Los ateos son mejores de lo que pensamos. Sobre todo, los que vienen del mundo de los pobres, de entre los obreros, son gente muy buena. Ellos lo que no creen es en un Dios en el que yo tampoco creo.
¿Pero no piensa, eminencia, que eso de decir que no se les condene en el esquema podría escandalizar a muchos católicos?
¡Qué condenas! Condenad si acaso a esos ricos que dejan morir de hambre a los pobres a su misma puerta.
¿Por qué sus intervenciones son comprendidas?
Muy sencillo. Cuando hablo procuro no mirar ni a derecha ni a izquierda. No me preocupo de si una cosa va a gustar o no, si es o no diplomática. No me inquietan las prudencias demasiado humanas. Miro solo a Cristo y su evangelio, a mi conciencia y al bien de los hombres. Y entonces digo lo que siento. Creo que este era el modo con que hablaba Cristo y nosotros tenemos que ser unos fieles servidores suyos. Cristo nunca tuvo miedo de hablar contra los ricos y los poderosos y de perdonar los pecados de debilidad. Y no fue demagogo, pues después comía con ellos. Y hasta permitió que su sepultura se la regalase un rico. Él era libre; buscaba salvar a todos, pero no estaba comprometido con nadie. Y cierto, los pobres fueron sus preferidos. Esto es innegable.
Le pregunto si ahora siendo cardenal volvería a repetir en el aula conciliar aquella intervención suya acerca de la libertad en la Iglesia en la que afirmó literalmente: Vivimos en un tiempo en el que los hombres tienen extraordinariamente desarrollado el sentido de la responsabilidad, de la madurez, del respeto. (...) Este es un signo de los tiempos (...) Tenía razón Juan XXIII al decir que aún no hemos descubierto las verdaderas exigencias de la caridad.
Cualquier dignidad que caiga sobre mis hombros no puede cambiar en nada las convicciones más profundas de mi conciencia. (...) Ninguna religión como la nuestra es tan portadora de libertad.
Le hablo de un complot tramado aquí en Roma por un grupo de grandes personajes del mundo capitalista internacional, que en combinación con una gran revista y editorial italiana que pasa por católica y en realidad es masónica, se propusieron la consigna de levantar una campaña de prensa desprestigiando a Pablo VI (...) y convencer a la opinión pública de que había abandonado la linea de Juan XXIII. (...) A las veinticuatro horas salía un artículo en el New York times en esta linea.
Pablo VI es, al mismo tiempo, un enamorado de ese aire nuevo que entró en la Iglesia, gracias a Juan, y un organizador que sabe mantener con firmeza el termómetro en su mano para que la Iglesia se mantenga a la temperatura justa, sin asfixias y sin catarros.
(...) Al salir me dice: Pide por este pobre viejo, hijo mío, y no pude besarle el anillo, porque no lo llevaba.
¿Pero no piensa, eminencia, que eso de decir que no se les condene en el esquema podría escandalizar a muchos católicos?
¡Qué condenas! Condenad si acaso a esos ricos que dejan morir de hambre a los pobres a su misma puerta.
¿Por qué sus intervenciones son comprendidas?
Muy sencillo. Cuando hablo procuro no mirar ni a derecha ni a izquierda. No me preocupo de si una cosa va a gustar o no, si es o no diplomática. No me inquietan las prudencias demasiado humanas. Miro solo a Cristo y su evangelio, a mi conciencia y al bien de los hombres. Y entonces digo lo que siento. Creo que este era el modo con que hablaba Cristo y nosotros tenemos que ser unos fieles servidores suyos. Cristo nunca tuvo miedo de hablar contra los ricos y los poderosos y de perdonar los pecados de debilidad. Y no fue demagogo, pues después comía con ellos. Y hasta permitió que su sepultura se la regalase un rico. Él era libre; buscaba salvar a todos, pero no estaba comprometido con nadie. Y cierto, los pobres fueron sus preferidos. Esto es innegable.
Le pregunto si ahora siendo cardenal volvería a repetir en el aula conciliar aquella intervención suya acerca de la libertad en la Iglesia en la que afirmó literalmente: Vivimos en un tiempo en el que los hombres tienen extraordinariamente desarrollado el sentido de la responsabilidad, de la madurez, del respeto. (...) Este es un signo de los tiempos (...) Tenía razón Juan XXIII al decir que aún no hemos descubierto las verdaderas exigencias de la caridad.
Cualquier dignidad que caiga sobre mis hombros no puede cambiar en nada las convicciones más profundas de mi conciencia. (...) Ninguna religión como la nuestra es tan portadora de libertad.
Le hablo de un complot tramado aquí en Roma por un grupo de grandes personajes del mundo capitalista internacional, que en combinación con una gran revista y editorial italiana que pasa por católica y en realidad es masónica, se propusieron la consigna de levantar una campaña de prensa desprestigiando a Pablo VI (...) y convencer a la opinión pública de que había abandonado la linea de Juan XXIII. (...) A las veinticuatro horas salía un artículo en el New York times en esta linea.
Pablo VI es, al mismo tiempo, un enamorado de ese aire nuevo que entró en la Iglesia, gracias a Juan, y un organizador que sabe mantener con firmeza el termómetro en su mano para que la Iglesia se mantenga a la temperatura justa, sin asfixias y sin catarros.
(...) Al salir me dice: Pide por este pobre viejo, hijo mío, y no pude besarle el anillo, porque no lo llevaba.








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