América Latina vive cambios profundos y rápidos a nivel político, social y económico. La Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe, celebrada en Aparecida (Brasil) ha supuesto un paso importante para que la iglesia no pierda el tren de la historia en el continente. El Documento de Aparecida (DA) nos ayuda a comprender la realidad y los desafíos con los que hoy se enfrenta la iglesia latinoamericana. Desafíos que pasan especialmente por el diálogo cultural y el diálogo de fe.

En estos últimos años, el mundo ha estado sometido a drásticas transformaciones causadas en parte por el devastador impacto de la globalización sobre las personas y el ambiente. En el ámbito económico las políticas neo-liberales han sido el patrón. El nuevo orden mundial está bien representado por el estado mínimo y el libre mercado, lo que significa reducción de las inversiones sociales, manejos fiscales, altos intereses y privatizaciones.
La globalización ha intensificado la explotación de los países del Sur. El resultado general de estas políticas ha sido: desocupación estructural y masiva, desequilibrio ecológico y la formación de grandes cinturones de pobreza en torno a las ciudades que han crecido de modo desmesurado. La mayoría de la población (75%) ha dejado las zonas rurales para ir a vivir a las ciudades, escapando de la miseria y la violencia en un éxodo de dimensiones bíblicas que representa la consecuencia más dramática de esta descripción del mundo, al menos por el número desorbitante de personas implicadas. Por su parte, los gobiernos no han tenido ni la capacidad, ni la voluntad de reaccionar con planes y proyectos adecuados.
En la política neo-liberal los antiguos valores que sostenían la estructura social han sido desmontados. Esto explica en parte la creciente corrupción entre las autoridades públicas. En las relaciones sociales, la impunidad crea una cultura favorable a la ilegalidad. Las crecientes desigualdades sociales intensifican violencia y criminalidad. Este conjunto de factores nos recuerda situaciones surgidas al inicio del capitalismo industrial: esclavitud laboral, explotación de los niños, tráfico de mujeres, niños y trabajadores.
No se puede leer la realidad del continente americano fuera de este contexto, condición indispensable para comprender los desafíos a los que se enfrenta hoy la Iglesia, discípula y misionera.
El proyecto de Aparecida
La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, realizada en Aparecida (Brasil) en mayo de 2007, presenta en su documento final los nuevos rostros de la pobreza sudamericana.
Este análisis revela los resultados de las políticas neo-liberales y de la globalización, reflejados en el rostro de quienes sufren. Entre ellos están las comunidades indígenas, los afro-descendientes, que con frecuencia no son tratados con dignidad e igualdad de condiciones. Muchas son excluidas a causa del sexo, de la raza o la condición económica. Los obispos recuerdan también la situación de precariedad de tantos jóvenes que encuentran dificultades para progresar socialmente.
La pobreza es “fotografiada” por el documento de Aparecida con cruda realidad: desocupados, emigrantes, desplazados o prófugos, campesinos sin tierra y todos aquellos que busca sobrevivir en una economía informal. Niños y niñas sometidos a la prostitución infantil, ligada al turismo sexual, jóvenes víctimas de abortos. Millones de personas y de familias viven en la miseria y sufren hambre. Sin olvidar los tóxico-dependientes, los discapacitados, los enfermos de SIDA, abandonados incluso por sus propias familias, además de por la sociedad, los secuestrados, las víctimas de la violencia y el terrorismo, de los conflictos armados y de la inseguridad en las ciudades…
Una globalización sin solidaridad influye negativamente sobre los sectores más pobres. No se trata sólo de explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Es la pertenencia del individuo a la sociedad lo que se cuestiona. No hay lugar para quienes está en un nivel más bajo o en la periferia; no se sobrevive sin poder. Simplemente quedan fuera…Los excluidos no son sólo explotados, son superfluos, personas descartables, de las que se puede prescindir (Cf. DA, 65).
Ésta es la realidad que interpela a la iglesia del continente, porque contradice al mismo Reino de Dios.
Frente a este escenario, sin perder la esperanza, la Conferencia de Aparecida, sugiere propuestas concretas de acción.
Para los obispos, el “punto de partida” de la acción de la iglesia se identifica en las condiciones de vida de millones y millones de abandonados. El Reino de Dios anunciado por Jesús es incompatible con estas situaciones inhumanas que esclavizan y anulan a la persona humana. Cerrar los ojos frente a estas realidades significa negar la esencia de la fe cristiana, ya que hay una relación inseparable entre amor a Dios y amor al prójimo, especialmente a los excluidos (DA, 358).
Por la ganancia se sacrifica todo, incluso en medio ambiente. América Latina posee una de las mayores biodiversidades del planeta, además de una rica socio-diversidad representada por sus pueblos y sus culturas. Estos pueblos poseen un gran tesoro de conocimientos tradicionales. Sin embargo la naturaleza es constantemente agredida.
Presente y futuro
Desde hace siglos, en América Latina, las oligarquías de turno luchan entre ellas para no perder el control del poder. Cuando el pueblo y las fuerzas populares amenazan este poder, recurren a la violencia; con frecuencia a través de la intervención directa o logísticas de Estados Unidos. Ello responde a una estrategia que quiere obstaculizar todo proceso de democratización que se desarrolle en el continente. Estas acciones violentas son parte de la historia del continente. Las más conocidas son los golpes militares contra gobiernos elegidos democráticamente por el pueblo, substituyéndolas con dictaduras militares: en Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia. La violencia introduce regímenes de terror en todo el Cono Sur y Centro América. En la base de tales regímenes estaban partidos políticos, personajes de la política tradicional, grandes empresas privadas y señores de la información. Justo quienes promovieron los golpes militares, apoyaron las dictaduras y se aprovecharon de ellas, hoy se visten el “traje” de la democracia y pretenden bloquear los procesos de transformación. Cuando los medios de comunicación, instrumento en manos de un monopolio oligárquico, no logran ser usados con éxito para sus fines propagandísticos, puede ser que estas fuerzas populares salgan ganadoras de las urnas, como ha sucedido en Argentina, Ecuador, Brasil, Bolivia, Venezuela o Paraguay. La victoria electoral no hace bajar la cabeza a quienes quieren restaurar un “status quo” en América Latina.
Caso paradigmático es el de Bolivia, donde se concentran hoy las principales acciones de la derecha oligárquica contra los procesos de democratización. Por primera vez en la historia, un indio, Evo Morales, está al frente del gobierno, pero apenas ha intentado poner en práctica su programa electoral, las oligarquías locales han reaccionado con vehemencia.
El neo-liberalismo sigue dominando, pero ya no domina las mentes y los corazones de los latinoamericanos.
Los desafíos de la iglesia
A pesar de sus deficiencias y ambigüedades, la iglesia católica en América Latina se ha esforzado en la promoción de la dignidad de la persona humana, la justicia y la reconciliación entre los pueblos. Esto ha hecho que la iglesia sea una institución digna de confianza y credibilidad, pero ha provocado también episodios de persecución y, en algunos casos, de martirio. Gracias a ese testimonio que contrasta con lo que en muchos casos acontece en la sociedad y en la vida política, se está verificando en la iglesia latinoamericana la urgencia de un retorno a la autenticidad. En Aparecida, los obispos se han lamentado de distintos aspectos presentes en la vida de la iglesia: una tendencia a reproducir eclesiologías y formas litúrgicas preconciliares, una cierta ausencia de auto crítica, un difundido moralismo. Han subrayado también la disminución de la fuerza de la opción preferencial por los pobres, la mundanización de la vida consagrada, la discriminación de la mujer y de su papel en los organismos pastorales (Cf. DA, 109).
La Conferencia episcopal latinoamericana invita a una conversión eclesial, pidiendo que se abandonen todas aquellas estructuras que no favorecen la transmisión de la fe y se alejan del auténtico mensaje evangélico (Cf. DA, 365).
El continente sudamericano no es sólo latino, es también y sobre todo indio y en el transcurso de la historia se ha convertido en afro y europeo. De todos estos grupos y culturas se ha formado un “mestizaje” que está a la base social y cultural de nuestros pueblos. Este pluralismo étnico y cultural, que también incluye el pluralismo religioso, constituye una riqueza para todo el continente en la medida en que se reconoce su valor y hay espacio para un diálogo intercultural e interreligioso. La iglesia se siente empujada a desarrollar el diálogo, a fin de que la diversidad sea fuente de riqueza para todos y una auténtica fuerza de resistencia ante la invasión y la globalización. La iglesia siente profundamente la necesidad de hablar a todos los pueblos en sus propias lenguas y culturas.
*Jaime Patias es misionero de la Consolata
y director de la revista “Missões”

En estos últimos años, el mundo ha estado sometido a drásticas transformaciones causadas en parte por el devastador impacto de la globalización sobre las personas y el ambiente. En el ámbito económico las políticas neo-liberales han sido el patrón. El nuevo orden mundial está bien representado por el estado mínimo y el libre mercado, lo que significa reducción de las inversiones sociales, manejos fiscales, altos intereses y privatizaciones.
La globalización ha intensificado la explotación de los países del Sur. El resultado general de estas políticas ha sido: desocupación estructural y masiva, desequilibrio ecológico y la formación de grandes cinturones de pobreza en torno a las ciudades que han crecido de modo desmesurado. La mayoría de la población (75%) ha dejado las zonas rurales para ir a vivir a las ciudades, escapando de la miseria y la violencia en un éxodo de dimensiones bíblicas que representa la consecuencia más dramática de esta descripción del mundo, al menos por el número desorbitante de personas implicadas. Por su parte, los gobiernos no han tenido ni la capacidad, ni la voluntad de reaccionar con planes y proyectos adecuados.
En la política neo-liberal los antiguos valores que sostenían la estructura social han sido desmontados. Esto explica en parte la creciente corrupción entre las autoridades públicas. En las relaciones sociales, la impunidad crea una cultura favorable a la ilegalidad. Las crecientes desigualdades sociales intensifican violencia y criminalidad. Este conjunto de factores nos recuerda situaciones surgidas al inicio del capitalismo industrial: esclavitud laboral, explotación de los niños, tráfico de mujeres, niños y trabajadores.
No se puede leer la realidad del continente americano fuera de este contexto, condición indispensable para comprender los desafíos a los que se enfrenta hoy la Iglesia, discípula y misionera.
El proyecto de Aparecida
La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, realizada en Aparecida (Brasil) en mayo de 2007, presenta en su documento final los nuevos rostros de la pobreza sudamericana.
Este análisis revela los resultados de las políticas neo-liberales y de la globalización, reflejados en el rostro de quienes sufren. Entre ellos están las comunidades indígenas, los afro-descendientes, que con frecuencia no son tratados con dignidad e igualdad de condiciones. Muchas son excluidas a causa del sexo, de la raza o la condición económica. Los obispos recuerdan también la situación de precariedad de tantos jóvenes que encuentran dificultades para progresar socialmente.
La pobreza es “fotografiada” por el documento de Aparecida con cruda realidad: desocupados, emigrantes, desplazados o prófugos, campesinos sin tierra y todos aquellos que busca sobrevivir en una economía informal. Niños y niñas sometidos a la prostitución infantil, ligada al turismo sexual, jóvenes víctimas de abortos. Millones de personas y de familias viven en la miseria y sufren hambre. Sin olvidar los tóxico-dependientes, los discapacitados, los enfermos de SIDA, abandonados incluso por sus propias familias, además de por la sociedad, los secuestrados, las víctimas de la violencia y el terrorismo, de los conflictos armados y de la inseguridad en las ciudades…
Una globalización sin solidaridad influye negativamente sobre los sectores más pobres. No se trata sólo de explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Es la pertenencia del individuo a la sociedad lo que se cuestiona. No hay lugar para quienes está en un nivel más bajo o en la periferia; no se sobrevive sin poder. Simplemente quedan fuera…Los excluidos no son sólo explotados, son superfluos, personas descartables, de las que se puede prescindir (Cf. DA, 65).
Ésta es la realidad que interpela a la iglesia del continente, porque contradice al mismo Reino de Dios.
Frente a este escenario, sin perder la esperanza, la Conferencia de Aparecida, sugiere propuestas concretas de acción.
Para los obispos, el “punto de partida” de la acción de la iglesia se identifica en las condiciones de vida de millones y millones de abandonados. El Reino de Dios anunciado por Jesús es incompatible con estas situaciones inhumanas que esclavizan y anulan a la persona humana. Cerrar los ojos frente a estas realidades significa negar la esencia de la fe cristiana, ya que hay una relación inseparable entre amor a Dios y amor al prójimo, especialmente a los excluidos (DA, 358).
Por la ganancia se sacrifica todo, incluso en medio ambiente. América Latina posee una de las mayores biodiversidades del planeta, además de una rica socio-diversidad representada por sus pueblos y sus culturas. Estos pueblos poseen un gran tesoro de conocimientos tradicionales. Sin embargo la naturaleza es constantemente agredida.
Presente y futuro
Desde hace siglos, en América Latina, las oligarquías de turno luchan entre ellas para no perder el control del poder. Cuando el pueblo y las fuerzas populares amenazan este poder, recurren a la violencia; con frecuencia a través de la intervención directa o logísticas de Estados Unidos. Ello responde a una estrategia que quiere obstaculizar todo proceso de democratización que se desarrolle en el continente. Estas acciones violentas son parte de la historia del continente. Las más conocidas son los golpes militares contra gobiernos elegidos democráticamente por el pueblo, substituyéndolas con dictaduras militares: en Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia. La violencia introduce regímenes de terror en todo el Cono Sur y Centro América. En la base de tales regímenes estaban partidos políticos, personajes de la política tradicional, grandes empresas privadas y señores de la información. Justo quienes promovieron los golpes militares, apoyaron las dictaduras y se aprovecharon de ellas, hoy se visten el “traje” de la democracia y pretenden bloquear los procesos de transformación. Cuando los medios de comunicación, instrumento en manos de un monopolio oligárquico, no logran ser usados con éxito para sus fines propagandísticos, puede ser que estas fuerzas populares salgan ganadoras de las urnas, como ha sucedido en Argentina, Ecuador, Brasil, Bolivia, Venezuela o Paraguay. La victoria electoral no hace bajar la cabeza a quienes quieren restaurar un “status quo” en América Latina.
Caso paradigmático es el de Bolivia, donde se concentran hoy las principales acciones de la derecha oligárquica contra los procesos de democratización. Por primera vez en la historia, un indio, Evo Morales, está al frente del gobierno, pero apenas ha intentado poner en práctica su programa electoral, las oligarquías locales han reaccionado con vehemencia.
El neo-liberalismo sigue dominando, pero ya no domina las mentes y los corazones de los latinoamericanos.
Los desafíos de la iglesia
A pesar de sus deficiencias y ambigüedades, la iglesia católica en América Latina se ha esforzado en la promoción de la dignidad de la persona humana, la justicia y la reconciliación entre los pueblos. Esto ha hecho que la iglesia sea una institución digna de confianza y credibilidad, pero ha provocado también episodios de persecución y, en algunos casos, de martirio. Gracias a ese testimonio que contrasta con lo que en muchos casos acontece en la sociedad y en la vida política, se está verificando en la iglesia latinoamericana la urgencia de un retorno a la autenticidad. En Aparecida, los obispos se han lamentado de distintos aspectos presentes en la vida de la iglesia: una tendencia a reproducir eclesiologías y formas litúrgicas preconciliares, una cierta ausencia de auto crítica, un difundido moralismo. Han subrayado también la disminución de la fuerza de la opción preferencial por los pobres, la mundanización de la vida consagrada, la discriminación de la mujer y de su papel en los organismos pastorales (Cf. DA, 109).
La Conferencia episcopal latinoamericana invita a una conversión eclesial, pidiendo que se abandonen todas aquellas estructuras que no favorecen la transmisión de la fe y se alejan del auténtico mensaje evangélico (Cf. DA, 365).
El continente sudamericano no es sólo latino, es también y sobre todo indio y en el transcurso de la historia se ha convertido en afro y europeo. De todos estos grupos y culturas se ha formado un “mestizaje” que está a la base social y cultural de nuestros pueblos. Este pluralismo étnico y cultural, que también incluye el pluralismo religioso, constituye una riqueza para todo el continente en la medida en que se reconoce su valor y hay espacio para un diálogo intercultural e interreligioso. La iglesia se siente empujada a desarrollar el diálogo, a fin de que la diversidad sea fuente de riqueza para todos y una auténtica fuerza de resistencia ante la invasión y la globalización. La iglesia siente profundamente la necesidad de hablar a todos los pueblos en sus propias lenguas y culturas.
*Jaime Patias es misionero de la Consolata
y director de la revista “Missões”







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