Por José Luis Turiel
En las situaciones tan divergentes que existen en nuestra sociedad no podemos dejarnos llevar por el desánimo que las mismas circunstancias invitan a seguir. Al contrario mucho más debemos facilitar, si vivimos la esperanza, a ser portadores de un clima nuevo de amor y de servicio a los que nos rodean. La vocación del cristiano tiene como base la entrega a Dios que es como la raíz y a los demás que es el tallo. Las dos van juntas y bien armonizadas. Si faltara alguna de ellas viviríamos un cristianismo amorfo y sólo barnizado de buenas intenciones pero sin sustancia y a la corta o a la larga se perdería la fe y se sostendría la vida en una nube inconsistente. La vida comunitaria que se inicia en la familia se sostiene porque por las venas de la misma corre la disposición, la ayuda, el amor de servicio y entrega. Nadie es extraño porque todos forman una unidad de vida y de ayuda mutua.
La vocación religiosa, sacerdotal o de consagrado no tendría sentido si cada uno buscara su propia celda como único lugar individualista de realización. No solo llegaría el desánimo sino que sería una tortura inaguantable. La vida comunitaria se teje ‘dándose a los demás’ puesto que es el lugar sagrado donde se manifiesta el amor de Dios. Quien ama muestra que es discípulo de Cristo. ‘En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros’. El recorrido no es fácil pero seguro que es muy gratificante. No se puede dar nada a los demás si uno no se da asimismo. La comunidad, por tanto, es como una familia; es la mejor expresión y la mejor manifestación. De ahí que las vocaciones nacen, crecen y se maduran en comunidad.
La vocación religiosa, sacerdotal o de consagrado no tendría sentido si cada uno buscara su propia celda como único lugar individualista de realización. No solo llegaría el desánimo sino que sería una tortura inaguantable. La vida comunitaria se teje ‘dándose a los demás’ puesto que es el lugar sagrado donde se manifiesta el amor de Dios. Quien ama muestra que es discípulo de Cristo. ‘En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros’. El recorrido no es fácil pero seguro que es muy gratificante. No se puede dar nada a los demás si uno no se da asimismo. La comunidad, por tanto, es como una familia; es la mejor expresión y la mejor manifestación. De ahí que las vocaciones nacen, crecen y se maduran en comunidad.
La atracción que la sociedad presenta está, muchas veces, disociada de la auténtica realidad. Se habla de libertad y la sutileza de la esclavitud se hace presente. Se habla de compartir y el egoísmo corrompe la solidaridad. Se habla de alegría y cada día hay más violencia, suicidios y depresiones existenciales. Se habla de bienestar y no sacia todo los que presenta el materialismo y el hedonismo. ¿Qué sucede? ¿a dónde queremos ir? y ¿cuáles son nuestras aspiraciones?. Tanto sicológicamente como espiritualmente hay un gran vacío y en el fondo es porque hacemos de la vida un instrumento de placer, de poseer y de dominio. ¿Es posible que se den testimonios distintos y que puedan dar razones más importantes que lo puramente material?. Puedo afirmar que hay testigos que, sin presunción alguna, han encontrado una razón para existir, para vivir y para ser felices.
Por ello se necesitan las vocaciones que tienen como único fin, como único motivo y objetivo: ‘ser luz’. Son personas que se han enamorado profundamente de un Dios vivo que es Jesucristo. No hay nada de fantasías y menos de engañosas ideologías. Es la realidad más profunda que pueda existir porque no se para en el hoy o en el mañana sino en la plenitud de la eternidad. La angustia del que cree que todo acaba un día, lleva a la desesperación, pero el que basa todo en saber que la vida pasa pero después hay un existir para siempre, encuentra el alivio y la razón para alegrar toda su vida.
Las vocaciones nativas son en la sociedad un signo de esperanza. ¡Cuántos misioneros que han dado lo mejor de sí para hacer felices a los demás, siguiendo el ejemplo del Buen Maestro!. Han salido de su casa, de su pueblo y de su nación para ponerse al servicio de la gente y recrear la comunidad, el sentido de familia. Recuerdo la experiencia de un sacerdote que –a sus ochenta años- me decía que él se sentía más ‘padre’ que nadie porque a muchos niños y jóvenes les había sacado del ambiente nocivo de la droga y de la delincuencia. Ahora cuando van a verle le reconocen como el mejor amigo que les ha llevado a sentirse humanos e hijos de Dios. Han recuperado el sentido de familia y no están perdidos a su propia suerte.
Por ello se necesitan las vocaciones que tienen como único fin, como único motivo y objetivo: ‘ser luz’. Son personas que se han enamorado profundamente de un Dios vivo que es Jesucristo. No hay nada de fantasías y menos de engañosas ideologías. Es la realidad más profunda que pueda existir porque no se para en el hoy o en el mañana sino en la plenitud de la eternidad. La angustia del que cree que todo acaba un día, lleva a la desesperación, pero el que basa todo en saber que la vida pasa pero después hay un existir para siempre, encuentra el alivio y la razón para alegrar toda su vida.
Las vocaciones nativas son en la sociedad un signo de esperanza. ¡Cuántos misioneros que han dado lo mejor de sí para hacer felices a los demás, siguiendo el ejemplo del Buen Maestro!. Han salido de su casa, de su pueblo y de su nación para ponerse al servicio de la gente y recrear la comunidad, el sentido de familia. Recuerdo la experiencia de un sacerdote que –a sus ochenta años- me decía que él se sentía más ‘padre’ que nadie porque a muchos niños y jóvenes les había sacado del ambiente nocivo de la droga y de la delincuencia. Ahora cuando van a verle le reconocen como el mejor amigo que les ha llevado a sentirse humanos e hijos de Dios. Han recuperado el sentido de familia y no están perdidos a su propia suerte.

Francisco Pérez González Arzobispo Castrense de España y Director de OMP en España
La Obras Misionales Pontificias después de tantos años han trabajado con ahínco e ilusión para mostrar a toda la Iglesia y a la sociedad que las vocaciones en ‘tierras aún vírgenes’ son necesarias para sostener y fortalecer a la sociedad hambrienta de ambiente familiar. Es por lo que pedimos a todos los creyentes o personas de buena voluntad que apoyen con su generosidad a tantas vocaciones que no pueden seguir el camino del ‘servicio a la comunidad’ por no tener recursos educacionales, formativos y materiales. La ‘Obra de San Pedro Apóstol’ es el cauce que sirve para informarse de las necesidades que hay en Seminarios y Noviciados y –con nuestra colaboración- ayudarles en sus necesidades. Yo llegué a ser sacerdote gracias a la ‘beca’ que me concedieron una familia con recursos. Mis padres no los tenían pero la generosidad de dicha familia hizo posible que pudiera seguir estudiando y formándome en la vocación que tanto he querido siempre: ser sacerdote para servir a la comunidad.








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