada sólo a nivel funcional). En todo caso, es posible captar en el actual momento evolutivo un signo cierto e inconfundible: va surgiendo cada vez más una conciencia nueva de toda la iglesia sobre la realidad de los laicos.
Hasta no hace mucho tiempo, por la conocida concepción pasiva de la condición laical, se daba por descontado que un cristiano, por el hecho de no sentirse llamado a una vocación sacerdotal o religiosa, era laico. Hoy, sin embargo, por influjo de una nueva teología de las vocaciones, se va desarrollando una significativa renovación de la teología del laicado y de la misma eclesiología, ya no se habla del laico en sentido negativo, ni se habla de la iglesia como si estuviese dividida en cristianos cualificados y cristianos genéricos: la vocación cualifica a todo cristiano. Por lo demás, la Escritura hace una exposición amplia de las vocaciones, e incluye entre ellas también a las laicales. En el AT, junto a vocaciones estrictamente religiosas, es decir, de hombres dedicados al culto, encontramos numerosas vocaciones de tipo laical: tales son, p. ej., las vocaciones de Abrahán (cf Gén 12,1), de Moisés (cf Éx 3,10-16), de los profetas (cf Is 8,11), de los jueces (cf Jue 6,1-24) y de los reyes (cf ISam 10,1727; 16,1-13). En cuanto al NT, dentro de la amplia vocación al discipulado, junto a la vocación de los apóstoles, encontramos también vocaciones laicales: la de Zaqueo (cf Lc 19,1-10), el cual, después del encuentro con Jesús, no cambia de oficio, sino que sigue ejerciendo su trabajo con una lógica renovada; la vocación del maestro de la ley, llamado a comportarse como el buen samaritano (Lc 10,25-27), y, sobre todo la vocación de María (Lc 1,26-38), que en la anunciación recibió una llamada típicamente laical, cual es la llamada a la maternidad mesiánica.
Hoy, sin embargo, la importancia religiosa y eclesial de los laicos ha surgido sobre todo porque la teología de las vocaciones no pone en la base de sus tematizaciones las vocaciones particulares al sacerdocio y a la vida religiosa, sino más bien la vocación a la salvación. Dios, en efecto, llama ante todo y primariamente a todos los hombres a las nupcias de su Hijo (Mt 22,3-9; Lc 14,1624; Ap 19,9); todos los hombres tienen la vocación a Cristo porque la plenitud de la vida del hombre y del cosmos se realizará cuando todo haya sido recapitulado en Cristo (cf Ef 1,10; Gál 1,20; 2Pe 3,10-13; LG 48). Desde esta vasta perspectiva de partida se ha llegado a ampliar el tema de las vocaciones dentro de la iglesia considerada como realidad enteramente vocacional hasta redescubrir la condición laica como vocación. Dios no llama nunca a vivir en la vida cristiana de modo genérico, sino siempre con una modalidad especifica, que puede ser la sacerdotal, la religiosa o la laica, además esta última es siempre la vocación de fondo de todos los cristianos, incluso de los que son sacerdotes-ministros y de los que abrazan la vida religiosa. Se descubre de nuevo con ello una vocación fundamental que afecta a todo el pueblo de Dios, y que por tanto funda la condición laica básica de la iglesia, dada por el sacramento del bautismo —que encuentra su perfeccionamiento en la confirmación— como hecho vocante por excelencia en la vida del cristiano. La iglesia «sociedad de los llamados por Cristo», asamblea divinamente pensada y querida, no se divide en virtud de las diversas vocaciones, sino que se construye por ellas, según la afirmación paulina: «Un solo cuerpo, y miembros todos los unos de los otros» (Rm 12,5). Por eso los elementos que diferencian a sus diversos miembros o sea, los dones, los cargos y los diversos cometidos eclesiales constituyen en sustancia una especie de complemento recíproco y están ordenados a la única misión del mismo cuerpo (cf LG 7; AA 3): «El hecho de que en la iglesia se pueda ser pastores, laicos o religiosos, no implica desigualdad, en cuanto a la dignidad común de los miembros (cf LG 32) sino que expresa más bien la articulación de las junturas y de las distintas funciones de un organismo».
Los diversos estados de vida -también el laical- expresan, cada uno por su cuenta, la riqueza del pueblo de Dios; por tanto, la riqueza de la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa no quita nada a la riqueza de la vocación de los laicos; todos los miembros del pueblo de Dios, ligados por el vinculo de la ley nueva (Jn 13,34), forman el único cuerpo de Cristo y están llamados a cooperar, cada uno dentro de su vocación, al bien común, es decir, a que todo el género humano sea llevado a la unidad de la familia de Dios. Lo específico de los laicos es hacer todo esto «con carácter secular» (LG 31).
La conciencia eclesial sobre la realidad de los laicos no ha alcanzado un pleno desarrollo ni ha superado del todo ciertos esquematismos que impiden una lectura amplia y comprensiva de las múltiples diversificaciones que existen dentro del estado, de las funciones y de la espiritualidad de los laicos.
Es preciso, p. ej., que la teología de las vocaciones y de los carismas proceda de manera cada vez más armónica en su investigación sobre los laicos; que supere toda concepción reductiva respecto a la vocación y al carisma de los laicos debido a una mala relación con la vocación y los carismas de los sacerdotes ministros y de los religiosos; que, en cambio, valore positiva, y en algún modo au-tónomamente, su enorme importancia, con una raíz sacramental (bautismo, confirmación, matrimonio). Además, como ya se apuntaba, han sido superados esquematismos peligrosos
e incongruentes; p. ej., el que intenta poner al sacerdote ministro en el altar y al laico en las realidades terrenas, en contraposición con el Vat ll 8. Se corre el riesgo de que el redescubrimiento de los ministerios catalice alrededor suyo la teología del laicado, induciendo a pensar que en los ministerios sobre todo se realizan los laicos, asimismo, se intenta interpretar de modo exclusivo la afirmación de que los laicos están destinados a la animación de las realidades temporales, como si los laicos no actuaran como tales fuera de la animación de esas realidades.
Sin embargo, la consideración que acabamos de hacer no debería impedir, en nuestra humilde opinión, que, además del reconocimiento de la función especifica de los laicos en el mundo, se concibiese la identidad de los laicos incluso en términos de plenitud; así como se habla, en su género, de plenitud del sacerdocio, debería poderse hablar oportunamente de plenitud del laicado, justamente porque existe también un cometido especifico de los laicos en orden al cual alcanzan ellos la plenitud de la vocación cristiana. Por último, hay que observar que la rígida categorización actual de estado, función-rol, espiritualidad de los laicos, queda superada también mediante una reconsideración de la importancia de la persona (entendida en su singularidad). En otras palabras, la teología de las vocaciones debe ampliar aún más la apertura del ángulo de su objetivo; debe pasar de la generalización inherente al razonamiento sobre el estado, la función, la espiritualidad de los laicos, a la particularización implicada en un razonamiento sobre las personas; éstas, en efecto, son los sujetos de los carismas, de los deberes, de los cargos y, en último análisis, de la gracia y de la salvación.
EVOLUCIÓN POSCONCILIAR DE LA TEOLOGÍA DEL LAICADO
El posconcilio ha provocado también en una cierta medida un desarrollo de la teología del laicado, desarrollo que está todavía en marcha a todos los niveles; un indicio de que perdura el estado evolutivo de la reflexión teológica del laicado es la evidente insuficiencia terminológica con que nos enfrentamos, por lo cual sobre tal problemática, entre otras cosas, «probablemente será necesario un ulterior esfuerzo de creatividad literaria y lingüística para buscar una terminología nueva». En todo caso se pueden indicar ya algunas líneas de tendencia de tal evolución.
a) Desarrollo de los ministerios. Un cambio llamativo en la problemática laical es hoy el intenso carácter ministerial que va asumiendo. La reflexión suscitada por el Vat II a fin de poner de relieve los elementos específicos de la iglesia y de su ministerio sacerdotal ha involucrado necesariamente el tema de los ministerios en plural. Más aún, la teología posconciliar —solicitada por los mismos sínodos de los obispos: el lIl, de 1971, y el IV, de 1974, y por la Evangelii nuntiandi, de 1975— ha ido redescubriendo que desde los orígenes toda la iglesia fue ministerial, siguiendo las huellas de su fundador, que se presentó como el siervo del Señor para la salvación del mundo; así, la teología va comprobando que el Espíritu ha suscitado siempre diversos carismas y múltiples ministerios. Como consecuencia de todo ello, hoy se relaciona a los laicos con la realidad ministerial. En el posconcilio se han promulgado diversos textos del magisterio que conciernen a los laicos en relación con los ministerios; entre ellos destacan la carta apostólica motu proprio Ministeria quaedam (15 de agosto de 1972) de Pablo VI; Ia declaración de la Congregación para la doctrina de la fe Inter insigniores (15 de octubre de 1975), sobre la debatida cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, así como la carta circular dirigida a los ordinarios por la sagrada Congregación para la evangelización (17 de mayo de 1970) sobre L’action missionnaire des laïcs. En teología se lleva a cabo hoy una revalorización de los ministerios, que como efecto secundario tiende a conferir nuevas dimensiones al ministerio directivo u ordenado de los obispos, sacerdotes y diáconos, se lo considera como uno de los ministerios o, mejor, como el ministerio de los ministerios, el servicio coordinador y de amplias miras para el crecimiento armonioso de la comunidad en la fe y en el amor, ministerio que deja a los obispos, sacerdotes y diáconos como hermanos entre hermanos.
b) La exigencia de desarrollar el Vat II. Se advierte sobre el tema del laicado la exigencia de no repetir simplemente al Vat II, sino de asimilarlo y desarrollarlo. Esta exigencia la ha sentido también el padre Congar, que sin lugar a dudas es el teólogo que más ha influido en el Vat II respecto a la teología del laicado. El insigne eclesiólogo francés revisa sus posiciones teológicas sobre el laicado, principalmente con un articulo muy comprometido y denso de evolución: Mi itinerario en la teología del laicado y de los ministerios. Respecto a sus Jalones de 1953, añade el convencimiento de que el binomio decisivo no es tanto el de sacerdocio-laicado cuanto el de ministerios-comunidad. Se pasa así de un esquema lineal (partiendo de Cristo se va hacia la jerarquía y de ésta a la iglesia como comunidad de fieles) a otro circular, en el que la comunidad aparece como una realidad englobante, dentro de la cual los ministerios, también los instituidos y sacramentales, se sitúan como servicios a lo que la comunidad está llamada a ser y a hacer, según la afirmación paulina de Ef 4,11-12: «A fin de perfeccionar a los cristianos en la obra de su ministerio, (que es) la edificación de su cuerpo». El nuevo enfoque que da Congar a la teología de los laicos es, según se ve, efecto de una variación en la concepción eclesiológica, que se hace más marcadamente comunional; se impone el llamado principio de totalidad —al que apela con frecuencia la teología posconciliar de los laicos, y que consiste en dar la prioridad a la unidad, que el Vat II ha expresado con la categoría de pueblo de Dios y que la teología posconciliar prefiere expresar con la de comunión— sobre la diversidad creada por la diferenciación ministerial.
Se sigue de ahí que el tema de los laicos ha de ser colocado antes que el discurso sobre el ministerio sacerdotal y contemplarlo en su aspecto positivo, mostrando que no es suficiente caracterizar al laico como aquel que no es clérigo ni religioso, si bien ésta, observa Congar, «es una precisión que ciertamente debe intervenir en un momento u otro», por lo cual, como se apuntaba, no puede sostenerse una actitud niveladora que equipare en todo a sacerdotes y laicos, ni es suficiente hablar en la iglesia sólo de diversas funciones, sin precisar que la más importante de ellas se basa en una articulación (diferenciación) creada por una estructura sacramental (orden): no existe en la iglesia sólo la dimensión sacramental-bautismal (= principio de totalidad), sino también la dimensión sacramental-jerárquica (= principio de la diversificación); en otras palabras, no existe sólo el sacerdocio de los fieles, sino también el sacerdocio ministerial. Nos parece que es justo partir del binomio comunidad-ministerios, convencidos de la fecundidad de tal enfoque entre otras cosas para crear una sensibilidad de comunión; pero no nos parece que con ese punto de partida desaparezca toda diferencia en la iglesia, y mucho menos la existente entre jerarquía y laicado
En el esfuerzo notable que la teología posconciliar va haciendo para asimilar en su desarrollo la lección del Vat II sobre los laicos, nos parecen dignas de mención tres tesis desarrolladas por Citrini.
1) El problema de los laicos se puede estudiar hoy con mayor claridad en virtud del redescubrimiento (o acentuación) de dos elementos de la eclesiología conciliar: el escatológico y el antropológico. Viendo a la iglesia en la perspectiva más amplia del reino de Dios, el Vat II ha pretendido asegurar la autonomía tanto de la secularidad como de la misma iglesia, «signo e instrumento» del reino (LG 1). Por lo demás, «el sujeto real de la sacralidad cristiana y de la secularidad, más allá de la iglesia y del mundo, es el hombre... Iglesia y mundo son dos tejidos de relaciones, dos estructuras de comunión entre los hombres, y de los hombres, a través de las cosas y de los hermanos, con Dios en Cristo».
2) El problema de los laicos se puede afrontar con tanta mayor claridad en el plano teológico cuanto menos se identifica (conscientemente o no) la relación iglesia-mundo con las relaciones jerarquía-laicado, religiosos-seglares. El ministerio jerárquico y la vocación profética de los religiosos no se discuten, pero «ningún hombre de iglesia puede eximirse de ser hombre de mundo, so pena de no ser ya hombre; ni, viceversa, responsabilidades seculares, asumidas por vocación justamente en su secularidad.... pueden quitarle al laico el ser hombre de iglesia, so pena de no ser ya cristiano».
3) El problema de los laicos se puede desarrollar tanto más fructuosamente (bajo todos los aspectos) cuanto mejor se sepa distinguir (sin complejo alguno de inferioridad, tanto de una parte como de otra) el nivel dogmático del pastoral. «Laico, p. ej., es un concepto pastoral... Hay tantas vocaciones laicas cuantos son los laicos. Hay tantos modos diversos de asumir la secularidad cuantas son las diversas vocaciones laicales (mejor: cristianas). El orden y el matrimonio (que involucran a la persona en su totalidad) son los únicos elementos que entre bautizados establecen cesuras vocacionales netas. En lo demás no existen soluciones de continuidad entre las diversas vocaciones, si no es con un significado práctico-pastoral». Así, el hecho de dedicarse a tiempo pleno al servicio de la comunidad eclesial puede tener una notable importancia para la vocación personal y desde el punto de vista de la espiritualidad; pero «a los conceptos de tiempo pleno y de tiempo libre, lo mismo que al de profesionalidad, difícilmente se les podría atribuir un valor teológico». Se niega así la identificación de laico con laicidad o con secularidad; ésta es para el laico —como por lo demás también para el clero— una dimensión más o menos grande, más o menos determinante de la vocación personal.







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