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MISIONEROS EN CAMINO: Domingo de Pentecostes - Ciclo A: Es Espiritu Santo: Don y Mision
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miércoles 7 de mayo de 2008

Domingo de Pentecostes - Ciclo A: Es Espiritu Santo: Don y Mision


Marco de referencia

Con la presente ficha iniciamos un nuevo año de formación para los grupos misioneros completando el camino iniciado en el año 2006 cuando nos propusimos “formarnos para formar”.

Cuento: Los muebles del rabino

Dicen que un sabio rabino había escrito cosas muy hermosas sobre la Biblia y sobre las actitudes fundamentales de la vida. Sobre todo actitudes, actitudes frente a las cosas. Tanto, que un importante judío empresario del Prime Mundo, entusiasmado con lo que había escrito este rabino, lo tomó como maestro de su vida. Una vez le tocó hacer, por cuestiones de negocios, un viaje a Israel. Se propuso visitar a este rabino, conocerlo y charlar personalmente con él.

Lo ubicó y lo fue a visitar. Se extrañó muchísimo al ver que este rabino vivía en un departamento sumamente escueto, de pobre para abajo. A tal punto, que lo único que tenía para sentarse, era la estera que usaba además de lecho para dormir a la noche. Allí también se sentaba en poción de loto para escribir sobre sus rodillas. Tenía los rollos de la Torá y el candelero y muy poquitos muebles más.

El industrial se presento, se sentó y de repente al ver todo tan escueto en el departamento, le dijo:

- Maestro ¿dónde vives?

El otro lo miró asombrado y le respondió:

- ¿Cómo donde vivo? ¿No te parece que aquí, estoy viviendo?

- No. Lo que quiero decir es ¿dónde están tus muebles?

- ¿Mis muebles? ¿Y dónde están los tuyos? -preguntó el rabino-.

- No, lo que pasa es que yo, acá, estoy de paso -le contestó el industrial-.

- Yo también, dijo el rabino.

De verdad, en esta vida todos estamos de paso hacia lo definitivo. Diríamos que casi, casi todo pertenece a los demás. Salvo lo que nosotros damos. Sólo llegan a ser nuestras las cosas que entregamos.


Descubriendo la enseñanza del cuento:

* ¿De qué nos habla el relato?

* ¿Cuál es la enseñanza del cuento?

* Jesús nos prometió un lugarcito junto a Dios y lo cumplió. Por esto volvió junto a él para abrirnos las puertas del cielo.

* Por eso todos en la vida somos peregrinos.


De la Palabra de Dios

“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya reparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.”

Juan 14,1-4

“Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días». Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?». El les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra». Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir».”

Hechos 1,3-11

* Dejar unos minutos de silencio para que la Palabra resuene en el corazón de cada uno.

* Libremente compartimos las resonancias personales.

* Algunas ideas para destacar:

• La Pascua de Jesús y su Ascensión al cielo nos dan la certeza que nuestra vida no termina con la muerte, sino que llega hasta el cielo.

• Después que Jesús volvió al Padre, como discípulos, no podemos ‘quedarnos mirando al cielo’, tenemos que ir a contárselo a todos, nuestra misión es ser sus testigos.

• Pero para continuar la obra que Jesús nos confió no estamos solos, nos prometió que estaría siempre con nosotros. ¿Cómo? Nos regaló el Espíritu Santo.

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: «¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios».”

Hechos 2, 1-11

Para reflexionar

Pentecostés

La Iglesia nació en el corazón de la historia del Pueblo de Dios. Y el Señor aprovechó los momentos más importantes de sus celebraciones, para entregarnos el vino nuevo del Reino.

Cincuenta días después de la Pascua, se celebraba otra gran fiesta a la que se le daba el nombre griego de Pentecostés, que justamente significaba cincuentena.

La celebración tenía raíces viejas. Era la fiesta agraria con la que los antiguos agradecían al dios de la fertilidad y de la tierra la cosecha levantada. A este festejo pagano de alegría, de embriaguez y reconocimiento, el Pueblo de Dios lo había transformado en la ocasión para recordar el gran regalo del Sinaí.

Allí, en el corazón del desierto, una masa recién salida de la esclavitud había recibido la levadura nueva de la Ley de Dios, y se había convertido en Pueblo del Señor. Lo disperso había sido convocado a la unidad, y el Espíritu de la Palabra de Dios era lo que realizaba esa novedad.

Para este acontecimiento, cada año, muchísimas personas acudían a Jerusalén, peregrinando desde todos los rincones del mundo conocido.

Sería muy difícil poder asegurar lo que en aquel año había motivado a cada uno para largase a hacer la peregrinación. Había venido un poco de todas partes. Algunos eran del este, de la tierra de donde llegará la invasión que destruyó a los opresores babilonios: eran medios, persas, elamitas. Otros del norte: Capadocia, Ponto, Asia. Muchos llegaron del sur: Egipto, Libia Cirene. Hasta se contaban entre ellos los del lejano oeste, la temida y respetada Roma.

Muchos eran judíos que llegaban a Jerusalén con toda la carga de nostalgia por la tierra, como quien retorna a la patria de los antepasados. Otros, en cambio, eran gentiles que visitaban con curiosidad una tierra extraña en la que se había desarrollado lo mejor de la historia de salvación, en la que querían participar como recién llegados.

¿Qué empujó a cada uno para emprender aquella peregrinación? Podría ser interesante como curiosidad, pero de hecho carece de importancia para lo que sucedió. Probablemente buscaban satisfacer una necesidad espiritual, quizás cumplir una promesa, o tal vez recibir una gracia muy esperada.

Puede ser que algún amigo les propuso la aventura. Y se largaron, ponerse en camino, con alguien a su lado, es un anhelo que duerme en el corazón de todo insatisfecho. Tal vez, ni ellos mismos hubieran podido explicar demasiado bien qué era lo que los empujaba, o qué esperaban encontrar en la ciudad Santa, meta de tantos que, como ellos, se convertían en peregrinos.

Quisiera creer que en su mayoría eran peregrinos. No turistas. Los de este segundo grupo no buscaban más que una experiencia excitante y pasajera, que no los comprometa en nada. Para ellos, lo que vale es el sabor del encuentro, disfrutar el momento: ¿por qué dejarlo pasar? Pero luego se retoma la propia vida sin metas, y se continúa vegetando, gasta que la muerte los separe.

El peregrino, en cambio, es alguien que busca, se pone en camino detrás de una esperanza. Cree que hay para él un lugar en el mundo. Y lo busca, aún sin saber bien qué es lo que lo empuja. O lo atrae. Es un hombre que ama la vida, y quiere vivirla con un para qué. Al ponerse en camino, se expone a que el Dios de la vida le cambie el para qué de su existencia. Es un riesgo que a la vez que lo desea, quizás también lo teme. Por eso busca unirse a otros, para corajear.

En esa misma ciudad había otro grupo que se mantenía reunido tal vez por una motivación diferente, pero a quienes les estaba por pasar algo que les cambiaría sus vidas. Y los obligaría a comenzar una nueva misión. Eran los apóstoles. Con María, se encontraban todos en un mismo lugar, terminando una vigilia de oración que tenía mucho de espera, y bastante de nostalgia.

Y entonces todo explotó.

Peregrino desde el Padre, enviado por el Hijo, descendió el Espíritu. Tembló la creación estremecida. El aire quieto se hizo viento, sacudiendo como un huracán los cuatro costados de la casa donde estaban reunidos. En el corazón de una mañana fría, estalló el fuego, que fue a tomar posesión de cada uno de los apóstoles, emborrachándolos de vida.

Era muy clarito que nadie entendía nada. Cada uno de los que habían acudido a la gran plaza, sacaba sus propias conclusiones de lo que estaba viendo y oyendo. Esa masa de diferentes, reunidos desde el desparramo, se sitió interpelada en su propia identidad por un mismo mensaje que los convertía abruptamente en un pueblo destinatario del anuncio de salvación.

Algo nuevo había irrumpido en la ida de todos. Un grupo de galileos se hacía entender por cada uno de los que tenían leguas diferentes. Era el lenguaje del corazón encendido.

Había que dar una explicación. Se hacía necesaria la palabra que permitiera comprender lo que estaba sucediendo. El asombro podía prestarse a equívoco, y urgía convertirlo en Buena Noticia. Se recordó que entre las antiguas profecías había una que explicaba lo que estaba aconteciendo. Porque no podía ser otra cosa que el cumplimiento de lo que ya se había prometido. Ser recordó lo que un viejo profeta había anunciado para el futuro, en tiempos en que el pueblo sufría la sensación de haber sido infiel, y por ello abandonado de su Dios.

- Así dice el Señor Dios:

Yo enviaré mi Espíritu sobre todos.

Chicos y muchachas proclamarán mi noticia.

Los jóvenes verán y los viejos soñarán.

Sí: sobre todos mis servidores, hombres y mujeres,

Derramaré en ese día mi Espíritu, y ellos proclamarán mi mensaje…

y todos los que invoquen el nombre del Señor quedarán salvados.

Partiendo de la constatación de lo que acababa de suceder, Pedro y los apóstoles comenzaron a anunciar que la promesa de la Buena Noticia se había cumplido en Cristo Jesús. El Nazareno que hacía poco fuera crucificado en las afueras de esa misma ciudad, había sido glorificado por el Padre, quien lo resucitó de entre los muertos por la fuerza del Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu que ahora ellos veían manifestarse en lo que los asombraba.

Un nuevo coraje animó a los discípulos y les hizo superar sus miedos y cobardías. Habían descubierto el para qué de sus vidas, y a partir de ese momento se la jugarían limpiamente ante quien fuera.

Cerca de tres mil peregrinos fueron salpicados por el fuego del Espíritu, y con ellos nación la Iglesia misionera: orante, fraterna y comprometida.

María, la madre de Jesús, estaba con ellos.


Trabajamos en grupo

Por grupos trabajamos las siguientes preguntas:

* ¿Vivimos como “de paso”, abiertos a nuevos desafíos y nuevos rumbos, o estamos “instalados” en nuestros modos de pensar, actuar y juzgar… creyéndonos que ya lo sabemos y experimentamos todo?

* ¿Nos dejamos guiar, sostener, animar –en nuestra vida y en la misión– por el Espíritu Santo, protagonista de la misión?

* ¿Tenemos una actitud turistas o de peregrinos? ¿Por qué?

* ¿Experimentamos en nuestra comunidad-grupo-parroquia la realidad de ser una masa de diferentes, reunidos desde el desparramo pero interpelados por un mismo mensaje que nos convierte en pueblo destinatario del anuncio de la salvación?

* A partir de nuestra propia experiencia: ¿qué es para mi la Iglesia?, ¿cuál es su origen?, ¿Por qué sigue existiendo después de 2000 años?, ¿cuál es su misión?, ¿me siento parte de ella? ¿cuál es mi misión en ella?

* PUESTA EN COMÚN.

Formarnos para formar (aportes para la formación)

Ascensión

* En la antigüedad los modos de hablar expresaban gráficamente una cosmovisión, el universo se concebía en tres “pisos”. El punto de partida era “aquí”, el espacio donde se mueven los seres humanos y los animales, la superficie de la tierra. Debajo de ella estaba el lugar de los muertes (el hades griego). Cuando nuestro Credo afirma que Jesús “descendió a los infiernos” se refiere a este “lugar de los muertes” y quiere significar que realmente estuvo muerto, que participó de la suerte de los humanos hasta en el silencio de la muerte. El tercer piso de esta cosmovisión eran “los cielos”, el lugar de la divinidad que estaba en la luz. Cabe recordar que en el antiguo texto del Padrenuestro nos dirigíamos al “Padre nuestro que estás en los cielos” que justamente es una referencia a este lugar de la divinidad. En este sentido, cuando rezamos en el Credo que Jesús “subió a los cielos”, simplemente afirmamos que no quedó muerto, que su resurrección, su Pascua culmina a la derecha del Padre para toda la eternidad.

* La afirmación acerca de la “derecha” tiene también su connotación cultural. En la cultura hebrea y en tantas otras después, la derecha es el lugar bueno, el del poder, de la habilidad de los aciertos. El origen de esta identificación posiblemente tenga que ver con el hecho de que, para la inmensa mayoría de los seres humanos, la mano derecha es la privilegiada, la más hábil, de más poder. El Señor ocupa el lugar privilegiado junto al Padre

* La ascensión o exaltación de Jesús es lo que corona la resurrección y le da su pleno sentido. Si no fuera por la ascensión, la resurrección de Jesús no se diferenciaría mucho de la vuelta a la vida de Lázaro, quien recibió una especie de prórroga. Sería un espectáculo extraordinario de un hombre que volvió a vivir después de una muerte probada y horrible, pero nada más. Pero no se trata de un espectáculo, por más apologético que fuera. Se trata de Dios, hecho hombre, que murió, resucitó y fue constituido Rey y Señor del universo a la derecha del Padre.

* Exaltación significa entronización en el cielo y la instalación en la dignidad y el poder de Dios. Por su ascensión o exaltación Jesús participa del poder y de la gloria de Dios. Según san Juan, el Resucitado entra en el eterno amor con el Padre.

* Resurrección y exaltación quiere decir que Jesús vive todo y por siempre para Dios. La exaltación a la derecha de Dios, no significa una subida a un “más allá del mundo” sino el ser de Jesús con Dios, el ser en la dimensión de Dios, de su poder y de su gloria. No quiere decir la lejanía del mundo sino un nuevo modo de estar con nosotros; ahora Jesús está con nosotros desde Dios y al modo de Dios, está con nosotros como nuestro intercesor.

* Teológicamente, el cielo es la dimensión que existe cuando la criatura llega definitivamente a Dios. Entrar en el cielo quiere decir: estar con Dios. Por la resurrección y la exaltación de Jesús ha llegado a Dios definitivamente un “trozo del mundo” y Dios lo ha aceptado de modo irrevocable.

* Viernes Santo, Pascua, Ascensión y Pentecostés forman un único e indivisible misterio, el único pasar de Jesús de la muerte a la vida, por cuya muerte nos abre también a una nueva vida en le Espíritu Santo. Sin embargo, san Lucas coloca entre la resurrección y ascensión un tiempo de 50 días. Esto no pretende ser un dato cronológico sino que representa un número redondo y hasta sagrado para la concepción de la época. Se trata del tiempo en que el Resucitado se apareció a los discípulos y a su vez tiene la función de enlazar el tiempo de Jesús con el tiempo de la Iglesia.

* “Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”. Con estas palabras Jesús resucitado nos garantiza su presencia permanente en medio de los hombres y el mundo. Las apariciones a los discípulos son las grandes lecciones que da a sus discípulos para que aprendan a reconocerlo y encontrarlo en todos los caminos, en todos los oficios, en todos los hombres y en todas las encrucijadas de la vida.

La Trinidad

* Durante su vida terrena Jesús promete que después de su resurrección enviará su Espíritu a los que crean en él (Jn 7,39). Todavía no se había dado el Espíritu porque Jesús no había sido glorificado. El momento de su glorificación es el de su muerte y resurrección. Siguiendo el Evangelio de san Juan, cuando encomienda al Padre su Espíritu no quiere significar simplemente su muerte biológica sino el soplo del Espíritu que da la vida, que anima la creación y que entrega a la Iglesia representada por María y el discípulo amado. El mismo Espíritu que él había recibido del Padre, lo da ahora a los creyentes, del mismo modo que después de la resurrección lo entrega a sus apóstoles (Jn, 20,22).

* ¿Quién es el Dios cristiano? El Dios manifestado por Jesucristo es un Dios personal, aún más, es la comunión de tres personas; esto quiere decir que la esencia de Dios es la comunión, la Trinidad. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nuestra fe confiesa a Dios Uno y Trino que se acerca al hombre para salvarlo: “Quiso Dios con su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad; por Cristo, palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo los hombres pueden llegar hasta el Padre y participar de su naturaleza divina” . Según el testimonio del Nuevo Testamento, el Padre ha enviado al Hijo para que con el impulso del Espíritu Santo pueda atraer a los hombres hacia sí. Según los Evangelios Jesús se dirige a Dios invocándolo como “Padre”, “mi Padre” o simplemente “el Padre”. Jesús se siente enviado por Él, y toda su vida consiste en hacer “la voluntad del que me ha enviado”. De Él ha recibido la misión de instaurar el Reino. Es obediente en el amor hasta entregar su vida, y a Él vuelve al final de sus días. Y desde el Padre envía a los suyos “un defensor que esté siempre con ustedes”, “una fuerza que viene de lo alto”, capaz de transformar con la vida de Dios la creación entera para hacer que “Dios sea todo en todos”.

* El Padre: Al designar a Dios con el nombre de Padre el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y, al mismo tiempo bondad y preocupación amorosa para todos sus hijos.

* El Hijo: El que aparece como segundo en la fórmula trinitaria que se entiende como segunda persona en Dios, es el Hijo. Es la denominación y el hombre de quien en la historia humana aparece como Jesús de Nazaret. Jesucristo es la encarnación del Hijo eterno de Dios que el Padre entrega para redimir a la humanidad del pecado original.

* El Espíritu Santo: Es el tercer nombre que aparece en la fórmula trinitaria. El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad, se manifiesta en el encuentro entre el Padre y el Hijo. Esto es, el Espíritu Santo emerge del Padre y del Hijo y constituye un elemento de comunicación entre ambas personas de la Trinidad. El Espíritu Santo no es solamente fuerza, sino que “es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo...; puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios Uno y Trino (amor esencial) se hace enteramente don” (DV 10). Por el Espíritu Santo Dios se pone en comunicación con sus criaturas, colma la infinita distancia que separa a Dios del hombre y llega a ser Dios-por nosotros, Dios-con-nosotros, Dios-en-nosotros. Sintéticamente podemos decir que el Espíritu Santo es aquel que hace eficaz y realiza la acción del Padre y del Hijo a lo largo de toda la historia de la salvación, “todo bien desciende del Padre a través del Hijo en el Espíritu Santo” (san Atanasio).

* El Espíritu Santo se introduce en el hombre como semilla de vida que, poco a poco, con colaboración del mismo hombre, se desarrolla hasta transformar al cristiano haciéndolo otro Cristo (san Atanasio).

Pentecostés

* Pentecostés, como la Pascua, figuraba en el calendario religioso de Israel. La Nueva Alianza, por la muerte y resurrección de Jesús, le dio un nuevo contenido, pero conviene recordar su antiguo significado. Originariamente era la fiesta de la cosecha, la primera siega del trigo en Israel. Ver el libro del Éxodo 34,22 y también 23,16. En Levítico 23,16-22 se dan mayores detalles sobre estas celebraciones. Posteriormente la fiesta de la cosecha se unió al recuerdo de la alianza celebrada entre Dios y su pueblo, al pie del monte santo del Sinaí. El nombre de Pentecostés es griego, y quiere decir “cincuenta días”. Es el tiempo transcurrido desde Pascua, desde la salida del Éxodo. Se recordaba, especialmente, en esta fiesta, la promulgación de la ley de Moisés: se cosechaba así los frutos del éxodo, de la liberación a través del mar Rojo: surge un nuevo pueblo, dotado de su propia ley.

* En el Nuevo Testamento, Pentecostés pasa a ser la fiesta del Espíritu Santo. Se evoca su descenso sobre los apóstoles, reunidos en el cenáculo. Ya vimos que el misterio de la redención es una unidad; y que su distribución a lo largo de diversos episodios tiene como finalidad ayudarnos a captar mejor la profundidad de la obra salvadora. El hecho es que, con la venida del Espíritu Santo, se promulga la nueva ley, escrita “no en tablas de piedras sino en los corazones” (2 Co 3,3). Nace un nuevo pueblo, la Iglesia. Esa es la cosecha de la siembra fecundada en Pascua. El grano de trigo que cayó en tierra y murió (Juan 12).

* Jesús entrega su Espíritu a sus discípulos para hacerlos hombres nuevos, capaces de cumplir la misión que les confía de ser testigos veraces del amor misericordioso del Padre que nos regala, por la muerte y resurrección de su Hijo, la vida eterna. Todo esto, en el libro de los Hechos, aparece de manera abundante el día de Pentecostés como lo dice Pedro en su primer discurso: “pues bien, Dios resucitó a Jesús y todos nosotros somos testigos. Ahora exaltado, por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado” (Hech 22,32-33).

* La donación del Espíritu Santo no se limita al momento en que lo recibieron los apóstoles en la tarde del domingo de resurrección. Jesús sigue entregado el Espíritu a su Iglesia, y este espíritu hace que los cristianos lleguen a ser testigos.

* La fuerza del Espíritu, obrando en los hombres, les hace sentir y experimentar la presencia de Dios y el amor del Padre expresado en Cristo, para que todos puedan hablar de lo que “han visto y oído”, y actuar como verdaderos testigos y no como repetidores de cosas aprendidas en los libros o dichas por otros.

* El Espíritu Santo actúa en los cristianos para hacerlos verdaderos evangelizadores, y también despliega su fuerza en la Iglesia y en sus ministros para que, mediante los sacramentos, puedan hacer renacer a los hombres a la vida divina y alimenten y acrecienten esa misma vida.

* El Espíritu Santo es el gran protagonista de la evangelización porque es el que hace crecer a la Iglesia, explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su ministerio, actúa hoy en cada evangelizador animándolo, predispone el alma del que escucha ayudándole a descubrir los signos de Dios en la historia.



Catecismo de la Iglesia Católica

* 663 Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada (San Juan Damasceno, f. o. 4, 2; PG 94, 1104C).

* 666 Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con El eternamente.

* 683 Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor! sino por influjo del Espíritu Santo (1 Co 12, 3). Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre! (Ga 4, 6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia: El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir, al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo (San Ireneo, dem. 7).

* 686 El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Pero es en los últimos tiempos , inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. Entonces, este Designio Divino, que se consuma en Cristo, primogénito y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna.

* 731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.

* 740 Estas maravillas de Dios, ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la Tercera parte del Catecismo).

* 747 El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros, construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el sacramento de la Comunión de la Santísima Trinidad con los hombres.


Para celebrar

Es bueno y ayuda al clima de oración que el lugar de la celebración sea distinto al del encuentro. Si esto no es posible es conveniente adaptar el lugar para crear un clima propicio de recogimiento y oración.

Se puede ambientar el lugar con el Cirio Pascual, la Biblia, una imagen de la Virgen y carteles con los dones del Espíritu Santo en forma de lengua de fuego.

* Canto inicial:

ESPÍRITU DE COMUNIDAD

Danos Señor de tu luz,

danos Señor de verdad...

...Y LLÉNANOS DE TU ESPÍRITU DE AMOR

QUE NOS HACE COMUNIDAD.

Danos Señor el compartir

y acrecienta hoy nuestra hermandad...

* Proclamación de la Palabra:

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo.

Juan 20,19-22

* Silencio para la oración personal

Se puede compartir libremente la Palabra.

* Recibir para dar…

Quien preside la celebración dice:

Al comenzar este nuevo año necesitamos la fuerza del Espíritu que nos hace comunidad para que podamos ser peregrinos en busca de nuevos horizontes. Necesitamos llenarnos de los dones del Espíritu para ser verdaderos testigos en la Iglesia y para el mundo.

Por eso los invitamos a que cada uno tome una lengua de fuego en la que encontrará uno de los dones del Espíritu que nos fortalecen en nuestro andar y nos sostienen en la misión.

Mientras van tomando las lenguas cantamos:

Envíanos Padre

ENVÍANOS PADRE, TU ESPÍRITU SANTO

QUE NOS PROMETIERA TU HIJO, EL SEÑOR.

Que venga tu Iglesia con sus siete dones

y nos de el coraje de vivir tu amor.

Que nos de su Ciencia, su Sabiduría,

el Entendimiento y el don de oración.

Nos traiga el Consejo, la Piedad de hijos,

nos de Fortaleza y el Temor de Dios.

Sus lenguas de fuego, repártelas Padre,

y danos a todos la paz y el amor.

Tu Espíritu Santo nos llene de gozo

y sea en nosotros Palabra de Dios.

* Nuestra Señora de la misión

Nos encomendamos a María, la primera misionera y estrella de la evangelización:

Oración a Nuestra Señora de la Misión

Virgen de la Buena Nueva:

recibiste la Palabra y la practicaste.

Por eso fuiste feliz y cambió la historia.

Virgen de la Misión y del camino,

la que llevó a la casita de Isabel la Salvación

y a los campos de Belén la Luz del Mundo.

Gracias por haber sido misionera.

Por haber acompañado a Jesús en el silencio

y la obediencia a su palabra.

Gracias porque tu misión fue hasta la Cruz

y hasta el Don del Espíritu en Pentecostés.

Allí nació la Iglesia misionera.

Virgen de la misión:

Nosotros también viviremos en misión.

Que toda la Iglesia se renueve en el Espíritu.

Que amemos al Padre y al hermano.

Que seamos pobres y sencillos,

presencia de Jesús y testigos de su Pascua.

Que al entrar en cada casa comuniquemos la Paz,

anunciemos el Reino y aliviemos a los que sufren.

Que formemos comunidades

ORANTES, FRATERNAS Y MISIONERAS.

Virgen de la Reconciliación:

nuestra Iglesia peregrina quiere proclamar la Fe

con la Alegría de la Pascua

y gritar al mundo la Esperanza.

Por eso se hunde en tu silencio,

tu comunión y tu servicio.

Ven con nosotros a caminar.

Amén.


* Canto final

Ven Espíritu de Dios

1. Ven espíritu de Dios

inúndame de amor,

ayúdame a seguir.

Ven y dame tu calor,

quema mi corazón,

enséñame a seguir.

VEN ESPÍRITU DE DIOS,

VEN A MI SER, VEN A MI VIDA.

VEN ESPÍRITU DE AMOR,

VEN A MORAR MARANHA THA.

2. Por la vida que me das,

te invoco en el dolor,

que clama del Señor.

Ven y cambia mi existir,

transforma mis penas,

en glorias hacia Tí.


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WebJCP | Abril 2007