
En estas últimas semanas se han publicado muchas opiniones sobre el caso de un niño celiaco cuyos padres han pedido al Obispado de Huesca que se le permita hacer la Primera Comunión con una oblea elaborada con harina sin gluten. A esto se ha opuesto el Obispado alegando la doctrina de la Iglesia sobre la composición exacta del pan que debe usarse en el altar, que debe ser de harina de trigo sin adulteración, y recordando que la comunión es completa bajo cualquiera de las dos especias, sea la del pan o la del vino. El niño puede hacer perfectamente la comunión bebiendo del cáliz, de igual forma que la mayoría de los fieles comulgan perfectamente compartiendo sólo la patena.
Ante esta situación se ha desatado todo un vendaval de opiniones, desde las más ortodoxas hasta las más anticlericales, pasando por las políticamente correctas, que en este caso denuncian que un sorbito de vino podría ser el origen de una adicción al alcohol. Dios me libre, en estas breves líneas, de entrar al trapo de unos o de otros. Mi intención es añadir al debate algo de luz para entender porqué la Iglesia es tan reticente a permitir oficialmente el cambio en la composición del pan de la Eucaristía o, en el caso de sacerdotes alcohólicos, el que celebren la eucaristía con mosto y no con vino.
La cuestión toca uno de los temas centrales de la Teología sacramental. Si la Iglesia admitiera que se puede cambiar la composición del pan en el caso de los celiacos, debería admitir lo que miles de misioneros han venido demandando desde hace siglos: que se clarifique la esencia del sacramento y se dé libertad a las iglesias locales para adaptar algunos elementos secundarios. Si Jesús era judío y, para instituir la Eucaristía usó los alimentos básicos de su cultura, el pan y el vino, ingredientes de la cena pascual, ¿no sería lógico usar para el sacramento el pan y el vino de cada cultura, especialmente aquellas que, por su lejanía de las culturas mediterráneas, apenas comparten alimentos comunes? Así lo comenzó a plantear Mateo Ricci, misionero jesuita del siglo XVII en China y profeta de la inculturación, y lo siguen proponiendo muchos misioneros y teólogos actuales que trabajan en sociedades donde la dieta básica se sustenta en el arroz, el maíz o el mijo, o donde el “vino” proviene de estos cereales y no de la uva. Cuando la Eucaristía se celebra en un poblado africano pobrísimo, con un pan y un vino que deben importarse de Europa, ¿no se está sacralizando la “forma” del sacramento y minusvalorando su “esencia”? Porque la Eucaristía es, ante todo, expresión del amor fraterno, la fe compartida y el compromiso con la causa de Jesús, y no un rito cuasi-mágico donde la presencia del Resucitado estaría condicionada por una harina que no superara los “controles de calidad”.
No es justo exigir a un párroco, ni al obispo de Huesca, que se salten las leyes de la Iglesia, máxime cuando la comunión del niño está garantizada con la sangre de Cristo. Pero tampoco nos podemos quedar de brazos cruzados ante una situación que nos deja incómodos a muchos. Es deber de todo cristiano trabajar para que la Iglesia siga profundizando en el Evangelio, tarea en la que parece estar estancada. El Concilio Vaticano II hizo enormes esfuerzos por comenzar a responder a los problemas, esperanzas y sufrimientos del hombre y la mujer de hoy. Pero llevamos casi tres décadas asustados ante los siguientes pasos que la dinámica iniciada en el Concilio nos exige y que supone, entre otras cosas, la revisión, a al luz del Evangelio, de las estructuras sacramentales, pastorales, ministeriales, jerárquicas…
Desde esta perspectiva, podemos preguntarnos: ¿qué hubiera hecho Jesús en este caso? La lectura del Evangelio nos da bastantes pistas. Por de pronto, es muy improbable que Jesús pusiera el acento en la “pureza” o composición del pan, algo por lo que los fariseos sí habrían sostenido largas y acaloradas discusiones. En una de esas controversias con los fariseos, un sábado en que Jesús había permitido a sus discípulos alimentarse arrancando espigas– y profanando así, según la interpretación legalista, el mandamiento del descanso semanal-, Jesús repuso: "el sábado está hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado"(Mc 2,27). Es decir, les recordó que, por encima del rigorismo formal, se encuentra la ley suprema del amor y ésta debe llevarnos a la compasión, la acogida, la inclusión… Él, como entonces, nos vuelve a decir en este caso y en todos los casos: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.
Ante esta situación se ha desatado todo un vendaval de opiniones, desde las más ortodoxas hasta las más anticlericales, pasando por las políticamente correctas, que en este caso denuncian que un sorbito de vino podría ser el origen de una adicción al alcohol. Dios me libre, en estas breves líneas, de entrar al trapo de unos o de otros. Mi intención es añadir al debate algo de luz para entender porqué la Iglesia es tan reticente a permitir oficialmente el cambio en la composición del pan de la Eucaristía o, en el caso de sacerdotes alcohólicos, el que celebren la eucaristía con mosto y no con vino.
La cuestión toca uno de los temas centrales de la Teología sacramental. Si la Iglesia admitiera que se puede cambiar la composición del pan en el caso de los celiacos, debería admitir lo que miles de misioneros han venido demandando desde hace siglos: que se clarifique la esencia del sacramento y se dé libertad a las iglesias locales para adaptar algunos elementos secundarios. Si Jesús era judío y, para instituir la Eucaristía usó los alimentos básicos de su cultura, el pan y el vino, ingredientes de la cena pascual, ¿no sería lógico usar para el sacramento el pan y el vino de cada cultura, especialmente aquellas que, por su lejanía de las culturas mediterráneas, apenas comparten alimentos comunes? Así lo comenzó a plantear Mateo Ricci, misionero jesuita del siglo XVII en China y profeta de la inculturación, y lo siguen proponiendo muchos misioneros y teólogos actuales que trabajan en sociedades donde la dieta básica se sustenta en el arroz, el maíz o el mijo, o donde el “vino” proviene de estos cereales y no de la uva. Cuando la Eucaristía se celebra en un poblado africano pobrísimo, con un pan y un vino que deben importarse de Europa, ¿no se está sacralizando la “forma” del sacramento y minusvalorando su “esencia”? Porque la Eucaristía es, ante todo, expresión del amor fraterno, la fe compartida y el compromiso con la causa de Jesús, y no un rito cuasi-mágico donde la presencia del Resucitado estaría condicionada por una harina que no superara los “controles de calidad”.
No es justo exigir a un párroco, ni al obispo de Huesca, que se salten las leyes de la Iglesia, máxime cuando la comunión del niño está garantizada con la sangre de Cristo. Pero tampoco nos podemos quedar de brazos cruzados ante una situación que nos deja incómodos a muchos. Es deber de todo cristiano trabajar para que la Iglesia siga profundizando en el Evangelio, tarea en la que parece estar estancada. El Concilio Vaticano II hizo enormes esfuerzos por comenzar a responder a los problemas, esperanzas y sufrimientos del hombre y la mujer de hoy. Pero llevamos casi tres décadas asustados ante los siguientes pasos que la dinámica iniciada en el Concilio nos exige y que supone, entre otras cosas, la revisión, a al luz del Evangelio, de las estructuras sacramentales, pastorales, ministeriales, jerárquicas…
Desde esta perspectiva, podemos preguntarnos: ¿qué hubiera hecho Jesús en este caso? La lectura del Evangelio nos da bastantes pistas. Por de pronto, es muy improbable que Jesús pusiera el acento en la “pureza” o composición del pan, algo por lo que los fariseos sí habrían sostenido largas y acaloradas discusiones. En una de esas controversias con los fariseos, un sábado en que Jesús había permitido a sus discípulos alimentarse arrancando espigas– y profanando así, según la interpretación legalista, el mandamiento del descanso semanal-, Jesús repuso: "el sábado está hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado"(Mc 2,27). Es decir, les recordó que, por encima del rigorismo formal, se encuentra la ley suprema del amor y ésta debe llevarnos a la compasión, la acogida, la inclusión… Él, como entonces, nos vuelve a decir en este caso y en todos los casos: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.







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