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martes, 17 de junio de 2008

Sufrimiento y misión


Por José Carlos Bermejo Higuera*
Publicado por Caminos de Misión

En la tradición cristiana, el interés por el sufrimiento ha estado siempre presente. Si a una realidad le prestó atención central Jesús fue precisamente a las personas frágiles, sufrientes, con rostros distintos en aquel momento: enfermos, excluidos, mujeres, personas consideradas impuras o insignificantes. Ellos, reconoce Jesús, tienen una misión en el mundo.
En el fondo, esta ha sido la respuesta más importante que Jesús ha dado a las numerosas preguntas que el sufrimiento humano nos plantea: ¿por qué?, ¿por qué a mí?, ¿hasta cuándo?, ¿qué sentido tiene sufrir?, ¿dónde está Dios en medio del sufrimiento?, etc.

Mosaico de respuestas

A lo largo de la historia de la Iglesia el deseo de dar una respuesta al sufrimiento humano nos ha llevado por distintos derroteros. No han faltado púlpitos desde los que, de manera indiscriminada, se ha intentado explicar el sufrimiento con una sencilla ecuación: es consecuencia del pecado; o bien, es una prueba que Dios nos manda; o bien, es algo que tenemos que ofrecer al Señor para completar su pasión (haciéndose eco de san Pablo en la Carta a los cristianos de Colosas, 1,24: “Me alegro de mis padecimientos por vosotros, y voy completando en mi carne lo que falta que padecer a Cristo por el bien de su cuerpo místico, que es la Iglesia”). Intentos diferentes, momentos diferentes, siempre habitados por el deseo de encontrar un sentido al sufrimiento.
Un rico mosaico de respuestas para diferentes preguntas que surgen, inevitablemente, del sufrir humano. Pero respuestas todas insuficientes y no siempre iluminadas por la respuesta de Jesús.
Si nos acercamos a la historia de la Salvación, encontraremos que no es lo mismo un sufrimiento que otro. No es lo mismo el sufrimiento que nos producimos unos a otros como consecuencia de nuestra capacidad de hacernos mal, que el sufrimiento que está inscrito en la naturaleza en forma de fragilidad que lleva a enfermar o a vivir catástrofes naturales, o el sufrimiento que experimentamos como consecuencia de nuestro empeño por amar hasta el extremo.

Sufrimiento y misión

En efecto, ante el sufrimiento que es consecuencia de que unas personas nos hacemos daño evitable a otras (esto se llama pecado), el mensaje cristiano no reclama una misión para el sufriente. Reclama más bien una conversión para el generador de tal sufrimiento. La conversión es el camino, es la respuesta al sufrimiento, que ha de desaparecer como resultado de que el que lo produce cambie de conducta. ¡Cuánto sufrimiento es evitable en el mundo! ¡Cuánta tarea misionera surge del sufrimiento al constatar la necesidad de prevenir todo aquello que es posible! ¡Cuántos empobrecidos podrían estar sentados a la mesa del pan, de la cultura, de la felicidad, de la ausencia del sufrimiento, si este reclamo de conversión fuera escuchado por todos los seres humanos que tenemos también esta capacidad de generar sufrimiento evitable!
Hay, por otro lado, un sufrimiento que experimentamos como consecuencia de la fragilidad de la naturaleza humana. A veces se vive en forma de víctimas de catástrofes naturales (aunque éstas tienen también una consecuencia mayor entre los empobrecidos y reclaman la forma de sufrimiento anterior); otras veces, se vive en forma de enfermedad o discapacidad. ¿Cuál es la misión del cristiano en este espacio de sufrimiento?
Sin duda, es aquí donde más veces ha sido reclamada una cierta espiritualidad que invita a ponerse en sintonía con la pasión de Jesús. No siempre bien entendida, ciertamente. La misión cristiana más importante en medio de este sufrimiento, ha de mostrarse en la caridad que salga al paso de la prevención y la sanación. Cada vez que encontramos a un hermano que sufre, tenemos la misión de socorrerle, como la tiene también él mismo: socorrerse a sí mismo, cuidarse, prevenir, ser fiel a las indicaciones terapéuticas para superar el mal hasta donde sea posible. Esta es la misión más importante, en lugar de otros mensajes más propios de actitudes pasivas y de resignación poco comprometida.
¿Qué pasa cuando el sufrimiento es inevitable? Entonces también tenemos una misión, sin duda. Los verbos del evangelio amar, ser justo, construir el Reino, al fin y al cabo, se han de seguir conjugando desde la enfermedad y la limitación. También se conjugan en pasiva. Sí, “dejarse amar”, “dejarse cuidar”, “dejarse querer” en medio de la enfermedad, es también un modo de realizar la misión cristiana, un modo de construir el Reino. Ser fiel al mensaje de Jesús no es para el activismo, sino para todo momento de la vida humana.

Sentido del sufrimiento

Y si una expresión ha abundado a lo largo de la historia de quienes queremos vivir en clave de fe es la búsqueda del sentido del sufrimiento. Completar esta frase tiene riesgos, como todo intento de hablar del misterio, pues eso es el sufrimiento: un misterio.
Quizás tendríamos que crecer en humildad y llegar a decir que el único sufrimiento que realmente tiene sentido es aquél que es fruto de la lucha contra el sufrimiento. Sí, es ese sufrimiento ministerial que experimentamos cuando somos fieles al Evangelio. Es ese al que se refiere San Pablo en el famoso texto de la carta a los Colosenses (1,24). Cuando sigo a Jesús y trabajo por construir el Reino, a veces esto tiene un precio de dolor. Entonces, es entonces cuando he de seguir siendo fiel al mensaje del amor, aunque me cueste sufrir. Es entonces cuando estoy completando el significado de la Pasión: con mi amor, estoy completando lo que falta a la construcción del Reino (cuyo punto culminante en la historia de Jesús es la Pasión —en su conjunto—). Si algo falta es amor. Y si amar cuesta sufrir, seguiremos amando.
Una vez más aparece aquí la misión del cristiano en el sufrimiento: ser fiel al amor, aunque cueste. No hablaremos de valor misionero del dolor entonces, sino de valor misionero del amor, aunque comporte sufrir. Justamente este sufrimiento al que nos referimos, el que es consecuencia de la lucha contra toda forma de sufrimiento que, como tal, es un mal al que Dios nos llama a la misión de trabajar por prevenirlo, eliminarlo, aliviarlo, sanarlo…

Humanizar el sufrimiento

En cristiano, podríamos hablar de la misión de humanizar el sufrimiento. Ello nos llevará, sobre todo, a reconocer como parte de nuestra condición humana la de participar en la misión de Dios que se encarna en un Jesús sanador, no en un Jesús buscador del sufrimiento, sino terapeuta y amante de la “vida en abundancia” (Jn 10,10).
La primera exigencia ética de la humanización del sufrimiento no sería otra que la lucha contra las numerosas injusticias que hacen que sigamos hablando de ricos y empobrecidos. Los millones de seres humanos que viven en condiciones extremadamente precarias constituyen un auténtico escándalo para el siglo XXI.
Habrá que rescatar la dimensión profética que pasará por nuevas formas de denunciar las causas que generan sufrimiento evitable producido por verdaderas estructuras de pecado. Habrá que rescatar el verdadero mensaje evangélico que invita a generar salud y no actitudes doloristas que deshumanizan dando un valor al sufrimiento en sí mismo, en lugar de dárselo al amor, el único que nos salva. Ese es el vínculo más importante entre sufrimiento y misión.

*Religioso Camilo
Director del Centro de Humanización de la Salud Tres Cantos (Madrid)

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WebJCP | Abril 2007