I. Una novedad época!: dejarse salvar por los pobres
Hace poco escribía J. Comblin estas palabras: "En los medios de comunicación se habla de los pobres siempre de forma negativa, como los que no tienen bienes, los que no tienen cultura, los que no tienen para comer. Visto desde fuera, el mundo de los pobres es todo negatividad. Sin embargo, visto desde dentro, el mundo de los pobres tiene vitalidad, luchan para sobrevivir, inventan trabajos informales y construyen una civilización distinta de solidaridad, de personas que se reconocen iguales, con formas de expresión propias, incluidos el arte y la poesía" [2].
Estas palabras son notables. Con ellas se afirma que en el mundo de los pobres hay valores importantes y, además, que construyen una civilización de solidaridad. Y no es una opinión aislada. Con frecuencia he oído en El Salvador de mucha gente que viene de fuera que entre los pobres han visto la irrupción de lo humano de forma inesperada- y para algunos, también la irrupción de lo divino- De Butembo, Congo, en 2001 regresaron unos europeos que habían participado en un congreso por la paz, y dijeron estas palabras: "la extraordinaria vitalidad, el calor humano y el deseo profundo de paz de la población llenó literalmente de asombro a los 'peregrinos de la paz". En medio de la catástrofe del Katrina, una diputada de una autonomía española, que llego a prestar ayuda, confesaba con emoción incontenible su asombro y agradecimiento por el apoyo que ellos, blancos y blancas extranjeros, habían recibido de los negros, pobres, inmersos en horrores espantosos. Los testimonios se pueden repetir ad infinitum [3].
En el mundo de los pobres hay, pues, algo que humaniza, y que es diferente, y aun contrario, a lo que prima en el mundo de abundancia. Son "el reverso del mundo de los ricos" (Comblin). "En los países ricos sobran los medios y faltan razones para vivir, mientras que en los países pobres faltan medios y sobran razones" (Nicolás Castellanos, obispo español en Bolivia desde 1992). Y esto permite formular una utopía, la de "la civilización de la pobreza", contraria y alternativa a "la civilización de la riqueza" (Ellacuria).
Como el Lutero que buscaba a un Dios benévolo, muchos buscan hoy una "humanidad benévola, humana", lo cual no es ninguna redundancia. No la encuentran ni en la globalización ni siquiera en ordenamientos democráticos, pero si encuentran elementos importantes de ella en el mundo de los pobres: alegría, creatividad, paciencia, arte y cultura, esperanza, solidaridad. Y desde ahí surge la esperanza de un mundo "otro", y que sea "humano".
2. Lo que acabamos de constatar no debiera ser una sorpresa total. Esta presente -de forma idealizada- en tradiciones culturales y religiosas seculares ciertamente en la tradición bíblico cristiana aunque la cultura occidental las haya ignorado, deshaciéndose precipitadamente del niño junto con el agua sucia. Tres cosas quisiera recalcar de esa tradición.
En primer lugar, la intuición fundamental: del mundo de los pobres viene salvación, y desde ahí se despliega a diversos ámbitos de la realidad. No solo viene de ese mundo pero desde él surgen principios de salvación que con dificultad provienen de otros mundos. Por ello los portadores simbólicos de salvación son lo débil y pequeño incluso las victimas, como el siervo sufriente y el mesias crucificado, sin que esto se pueda descalificar objetando que así se incurre en sacrificialismo -ni Monseñor Romero ni Ignacio Ellacuria cayeron en ello-. En el mundo de los pobres hay, pues, un principio dinámico de salvación, que principia elementos e impulsos de salvación.
En segundo lugar, la resistencia a aceptar que la salvación viene, sin más, de arriba. En la tradición deuteronomista, solo dos reyes, Josías y Ezequías, salen bien parados.
La tercera es la más honda: Dios, el Altísimo, para ser Dios de salvación, se ha abajado, y doblemente. Se ha abajado a la historia: es "el abajo" con relación a la transcendencia. Y se ha abajado a la sarx: es 'el abajo" dentro de la historia. La transcendencia se hace así trans descendencia, cercanía benévola, y con-descendencia, acogida cariñosa. Y recordemos que la fe en ese abajamiento de Dios es articulus stantis vel cadentis fidei et ecclesiae.
3. Después del Vaticano II, E Schillebeeckx expreso la novedad que produjo el Concilio con estas palabras: "Extra mundum nulla salus'. Con lo que acabamos de decir afirmamos algo más radical: "extra pauperes nulla salus". Habrá que precisar qué entendemos por salvación: la configuración de un mundo en el que se haga realidad la vida de los seres humanos y la relación fraterna entre ellos, más la apertura a un “más” que enriquece, la apertura a Dios. Es la utopía del reino de Dios. Pues bien, de esa salvación decimos que está remitida específicamente al mundo de los pobres, sobre todo en su dimensión de humanización, es decir, de llegar a ser familia humana.
Esta tesis es contracultural, pues el mundo de abundancia piensa que ya ha conseguido salvación o que, al menos, está bien encaminado para conseguirla En cualquier caso, no se le ocurre que la salvación -en modo importante- pueda venir del mundo de los pobres
Impera el axioma metafísico: salvados o condenados, "lo real somos nosotros". Por eso, el que la salvación venga de abajo es tan contracultural como lo son en el ámbito de la fe las palabras de Bonhoeffer: "sólo un Dios que sufre puede salvarnos", aunque ambas cosas, según el Nuevo Testamento, no debieran ser sorprendentes.
La tesis es también indefensa. La base teórica que se puede aducir para sustentarla ("el siervo doliente trae salvación") constituye la máxima paradoja para la razón dentro de dicha fe. Y empíricamente, lo que viene de abajo no es sólo salvación, y también en ese mundo campea el mysterium iniquitatis. Pero es necesaria. El mundo de abundancia, el imperio y la globalización, dejados a sí mismos, no humanizan.
Dice Ellacuría que nuestro mundo está configurado por una civilización de la riqueza que hace de la acumulación del capital el motor de la historia y de su posesión y disfrute el principio de humanización. Esa civilización no civiliza, es decir, no salva. Aun con avances, no satisface las necesidades básicas de las mayorías del planeta, lo cual hace peligrar gravemente a la especie humana, y no fomenta las relaciones fraternas entre todos, lo cual hace peligrar a la familia humana. Para encontrar salvación, se debe fomentar entonces una civilización de la pobreza que tiene como "principio del desarrollo la satisfacción de las necesidades básicas" y hace "del acrecentamiento de la solidaridad compartida el fundamento de la humanización" [4].
Para que se haga realidad una civilización de la pobreza, se necesita el máximo aporte de todos, pero esa civilización surge más connaturalmente desde el mundo de los pobres. De ahí el título de este artículo: "la salvación que viene de abajo".
Sobre esto queremos reflexionar a continuación. E insistimos en dos cosas. La primera es que, aceptada la opción por los pobres, hay que dejarse salvar por ellos. Y la segunda es que enfocamos la salvación sobre todo como humanización.
II. Precisiones necesarias
1. La analogía del "abajo" de la historia en orden a la salvación. De arriba pueden provenir elementos importantes de salvación: la ciencia de Pasteur y la de Einstein, la revolución en favor de la libertad, igualdad y fraternidad, declaraciones de derechos humanos, modelos económicos para superar el hambre, y el poder político para poner a producir todo ello.
Mas aún, lo que está arriba a veces es insustituible incluso para facilitar que en el mundo de los pobres se generen los valores y la solidaridad que hemos mencionado. Comblin insiste en la necesidad de figuras de tipo profético para que los pobres puedan recuperar y mantener la confianza en si mismos y contagiar esperanza. Donde no hay esas figuras proféticas dice, puede haber frustración, mientras que, cuando aparecen, se potencia la comunidad de pobres y esta se convierte en levadura. Esas figuras de tipo profético pueden provenir de abajo, pero también de arriba. El abajo se ensancha entonces, pero no de cualquier manera sino a modo de solidaridad, entendida esta como el llevarse mutuamente los desiguales. Estrictamente hablando, el arzobispo Romero -o el rector Ellacuria- no eran del mundo de abajo. Al abajarse, ellos recibieron salvación de los pobres, y estos quedaron potenciados como salvadores.
El "arriba" puede ser lugar de salvación, pero esta transido de ambigüedad: puede humanizar o deshumanizar –recuérdese la angustia de Einstein tras Hiroshima, la ambigüedad de la democracia, fácilmente manipulable y que puede degenerar en su contrario–. Esta ambigüedad hay que superarla con la calidad ética de quienes están arriba, pero lo que urge más eficazmente a su superación, y lo que más la facilita, es la realidad sufriente de abajo. Ahí se pueden encontrar los autocorrectivos que necesita la civilización de la riqueza y que no produce por si misma. Sanado y redimido, el mundo de arriba puede traer salvación. Pero tiene que abajarse, para participar, aunque sea análogamente, en el abajo de la historia.
Lo que no hay que olvidar es el analogatum princeps para no caer en el sofisma de que todos pueden estar abajo, como se ha solido manipular la interpretación de Mt 5,3: "dichosos los pobres de espíritu", como si todos pudiesen ser pobres, sin dejar de ser ricos. No se puede estar abajo sin algún tipo de abajamiento real y de compartir realmente la pobreza. Pero si se puede hablar de la analogía de ese compartir como inserción fáctica en el mundo de los pobres, trabajando en su favor, corriendo riesgos por defenderlos, sufriendo su mismo destino de persecución y muerte, y participando en sus gozos y esperanzas. Todas estas son cosas reales.
2. El modo de producir salvación. Desde abajo no se opera sobre la totalidad de la misma manera que desde arriba, pues, en general, no produce resultados quasi mecánicamente con un instrumental adecuado.
a) Es cierto que también desde abajo se puede operar con algún tipo de poder, por ejemplo a través de organizaciones populares y partidos políticos, aunque lo más específico suyo nos parece el operar a través del poder social más que del político, menos proclive a la deshumanización aquél que éste.
b) Más específico suyo es operar a la manera de "inspiración" y de "lucidez", cosas ambas que emanan, como connaturalmente, de estar primaria y directamente afectados por la realidad de la pobreza, y se pueden traducir en "impulsos" con capacidad para mover quasi físicamente, realmente, a actitudes de misericordia, a praxis de justicia y reconciliación, todo lo cual se puede socializar operando sobre la conciencia colectiva.
c) Y opera también produciendo algo a lo que ya hemos aludido: convocar a la solidaridad, que genere una especie de internacional de salvación. Esa capacidad de convocar no es la de una etérea voluntad de Naciones Unidas, honrada o hipócrita, ni siquiera de la mera predicación de una doctrina social. Los pobres son los que tienen fuerza específica para convocar en orden a operar la salvación.
III. Elementos de humanización que vienen de abajo
1. Impulsos de salvación. Como el siervo de Yahvé, los pobres son luz de las naciones (Is 42, 6; 49). El Tercer Mundo ofrece luz al Primer Mundo para que vea su realidad tal cual es, lo que Ellacuría explicó en dos vigorosas metáforas, el pueblo crucificado es como un espejo invertido en el que, al verse desfigurado, el Primer Mundo se ve en su verdad, la cual se intenta ocultar o disimular. Y es también lo que aparece en el coproanálisis, -el examen de heces- la existencia de pueblos crucificados muestra la verdad de su estado de salud. Por doloroso que sea, sería insensatez desdeñar esta luz. La ciencia analiza la realidad, pero, para verla tal cual es, se necesita luz.
Un segundo elemento es la esperanza. "Arriba" existen expectativas de que se cumplan deseos, en base a cálculos, pero no hay un “entre” el presente y el futuro, y por eso no hay esperanza. La esperanza es contra esperanza, y su raíz está en el amor que carga con todo. Y ambas cosas se hacen presentes más connaturalmente en el mundo de los pobres. Decía Ellacuría que América Latina es un continente de esperanza -aunque hay épocas de desencanto- frente a otros continentes que no la tienen y que lo único que realmente tienen es miedo. No hay que desdeñar esa esperanza como elemento de salvación.
Junto a luz y esperanza, el mundo de abajo genera otros impulsos [5], aunque algunos son de carácter formal: cuestiona cuan humana o inhumana es la comprensión de la salvación que se pretende desde arriba, sea ésta personal, social, ambiental, religiosa. Ayuda a poner en dirección correcta las soluciones que se ofrecen, y a desenmascarar el dogma de que "los pobres sólo pueden recibir y no dar". Es éste el sueño dogmático -junto al de "cruel inhumanidad"- en el que está sumido Occidente, muy necesitado de una sacudida kantiana.
Específicamente, de él provienen redención de lo que está arriba, poder, ciencia, tecnología. El poder está transido de una pecaminosidad innata: actuar impositiva, autoritaria, violentamente, más la exigencia de que le reconozcan como bienhechor. El uso de la ciencia y la tecnología está abierto a la ambigüedad, pues puede encaminar hacia el progreso o hacia el precipicio, como lo hace notar J. Moltmann. Puede producir Hiroshima o energía útil, puede superar carencias básicas o deshumanizar imponiendo el consumismo, la cosificación de lo humano.
A ese mundo hay que redimir. Y aunque hoy suene contracultural, en la tradición cristiana "redimir" sólo es posible cargando con el peso del pecado. Pues bien, el mundo de los pobres es el que, muchas veces, expresa en sí mismo ese pecado que lo destroza, y carga con él. Por eso puede redimirlo.
2. La utopía del oíkos. En un mundo en que cada tres segundos muere un niño pobre, 800 millones pasan hambre, 2.500 millones malviven con dos dólares al día, es difícil hablar de salvación ni de humanización. Y a la inversa, si China resuelve el problema del hambre trae un elemento fundamental de salvación. Sin vida no hay "gloria de Dios" ni "decencia humana". La pregunta es qué pueden ofrecer los pobres a esa vida.
A veces ofrecen nuevas formas de "economía popular", y es bien sabido que en muchas culturas la conciencia ecológica para cuidar y sanar la naturaleza es superior a la de Occidente. Pero, además, no se pueden desdeñar sus aportes, indirectos, pero reales. La intolerabilidad de la pobreza lleva en sí misma el dinamismo a buscar y encontrar soluciones, no sólo a denunciarla; a "crear modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una civilización del trabajo como sustitutiva de una civilización del capital", en lo que insistía Ellacuría. Lleva a cambiar el corazón de piedra en corazón de carne, cosa absolutamente necesaria viendo con cuánta dificultad el mundo de arriba se decide a buscar soluciones y a renunciar a su lujo insultante, y como, por el contrario, escenifica a diario y sin avergonzarse la parábola del ricachón y el pobre Lázaro. No responde al reto del milenio. Existen los recursos, pero la voluntad es muy débil. Y está hipotecada, en definitiva, al propio "buen vivir".
Por ultimo, los pobres exigen que la solución al hambre sea humana, pues humanos son, seres de dignidad y cultura propia –no sólo animales-, los que necesitan alimentación. Y recuerdan que la economía esta al servicio del oikos -tautología necesaria-, la unidad básica de vida. La salvación económica se consuma cuando hace posible el oikos: alimentación, educación, vivienda, salud, y su universalización, de modo que sea posible la convivencia humana. La calidad de vida y el estado de bienestar son las utopías de arriba para las minorías. El oikos es la utopía, mínima, la de las mayorías.
3 El quicio. En una sociedad están actuantes muchos elementos, pero lo más decisivo es un quicio que los haga girar humanamente. En un mundo desquiciado como el actual, un quicio que sea salvífico tiene que estar enraizado en el abajo de la historia. Para que las cosas giren bien es necesaria la compasión y misericordia hacia las victimas, la honradez ante la realidad y el desenmascaramiento del encubrimiento y la mentira, una libertad que se ponga a favor de los débiles y no del propio yo, la fortaleza para la profecía y para cargar con sus costos, y la esperanza de que la vida es posible.
También es necesaria la obediencia, tan desprestigiada hoy, pero no a cualquier autoridad, sino a la autoridad de los que sufren (Metz), la solidaridad, pero no sólo como ayuda compasiva, generosa y aun sacrificada, sino como un dar y –lo mas costoso- como un recibir; el gozo de sabernos todos hermanos y hermanas, que puede ir acompañado de sufrimiento, pero que no tiene por qué caer en la tristeza.
Y es necesaria la apertura a un misterio último de la realidad, que supere el romo positivismo del mundo actual. Y para algunos -añadimos- es necesario el salirse de uno mismo, como en la oración de san Francisco de Asís, y poner nombre a eso ultimo, Padre, Madre, sin quitarle lo que tiene de inmanipulable e inefable, Dios.
Todo eso -hoy por hoy- más se encuentra abajo en la pobreza, que arriba en la riqueza, pues le es más connatural. Y es menor el peligro de caer en irrealidad, el docetismo de siempre, y de caer en sucedáneos de salvación, el gnosticismo y epicureismo de siempre
IV. Meditación sobre la santidad primordial y el mysterium iniquitatis [6]
1. Regresemos, profundizándola, a la experiencia fundante. En Níger y Somalia hay muchas madres con niños famélicos. En Sudáfrica y Zambia hay mayorías condenadas a la muerte por sida. En los Grandes Lagos larguísimas caravanas de mujeres huyeron de la muerte, caminando cientos o miles de kilómetros sin prácticamente nada. Hay relatos que describen la increíble crueldad y miseria en cárceles y campos de refugiados. Pero también hay dignidad, amor y esperanza, el anhelo de vivir. Hablamos de África, pero la realidad se repite, de una u otra forma, en muchos lugares. Hay aquí una sacudida ética: "qué has hecho de tu hermano", pero hay algo más.
Al anhelo de sobrevivir en medio de grandes sufrimientos, los trabajos para lograrlo, con creatividad sin límites, con resistencia y fortaleza, desafiando inmensos obstáculos, lo llamamos: la santidad primordial. En medio de la tragedia, ellos y ellas, pobres y víctimas, cumplen con la llamada de Dios a vivir y a dar vida a otros. Y ocurre también en el difícil día a día.
Comparada con la santidad oficial, de esa santidad no se pregunta lo que en ella hay de libertad o de necesidad, de virtud o de obligación, de gracia o de mérito. No tiene por qué ser la santidad acompañada de virtudes heroicas, sino la que se expresa en una vida toda ella heroica en un mundo hostil.
Esa santidad primordial invita a la solidaridad, a dar y recibir unos a otros y unos de otros. Invita al gozo de ser humanos unos con otros. Y en ella se hace presente Dios. En los conocidos versos de César Vallejo: "El suertero que grita 'La de a mil' contiene no sé qué fondo de Dios". Esa santidad salva.
2. Junto a ella se hace presente el mysterium iniquitatis, en lo que se insiste para no "idealizar a los pobres". Es verdad, pero hay que ir por partes.
Ante todo, el hecho. Entre los pobres está actuando inocultablemente el mysterium iniquitatis. Las carencias básicas tienden a reforzar el egoísmo y a introyectar y ansiar los sueños deshumanizadores que vienen del Norte, aunque los pobres disfruten con todo derecho de algunos de sus bienes civilizatorios que también provienen de allí.
Dicho esto, el drama es impresionante. En épocas recientes pobres eran, entre nosotros, los miembros de cuerpos de seguridad y de organizaciones populares, y Monseñor Romero se lamentaba amargamente de que lo mismo que los unía, la necesidad de sobrevivir, es lo que los separaba hasta matarse unos a otros. Algo semejante ocurre ahora con las maras, pandillas juveniles de gente pobre. Y los abusos y violaciones, el machismo burdo, las mutilaciones, las matanzas...
Una muestra macabra y actual son los niños-soldado. Melquisedek Sikuli, obispo de Butembo, en el congreso por la paz, al que antes aludíamos, enumeró los gravísimos problemas de su país: miseria, injusticia, desplazados, mujeres violadas y aldeas saqueadas, todo ello en el trasfondo del colonialismo que sigue enviando armas para la muerte. Pero no ocultó los males propios y terminó mencionando sin disimulos "el drama de los niños-soldado". Pero, indefensamente, citó también unas palabras de Kouroma en su libro Allah no está contento: "Cuando no se tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni madre, ni hermana, y se es todavía un niño, en un país arruinado y bárbaro, en donde todos se matan, ¿qué se hace? Se empieza a ser niño-soldado para comer y matar: es todo lo que nos queda" [7].
No conozco a nadie, Gustavo Gutiérrrez, F. Wilfred, I. Ellacuría, y otros defensores de los pobres, que, ensalzando sus bondades, no reconozcan las maldades de su mundo. Eso, sin embargo, no tiene por qué anular la tesis que hemos expuesto: de abajo viene salvación y una salvación específica que no viene de arriba. No lo anula en pura lógica, pero tampoco según la lógica existencial, al menos la de quien esto escribe.
3. Si se me permite una reflexión muy personal -meditación he titulado este acápite-, me he preguntado si esa maldad es como la que impera en el mundo de la riqueza, y pienso -existencialmente, no en pura lógica- que hay diferencias, y que ambas nos afectan de forma diferente. La maldad de arriba parece, por así decirlo, "más" maldad, pues en el "arriba" hay más oportunidades para dominar la vida y menos necesidad de ofender y oprimir. La de "abajo" parece "menos" maldad, pues con frecuencia lo que empuja a ella es la necesidad de sobrevivir o la desesperación y hastío que produce una vida en pobreza. Siempre quedan destellos de libertad, pero parece más una maldad por necesidad. Y lo que hay de libertad existe en medio de la indefensión, la debilidad, los ataques de la sociedad y de sus instituciones. Los pobres son, en definitiva, los que no dan la vida por supuesta, los que tienen a (casi) todos los poderes de este mundo en su contra, los que no tienen palabra ni nombre -y así carecen hasta de existencia-, los cercanos a la muerte lenta de la pobreza y a la muerte rápida y violenta de la injusticia y la opresión
La maldad de "arriba" encoleriza e indigna en grado sumo, sobre todo cuando se comete contra los de "abajo" -lo que ocurre muy frecuentemente, personal o estructuralmente-. La maldad de "abajo" repugna y decepciona, pero sobre todo entristece.
¿Será esto una ilusión para mantener acríticamente la tesis de la "santidad primordial", de "la salvación que viene de abajo"? Sinceramente pienso que el "abajo" de la historia con "su" misterio especifico de iniquidad trae más salvación y humanización que el "arriba" de la historia con "el suyo". Pienso que, juntamente con su pecado, el estilo de vivir de los pobres es, por su naturaleza, de una finura y calidad mayor que otros estilos de vivir.
En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres distingue Kant entre "precio" y "dignidad", y concluye que "lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad". Parafraseando con libertad estas palabras, pienso que en el mundo de la riqueza, aun con dignidad, predomina el "precio", mientras que en el de la pobreza predomina la "dignidad", aunque no sea más que por necesidad. También lo enfatizó Mons. Romero. A los que le preguntaban qué hacer les respondió "que no se olviden que somos seres humanos" (entrevista del 19 de marzo de 1980). Y nada más.
Muchas veces he hecho notar el agravio comparativo por el mero hecho de existir juntos el ricachón y el pobre Lázaro. Quisiera añadir ahora la desmesura comparativa en dignidad de Lázaro con respecto al ricachón por el mero hecho de ser lo que son. Y recordemos las palabras de Jesús: "Yo les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras ella ha dado desde su pobreza, no tenia más, y dio todos sus recursos" (Mc 12,43s). La diferencia fundamental no es de cantidad, sino de calidad. La viuda pobre ha dado "todo". Los pobres no tienen dinero para dar, y con mayor connaturalidad -si dan- se dan a si mismos. Por su mayor endeblez e indefensión, y por tener en su contra todo, su bondad parece ser de más quilates. Pienso que, estructuralmente, en los pobres se mantiene, mejor que en otros lugares, la reserva de dignidad de lo humano.
4. No sé cuanto de salvación viene de abajo. Pero dejado a su inercia lo que esta arriba, la globalización capitalista, el Occidente narcisista, la civilización de la riqueza, no se avizora salvación. Recordemos lo ocurrido en fechas recientes.
Singapur, 6 de julio. Culto a la pompa, despilfarro y prosperidad insultante.
Londres, 7 de julio. Barbarie terrorista por una parte, y por otra, el empecinamiento de Occidente: no cambiará. Seguirá recordando el 11-S y el 11-M, y ahora el 7-J, pero seguirá ignorando el 7-0 (el 7 de octubre de 2001 cuando la comunidad internacional democrática bombardeó Afganistán) y el 30-M (el 30 de marzo de 2003 cuando un grupo de países demócratas bombardearon Iraq). Afganistán e Irak no tienen calendario. No existen.
C-8, 8 de julio. Los poderosos se presentan, aunque con cierta pose de humildad, como benefactores, condonando la deuda a África. Pero los grandes beneficiados son Time Warner, Ford Motor Company, Nokia, Emi Music...
De un mundo así poca humanización puede venir, y de escasa calidad. En el mundo de pobreza siempre hay oferta de humanidad. Entre escollos y debilidades ya asoma "la inmensa riqueza espiritual y humana de los pobres y los pueblos del Tercer Mundo, hoy ahogada por la miseria y por la imposición de modelos culturales más desarrollados en algunos aspectos, pero no por eso más plenamente humanos [8].
Terminamos con unas palabras de Monseñor Romero, tradicionales en su formulación, pero que recogen a cabalidad la tesis central de estas reflexiones: "entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención" (Homilía del 24 de diciembre de 1978). Y recordemos el matiz que "redención" añade a "salvación": los pobres cargan con el pecado de sus opresores.
NOTAS:
[1] Véase también lo que escribí en "Redención de la globalización Las victimas", Concilium 293 (2001) 801-811, "Revertir la historia", Concilium 308, (2004)811-820
[2] Entrevista en Éxodo 78-79 (2005) 66
[3] Véase lo que escribe Félix Wilfred más analíticamente: "El afrontamiento del sufrimiento humano y la respuesta en términos de compasión ha desarrollado en las victimas algunos de los valores que necesitamos para apoyar un mundo diferente: la solidaridad, la humanidad, el espíritu de compartir, la técnica de la supervivencia, la preparación para asumir riesgos, la resistencia y la férrea determinación en medio de las adversidades. En el mundo de las victimas, a diferencia del mundo del imperio y la globalización, el bien no se identifica con el "éxito". Lo bueno y lo justo son ideales que el mundo necesita para esforzarse por conseguir algo de forma implacable. Sus recursos culturales, que reflejan los valores e ideales de un mundo futuro, les ayudan a afrontar su vida con coraje, tanto individual como colectivamente", en "Golpeando suavemente los recursos locales de la esperanza", Concilium 308 (2004) 770.
[4] I. Ellacuría, "Utopía y profetismo", Revista Latinoamericana de Teología 17(1989) 170.
[5] Puebla lo dice en lenguaje cristiano: en los pobres hay "un potencial evangelizador, llaman a conversión a la Iglesia”, y "muchos de ellos realizan en su vida" los valores evangélicos de solidaridad, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios (n. 1147).
[6] Hemos abordado el tema en Terremoto, terrorismo, barbarie y utopía. El Salvador, Nueva York y Afganistán, San Salvador, Madrid, 2002, sobre todo el capítulo V.
[7] Terrorismo..., p. 132s.
[8] "Misión actual de la Compañía de Jesús", Revista Latinoamericana de Teología 29(1993) 119s.
Hace poco escribía J. Comblin estas palabras: "En los medios de comunicación se habla de los pobres siempre de forma negativa, como los que no tienen bienes, los que no tienen cultura, los que no tienen para comer. Visto desde fuera, el mundo de los pobres es todo negatividad. Sin embargo, visto desde dentro, el mundo de los pobres tiene vitalidad, luchan para sobrevivir, inventan trabajos informales y construyen una civilización distinta de solidaridad, de personas que se reconocen iguales, con formas de expresión propias, incluidos el arte y la poesía" [2].
Estas palabras son notables. Con ellas se afirma que en el mundo de los pobres hay valores importantes y, además, que construyen una civilización de solidaridad. Y no es una opinión aislada. Con frecuencia he oído en El Salvador de mucha gente que viene de fuera que entre los pobres han visto la irrupción de lo humano de forma inesperada- y para algunos, también la irrupción de lo divino- De Butembo, Congo, en 2001 regresaron unos europeos que habían participado en un congreso por la paz, y dijeron estas palabras: "la extraordinaria vitalidad, el calor humano y el deseo profundo de paz de la población llenó literalmente de asombro a los 'peregrinos de la paz". En medio de la catástrofe del Katrina, una diputada de una autonomía española, que llego a prestar ayuda, confesaba con emoción incontenible su asombro y agradecimiento por el apoyo que ellos, blancos y blancas extranjeros, habían recibido de los negros, pobres, inmersos en horrores espantosos. Los testimonios se pueden repetir ad infinitum [3].
En el mundo de los pobres hay, pues, algo que humaniza, y que es diferente, y aun contrario, a lo que prima en el mundo de abundancia. Son "el reverso del mundo de los ricos" (Comblin). "En los países ricos sobran los medios y faltan razones para vivir, mientras que en los países pobres faltan medios y sobran razones" (Nicolás Castellanos, obispo español en Bolivia desde 1992). Y esto permite formular una utopía, la de "la civilización de la pobreza", contraria y alternativa a "la civilización de la riqueza" (Ellacuria).
Como el Lutero que buscaba a un Dios benévolo, muchos buscan hoy una "humanidad benévola, humana", lo cual no es ninguna redundancia. No la encuentran ni en la globalización ni siquiera en ordenamientos democráticos, pero si encuentran elementos importantes de ella en el mundo de los pobres: alegría, creatividad, paciencia, arte y cultura, esperanza, solidaridad. Y desde ahí surge la esperanza de un mundo "otro", y que sea "humano".
2. Lo que acabamos de constatar no debiera ser una sorpresa total. Esta presente -de forma idealizada- en tradiciones culturales y religiosas seculares ciertamente en la tradición bíblico cristiana aunque la cultura occidental las haya ignorado, deshaciéndose precipitadamente del niño junto con el agua sucia. Tres cosas quisiera recalcar de esa tradición.
En primer lugar, la intuición fundamental: del mundo de los pobres viene salvación, y desde ahí se despliega a diversos ámbitos de la realidad. No solo viene de ese mundo pero desde él surgen principios de salvación que con dificultad provienen de otros mundos. Por ello los portadores simbólicos de salvación son lo débil y pequeño incluso las victimas, como el siervo sufriente y el mesias crucificado, sin que esto se pueda descalificar objetando que así se incurre en sacrificialismo -ni Monseñor Romero ni Ignacio Ellacuria cayeron en ello-. En el mundo de los pobres hay, pues, un principio dinámico de salvación, que principia elementos e impulsos de salvación.
En segundo lugar, la resistencia a aceptar que la salvación viene, sin más, de arriba. En la tradición deuteronomista, solo dos reyes, Josías y Ezequías, salen bien parados.
La tercera es la más honda: Dios, el Altísimo, para ser Dios de salvación, se ha abajado, y doblemente. Se ha abajado a la historia: es "el abajo" con relación a la transcendencia. Y se ha abajado a la sarx: es 'el abajo" dentro de la historia. La transcendencia se hace así trans descendencia, cercanía benévola, y con-descendencia, acogida cariñosa. Y recordemos que la fe en ese abajamiento de Dios es articulus stantis vel cadentis fidei et ecclesiae.
3. Después del Vaticano II, E Schillebeeckx expreso la novedad que produjo el Concilio con estas palabras: "Extra mundum nulla salus'. Con lo que acabamos de decir afirmamos algo más radical: "extra pauperes nulla salus". Habrá que precisar qué entendemos por salvación: la configuración de un mundo en el que se haga realidad la vida de los seres humanos y la relación fraterna entre ellos, más la apertura a un “más” que enriquece, la apertura a Dios. Es la utopía del reino de Dios. Pues bien, de esa salvación decimos que está remitida específicamente al mundo de los pobres, sobre todo en su dimensión de humanización, es decir, de llegar a ser familia humana.
Esta tesis es contracultural, pues el mundo de abundancia piensa que ya ha conseguido salvación o que, al menos, está bien encaminado para conseguirla En cualquier caso, no se le ocurre que la salvación -en modo importante- pueda venir del mundo de los pobres
Impera el axioma metafísico: salvados o condenados, "lo real somos nosotros". Por eso, el que la salvación venga de abajo es tan contracultural como lo son en el ámbito de la fe las palabras de Bonhoeffer: "sólo un Dios que sufre puede salvarnos", aunque ambas cosas, según el Nuevo Testamento, no debieran ser sorprendentes.
La tesis es también indefensa. La base teórica que se puede aducir para sustentarla ("el siervo doliente trae salvación") constituye la máxima paradoja para la razón dentro de dicha fe. Y empíricamente, lo que viene de abajo no es sólo salvación, y también en ese mundo campea el mysterium iniquitatis. Pero es necesaria. El mundo de abundancia, el imperio y la globalización, dejados a sí mismos, no humanizan.
Dice Ellacuría que nuestro mundo está configurado por una civilización de la riqueza que hace de la acumulación del capital el motor de la historia y de su posesión y disfrute el principio de humanización. Esa civilización no civiliza, es decir, no salva. Aun con avances, no satisface las necesidades básicas de las mayorías del planeta, lo cual hace peligrar gravemente a la especie humana, y no fomenta las relaciones fraternas entre todos, lo cual hace peligrar a la familia humana. Para encontrar salvación, se debe fomentar entonces una civilización de la pobreza que tiene como "principio del desarrollo la satisfacción de las necesidades básicas" y hace "del acrecentamiento de la solidaridad compartida el fundamento de la humanización" [4].
Para que se haga realidad una civilización de la pobreza, se necesita el máximo aporte de todos, pero esa civilización surge más connaturalmente desde el mundo de los pobres. De ahí el título de este artículo: "la salvación que viene de abajo".
Sobre esto queremos reflexionar a continuación. E insistimos en dos cosas. La primera es que, aceptada la opción por los pobres, hay que dejarse salvar por ellos. Y la segunda es que enfocamos la salvación sobre todo como humanización.
II. Precisiones necesarias
1. La analogía del "abajo" de la historia en orden a la salvación. De arriba pueden provenir elementos importantes de salvación: la ciencia de Pasteur y la de Einstein, la revolución en favor de la libertad, igualdad y fraternidad, declaraciones de derechos humanos, modelos económicos para superar el hambre, y el poder político para poner a producir todo ello.
Mas aún, lo que está arriba a veces es insustituible incluso para facilitar que en el mundo de los pobres se generen los valores y la solidaridad que hemos mencionado. Comblin insiste en la necesidad de figuras de tipo profético para que los pobres puedan recuperar y mantener la confianza en si mismos y contagiar esperanza. Donde no hay esas figuras proféticas dice, puede haber frustración, mientras que, cuando aparecen, se potencia la comunidad de pobres y esta se convierte en levadura. Esas figuras de tipo profético pueden provenir de abajo, pero también de arriba. El abajo se ensancha entonces, pero no de cualquier manera sino a modo de solidaridad, entendida esta como el llevarse mutuamente los desiguales. Estrictamente hablando, el arzobispo Romero -o el rector Ellacuria- no eran del mundo de abajo. Al abajarse, ellos recibieron salvación de los pobres, y estos quedaron potenciados como salvadores.
El "arriba" puede ser lugar de salvación, pero esta transido de ambigüedad: puede humanizar o deshumanizar –recuérdese la angustia de Einstein tras Hiroshima, la ambigüedad de la democracia, fácilmente manipulable y que puede degenerar en su contrario–. Esta ambigüedad hay que superarla con la calidad ética de quienes están arriba, pero lo que urge más eficazmente a su superación, y lo que más la facilita, es la realidad sufriente de abajo. Ahí se pueden encontrar los autocorrectivos que necesita la civilización de la riqueza y que no produce por si misma. Sanado y redimido, el mundo de arriba puede traer salvación. Pero tiene que abajarse, para participar, aunque sea análogamente, en el abajo de la historia.
Lo que no hay que olvidar es el analogatum princeps para no caer en el sofisma de que todos pueden estar abajo, como se ha solido manipular la interpretación de Mt 5,3: "dichosos los pobres de espíritu", como si todos pudiesen ser pobres, sin dejar de ser ricos. No se puede estar abajo sin algún tipo de abajamiento real y de compartir realmente la pobreza. Pero si se puede hablar de la analogía de ese compartir como inserción fáctica en el mundo de los pobres, trabajando en su favor, corriendo riesgos por defenderlos, sufriendo su mismo destino de persecución y muerte, y participando en sus gozos y esperanzas. Todas estas son cosas reales.
2. El modo de producir salvación. Desde abajo no se opera sobre la totalidad de la misma manera que desde arriba, pues, en general, no produce resultados quasi mecánicamente con un instrumental adecuado.
a) Es cierto que también desde abajo se puede operar con algún tipo de poder, por ejemplo a través de organizaciones populares y partidos políticos, aunque lo más específico suyo nos parece el operar a través del poder social más que del político, menos proclive a la deshumanización aquél que éste.
b) Más específico suyo es operar a la manera de "inspiración" y de "lucidez", cosas ambas que emanan, como connaturalmente, de estar primaria y directamente afectados por la realidad de la pobreza, y se pueden traducir en "impulsos" con capacidad para mover quasi físicamente, realmente, a actitudes de misericordia, a praxis de justicia y reconciliación, todo lo cual se puede socializar operando sobre la conciencia colectiva.
c) Y opera también produciendo algo a lo que ya hemos aludido: convocar a la solidaridad, que genere una especie de internacional de salvación. Esa capacidad de convocar no es la de una etérea voluntad de Naciones Unidas, honrada o hipócrita, ni siquiera de la mera predicación de una doctrina social. Los pobres son los que tienen fuerza específica para convocar en orden a operar la salvación.
III. Elementos de humanización que vienen de abajo
1. Impulsos de salvación. Como el siervo de Yahvé, los pobres son luz de las naciones (Is 42, 6; 49). El Tercer Mundo ofrece luz al Primer Mundo para que vea su realidad tal cual es, lo que Ellacuría explicó en dos vigorosas metáforas, el pueblo crucificado es como un espejo invertido en el que, al verse desfigurado, el Primer Mundo se ve en su verdad, la cual se intenta ocultar o disimular. Y es también lo que aparece en el coproanálisis, -el examen de heces- la existencia de pueblos crucificados muestra la verdad de su estado de salud. Por doloroso que sea, sería insensatez desdeñar esta luz. La ciencia analiza la realidad, pero, para verla tal cual es, se necesita luz.
Un segundo elemento es la esperanza. "Arriba" existen expectativas de que se cumplan deseos, en base a cálculos, pero no hay un “entre” el presente y el futuro, y por eso no hay esperanza. La esperanza es contra esperanza, y su raíz está en el amor que carga con todo. Y ambas cosas se hacen presentes más connaturalmente en el mundo de los pobres. Decía Ellacuría que América Latina es un continente de esperanza -aunque hay épocas de desencanto- frente a otros continentes que no la tienen y que lo único que realmente tienen es miedo. No hay que desdeñar esa esperanza como elemento de salvación.
Junto a luz y esperanza, el mundo de abajo genera otros impulsos [5], aunque algunos son de carácter formal: cuestiona cuan humana o inhumana es la comprensión de la salvación que se pretende desde arriba, sea ésta personal, social, ambiental, religiosa. Ayuda a poner en dirección correcta las soluciones que se ofrecen, y a desenmascarar el dogma de que "los pobres sólo pueden recibir y no dar". Es éste el sueño dogmático -junto al de "cruel inhumanidad"- en el que está sumido Occidente, muy necesitado de una sacudida kantiana.
Específicamente, de él provienen redención de lo que está arriba, poder, ciencia, tecnología. El poder está transido de una pecaminosidad innata: actuar impositiva, autoritaria, violentamente, más la exigencia de que le reconozcan como bienhechor. El uso de la ciencia y la tecnología está abierto a la ambigüedad, pues puede encaminar hacia el progreso o hacia el precipicio, como lo hace notar J. Moltmann. Puede producir Hiroshima o energía útil, puede superar carencias básicas o deshumanizar imponiendo el consumismo, la cosificación de lo humano.
A ese mundo hay que redimir. Y aunque hoy suene contracultural, en la tradición cristiana "redimir" sólo es posible cargando con el peso del pecado. Pues bien, el mundo de los pobres es el que, muchas veces, expresa en sí mismo ese pecado que lo destroza, y carga con él. Por eso puede redimirlo.
2. La utopía del oíkos. En un mundo en que cada tres segundos muere un niño pobre, 800 millones pasan hambre, 2.500 millones malviven con dos dólares al día, es difícil hablar de salvación ni de humanización. Y a la inversa, si China resuelve el problema del hambre trae un elemento fundamental de salvación. Sin vida no hay "gloria de Dios" ni "decencia humana". La pregunta es qué pueden ofrecer los pobres a esa vida.
A veces ofrecen nuevas formas de "economía popular", y es bien sabido que en muchas culturas la conciencia ecológica para cuidar y sanar la naturaleza es superior a la de Occidente. Pero, además, no se pueden desdeñar sus aportes, indirectos, pero reales. La intolerabilidad de la pobreza lleva en sí misma el dinamismo a buscar y encontrar soluciones, no sólo a denunciarla; a "crear modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una civilización del trabajo como sustitutiva de una civilización del capital", en lo que insistía Ellacuría. Lleva a cambiar el corazón de piedra en corazón de carne, cosa absolutamente necesaria viendo con cuánta dificultad el mundo de arriba se decide a buscar soluciones y a renunciar a su lujo insultante, y como, por el contrario, escenifica a diario y sin avergonzarse la parábola del ricachón y el pobre Lázaro. No responde al reto del milenio. Existen los recursos, pero la voluntad es muy débil. Y está hipotecada, en definitiva, al propio "buen vivir".
Por ultimo, los pobres exigen que la solución al hambre sea humana, pues humanos son, seres de dignidad y cultura propia –no sólo animales-, los que necesitan alimentación. Y recuerdan que la economía esta al servicio del oikos -tautología necesaria-, la unidad básica de vida. La salvación económica se consuma cuando hace posible el oikos: alimentación, educación, vivienda, salud, y su universalización, de modo que sea posible la convivencia humana. La calidad de vida y el estado de bienestar son las utopías de arriba para las minorías. El oikos es la utopía, mínima, la de las mayorías.
3 El quicio. En una sociedad están actuantes muchos elementos, pero lo más decisivo es un quicio que los haga girar humanamente. En un mundo desquiciado como el actual, un quicio que sea salvífico tiene que estar enraizado en el abajo de la historia. Para que las cosas giren bien es necesaria la compasión y misericordia hacia las victimas, la honradez ante la realidad y el desenmascaramiento del encubrimiento y la mentira, una libertad que se ponga a favor de los débiles y no del propio yo, la fortaleza para la profecía y para cargar con sus costos, y la esperanza de que la vida es posible.
También es necesaria la obediencia, tan desprestigiada hoy, pero no a cualquier autoridad, sino a la autoridad de los que sufren (Metz), la solidaridad, pero no sólo como ayuda compasiva, generosa y aun sacrificada, sino como un dar y –lo mas costoso- como un recibir; el gozo de sabernos todos hermanos y hermanas, que puede ir acompañado de sufrimiento, pero que no tiene por qué caer en la tristeza.
Y es necesaria la apertura a un misterio último de la realidad, que supere el romo positivismo del mundo actual. Y para algunos -añadimos- es necesario el salirse de uno mismo, como en la oración de san Francisco de Asís, y poner nombre a eso ultimo, Padre, Madre, sin quitarle lo que tiene de inmanipulable e inefable, Dios.
Todo eso -hoy por hoy- más se encuentra abajo en la pobreza, que arriba en la riqueza, pues le es más connatural. Y es menor el peligro de caer en irrealidad, el docetismo de siempre, y de caer en sucedáneos de salvación, el gnosticismo y epicureismo de siempre
IV. Meditación sobre la santidad primordial y el mysterium iniquitatis [6]
1. Regresemos, profundizándola, a la experiencia fundante. En Níger y Somalia hay muchas madres con niños famélicos. En Sudáfrica y Zambia hay mayorías condenadas a la muerte por sida. En los Grandes Lagos larguísimas caravanas de mujeres huyeron de la muerte, caminando cientos o miles de kilómetros sin prácticamente nada. Hay relatos que describen la increíble crueldad y miseria en cárceles y campos de refugiados. Pero también hay dignidad, amor y esperanza, el anhelo de vivir. Hablamos de África, pero la realidad se repite, de una u otra forma, en muchos lugares. Hay aquí una sacudida ética: "qué has hecho de tu hermano", pero hay algo más.
Al anhelo de sobrevivir en medio de grandes sufrimientos, los trabajos para lograrlo, con creatividad sin límites, con resistencia y fortaleza, desafiando inmensos obstáculos, lo llamamos: la santidad primordial. En medio de la tragedia, ellos y ellas, pobres y víctimas, cumplen con la llamada de Dios a vivir y a dar vida a otros. Y ocurre también en el difícil día a día.
Comparada con la santidad oficial, de esa santidad no se pregunta lo que en ella hay de libertad o de necesidad, de virtud o de obligación, de gracia o de mérito. No tiene por qué ser la santidad acompañada de virtudes heroicas, sino la que se expresa en una vida toda ella heroica en un mundo hostil.
Esa santidad primordial invita a la solidaridad, a dar y recibir unos a otros y unos de otros. Invita al gozo de ser humanos unos con otros. Y en ella se hace presente Dios. En los conocidos versos de César Vallejo: "El suertero que grita 'La de a mil' contiene no sé qué fondo de Dios". Esa santidad salva.
2. Junto a ella se hace presente el mysterium iniquitatis, en lo que se insiste para no "idealizar a los pobres". Es verdad, pero hay que ir por partes.
Ante todo, el hecho. Entre los pobres está actuando inocultablemente el mysterium iniquitatis. Las carencias básicas tienden a reforzar el egoísmo y a introyectar y ansiar los sueños deshumanizadores que vienen del Norte, aunque los pobres disfruten con todo derecho de algunos de sus bienes civilizatorios que también provienen de allí.
Dicho esto, el drama es impresionante. En épocas recientes pobres eran, entre nosotros, los miembros de cuerpos de seguridad y de organizaciones populares, y Monseñor Romero se lamentaba amargamente de que lo mismo que los unía, la necesidad de sobrevivir, es lo que los separaba hasta matarse unos a otros. Algo semejante ocurre ahora con las maras, pandillas juveniles de gente pobre. Y los abusos y violaciones, el machismo burdo, las mutilaciones, las matanzas...
Una muestra macabra y actual son los niños-soldado. Melquisedek Sikuli, obispo de Butembo, en el congreso por la paz, al que antes aludíamos, enumeró los gravísimos problemas de su país: miseria, injusticia, desplazados, mujeres violadas y aldeas saqueadas, todo ello en el trasfondo del colonialismo que sigue enviando armas para la muerte. Pero no ocultó los males propios y terminó mencionando sin disimulos "el drama de los niños-soldado". Pero, indefensamente, citó también unas palabras de Kouroma en su libro Allah no está contento: "Cuando no se tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni madre, ni hermana, y se es todavía un niño, en un país arruinado y bárbaro, en donde todos se matan, ¿qué se hace? Se empieza a ser niño-soldado para comer y matar: es todo lo que nos queda" [7].
No conozco a nadie, Gustavo Gutiérrrez, F. Wilfred, I. Ellacuría, y otros defensores de los pobres, que, ensalzando sus bondades, no reconozcan las maldades de su mundo. Eso, sin embargo, no tiene por qué anular la tesis que hemos expuesto: de abajo viene salvación y una salvación específica que no viene de arriba. No lo anula en pura lógica, pero tampoco según la lógica existencial, al menos la de quien esto escribe.
3. Si se me permite una reflexión muy personal -meditación he titulado este acápite-, me he preguntado si esa maldad es como la que impera en el mundo de la riqueza, y pienso -existencialmente, no en pura lógica- que hay diferencias, y que ambas nos afectan de forma diferente. La maldad de arriba parece, por así decirlo, "más" maldad, pues en el "arriba" hay más oportunidades para dominar la vida y menos necesidad de ofender y oprimir. La de "abajo" parece "menos" maldad, pues con frecuencia lo que empuja a ella es la necesidad de sobrevivir o la desesperación y hastío que produce una vida en pobreza. Siempre quedan destellos de libertad, pero parece más una maldad por necesidad. Y lo que hay de libertad existe en medio de la indefensión, la debilidad, los ataques de la sociedad y de sus instituciones. Los pobres son, en definitiva, los que no dan la vida por supuesta, los que tienen a (casi) todos los poderes de este mundo en su contra, los que no tienen palabra ni nombre -y así carecen hasta de existencia-, los cercanos a la muerte lenta de la pobreza y a la muerte rápida y violenta de la injusticia y la opresión
La maldad de "arriba" encoleriza e indigna en grado sumo, sobre todo cuando se comete contra los de "abajo" -lo que ocurre muy frecuentemente, personal o estructuralmente-. La maldad de "abajo" repugna y decepciona, pero sobre todo entristece.
¿Será esto una ilusión para mantener acríticamente la tesis de la "santidad primordial", de "la salvación que viene de abajo"? Sinceramente pienso que el "abajo" de la historia con "su" misterio especifico de iniquidad trae más salvación y humanización que el "arriba" de la historia con "el suyo". Pienso que, juntamente con su pecado, el estilo de vivir de los pobres es, por su naturaleza, de una finura y calidad mayor que otros estilos de vivir.
En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres distingue Kant entre "precio" y "dignidad", y concluye que "lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad". Parafraseando con libertad estas palabras, pienso que en el mundo de la riqueza, aun con dignidad, predomina el "precio", mientras que en el de la pobreza predomina la "dignidad", aunque no sea más que por necesidad. También lo enfatizó Mons. Romero. A los que le preguntaban qué hacer les respondió "que no se olviden que somos seres humanos" (entrevista del 19 de marzo de 1980). Y nada más.
Muchas veces he hecho notar el agravio comparativo por el mero hecho de existir juntos el ricachón y el pobre Lázaro. Quisiera añadir ahora la desmesura comparativa en dignidad de Lázaro con respecto al ricachón por el mero hecho de ser lo que son. Y recordemos las palabras de Jesús: "Yo les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras ella ha dado desde su pobreza, no tenia más, y dio todos sus recursos" (Mc 12,43s). La diferencia fundamental no es de cantidad, sino de calidad. La viuda pobre ha dado "todo". Los pobres no tienen dinero para dar, y con mayor connaturalidad -si dan- se dan a si mismos. Por su mayor endeblez e indefensión, y por tener en su contra todo, su bondad parece ser de más quilates. Pienso que, estructuralmente, en los pobres se mantiene, mejor que en otros lugares, la reserva de dignidad de lo humano.
4. No sé cuanto de salvación viene de abajo. Pero dejado a su inercia lo que esta arriba, la globalización capitalista, el Occidente narcisista, la civilización de la riqueza, no se avizora salvación. Recordemos lo ocurrido en fechas recientes.
Singapur, 6 de julio. Culto a la pompa, despilfarro y prosperidad insultante.
Londres, 7 de julio. Barbarie terrorista por una parte, y por otra, el empecinamiento de Occidente: no cambiará. Seguirá recordando el 11-S y el 11-M, y ahora el 7-J, pero seguirá ignorando el 7-0 (el 7 de octubre de 2001 cuando la comunidad internacional democrática bombardeó Afganistán) y el 30-M (el 30 de marzo de 2003 cuando un grupo de países demócratas bombardearon Iraq). Afganistán e Irak no tienen calendario. No existen.
C-8, 8 de julio. Los poderosos se presentan, aunque con cierta pose de humildad, como benefactores, condonando la deuda a África. Pero los grandes beneficiados son Time Warner, Ford Motor Company, Nokia, Emi Music...
De un mundo así poca humanización puede venir, y de escasa calidad. En el mundo de pobreza siempre hay oferta de humanidad. Entre escollos y debilidades ya asoma "la inmensa riqueza espiritual y humana de los pobres y los pueblos del Tercer Mundo, hoy ahogada por la miseria y por la imposición de modelos culturales más desarrollados en algunos aspectos, pero no por eso más plenamente humanos [8].
Terminamos con unas palabras de Monseñor Romero, tradicionales en su formulación, pero que recogen a cabalidad la tesis central de estas reflexiones: "entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención" (Homilía del 24 de diciembre de 1978). Y recordemos el matiz que "redención" añade a "salvación": los pobres cargan con el pecado de sus opresores.
NOTAS:
[1] Véase también lo que escribí en "Redención de la globalización Las victimas", Concilium 293 (2001) 801-811, "Revertir la historia", Concilium 308, (2004)811-820
[2] Entrevista en Éxodo 78-79 (2005) 66
[3] Véase lo que escribe Félix Wilfred más analíticamente: "El afrontamiento del sufrimiento humano y la respuesta en términos de compasión ha desarrollado en las victimas algunos de los valores que necesitamos para apoyar un mundo diferente: la solidaridad, la humanidad, el espíritu de compartir, la técnica de la supervivencia, la preparación para asumir riesgos, la resistencia y la férrea determinación en medio de las adversidades. En el mundo de las victimas, a diferencia del mundo del imperio y la globalización, el bien no se identifica con el "éxito". Lo bueno y lo justo son ideales que el mundo necesita para esforzarse por conseguir algo de forma implacable. Sus recursos culturales, que reflejan los valores e ideales de un mundo futuro, les ayudan a afrontar su vida con coraje, tanto individual como colectivamente", en "Golpeando suavemente los recursos locales de la esperanza", Concilium 308 (2004) 770.
[4] I. Ellacuría, "Utopía y profetismo", Revista Latinoamericana de Teología 17(1989) 170.
[5] Puebla lo dice en lenguaje cristiano: en los pobres hay "un potencial evangelizador, llaman a conversión a la Iglesia”, y "muchos de ellos realizan en su vida" los valores evangélicos de solidaridad, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios (n. 1147).
[6] Hemos abordado el tema en Terremoto, terrorismo, barbarie y utopía. El Salvador, Nueva York y Afganistán, San Salvador, Madrid, 2002, sobre todo el capítulo V.
[7] Terrorismo..., p. 132s.
[8] "Misión actual de la Compañía de Jesús", Revista Latinoamericana de Teología 29(1993) 119s.








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