Hace apenas un año y medio que estoy caminando por tierras africanas. La tierra soñada desde mis años de formación. He pasado unos meses en Kenya estudiando un poco de ingles para llegar después a Tanzania, país de mi destinación. Los primeros meses lo pase estudiando kisuahili (idioma del África del este). Hoy me encuentro en Makambako, al sur de Tanzania, donde realizo mi vocación misionera como misionero de la Consolata.Apenas llegado, la primera sensación que experimenté fue de una gran alegría. Me encontré con el África de los largos safari sobre calles polvorientas de tierra o arena, las aldeas con las chozas dónde la gente vive sin pretensiones, siempre dispuesta a acoger a quién se presenta sin exigencias. El África, con sus colores chillones, la alegría de su gente y su hospitalidad. También empecé a descubrir el África de los grandes flagelos: la pobreza, el sida, la malaria y otras enfermedades que hacen estragos por todas partes, la falta de agua, gas o electricidad es un común denominador.
Pole pole, poco a poco voy insertándome en la vida pastoral y de la gente; poco a poco voy enriqueciéndome como persona al entrar en relación dialéctica con una nueva cultura; poco a poco voy compartiendo las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de mis hermanos africanos; poco a poco voy descubriendo el rostro de Cristo sufriente y resucitado en aquellas personas que Dios pone en mi camino, cristianos, musulmanes o animistas; poco a poco voy aprendiendo a comprender y a amar a este pueblo. Sé que, las dificultades y los desafíos no son pocos.
Sé que, soy misionero porque he recibido un bien que no puedo retener en la intimidad, lo que he visto y oído, reclama que lo trasmita a quienes quieran escuchar; porque una vida compartida con los demás, vale la pena ser vivida.
Sé que, en estos días no desaparece en el mundo cercano ni lejano el dolor, la injusticia, las catástrofes, las guerras, las enfermedades, la angustia, la soledad…
Pero pequeños gestos de solidaridad, de perdón, de esperanza, de serena alegría, hacen que otro mundo sea posible, que nuestro mundo sea diferente. Solo hace falta la voluntad firme y el deseo de hacer el bien, de amar y dejarse amar. Es decir, dar prioridad a los valores del espíritu y reconocer y aceptar la presencia de Dios en nuestras vidas. Sólo quien vive la experiencia personal del amor del Señor es capaz de hacer un gesto amigo, fraterno, solidario, para que los que están caídos se levanten.
Sé que, si fui llamado para prestar este servicio a la Iglesia, recibiré también de Aquél que me llamó la fuerza, la luz y la gracia.







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