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MISIONEROS EN CAMINO: diciembre 2009
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jueves 31 de diciembre de 2009

Buenas noticias para empezar el año

Por J. Aldazabal
Publicado por Antena Misionera

(Fiesta de Santa María, Madre de Dios, 1 de Enero de 2010)
Evangelio: Lucas 2, 16-21

Empezamos bien el año, hermanos. Con buenas noticias, que no han aparecido en los telediarios ni en la prensa, pero que acabamos de escuchar, en la fiesta de Santa María Madre de Dios.

Todavía estamos en Navidad. Celebramos el Nacimiento de Cristo. Nuestra atención está centrada en él, también hoy que recordamos a su Madre. Él se llama Jesús, que significa: Dios-salva. Y es él el que ilumina nuestra existencia entera y nos ofrece la salvación de Dios.

Según la primera lectura los sacerdotes del antiguo Israel invocaban en la liturgia, sobre todo en año nuevo, la bendición y la paz de Dios sobre todo el pueblo.

Pero nosotros los cristianos tenemos motivos mucho más plenos para alegrarnos y esperar que Dios bendiga nuestro nuevo año, haciendo prosperar la paz en torno nuestro. La razón es la misma que hemos ido escuchando en todo este tiempo.

Y hoy nos la ha dicho Pablo: “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”.

Somos hijos, no esclavos

O sea, el Hijo de Dios se ha hecho hombre, en el seno de la Virgen María, para que nosotros, los hombres, seamos hijos adoptivos de Dios. Por eso podemos decir con confianza, o mejor aún, es el Espíritu de Dios el que puede gritar dentro de nosotros: Abbá, Padre. Somos hijos, no esclavos.

Ésa es la mejor perspectiva del año que empieza. A lo largo de sus doce meses podremos encontrarnos con dificultades de todo tipo. Podremos caer enfermos, sufrir las mil vicisitudes de la vida. Pero no estamos solos. ¡Somos hijos! Pertenecemos a la familia de Dios. No podemos dejarnos dominar por el pesimismo o la angustia. Nos ha nacido Jesús, el-Dios-que-salva. Y él nos ha enseñado quién es Dios para nosotros: a veces le llamamos Creador, Todopoderoso, Ser Supremo, Dios, Señor… Pero Jesús nos ha dicho que le podemos llamar Padre.

Con buen augurio y felicitación empezamos el 2010.

Santa María Madre

El recuerdo de la Virgen María hace aún más agradable esta buena noticia. Ella, María de Nazaret, una humilde muchacha de pueblo, fue elegida de Dios para traer a este mundo al Salvador. Y hoy, primero de enero, los cristianos le dedicamos una de las fiestas más solemnes del año, recordando y celebrando su Maternidad: Santa María, Madre de Dios.

Ciertamente es un recuerdo que a todos nos llena de alegría y de esperanza. Y que está plenamente centrado en el espíritu de estas fiestas navideñas: ella, nuestra mejor maestra en la celebración de la navidad.

María, la Madre, la que dio a luz a Jesús. La que se alegró íntimamente de la presencia de los pastores y de las palabras que decían. La que le llevó al templo. La que junto con José su esposo, y siguiendo la indicación del ángel, le puso el nombre de Jesús. La que “meditaba todas estas cosas” que pasaban a su Hijo, “guardándolas en su corazón”…

Más tarde ella será también la perfecta discípula de su Hijo, la primera cristiana, miembro de la comunidad apostólica de Jerusalén.

Por eso no nos extrañamos que, junto a su entrañable título de Madre de Dios, sea invocada hoy gozosamente por los cristianos como Madre de la Iglesia, Madre de todos los que creen en Cristo Jesús.

Así empezamos el año con una fe renovada en Jesús, como Dios Salvador. Y a la vez con un recuerdo filial hacia su Madre y nuestra Madre.

La eucaristía

Y lo empezamos celebrando la Eucaristía. Precisamente la Virgen es el mejor modelo de cómo tenemos que celebrar esta Eucaristía. Ella, la discípula de Cristo, guardaba estas cosas, las meditaba: y así nos enseñó la actitud de escucha de la Palabra.

También fue ella la que mejor supo alabar a Dios, dándole gracias en su canto del Magnificat, por lo que había hecho en favor de todos. Y finalmente estuvo al pie de la Cruz, en comunión perfecta con su Hijo en el momento de la muerte, como lo había estado en el de su nacimiento.

¿No son estas tres actitudes las fundamentales en nuestra Eucaristía? Escucha de la palabra, acción de gracias, comunión con el Cuerpo entregado y la Sangre derramada de Cristo Jesús…

Que la Virgen María, Madre, nos haga celebrar con fe esta Eucaristía y nos dé ánimos para empezar con optimismo cristiano el nuevo año.

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Evangelio Misionero del Día: Viernes 1 de Enero de 2010. SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 16-21

Los pastores fueron rápidamente adonde les había dicho el Ángel del Señor, y encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción.


Compartiendo la Palabra
Por Pedro Garcia cmf

Hoy, para todos, Año Nuevo. Para la Liturgia de la Iglesia, la Solemnidad de María, Madre de Dios. Para nuestro mundo convulsionado, la Jornada de la Paz. Para nosotros, en nuestra Emisora, un día de parabienes a todos nuestros queridos radioyentes: ¡Feliz y próspero Año Nuevo!
Esto es lo que queremos para todos.
Y lo conseguiremos, seguro, si el Año Nuevo nos trae eso precisamente: una vida nueva, como lo expresa nuestro refrán popular: Año Nuevo, vida nueva.
Lo conseguiremos con más seguridad aún, si sabemos ponerlo, desde un principio, bajo la estrella y tutela de María. Es ésta una clara intención de la Iglesia, cuando nos abre el año con una fiesta tan esplendorosa de María como es su Divina Maternidad: ¡María, la Madre de Dios!...
Lo conseguiremos plenamente, si la paz es el móvil de todas nuestras actuaciones personales y sociales: desde la paz con nosotros mismos y en el seno de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestros pueblos, y —¡Dios lo quiera también!—, hasta la paz en el concierto armonioso de las naciones.
Una celebración como ésta, en una fiesta que es universal, nos impone un momento de reflexión sobre ese aspecto del progreso personal. Vemos cómo nuestra vida no es más que el sucederse ininterrumpidamente de un año tras otro, hasta que llegue un año que lo comenzaremos pero que ya no lo terminaremos.
El tiempo nos lo da Dios para irnos mejorando, a fin de llegar cada uno a la perfección humana —y para nosotros, también cristiana— exigida por nuestra condición de hombres y de bautizados. Esto significa ese año nuevo, vida nueva del dicho popular, mucho más profundo de lo que parece.
Para el año que comenzamos, la ley del progreso debe ser un imperativo. He de mejorar en la salud. He de imponerme en los estudios. He de superarme en el trabajo, en la profesión y en el negocio. He de crecer vigorosamente en mi relación con Dios, en la fe, la piedad y en el hacer el bien a todos. Hago mío el dicho sobre el amor: mejor que el año pasado y menos que el año que vendrá dentro de trescientos sesenta y cinco días...
Miramos ahora a María. En el Evangelio que la Iglesia nos propone en este día vemos a la Virgen convertida en el archivo viviente de los mejores recuerdos de Jesús.
Es natural. Era Madre, y a una madre no se le escapa un detalle de la vida del hijo. Y siendo no una madre cualquiera, sino la Madre de Dios, María fue la gran admiradora, la gran educadora, la gran imitadora y a la vez que la gran protectora de la vida de Jesús.
Hoy lo ve derramar la primera sangre en el rito de la circuncisión judía; otro día asistirá al derramamiento de toda la sangre del Hijo en la cruz. Fiel hasta el mayor heroísmo, con su Hijo Jesucristo perseverará hasta el fin.
La Iglesia nos coloca bajo el amparo de esta Madre a lo largo del año que hoy comienza. La miramos, y emprendemos la marcha, porque Ella va delante de nosotros en la peregrinación de la fe.
La miramos, y nos sentimos seguros, porque de la mano de la Madre nadie se extravía. Madre nuestra, nos ama y nos protege. Madre de Dios, lo puede todo ante el trono del mismo Dios.
Volvemos ahora la mirada a la sociedad. Cada año que comienza está cargado de interrogantes. Y la preocupación de todos es la misma: ¿disfrutaremos este año del don
de la paz? ¿No se nos ocurrirá engancharnos los unos contra los otros en guerras implacables?...
Por algo el Papa Pablo VI instituyó este día como Jornada de la Paz.
La Organización de las Naciones Unidas, que busque soluciones a los conflictos. Es su deber, y cuando lo consiguen es digna de todo nuestro aprecio y agradecimiento.
Pero nosotros sabemos que hay algo más importante que los discursos en aquel foro internacional y que los viajes de los diplomáticos.
Lo primero que tenemos presente es la oración, sin la cual no llegará la paz al mundo.
Porque sin oración, sin poner a Dios en medio, no nos amaremos nunca, vencerá siempre la ley del más fuerte, y el egoísmo será el mandamás del mundo...
Por eso nosotros, todos, sin distinción de credos, alzamos las manos pidiendo a Dios que nos haga amarnos, para que las guerras se hagan un imposible en el mundo.
Donde hay amor y hay oración no estallan las bombas. ¿Por qué no nos amamos más, y por qué no rezamos más?...
El Faraón, según leemos en la Biblia, le preguntó al padre de José en Egipto: ¿Cuántos años tiene? Y el patriarca Jacob respondió compungido: Pocos y malos, los ciento treinta años míos.
En fin, ciento treinta le parecían pocos al buen viejo.
Nosotros nos contentamos con menos. Pero los menos años nuestros los queremos buenos, llenos, cargados de bienestar y de dicha, y, sobre todo, bien aprovechados en la presencia del buen Dios que nos da y nos conserva la vida.
¡Feliz y próspero Año Nuevo!, nos hemos dicho al principio y nos repetimos ahora.
A esta felicitación de todos los hombres, nosotros, cristianos, sabemos darle una carga de mucho más peso: año dichoso y abundante en bienes, pero, sobre todo, henchido de la gracia del Cielo...
Sobre todo, si el año entero va a discurrir bajo la protección de María, la Madre de Dios...

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LA PAZ, MARÍA MADRE Y EL TIEMPO

1 de Enero: Santa María, Madre de Dios
Por Fray Marcos
Publicado por Fe Adulta

En esta fecha tan universal y envolvente, es inevitable hablar de estos tres temas.

Empezaremos hablando de la paz. Se nos llena la boca al pronunciar esta palabra, pero no nos interesa demasiado afrontar los verdaderos problemas que plantea. Todos pedimos a Dios que nos libre de la guerra, pero no estamos dispuestos a exigir en nuestro entorno justicia, que es “condicio sine qua non” de una auténtica paz.

Luchar por la paz haciendo la guerra, garantiza el fracaso. El concepto de guerra preventiva es más perversa que la ley del talión. El ser humano se puede defender de toda agresión sin tener que luchar contra nada ni contra nadie. El secreto sería trabajar siempre por el bien de todos y cada uno de los hombres.

Juan XXIII, en su encíclica “Pacis in terris”, advirtió que la paz será la consecuencia de la Verdad, la Justicia, la Libertad y el Amor. Esto lleva consigo tener claro que ningún ser humano es más que otro ser humano. Mientras no nos enteremos de esta realidad; mientras haya un solo hombre que se sienta superior, no podrá haber paz.

Hoy por hoy, estamos a años luz de esta utopía, que sin embargo debe ser el punto de partida de todas las relaciones humanas. Hay muchas personas que intentamos ser justos, ser amables, ser comprensivos, etc. etc., pero con la condición de que no se ponga en duda nuestra superioridad. Esta postura, tan común, es de auténtica hipocresía.

Todos buscamos la paz. Unos buscamos la paz de los cementerios: ¡Que nadie se mueva! ¡Ay de aquel que se atreva a vivir! Ahí están los “vivos” de siempre, impidiendo el más ligero signo de vida a los demás.

Otros nos contentaríamos con la paz romana: todos los demás sometidos, humillados al servicio del imperio. Una paz que responde a la ley del más fuerte, sostenida con bombas y cañones. Que mueren personas inocentes, ¡qué más da! Son “daños colaterales”. Que quedan seres humanos destrozados en el camino, da lo mismo, lo importante es que se han cumplido los objetivos.

Esta paz siempre se consigue a base de hambre, enfermedades e ignorancia. Paz conseguida gracias a que la inmensa mayoría de la humanidad no tiene capacidad de reivindicar los más elementales derechos. Carta universal de los derechos humanos, firmada por todos los países, para qué. Sería de risa, si no fuera de pena.

Meter a todo el que me lleva la contraria bajo el denominador común de terrorista, no arregla nada. Es verdad que existe el terrorismo irracional, que nunca atenderá a razones, pero estoy convencido de que mucho terrorismo se terminaría con un poco de auténtica justicia.

La que debíamos buscar todos, es la paz armonía, fruto de la Justicia. Pero el mayor enemigo de la justicia es la legalidad que unos pocos privilegiados imponemos a todos, buscando siempre nuestro provecho. ¿Qué pasaría si las leyes del comercio mundial las hicieran los países más pobres, los que pasan hambre hasta la muerte?

El primer objetivo de las grandes coaliciones entre las naciones es defender sus intereses económicos. ¿Contra quién? Es demencial. Y encima tenemos que estar oyendo todos los días que somos los buenos. ¡Qué iba a ser del mundo, si no fuera por nosotros!

Debemos tomar conciencia de pertenecer a una familia, donde no haya ni superior ni inferior, ni señor ni esclavo, esta es la clave de todo el mensaje evangélico. La transformación debe empezar dentro de cada ser humano. Si desterrásemos de nosotros todo egoísmo, se terminarían todas las guerras. Según Jesús, es más humano el que es capaz de amar más. Es inútil pretender una plenitud humana a costa de los demás


El segundo tema que vamos a tratar es el de María Madre. Es la fiesta más antigua de María que se conoce. Pablo VI la recuperó del olvido. Es bonito empezar el año mirando a María Madre, sobre todo si aprendemos a verla sin capisayos y abalorios.

La primera imagen que el hombre primitivo tuvo de Dios, fue la de Madre. María Madre viene a suplir las carencias que conllevaba la idea de un Dios exclusivamente Padre.

La maternidad de María es un dogma, que fue definido en Éfeso en el 431. Lo primero que hay que tener en cuenta es que, en aquella ciudad se veneraba a la "Magna Mater", diosa virgen Artemisa o Diana.

Es muy interesante constatar que ese dogma tuvo que ser aclarado y en cierto modo limitado veinte años después por el concilio de Calcedonia (451) afirmando que María era madre de Dios "en cuanto a su humanidad". Esta aclaración la hemos olvidado por completo y seguimos interpretando mal lo que en el dogma se quiso declarar.

Para entender el dogma, debemos tener muy en cuenta el contexto en que fue formulado. Se definió como un intento de confirmar, que el fruto del parto de María fue una única persona, contra la tesis nestoriana que afirmaba dos personas en Jesús. Fue una definición cristología, no mariana.

En aquella época estaban todavía demasiado preocupados por aclarar qué significaba la figura de Jesús. María no era aún motivo de la reflexión teológica.

No debemos olvidar que este concilio lo promovió Nestorio para que un concilio condenara como hereje a Cirilo, que proclamaba una sola persona en Cristo y por lo tanto que María era con pleno sentido, madre de Jesús Hijo de Dios. A Nestorio le salió el tiro por la culata, y fue condenado él; pero faltó el canto de un duro, para que se condenara como herejía lo que se definió como dogma... Sin comentario.

Este dogma de la "Theotokos", literalmente, “la que pare a Dios”, se ha entendido mal, porque no se ha tenido en cuenta el sentido que tenían las palabras en aquel contexto. Es el mejor ejemplo de cómo, conservando las palabras, estamos diciendo algo completamente distinto de lo que se quiso definir.

El concepto de concepción humana era muy primario en aquella época. Se creía que la nueva criatura procedía totalmente del padre. La madre no tenía otra misión que la de ser recipiente donde se desarrollaba la semilla del nuevo ser. De ahí que no se tenía ningún inconveniente en aceptar que alguien pudiera ser hijo de un dios naciendo de una mujer. Hoy sabemos que el nuevo ser es fruto de la madre y del padre al 50%. Parece ridículo seguir hablando de hijo de dios en sentido biológico, como se deja entender con demasiada frecuencia.

En la concepción de Jesús, no podemos seguir mezclando el plano biológico y el divino. Se trata de dos planos de naturaleza distinta que no tienen la menor posibilidad de interferir uno en otro. En el orden espiritual, lo biológico no tiene ninguna importancia.

Hay que defender con rotundidad que lo que Jesús fue y significó, como manifestación de Dios, sólo podía ser obra del Espíritu Santo. Eso nadie lo puede poner en duda. En los relatos del nacimiento y del bautismo de Jesús, se ve con toda claridad: “Concebido por el Espíritu Santo”; “Nacido del Espíritu Santo”. “Ungido por el Espíritu Santo”; “Movido por el Espíritu Santo”.

Pero también pone Juan en boca de Jesús: “Hay que nacer de nuevo”• “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu”; “El Espíritu es el que da vida, la carne no vale para nada”.

Para mí, lo que estamos celebrando es que María hace presente a Dios encarnado (Emmanuel). S. Agustín dice que María fue madre de Dios, no por su relación biológica, sino por haber aceptado el proyecto de Dios. En eso María sigue siendo modelo. Todos tenemos que engendrar a Dios y todos tenemos que dar a luz a Dios, como dijo el maestro Eckhart.

Los primeros padres llamaban a la Iglesia partera, porque su misión era ayudar a los seres humanos a alumbrar a Dios. Este objetivo no se puede alcanzar promulgando dogmas y decretos sino indicando a los seres humanos el camino de la experiencia de Dios.

Dios sigue dándose de manera absoluta a todos y cada uno de los hombres. Descubrir y experimentar ese don es la tarea más importante que puede llevar a cabo un ser humano.


El tercer tema tiene que ver con el tiempo (Año Nuevo). El comienzo del año nos tiene que hacer pensar en el tiempo y en la eternidad. Como seres construidos de materia, formamos parte del tiempo, del devenir, de la evolución. Pero a la vez, la eternidad, de alguna manera, nos está atravesando. Si camináramos por el tiempo con los ojos bien abiertos, descubriríamos horizontes de eternidad en la misma temporalidad.

El concepto de eternidad que manejamos, como algo que está más allá del tiempo, nos está jugando una mala pasada. No es negando la temporalidad, como alcanzaremos la eternidad, sino zambulléndonos en ella hasta encontrarnos con su médula.

En el NT se manejan dos conceptos muy distintos de tiempo. Uno es el tiempo astronómico (la medida del movimiento), que nos permite conectar con la realidad material y sentirnos inmersos en la contingencia. El otro concepto es el “Kairos”, que sería el tiempo psicológico o espiritual. Este nos permite ir más allá del tiempo y experimentar en cualquier momento lo trascendente, lo divino, la eternidad.



Contemplación-meditación


Pensar en los orígenes nos obliga a centrarnos.
Para saber donde estoy, debo saber de donde vengo y a donde voy.
El presente consciente incluye el pasado.
El futuro está ya en el presente de la persona despierta.
......................

La figura de María Madre (origen, Diosa) es fruto del subconsciente.
Completa la idea de Dios Padre
que tenemos arraigada en nuestra cultura.
Dios Padre = poder, autoridad, exigencia; seguridad externa.
Dios Madre (María) = acogida, comprensión, cariño entrañable; seguridad interna.
.............................................

Ninguno de nuestros conceptos puede expresar la realidad de Dios.
Pero unidos los dos símbolos,
se acercan un poco más a lo que Dios es.
María nos ayuda a encontrar ese Dios
que es nuestro origen y nuestra meta.
Dios es el ABSOLUTO que me envuelve y me atraviesa.
Sin Él, nada sería yo. Con Él y en Él, lo soy todo.
...........................................

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Oración de nochevieja de un creyente desconcertado


Por José Antonio Pagola

Señor, antes de entrar en el bullicio y aturdimiento del fin de año, quiero esta tarde encontrarme contigo despacio y con calma.
Son pocas las veces que lo hago. Tú sabes que ya no acierto a rezar.
He olvidado aquellas oraciones que me enseñaron de niño
y no ha aprendido a hablar contigo de otra manera más viva y concreta.

Señor, en realidad, ya no sé muy bien si creo en ti. Han pasado tantas cosas
estos años. Ha cambiado tanto la vida y he envejecido tanto por dentro...
Yo quisiera sentirte más vivo y más cercano.
Me ayudaría a creer. Pero me resulta todo tan difícil...
Y, sin embargo, Señor, yo te necesito.
A veces me siento muy mal dentro de mí.

Van pasando los años y siento el desgaste de la vida.
Por fuera todo parece funcionar bien: el trabajo, la familia, los hijos.
Cualquiera me envidiaría. Pero yo no me siento bien.
Ya ha pasado un año más. Esta noche comenzaremos un año nuevo, pero yo sé que todo seguirá igual. Los mismos problemas,
las mismas preocupaciones, los mismos trabajos. Y así, ¿hasta cuándo?

¡Cuánto desearía poder renovar mi vida desde dentro!

Encontrar en mí una alegría nueva, una fuerza diferente para vivir cada día. Cambiar, ser mejor conmigo mismo y con todos. Pero la experiencia me dice que no puedo esperar grandes cambios. Estoy demasiado acostumbrado a un estilo de vida. Ni yo mismo creo demasiado en mi transformación.

Por otra parte, tú sabes cómo me dejo arrastrar por la agitación de cada día.
Tal vez por eso no me encuentro casi nunca contigo.
Tú estás conmigo y yo ando perdido en mil cosas.
Si al menos te sintiera como mi mejor amigo...
A veces pienso que eso lo cambiaría todo.


Qué alegría si yo no te tuviera esa especie de temor
que no sé dónde brota, pero que me distancia tanto de ti...
Señor, graba bien en mi corazón que tú hacia mí
sólo puedes sentir amor y ternura. Recuérdame desde dentro
que tú me aceptas tal como soy, con mi mediocridad y mi pecado,
y que me quieres incluso aunque no cambie.

Señor, se me va pasando la vida, y a veces, pienso
que mi gran pecado es no terminar de creer en ti y en tu amor.
Por eso, esta noche yo no te pido cosas. Sólo que despiertes mi fe, lo suficiente para creer que tú estás siempre cerca y me acompañas.
Que a lo largo de este año nuevo no me aleje mucho de ti.
Que sepa encontrarte en mis sufrimientos y mis alegrías.
Entonces tal vez cambiaré. Será un año nuevo.

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miércoles 30 de diciembre de 2009

Palabra de Misión: Santa María Madre de Dios – Ciclo C – Lc. 2, 16-21



La celebración litúrgica de este día tiene, por lo menos, tres elementos: antes de 1969 se la conocía como la Fiesta de la Circuncisión de Nuestro Señor, y por lo tanto, se conmemoraba la imposición del nombre Jesús. A partir de 1969 se le cambió el título al día por el de Santa María Madre de Dios. Y el Papa Pablo VI, finalmente, instituyó en el primer día del año la ocasión para orar por la paz universal. Por estos motivos, en este día las aristas son varias y hay distintos hincapiés. Se trata de un día mariano, pero fuertemente teológico, porque el centro está en la maternidad divina, y a través de ella, en la encarnación. Dios asume una carne, se gesta en el vientre de una muchacha palestina. Pero Dios no asume la carne en un plano metafísico, irreal. Al encarnarse, lo hace en un pueblo determinado, en una época precisa y en un contexto cultural con su particular acervo. La circuncisión de Jesús es, en uno de sus sentidos, la conmemoración de esta otra encarnación, la cultural. Jesús es hombre universal, pero sin dudas, es varón judío. En este juego de particularismo y universalidad se juega, muchas veces, la paz de las gentes. Entre las pretensiones de afirmación racial, los intereses de un grupo específico, las ansias de dominación mundial y el imperialismo, los seres humanos se disputan bienes materiales que acaban con las vidas de los hermanos. Jesús, hombre universal, es la propuesta acabada de la paz para la humanidad.

Según Lucas, tras el nacimiento de Jesús, a los ocho días del mismo, es circuncidado. La circuncisión es una cirugía, una intervención quirúrgica pequeña que se realiza cortando una porción del prepucio del pene. Según varios historiadores, esta práctica no fue original de los israelitas, sino que también en Egipto, Etiopía y Fenicia, por ejemplo, se llevaba adelante. Inclusive en Australia habría registros de circuncisiones en las poblaciones primitivas. En algún momento de la historia, esta práctica se volvió importante y fundamental para los israelitas. Según el relato del Génesis, esto comienza en uno de los tantos diálogos entre Dios y Abraham, cuando Yahvé, estableciendo su alianza con el patriarca y su descendencia, cambia su nombre de Abrán a Abraham (cf. Gen 17, 5), le promete una fecundidad sobreabundante (cf. Gen. 17, 6) y le indica que, como signo de la alianza establecida, todos los varones de su descendencia deben circuncidarse (cf. Gen. 17, 10-11), inclusive aquellos varones que forman parte de sus pertenencias humanas, como los esclavos y los sirvientes (cf. Gen. 17, 13). Cuando acaba el diálogo con Dios, Abraham lleva adelante la orden (cf. Gen. 17, 23-27) y acepta, con la circuncisión, la alianza, sus términos y las promesas. Circuncidarse es, para el patriarca, antes que otra cosa, un acto de fe. El capítulo 17 del Génesis habla del signo de la alianza, pero sobre todo, habla de la descendencia prometida desde lo imposible. Abraham pregunta irónicamente a Yahvé si un hombre de cien años como él y una mujer de noventa como Sara pueden tener descendencia (cf. Gen. 17, 17), porque parece algo inverosímil. Circuncidarse es, entonces, creer en las promesas imposibles de Dios. Y por esa fe, pasar a formar parte de un pueblo que tiene una común esperanza. Por lo tanto, parece lógico que un incircunciso (en el contexto de Gen. 17, 14 no se habla de los que no se circuncidan por ser paganos, o sea, por no tener relación con Abraham, sino que se hace referencia a aquellos descendientes de Abraham que rechazan la circuncisión) sea borrado de entre los suyos. Es un traidor, alguien que rechaza la identidad israelita.

La legislación al respecto de la circuncisión es clara. Debe realizarse a los varones en el octavo día de su nacimiento (cf. Gen. 17, 12; Lev. 12, 3). Y sólo los circuncidados pueden celebrar la pascua (cf. Ex. 12, 48). Si un esclavo o un inmigrante desean comer la pascua, entonces deben circuncidarse, y así se volverán aptos para el ritual (cf. Ex. 12, 44-48). Con el tiempo, bajo la perspectiva judaizante y la creciente separación entre lo puro y lo impuro, la circuncisión dejó de ser signo de las promesas que se creen para convertirse en elemento de segregación. El circunciso es puro y el incircunciso no lo es, está fuera de la elección de Dios, es un rechazado. La señal de los que hacen alianza con Yahvé fue cambiada por un ritualismo de seguridad salvífica. Muchos creían que el solo hecho de la circuncisión los salvaba, y lo demás (la justicia, el amor, el prójimo) era accesorio. Esa posición es la que critica el Bautista cuando exhorta a sus oyentes a dar frutos sinceros de conversión para que dejen de decir que tienen por padre a Abraham (depositando en esa filiación toda la vida), ya que “puede Dios de estas piedras dar hijos a Abrahán” (Lc. 3, 8). Pero antes del Bautista, otros miembros del pueblo de Dios habían notado que la circuncisión había perdido su sentido. El libro del Deuteronomio invita a circuncidar el corazón (cf. Dt. 10, 16; Dt. 30, 6). Jeremías también se hace eco de esto con un lenguaje más duro: “Circuncidaos para Yahvé, extirpad los prepucios de vuestros corazones” (Jer. 4, 4a), y la terminología incircuncisos de corazón (cf. Jer. 9, 25) e incircuncisos de oídos (cf. Jer. 6, 10) se vuelve clave para entender la profundidad de la denuncia. Israel está depositando su confianza en un rito, está focalizando en lo mágico su alianza con Yahvé, cuando, contrariamente, está en el oído (que oye la Palabra) y en el corazón (que late con el corazón de Dios) el sentido de la alianza. Verdaderamente es pueblo de Dios el que escucha atento con prontitud de corazón, el que reconoce en lo divino las promesas de la descendencia imposible, el que camina confiado en lo inverosímil que puede hacerse realidad por obra de Dios. La circuncisión sin actitud de entrega es brujería, es ritualismo, es costumbre. La circuncisión que circuncida los oídos y el corazón penetra lo íntimo del ser y se hace trascendente, va más allá del acontecimiento y pone en sintonía con Dios.

Jesús, como varón judío, debe ser circuncidado. Al octavo día de su nacimiento es introducido a la vida de su pueblo, a la historia de Israel, a las promesas de Dios. Para Lucas el momento no es menor. Allí recibe el nombre que el ángel ha indicado (cf. Lc. 1, 31). Con la circuncisión se recibe un nombre, y en términos bíblicos, cuando se recibe un nombre se recibe una misión. Con esta perspectiva podemos plantearnos qué significado tiene hoy la circuncisión de Jesús:

- Heredero de las promesas y Promesa: eso es el niño de María y José. Circuncidándolo, Jesús asume aquella alianza de Abraham que se ratificó con Moisés. Asume la promesa de la descendencia abundante y de la tierra prometida. Jesús camina con su pueblo, espera con su pueblo, cree con su pueblo. Al mismo tiempo, Jesús es la promesa mayor de las alianzas, es el Esperado por excelencia, es la Tierra Prometida. Es la concreción de las esperanzas profundas de Abraham y de Moisés. En Él, la historia de Israel (la historia de la humanidad) cobra sentido. La circuncisión era el signo provisorio para los tiempos mesiánicos, cuando el Hijo obraría la circuncisión de los oídos y del corazón. Hoy puede resultarnos lejano este acontecimiento en la vida de Jesús, o superficial, pero quizás sea interesante plantearnos dos cosas: si caminamos con nuestros pueblos, por un lado, y si nos hemos dado cuenta de los tiempos mesiánicos, por otro. La evangelización no es la pesada noticia de que todos debemos bautizarnos/circuncidarnos sí o sí antes de determinada edad, sino la Buenísima Noticia de que es posible transformar nuestros oídos y nuestros corazones para oír mejor la Palabra y para guardarla mejor, en vistas a que los tiempos mesiánicos no sean solamente una añoranza o un movimiento intimista, sino que verdaderamente conviertan el mundo.

- Las mujeres ponen los nombres: la circuncisión es machista, ya que sólo el varón tiene pene, por lo tanto, es el único apto para este ritual. La mujer es, en estos términos, siempre una incircuncisa. Por esto, es el padre quien lleva al hijo a circuncidar y quien le pone el nombre. En el relato de Lucas se da una cuestión curiosa. En primer lugar, cuando se narra la circuncisión de Juan el Bautista (cf. Lc. 1, 59-63), al estar Zacarías mudo por no haber creído en las promesas de Dios (cf. Lc. 1, 20), será Isabel quien dirá que “se ha de llamar Juan” (Lc. 1, 60). Luego, Zacarías lo confirmará escribiendo en una tablilla. En el caso de Jesús, cuando sucede el relato de la anunciación a María (cf. Lc. 1, 26-38), el ángel le dice explícitamente que ella le pondrá el nombre (cf. Lc. 1, 31). En Mateo, la historia es diametralmente opuesta; el ángel se aparece y habla con José, y es él como padre legal quien tendrá que ponerle el nombre (cf. Mt. 1, 21). Que las mujeres pongan el nombre en un rito machista es un signo de la inversión de valores del Reino. En Jesús hay algo más grande que la desigualdad de varones y mujeres, hay algo más grande que una exclusión sistemática. En Jesús hay igualdad e inclusión. Jesús recibe un nombre de las despreciadas para que los despreciados tengan nombre/dignidad. Las mujeres pueden poner nombre a los hijos, las mujeres son dignas de recibir la Palabra de Dios, dignas de oírla y ponerla en práctica. María es la gran circuncisa de corazón, pues guarda los acontecimientos y los medita en su interior (cf. Lc. 2, 19; Lc. 2, 51). Vale preguntarse si consideramos los corazones circuncidados de tantos excluidos que, en el silencio, sin grandes aparatos rituales, hacen de la vida cotidiana un altar. Vale preguntarse si evangelizamos conociendo las largas procesiones internas de tantos hombres y mujeres, si nos preocupamos por entender, aunque sea un poquito, lo que meditan en sus corazones, o si directamente caemos con el peso de una estructura fabricada afuera, en otro tiempo y en otro espacio, anacrónica. Vale preguntarse si queremos que los otros tengan un nombre para ser dignos e incluidos, o si queremos ponerle nombre para registrarlos en nuestras actas eclesiales.

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Año Nuevo - Santa María, Madre de Dios (Lc 2, 16-21)


Se supone que hoy es el primero de Enero, el primer día del año, en que los pueblos de cultura occidental celebran el Año Nuevo. La fiesta de hoy ha sufrido una serie de cambios. Hace años, esta era la fiesta de la Circuncisión, a los ocho días del nacimiento.
Después se celebró, como extensión de esa fiesta, el Nombre de Jesús, puesto que era el día de la circuncisión cuando se imponía el nombre. Últimamente se celebra la fiesta de Santa María, la Madre de Jesús, con el título de Madre de Dios. Las lecturas de la Eucaristía, sin embargo, no han cambiado, así que no vamos a fijarnos en estas cambiantes "advocaciones", sino más bien en el mensaje que sugieren los textos por sí mismos.

El centro del mensaje de estos texto es sin duda la circuncisión y la imposición del nombre de Jesús. El hecho de la circuncisión en sí nos resulta a nosotros lejano, de escaso interés. Nosotros entendemos la circuncisión como un rito propio de algunos pueblos, y practicado también entre nosotros en algunas ocasiones, con más o menos sentido higiénico o iniciático, según las culturas, sin más trascendencia.
Para el pueblo de Israel, la circuncisión era la señal externa, impresa en la propia carne, de la Alianza con el Señor. Era la señal visible de la consagración a Yahvé. Y así, "incircunciso" es un término peyorativo, significa que no pertenece al pueblo, que es gentil, pagano, que no tiene nada que ver con Yahvé, con la Alianza, con la Promesa.
Circuncidarse significa por tanto comprometerse con Dios, aceptar la Ley. La circuncisión de Jesús es la expresión de pertenecer al pueblo y aceptar la Ley del Señor. Es una acción normal para cualquier israelita, todos los niños se someten a ella. El hecho de que el evangelista lo recoja tiene además un sentido añadido. Jesús, nacido bajo la Ley, como se recoge en la carta a los Gálatas.
"Nacido bajo la Ley". Esto planteaba para aquellos israelitas un tema de suma importancia. Observar fielmente la Ley era para Israel la garantía de que Dios estaba con ellos, garantizaba la existencia del pueblo contra sus enemigos, le mantenía su protección. La fe más antigua de Israel consiste en un pacto con Dios: la parte de Israel es cumplir la Ley; la parte de Dios es proteger a Israel contra sus enemigos. cuando ocurren desgracias, cuando se pierden batallas, todo esto se atribuye siempre a la infidelidad del Pueblo, o del rey. Cuando el pueblo es llevado al destierro, Jerusalén y el Templo son destruídos, se entiende que el Señor castiga la infidelidad, pero mantiene su Promesa para el futuro, cuando vuelvan a cumplir la Ley. Así, la religión de Israel es una religión nacional, tiene un peligroso parecido con otras religiones, y su dios se parece a otros dioses, que también defienden a sus pueblos con tal que el pueblo les ofrezca la veneración debida.
En el Destierro y al regresar a la Tierra, la reflexión de los Profetas irá entendiendo que todo eso es muy exterior, que no es suficiente. La relación con Dios va adquiriendo cada vez más un sentido personal, espiritual. Dios no quiere tanto sacrificios en el Templo como verdad y justicia. Israel no es tanto el pueblo favorito de Yahvé cuanto Luz de las naciones
Pero esto es lo máximo a lo que puede llegar la fe de Israel. Jesús nace en esa fe... para ir mucho más lejos, y el que entendió perfectamente esto fue precisamente Pablo. En los primeros tiempos después de Jesús, muchos judíos convertidos a Jesús siguieron pensando que seguía en vigor la Ley antigua, perfeccionada por Jesús. Primero fue una sorpresa que hubiera que anunciar el evangelio también a los paganos. Luego fue un escándalo que para seguir a Jesús no hubiera que circuncidarse, ni observar el Sábado y los otros preceptos de la Ley. Esto produjo una fuerte polémica e incluso divisiones muy serias: aparecen con claridad en Los Hechos de los Apóstoles. Finalmente se impone la tesis de Pablo. No hay que circuncidarse, no hay que observar la ley de Moisés, se trata de algo nuevo, no simplemente de perfeccionar la Ley antigua.
Toda esta polémica, que fue crucial para la primera Iglesia, a nosotros nos resulta lejana, pero tiene un sentido profundo que nos importa mucho. Hemos heredado de la primitiva Iglesia el nombre de "Pueblo de Dios", como un nuevo Israel. Sabemos que la circuncisión corporal fue sólo un rito externo y que lo que importa es, como dijeron los Profetas, "la circuncisión del corazón". Sabemos que la expresión "Pueblo de Dios" no tiene nada que ver con una nación, una raza, una organización. Pero es el momento de reflexionar sobre el pecado de Israel y nuestro pecado. "Somos el Pueblo de Dios" ... ¿y otros no?. Israel pensó que Dios estaba con ellos "contra otros". Nosotros sabemos que Dios está con nosotros, con todos nosotros, con todos lo humanos, contra el pecado.
Israel pensó que era un privilegiado entre los demás porque conocía a Dios: ¿lo pensamos así nosotros?. Hemos sido capaces de formular aquello de "fuera de la iglesia católica no hay salvación", y algunos hasta lo han defendido como un dogma. Quizá nosotros no seríamos ya capaces de afirmar todo esto, pero sin duda seguimos creyendo que somos nosotros los que sabemos algo de Dios, y otros no; que, acerca de Dios, no tenemos que aprender nada de los que no conocen a Jesucristo; y quizá también que para nosotros la salvación es más sencilla que para ellos... En resumidas cuentas, que seguimos pensando que pertenecer al Pueblo de Dios es una prebenda, un privilegio, un don que nosotros tenemos y otros no. Seguimos teniendo en la cabeza una arcaica noción: hemos recibido la Palabra de Dios, luego Dios es nuestro.
Pero la Palabra de Dios no está encadenada, ni siquiera a su Pueblo, ni a su Iglesia, ni a nada. La palabra de Dios es la luz del mundo y está en toda verdad, en toda belleza, en toda sabiduría, en todo bien. Y el corazón de los seres humanos de todas las razas y culturas y épocas, la siente, la recibe o la rechaza. Nosotros hemos llegado a pensar que Jesús puso en marcha otra Religión, la Verdadera, la Definitiva, y así, hemos equiparado lo de Jesús con las demás religiones, que siempre expresan la manera de ser de cada pueblo, que hablan siempre de "nuestro Dios", y rechazan los dioses de los demás como ídolos o demonios....
Lo de Jesús está más en el fondo. Revela lo que hay de verdad en toda religión, cultura o comportamiento, y saca a la luz sus carencias. Y nuestra religión puede ser iluminada por la luz de Jesús, mostrando sus verdades y sus carencias, o puede creerse tranquilamente que, puesto que somos El Pueblo de Dios, todo en nosotros es verdad y somos la Luz de las Naciones.
Le pusieron por nombre Jesús, el libertador. El pueblo de Israel tuvo que ser liberado incluso de su concepto de sí mismo, de su concepto de pueblo elegido. Podemos preguntarnos de qué tenemos que ser liberados nosotros, la Iglesia, y si el concepto de Pueblo de Dios que tenemos no es nuestro primer pecado, uno de los más viejos de todos los pueblos: querer apropiarnos de Dios, pensar que somos más que otros porque "Dios está con nosotros".


PALABRA DE DIOS PARA NOSOTROS

1 - CONTEMPLACIÓN.
Pasear la mirada por todos los pueblos del mundo y todas sus religiones. Dejar que desfilen los budistas, los hinduístas, los musulmanes, todas las confesiones cristianas. Mirar a la buena gente del pueblo que cree lo que les han enseñado y transimitido, y se esfuerza en ser fiel a su fe. Sentir admiración por tanta presencia de la Palabra, dispersa por el mundo entero. Sentirse hermano en la fe profunda, hermano de todos los creyentes del mundo.
Sentir la responsabilidad de anunciar a Jesús, como plenitud, como liberación. Sentir cómo en mi corazón hay un punto de soberbia, cómo me creo más porque se me ha dado conocer a Jesús.
Pedir a Dios humildad y sinceridad. Pedir a Dios sentirnos abrumados por tanto que hemos recibido, sentir la necesidad de responder ante Dios.


NOTA SOBRE "SANTA MARÍA MADRE DE DIOS"

Decir "Madre de Dios" implica que conocemos los dos términos:
"Madre" y "Dios".
"Madre" es la que engendra, para lo cual tiene que existir antes que el hijo.
"Dios" es el ser eterno, trascendente, creador de todo lo demás. Así que no puede tener madre pues nada puede ser anterior a él.
Esto quiere decir que vamos por mal camino. Cuando decimos "Madre de Dios" decimos algo tan ininteligible como "Jesús es Dios". Ya hablamos de esto a propósito de la divinidad de Jesús en la fiesta de la Navidad.
La Iglesia, de siempre, ha intentando honrar a la madre de Jesús con todo lo más hermoso que se le ha ocurrido: Inmaculada, Mediadora Universal, Madre de la Iglesia... Madre de Dios... Es magnífico. Todo lo que se nos ocurra y más es poco para honrar a la Madre de Jesús. Al decir "Madre de Dios" queremos decir "Madre de Jesús", que es "El Hijo Único", "El Primogénito", "en quien reside toda la plenitud de la divinidad"... Conforme: y con todo eso no hacemos más que expresar nuestra admiración, nuestra sospecha de que hay más de lo que podemos entender, y mucho más de lo que estos pobres términos contradictorios pueden expresar.
Y no se arme más líos, que no va usted a entender más.


MIS PALABRAS PARA TI

Feliz año nuevo, hermanos,
feliz, que no se cumplan
vuestros deseos, que siempre son para mal.
Que no os toque la Lotería, que con el dinero
se os endurecerá el corazón y miraréis
al suelo, sólo al suelo,
y dejaréis de caminar.
Que no os sonría la salud, que un día
el dolor os haga comulgar con el dolor
de los hermanos.
Y que no os quiera todo el mundo,
que el mundo sólo quiere a los suyos
y vosotros no,
no sois del mundo.
Feliz año, hermanos, año nuevo,
nuevo de nuevas ganas de vivir caminando,
nuevo de caminar mejor, de ser más libres,
año de servir más, año de conocer
a Jesús, el Libertador.
Feliz año libre, hermanos, libre
de necesitar más tierra en vuestras bolsas, libre
de no pensar en que otros pasan hambre, libre
de medir a los otros como ellos os miden, libre
de estar histéricos porque os quieran y os alaben, libre
de estar angustiados por vuestros propios pecados, libre
de prescindir de Dios, y de temerle, libre
hasta de la Ley, que ya ha venido
Jesús Libertador, que se muera la muerte
de servir al dinero y al confort y a la envidia,
que se muera la muerte del temor a Dios juez,
que se muera y se pudra el precepto,
el castigo, que se muera el infierno, que se muera
ese viejo de tierra calculador y corto de vista
que nació con nosotros en nuestra propia carne,
que se muera la carne, que ya está entre nosotros
La Vida, Nueva de primavera, brillante de pura aurora,
que todo es nuevo, que nos han roto las cadenas,
que los montes y las estrellas van radiando
la Gran Noticia, el Evangelio eterno,
que Dios te quiere, que ya te han Liberado, que eres
Hijo, que nunca, nadie
podrá apartarte del amor de tu Padre,
manifestado en Jesús,
nuestro hermano mayor, nuestra cabeza
de puente, el caminante
que ya está allí, arrastrando la cordada
de todos los hermanos
desde la casa de la luz eterna.

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Evangelio Misionero del Día: Jueves 31 de Diciembre de 2009 - TIEMPO DE NAVIDAD JUEVES - DÍA VII INFRAOCTAVO

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 1-18

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
Él no era la luz,
sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él, al declarar:
«Éste es Aquél del que yo dije:
El que viene después de mí
me ha precedido,
porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre.


Compartiendo la Palabra
Por José Cristo Rey García Paredes

Llegamos al último día del año civil 2009. Diversos medios de comunicación nos ofrecen en síntesis la Gracia y la Desgracia de este período de nuestra vida común. Toda muerte en la naturaleza es nacimiento, decía el filósofo alemán Fichte. También la muerte de este año 2009 hace posible el nacimiento del 2010. Navidad de muerte y vida. Navidad pascual. Cristo hoy…. Cristo mañana. Escuchemos el último Evangelio del año.

Nos despedimos del año.

Y muere este año sabiendo que sus semillas quedan por ahí, que merece la pena pensar en Jesús todos los días y escuchar su Palabra y comentarla con las ideas y la vida.

Al principio era la Palabra. En la Palabra había Vida. Lo habéis experimentado. Escuchar cada día la Palabra es sentir un chorro de vida dentro. La vida es nuestra luz. Podemos caminar seguros. Tendréis en vuestras casas la Palabra de Dios. Ese es vuestro sagrario. La Biblia es el corazón de vuestro Templo. Haced vuestro propio comentario. Interpretad los hechos de vuestra vida a partir de esa Palabra de Vida y de Luz.

Anunciad la Palabra a otros. Haced que crezcan los discípulos de Jesús en el mundo. La estéril dará a luz siete hijos. Es la expresión bíblica para decir que la esterilidad podrá convertirse en la perfecta maternidad espiritual. Podemos dar vida y abundante, ofreciendo y comentando la Palabra de Vida.

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martes 29 de diciembre de 2009

Una Invitación desde Dentro de la Navidad

Ron Rolheiser (Traducción Carmelo Astiz)


Peleamos demasiado acerca de Navidad, discutiendo sobre su significado.
Para algunos, la Navidad es para los niños, una fiesta en la que su gozo y frescura infantiles desafían nuestro cinismo; una fiesta en la que precisamente los sentimientos que con frecuencia desdeñamos como adultos tienen que suavizar y ablandar nuestros corazones. El Avaro (“Scrooge”, clásico personaje popular de una corta novela navideña de Charles Dickens) se convierte como persona por la inocencia de los niños.

Para otros, Navidad es lo contrario: Más bien insistimos que la Navidad es una fiesta de adultos, algo que los niños en el fondo no entienden, algo que celebra el más sublime misterio intelectual de todos los tiempos. Dios se hace hombre para traer justicia a la tierra.

Y por eso algunos de nosotros enviamos saludos navideños incitando al gozo, a la celebración, a los regalos, a las luces y a los alegres villancicos; mientras otros enviamos saludos más duros que dicen: “¡Que la paz de Cristo te perturbe!”

¿Qué es Navidad? ¿Consistirá en endurecidos pastores y en reyes ambiciosos de poder, que al fin doblan sus rodillas y sus corazones ante un niño desvalido e impotente, o en un desafío duro y no-negociable para limpiar nuestras vidas resabiadas y egocéntricas y para construir algo de justicia en este mundo?

Navidad es todo eso y más. Como un diamante girando al sol, brilla ella con muchos destellos. La Navidad consiste en el reto monumental de reformar nuestras vidas, nuestras vidas adultas, y de convertirnos en hombres y mujeres que luchan por la justicia; pero también consiste la Navidad en un Niño que nace y se acuesta sobre la paja, inocente y desvalido, cuya vulnerabilidad es a la vez invitación y juicio de Dios. La Navidad consiste también, como alguna vez afirmó Kart Rahner, en que Dios nos da permiso para ser felices. Así pues, Navidad consiste tanto en algo en lo que nos deleitamos ingenuamente, como en una paz que habría de perturbarnos; algo pensado tanto para niños como para adultos.

Lo que hace la Navidad es invitarnos a todos, a niños y a adultos por igual, a suavizar y ablandar nuestros corazones ante el pesebre. Que la vulnerabilidad manifestada en la forma del nacimiento de Jesús nos devuelva retroactivamente a un tiempo antes del endurecimiento de nuestro corazón, a una situación en la que se supere la falsa sofisticación, el cinismo, la amargura, la herida, el egoísmo y la avaricia. Navidad tiene como fin irrenunciable no sólo renovar nuestra fe y esperanza, sino también renovar nuestra inocencia.

El educador americano Allan Bloom, escribiendo desde una perspectiva puramente secular, proyecta luz sobre esto en una historieta que él comparte en su famoso libro “The Closing of the American Mind” (“El Cierre de la Mentalidad Americana”). Allí nos cuenta cómo, cuando siendo joven asistió a las primeras clases de la universidad, un profesor introdujo su curso de esta manera. Mirando a sus jóvenes estudiantes, de 19 y 20 años, el profesor dijo: “Vosotros venís de vuestro pueblecito o pequeña ciudad, ambiente parroquial, y yo os voy a sumergir y bañar en la gran verdad – y os voy a liberar”. Bloom, aun a sus 19 años, no se impresionó. Escribe que ese profesor le recordaba a un muchachito que, cuando tenía siete años, le informó solemnemente que no existían ni Santa Claus, ni los Reyes Magos ni el Conejito Pascual. Pero, añade Bloom, “él no me estaba sumergiendo en ninguna gran verdad: estaba simplemente haciendo el fanfarrón”.

Bloom comenta que lo que aprendió de aquel profesor para siempre fue a enseñar en la dirección opuesta. Él, Bloom, comenzaría sus clases diciendo algo así: “Vosotros habéis venido aquí después de experimentar tantas cosas en la vida. ¡Habéis descubierto y visto tanto de la vida que voy a intentar enseñaros cómo creer de nuevo en Santa Claus, en los Reyes Magos y en el Conejito Pascual – y entonces quizás tengáis de nuevo la oportunidad de ser felices!”

Esta historia, bien matizada, encarna una de las invitaciones profundas de la Navidad. El pesebre navideño nos invita a regresar a nuestra inocencia, aunque no a la pre-sofisticada ingenuidad de un niño, sino a la post-sofisticada y post-cínica alegría e inocencia de un adulto auténticamente maduro. La Navidad, efectivamente, nos invita a regresar a la segunda-ingenuidad -en una situación y con una actitud de vuelta del liberalismo, de la amargura, de la llaga y herida, de la dureza e insensibilidad…

Uno de mis profesores en Lovaina solía señalar este sencillo eslogan: Si le preguntas a una niña ingenua si cree en Santa Claus, en los Reyes Magos y en el Conejito Pascual, responderá que sí. Si preguntas a alguna niña lista si cree en lo mismo, responderá que no. Pero si preguntas a una niña más inteligente aún si cree en Santa Claus, en los Reyes Magos y en el Conejito Pascual, se sonreirá con picardía y entonces… responderá que sí.

La Navidad nos lleva a realidades mucho más profundas que Santa Claus, y el nacimiento de Jesús no es un simple cuento encantador de hadas que tenga como fin enternecer el corazón. Por este acontecimiento, nada menos que medimos el tiempo y la historia. La Navidad nos presenta a Dios que nace física e históricamente en este nuestro mundo y, entre otras muchas cosas, nos enseña algunas lecciones asombrosas considerando la forma en que el misterio aconteció.

Como deja bien claro casi toda nuestra iconografía en torno a la Navidad: Dios nace, no como una superestrella cuyo poder terrenal, su belleza y su fuerza nos hace parecer pequeños. No. Dios nace tan frágil e impotente, tan vulnerable, como niño totalmente desvalido, que nos mira silenciosamente, justo cuando volvemos a mirarle, y él nos juzga de la misma forma que la vulnerabilidad juzga siempre al falso poder, la transparencia juzga a la mentira, la generosidad juzga al egoísmo, la inocencia juzga a la sofisticación excesiva; y… un niño, de una forma amable, indefensa y encantadora, suscita y despierta en nuestro interior lo mejor en nosotros.

La Navidad tiene que llevarnos de nuevo al pesebre, de forma que nuestros corazones puedan sentir aquella frescura y novedad que quiere hacernos comenzar a vivir de nuevo.

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Evangelio Misionero del Día: Miercoles 30 de Diciembre de 2009 - TIEMPO DE NAVIDAD MIÉRCOLES - DÍA VI INFRAOCTAVO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 22. 36-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor.
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él.

Compartiendo la Palabra
Por José Cristo Rey García Paredes cmf

Sensibilidad espiritual

Estamos llegando ya al fin del año 2009 y también al fin de este programa, que ya no encontrará patrocinador, ni continuidad. Lo que nace para servir, muere también para servir, como aquella anciana del Templo de Jerusalén de la que hoy nos habla el Evangelio.

El lugar que no pocas mujeres ocupan, de hecho, en la Iglesia, queda bien expresado en la frase del evangelio referida a la anciana profetisa Ana: “no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. No se dice que fuera una empleada del templo, sino más bien una contemplativa en el ámbito del Templo. Ella, que como mujer, debía quedar atrás, en el atrio de las mujeres, hizo de ese lugar discriminatorio, su ámbito de vida y de contemplación. A sus noventa y un años de servicio y Alianza percibe la llegada del hijo de Dios. Alaba a Dios por ello. Y se convierte en proclamadora de la buena noticia a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

La oración y el ayuno son como dos claves necesarias para mantenerse en forma en el servicio de Dios y de su Reino. Orar es estar siempre conectado con el Misterio de Jesús. Ayunar es mantener el cuerpo en forma, en línea, con el Espíritu, para lograr la integración, un auténtico cuerpo espiritual. De esa forma, el cuerpo podrá percibir la presencia de lo más misterio y maravilloso en la vida. Es cuestión de sensibilidad y conciencia. Hay un mundo maravilloso del que nos privamos, cuando nos falta la sensibilidad auténtica religiosa.

Nuestro programa tiene ya, al parecer, muchos años: “ya, Señor, puedes dejar a tu siervo, irse en paz. Este programa ha querido hablar de Jesús a todos los de la casa. Ha estado al servicio de la proclamación del Evangelio. Nuestros testigos laicos, como nuevos Simeón y Ana, nos han acompañado y han hecho del Evangelio una lectura viviente, una exégesis viva, de un valor incalculable. A todos ellos les damos las gracias. Y dejamos que el Espíritu siga actuando como Él quiera y donde Él quiera para gloria de Dios y de su Hijo Jesús.

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lunes 28 de diciembre de 2009

Evangelio Misionero del Día: Martes 29 de Diciembre de 2009 - TIEMPO DE NAVIDAD MARTES - DÍA V INFRAOCTAVO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 22-35

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor». También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz,
como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas
y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos»


Compartiendo la Palabra
Por Josep Rius-Camps


JESÚS, JUDÍO POR LOS CUATRO COSTADOS

«Al cumplirse los días de su purificación conforme a la Ley de Moisés, llevaron al niño a la ciudad de Jerusalén para presen­tarlo al Señor (tal como está prescrito en la Ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor) y ofrecer un sacrificio (conforme a lo mandado en la Ley del Señor: Un par de tórtolas o dos pichones)» (2,22-24). José y María siguen integrando a Jesús en la cultura y religión judías. Pretenden cumplir con él todos los requisitos que manda la Ley, a la par que purificarse la madre de su impureza legal (nótese la triple mención de la Ley).

La madre, después de dar a luz, quedaba legalmente impura: debía permanecer en casa otros treinta y tres días. El día cuarenta debía ofrecer un sacrificio en la puerta de Nicanor, al este del Atrio de las Mujeres. Por otro lado, todo primogénito varón debía ser consagrado a Dios (Ex 13,2.12.15) para el servicio del santuario y rescatado mediante el pago de una suma (Nm 18,15-16). Lucas no menciona rescate alguno. Habla, en cambio, del sacrificio expiatorio de los pobres (Lv 12,8) ofrecido para la purificación.



EL PUEBLO ACUDE AL TEMPLO

EN ESPERA DE LA LIBERACION DE ISRAEL

Para un buen judío, el templo era el lugar más apropiado para las manifestaciones divinas. Lucas, sin embargo, ya nos ha dejado dicho que la aparición del ángel Gabriel a Zacarías en el recinto más sagrado del templo, el santuario, a la hora de la oración matutina, en lugar de asentimiento había suscitado incre­dulidad; por el contrario, la gran noticia de que fue portador el mismo Gabriel a una muchacha del pueblo, cuando ésta se ha­llaba en su casa, sin que se diga que estaba orando, había encon­trado plena acogida.

Mediante la primera pareja, Zacarías/Isabel, Lucas ha queri­do describir la situación religiosa de Israel, vista desde la perspec­tiva de los responsables de mantener la alianza que Dios había hecho con Abrahán y que había renovado por medio de los profetas (Judea/sacerdote/santuario). A pesar de la completa y humanamente insalvable esterilidad de la religión judía, Dios, fiel a sus compromisos, ha intervenido en la historia de su pueblo para que diera un fruto, el fruto más preciado que podía dar la religiosidad judía: Juan, asceta y profeta.

Lucas se ha servido de una segunda pareja todavía no plena­mente constituida, María/José, para enmarcar el nacimiento del Hijo de Dios en la historia de la humanidad. A pesar de que María estaba sólo desposada con José y de que todavía no con­vivían juntos, fruto de la íntima colaboración entre Dios y una muchacha del pueblo, en representación ésta del Israel fiel, pron­to para el servicio solícito hacia los demás, pero sin gran arraigo religioso (Nazaret/Galilea), ha tenido un hijo: Jesús, el Mesías de Israel y Señor de toda la humanidad.

Ahora Lucas quiere completar la descripción con una tercera pareja, Simeón/Ana, cuyo único lazo de unión es el hecho de confluir en el templo en el preciso instante en que van a presentar a Jesús; ambos son profundamente religiosos, pero a pesar de su edad avanzada mantienen viva la esperanza de una inminente liberación de Israel: representan al pueblo que, a pesar de la incredulidad de sus dirigentes (representados por la primera pareja), sigue acudiendo al templo con la esperanza de ver rea­lizado su sueño de liberación (cf 1,10.21). A través de estos dos personajes, presentados ambos como profetas, Lucas reúne en el momento de la presentación de Jesús en el templo las dos líneas que había trazado en los cánticos de Zacarías y de María.



DICHOSOS LOS DE MIRADA TRANSPARENTE

PORQUE VERAN SU LIBERACION

«Pues mira, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón -un hombre por cierto justo y piadoso- que aguardaba el consuelo de Israel, y el Espíritu Santo descansaba sobre él» (2,25). El foco («mira») se ha fijado en un nuevo personaje, representativo esta vez de la humanidad profundamente religiosa que procede con rectitud hacia los demás («un hombre», «hom­bre por cierto [lit. "y este hombre"] justo y piadoso»), real («Simeón», nombre propio muy común en el judaísmo), confiado en que el consuelo de Israel -su liberación- estaba en manos de la institución judía («en Jerusalén», en sentido sacral), al tiempo que contaba con la asistencia permanente («descansaba [lit. "estaba"] sobre él») del Espíritu Santo y había sido informa­do por éste de la inminente presentación del Mesías en el templo: «El Espíritu Santo le había avisado que no moriría sin ver al Mesías del Señor» (2,26).

«Impulsado por el Espíritu fue al templo. En el momento en que introducían los padres al niño Jesús para cumplir con él lo que era costumbre según la Ley, también él lo cogió en brazos y bendijo a Dios diciendo:



"Ahora, mi Dueño, puedes dejar a tu siervo

irse en paz, según tu promesa,

porque mis ojos han visto la salvación

que has puesto a disposición de todos los pueblos:

una luz que es revelación para las naciones paganas

y gloria para tu pueblo, Israel"» (2,27-32).



A diferencia de Zacarías, quien, inspirado por el Espíritu Santo en un momento puntual, entonó un cántico de liberación, aunque circunscrito al pueblo de Israel (cf. 1,67), Simeón actúa permanentemente movido por el Espíritu. Acude al templo, no para celebrar un rito (Zacarías 1,9) o para cumplir un precepto (los padres de Jesús, 2,27 [por cuarta vez se menciona su entera sumisión a la Ley: cf. 2,22.23.24]), sino movido por una inspira­ción divina.

Como en otro tiempo Abrahán (Gn 15,15), Jacob (46,30) y Tobías (Tob 11,9), «también él» podrá «irse en paz» porque ha visto realizado lo que esperaba. «Ahora» se corresponde con el «hoy» del ángel a los pastores (cf. 2,11): ya se ha inaugurado la etapa final de la historia humana. «Siervo/Dueño», mentalidad veterotestamentaria de respeto y sumisión a Dios; falta todavía un buen trecho hasta que este niño nos revele la nueva relación «Hijo/Padre». Simeón tiene los ojos tan aguzados, gracias a la permanencia en él del Espíritu Santo, que ha logrado penetrar en lo más hondo del plan de Dios: con su mirada profética ha logrado traspasar los limites estrechos de Israel e intuir que la salvación que traerá el Mesías será «luz» en forma de «revela­ción» para los paganos, liberándolos de la tiniebla/opresión que los envuelve (Is 42,6-7; 49,6.9; 52,10, etc.), y de «gloria» para el pueblo de Israel (46,13; 45,13).



EL ESTANDARTE IZADO EN LO ALTO

COMO SIGNO DE CONTRADICCION

Ante la incomprensión de los padres del niño en todo lo que hace referencia a su futura función mesiánica (se anticipa la incomprensión de que será objeto Jesús entre los suyos), Simeón, dirigiéndose a la madre y usando el mismo lenguaje de María en el cántico, revela que Jesús será un signo de contradicción y que esto lo llevará a la cruz: «Mira, éste está puesto para caída de unos y alzamiento de otros en Israel, y como bandera discutida -también a ti, empero, tus aspiraciones las truncará una espa­da-; así quedarán al descubierto los razonamientos de muchos» (2,34-35).

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Y LA PALABRA SE HIZO PUEBLO....

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domingo 27 de diciembre de 2009

LA FAMILIA DE NAZARET Y NUESTRA VIDA EN FAMILIA


Domingo de la Sagrada Familia - Ciclo C
Por Fray Marcos
Publicado por Fe Adulta

Hoy podría resultar interesante un contexto histórico, por eso vamos a hacer un pequeño análisis de lo que era la familia en tiempo de Jesús. Solo así estaremos en condiciones de comprender lo que nos dice el evangelio.

En aquel tiempo no existía la familia nuclear, formada por el padre la madre y los hijos. En su lugar los estudios sociológicos se encuentran con el clan familiar, o la familia patriarcal. El control absoluto pertenecía al varón más anciano. Todos los demás miembros: hijos, hermanos, tíos, primos, esclavos, etc. formaban una unidad sociológica. Este modelo ha persistido en toda el área mediterránea durante miles de años. En algunas regiones aún se conserva.

Cuando un miembro varón se casaba, la esposa entraba a formar parte de la nueva familia, olvidándose de la suya propia. La ceremonia principal de la boda consistía en conducir a la novia de casa de su padre a la casa del novio (aquí “casa” tiene el significado de clan). Cuando se casaba una mujer, se despedía de su casa y se integraba en la del marido.

Todos los miembros de la familia, formaban una unidad de producción y de consumo. Pero la riqueza básica del clan era el honor. Sus miembros estaban obligados a mantenerlo por encima de todo. La vergüenza de un miembro era la vergüenza de toda la familia. Por eso el deber primero de todos y de cada uno, era mantener el estatus social limpio de toda sospecha.

No era sólo una cuestión social, sino también económica. Las relaciones económicas eran inconcebibles al margen de la honorabilidad y el prestigio familiar. Era vital para el clan que ningún miembro se desmandara y malograra el bienestar de toda la familia. Esto no quiere decir que no tuvieran los esposos relaciones especiales entre ellos y con los hijos. Incluso podían tener su casa propia, pero nunca gozaban de independencia.

Esta perspectiva nos permite comprender mejor algunos episodios de los evangelios. El que acabamos de leer es un ejemplo. Desde la idea de una familia formada por José, María y Jesús, es incomprensible que se volvieran de Jerusalén sin darse cuenta de que faltaba Jesús. Si todo el clan (de treinta a cincuenta personas) sube a Jerusalén, como familia, los varones estarían juntos, las mujeres lo mismo y los jóvenes andarían por su lado, sin preocuparse demasiado los unos de los otros, porque la seguridad la daba el grupo.

Otros pasajes también se explican mejor desde esta perspectiva:

“Al enterarse ‘los suyos’ se pusieron en comino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio”. (Mc 3, 20-21)

Lo que pretendía su familia era impedir que siguiera por el camino que había emprendido. Trataban de evitar una catástrofe, para él y para todo el clan.

El tiempo les dio la razón. Un poco más adelante…

“Una mujer dice a Jesús: tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Jesús contestó: Y ¿quiénes son mi madre y mis hermanos?
(Mc 3, 31-34)
Este episodio lo recogen también Mt 12, 46-50 y Lc 8,19-21.

De una manera clara se nos está diciendo que para llevar a cabo su obra, Jesús tuvo que romper con su clan, lo cual no supone para nada que rompiera con sus padres.

En Juan sus hermanos le piden que suba a Jerusalén y se manifieste al mundo. Dice el evangelio:

“Sus hermanos hablaban así, porque ni siquiera ellos creían en él”.
(Jn 7,2-8)

Hay otro aspecto que también se explica mejor desde este contexto. La costumbre de casarse muy jóvenes (las mujeres a los 12 -13 años y los hombres a los 13-14). Era vital adelantar la boda, porque la esperanza de vida era de unos treinta y tantos años y a los cuarenta eran ya ancianos. En el ambiente que tenían que vivir, no era tan grave la inexperiencia de los recién casados, porque seguían bajo la tutela del clan. También la responsabilidad de criar y educar a los hijos era tarea colectiva, sobre todo de las mujeres.

Jesús no se sometió a ese control porque le hubiera impedido desarrollar su misión. Fijaros el ridículo que hacemos cuando en nombre de Jesús, predicamos una obediencia ciega, es decir, irracional, a personas o instituciones. Cuando creemos que el signo de una gran espiritualidad, es someter la voluntad a otra persona, dejamos de ser nosotros mismos. La explicación que acabo de dar, pretende armonizar la responsabilidad de Jesús con su misión y el cariño entrañable que tuvo que sentir, sobre todo por su madre.

El relato evangélico que acabamos de leer, está escrito ochenta años después de los hechos; por lo tanto no tiene garantías de historicidad. Sin embargo, es muy rico en enseñanzas teológicas. No hay nada de sobrenatural ni de extraordinario, en lo narrado. Se trata de un episodio que revela un Jesús que empieza a tomar contacto con la realidad desde su propia perspectiva. Justo a los doce años empezaban a ser personas, a tomar sus propias decisiones y a ser responsables de sus propios actos.

Sentado en medio de los doctores. Los doctores no tienen ningún inconveniente en admitirle en el “foro de debate”. Tiene ya su propio criterio y lo manifiesta. Se sitúa al mismo nivel que ellos como maestro de lo que de verdad le va a interesar en su vida: su Padre.

Sus padres no entienden nada. Se está fraguando la ruptura que después manifiestan todos los evangelistas. Lucas está preparando lo que va a significar toda la vida pública, adelantando una postura que no es de niño, sino de persona responsable y autónoma.

No es difícil imaginar que sus padres no lo comprendieran. La verdad es que fue, para casi todos los que le conocieron incomprensible la calidad humana del que se llamaría a sí mismo hijo de hombre.

Sigue el texto diciendo: siguió bajo su autoridad, pero ya ha dejado claro que su misión va más allá de los intereses de su clan.

La última referencia es también un aldabonazo a nuestro empeño en hacerle Dios antes de tiempo. Dice el texto que Jesús crecía en estatura en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres

Debemos buscar la ejemplaridad de la familia de Nazaret donde realmente está, huyendo de toda idealización que lo único que consigue es meternos en un ambiente irreal que no conduce a ninguna parte.

Sus relaciones, aunque se hayan desarrollado en un marco familiar distinto del nuestro, pueden servirnos como ejemplo a nosotros, en nuestro propio modelo de familia. Lo importante no es la clase de institución familiar en que vivimos, sino los valores humanos que desarrollamos, cualquiera que sea el modelo donde tenemos que vivirlos.

Jesús predicó lo que vivió. Si predicó el amor, es decir, la entrega, el servicio, la solicitud por el otro, quiere decir que primero lo vivió él. El marco familiar es el primer campo de entrenamiento para todo ser humano. Todo ser humano nace como proyecto que tiene que ir desarrollándose a lo largo de toda la vida con la ayuda de los demás.

Debemos tener mucho cuidado de no sacralizar ninguna institución. Las instituciones son instrumentos que tienen que estar siempre al servicio de la persona humana. Ella es el valor supremo.

Las instituciones ni son santas ni sagradas. Con demasiada frecuencia se abusa de las instituciones para conseguir fines ajenos al bien del hombre. Entonces tenemos la obligación de defendernos de ellas. Claro que no son las instituciones las que tienen la culpa. Son algunos seres humanos que se aprovechan de ellas para conseguir sus propios intereses a costa de los demás.

No se trata de echar por la borda una institución por el hecho de que me exija esfuerzo. Todo lo que me ayude a crecer en mi verdadero ser, me exigirá esfuerzo. Pero nunca puedo permitir que la institución me exija nada que me deteriore como ser humano; ni siquiera cuando me reporte ventajas o seguridades egoístas.

La familia sigue siendo hoy el marco privilegiado para el desarrollo de la persona humana, pero no sólo durante los años de la niñez o juventud, sino durante todas las etapas de nuestra vida. El ser humano sólo puede crecer en humanidad a través de sus relaciones con los demás. La familia es el marco insustituible para esas relaciones profundamente humanas.

Sea como hijo, como hermano, como pareja, como padre o madre, como abuelo. En cada una de esas situaciones, la calidad de la relación nos irá acercando a la plenitud humana si todo encuentro con el otro lo aprovechamos para desplegar nuestra capacidad de amar.

Los lazos de sangre o de amor natural debían ser puntos de apoyo para aprender a salir de nosotros mismos e ir a los demás con nuestra capacidad de entrega y servicio. Las relaciones familiares tenían que enseñarnos a dejar nuestro individualismo y egoísmo. Si en la familia superamos la tentación del egoísmo amplificado, aprenderemos a tratar a todos con la misma humanidad.

En ninguna parte del Nuevo Testamento se propone un modelo de familia, sencillamente porque no se cuestiona el modelo de familia existente en aquel tiempo. Debemos tener esto muy en cuenta cuando en nombre del evangelio queremos imponer un modelo determinado de familia.

La predicación de Jesús no va encaminada nunca a defender las instituciones, sino a las personas que la forman. En cualquier modelo de familia lo importante es el amor, que Jesús predicó y que debemos desarrollar en cualquier circunstancia que la vida nos plantee.



Meditación-contemplación

No sería mala idea hacer hoy la meditación todos juntos en familia.


Piensa: ¿Qué sería yo sin los demás?
Nada, absolutamente nada. Ni siquiera mi existencia sería posible.
Si los que te rodean han hecho posibles que tú seas,
¿es mucho pedir, que tú ayudes a los demás a ser?
......................................

¿Cómo podría la araña tejer su tela
si no tuviera puntos de apoyo para fijar su trama?
Tu vida depende de esos puntos de apoyo.
Deja que otros se apoyen en ti para tejer su propia vida.
Es la única manera de vivir tú a tope.
...............................................

La familia es el primer campo de entrenamiento
para alcanzar humanidad.
No dejes de entrenarte cada día.
Pero la verdadera batalla hay que ganarla en la relación con los de fuera.
......................................

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Evangelio Misionero del Día: Lunes 28 de Diciembre de 2009 - Fiesta de los Santos Inocentes

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 2, 13-18

Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.
Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta:
«Desde Egipto llamé a mi hijo».
Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías:

«En Ramá se oyó una voz,
hubo lágrimas y gemidos:
es Raquel, que llora a sus hijos
y no quiere que la consuelen,
porque ya no existen».



Compartiendo la Palabra
Por Corazones.org

Los Santos Inocentes: De acuerdo a un relato del Evangelio de san Mateo (2, 13-13), el Rey Herodes mandó matar a los niños de Belén menores de dos años al verse burlado por los magos de Oriente que habían venido para saludar a un recién nacido de estirpe regia.
A partir del siglo IV, se estableció una fiesta para venerar a estos niños, muertos como "mártires" en sustitución de Jesús. La devoción hizo el resto. En la iconografía se les presenta como niños pequeños y de pecho, con coronas y palmas (alusión a su martirio). La tradición oriental los recuerda el 29 de diciembre; la latina, el 28 de diciembre. La tradición concibe su muerte como "bautismo de sangre" (Rm 6, 3) y preámbulo al "éxodo cristiano", semejante a la masacre de otros niños hebreos que hubo en Egipto antes de su salida de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios (Ex 3,10; Mt 2,13-14).

En nuestro tiempo continúa la masacre de inocentes. Millones son masacrados por el aborto, millones más mueren abandonados al hambre... ¿Qué haces?.

Una voz se escucha en Ramá: gemidos y llanto amrgo: Raquel está llorando a sus hijos, y no se consuela, porque ya no existen" -Jr 31,15.

Te rogamos, Señor…

• Te pedimos padre por todas las personas aquí presentes que de una u otra forma colaboran en esta lucha por la defensa de la vida desde el momento de la concepción hasta su muerte natural. Dales la gracia, el valor y la fortaleza necesaria para vivir y trabajar diariamente según tu Santa Voluntad.

• Oremos por el Papa, defensor incansable de la vida y la dignidad de la persona humana. Oremos por los obispos, los sacerdotes y diáconos y por todos aquellos que tienen una responsabilidad en la comunidad cristiana.

• Te rogamos Señor que ayudes y protejas a todas aquellas familias que sufren conflictos graves que ponen en peligro su estabilidad y el bienestar de sus miembros, en especial de los más pequeñitos. Que Tu sabiduría los ilumine para que puedan encontrar en el AMOR la solución a sus problemas y logren obtener la paz y la tranquilidad necesarias para vivir según tu voluntad.

• Te pedimos Señor porque el actual desarrollo científico-biológico no atente contra la dignidad de la persona humana, sino que por el contrario lleve a la humanidad a tu encuentro, para que asombrados por la maravilla de la creación, sepamos amarla y respetarla.

• Te pedimos Padre, por todos los bebés que ahora corren peligro de ser abortados. Para que sus madres, iluminadas por la luz de tu Santo Espíritu, reconozcan en ellos la maravilla de Tu creación y cobijadas bajo el manto amoroso y maternal de María, encuentren el mejor camino para salir adelante de sus dificultades.

• Muy especialmente, te pedimos hoy Señor por todas aquellas personas que se dedican a practicar y promover el aborto. Que a través de Ti, logren conocer la verdad y comprendan que en cada pequeño ser que eliminan, está presente la maravilla de Tu creación y de Tu presencia. Ilumínalos para que comprendan el valor infinito de cada vida humana y, conscientes de su grandeza, aprendan a amarla y respetarla.

• Inspíranos Padre, para que recordemos que sin Ti nada podemos y que todo nuestro esfuerzo, vaya siempre encaminado a ser testimonio vivo del gran Amor de Dios hacia los hombres. Danos la fuerza y el valor que necesitaremos para continuar siempre fieles a tu palabra.

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sábado 26 de diciembre de 2009

Palabra de Misión: Fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo C – Lc. 2, 41-52


Por Leonardo Biolatto

Los dos Evangelios que contienen relatos de la infancia de Jesús (Mateo y Lucas), estructuralmente, tienen por lo menos dos partes: los relatos de la infancia y la vida pública. Mt. 1-2 y Lc. 1-2 aparecen como una unidad literaria propia, coherente en sí misma y discontinuada del resto de los libros, no por carecer de relación con el ministerio de Jesús, sino porque entre la infancia y la vida pública acontecen, en silencio, unos veinte años. Mientras Mateo comprime unos 10 años en los primeros dos capítulos y luego salta hasta el bautismo para dedicarle de ahí en adelante lo que resta del libro, y mientras Lucas comprime 12 años en los dos primeros capítulos y luego salta hasta los treinta años del Maestro (cf. Lc. 3, 23), la juventud e inicio de la adultez de Jesús se esconden bajo Lc. 2, 40: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” y Lc. 2, 52: “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Apenas dos versículos parecen dedicarse a casi veinte años de existencia en Nazareth. Inclusive, ambos Evangelios parecen dar un nuevo comienzo en sus respectivos capítulos 3. Mt. 3, 1 se referirá a la fecha de “por aquellos días”, que en su contexto, entendemos que no se trata de los mismos días del final del capítulo 2, cuando la familia regresa de Egipto. Lc. 3, 1-2 son las coordenadas históricas bajo las cuales aparece el Bautista; coordenadas distintas a las de Lc. 1, 5 y Lc. 2, 1-2.

Así puestas las cosas, puede hablarse de los relatos de la infancia como unidades literarias con peso específico. Y aún más, muchos biblistas coinciden en afirmar que estas unidades son un mini-Evangelio, o sea, que son resumen, simbolismo y anticipo de lo que se narrará después. Son resumen porque, en apenas dos capítulos, los temas principales de la vida y muerte de Jesús se hacen presentes; son simbólicos porque las imágenes, las situaciones y las figuras suelen señalar una realidad mayor que se terminará de entender al final de la lectura completa del libro; y son anticipo porque, desde la infancia de Jesús (presente literario) anuncian los sucesos de la vida pública y de su muerte y resurrección (futuro literario). Sin duda que se refieren específicamente a los primeros años del Maestro, pero sin duda se refieren también a los últimos años. Y en la lectura de hoy es posible descubrir estas prolepsis (anticipos literarios).

La primera gran referencia de esta perícopa es Jerusalén. La familia sube a la ciudad capital para la fiesta de la pascua, celebración que obligaba a todo judío a peregrinar hasta el templo, como bien lo indica Dt. 16, 16, asegurando que tres son las liturgias que obligan una asistencia personal: la Pascua (fiesta de los ázimos), Pentecostés (fiesta de las semanas) y la fiesta de las tiendas o tabernáculos. Pero subir a Jerusalén es, en lenguaje de los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), ir hacia la pasión (cf. Lc. 9, 51; Lc. 13, 33-35; Lc. 18, 31-33), porque allí el Hijo del Hombre será crucificado. En la misma línea, al suceder durante la pascua se nos trae a la memoria que una pascua judía es el marco de la pasión, muerte y resurrección de Jesús (cf. Lc. 22, 1.7-8.13.15).

Ya en el centro de la escena, hallamos que María y José buscan a Jesús, pero no lo encuentran, como sucede la mañana de resurrección, cuando las mujeres van al sepulcro, pero no encuentran el cuerpo (cf. Lc. 24, 3). Igualmente, María y José lo hallan al tercer día, lo que recuerda al tercer día de la muerte de Jesús que es, paradójicamente, fin de la muerte y resurrección, o sea, fin de la búsqueda del cuerpo porque es posible encontrarse con el Resucitado (cf. Lc. 24, 7.21.46). A pesar de este encuentro transformado, el capítulo 24, último capítulo del Evangelio según Lucas, capítulo de la resurrección, no duda en presentar la incomprensión de los discípulos ante la presencia del Resucitado; los discípulos de Emaús se dan cuenta tarde y no lo reconocen durante el camino (cf. Lc. 24, 31-32), los Once y los que estaban con ellos creían ver un espíritu (cf. Lc. 24, 37) y parecen no acabar de entender (cf. Lc. 24, 41). Cuando María y José finalmente hallan a Jesús en el Templo, tampoco comprenden. Son como los discípulos tras la pascua, pero también como los discípulos durante el camino a Jerusalén, que “no entendían lo que les decía; les estaba velado su sentido de modo que no lo comprendían” (Lc. 9, 45), “no captaban el sentido de estas palabras y no entendían lo que decía” (Lc. 18, 34b). Y es que Jesús sólo puede ser comprendido en su relación con el Padre, por eso sus primeras palabras en el relato de Lucas hacen referencia al Padre, y las últimas, en la cruz, antes de expirar (cf. Lc. 23, 46), también. Los discípulos, María y José, no entienden porque no pueden llegar a lo profundo de la filiación de Jesús que configura toda su vida. María lo llama hijo en un nivel terrenal, pero Él habla inmediatamente de su Padre en un nivel trascendente, no por eso menos real. Dios no es un Padre lejano para Jesús, sino el inmediato divino que lo conforma.

La edad de los doce años es importante en este sentido. Los niños judíos comenzaban su formación desde pequeños, algunos historiadores dicen que desde los cinco años, para alcanzar a los trece el título de hijos de la Ley. Allí concluía la formación básica y, los que habían resultado buenos estudiantes, tenían la posibilidad de capacitarse a los pies de un rabino para ser ellos, posteriormente, maestros del pueblo. Obviamente, eran los menos quienes accedían a esta segunda formación. Si bien a los trece culminaba la formación primera y básica, desde los doce se consideraba que el joven ingresaba a una cierta mayoría de edad, donde la obligación de peregrinar a Jerusalén para las fiesta de la pascua lo demostraba. Ahora tenía adultez, y con eso venían responsabilidades. Por lo tanto, la traducción niño para designar la época madurativa de Jesús no sea la más adecuada. A los doce estamos, al menos, frente a un joven con todas las letras, un hombre que mira su futuro con cercanía y con compromiso. A los doce años, el varón judío debe aprender el oficio de su padre, y no es bien visto que a esa edad no se dedique a aprender una labor. Por ello decimos que los doce años son importantísimos. ¿Qué oficio debe aprender Jesús? Al plantear la cuestión del parentesco, reformulando la relación de hijo (con minúsculas) por la de Hijo (con mayúsculas), se plantea en consonancia la posición de la familia alrededor del Mesías y la actitud del Mesías frente a ella. En el Evangelio según Lucas no se menciona el oficio de Jesús, y la perícopa que leemos hoy nos puede hacer pensar que es adrede. A los doce años lo vemos en intimidad con su Padre, en su casa, aprendiendo de Él. María y José tienen que aprender y asumir dos cuestiones importantes: que el niño se convierte en adulto comenzando a tomar sus propias decisiones, emancipándose de alguna manera; y que el joven posee un vínculo particular con Dios que lo lleva a tomar determinadas decisiones, a veces en contradicción con el querer familiar. Tenemos aquí la crisis del núcleo hogareño con un hijo en crecimiento autónomo, junto con un momento vocacional. A los doce años se es llamado al trabajo, a aprender lo que te acompañará hasta la muerte; a los doce años, Jesús es el Hijo del Padre que atiende sus cosas.

Jesús se hace adulto madurando su relación con Dios. El episodio que acontece a sus doce años está enmarcado por dos frases similares. Una de ellas es la de Lc. 2, 40: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él”. La otra es la de Lc. 2, 52: “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Antes de la perícopa, se trata de un niño, luego es designado por su nombre propio. Antes se iba llenando de sabiduría y la gracia estaba sobre Él, pero luego del episodio en Jerusalén su crecimiento es en la sabiduría y la gracia, como si hablásemos de algo externo que lo invade lentamente primero, pero dentro de lo cual se inserta su existencia a posteriori, como algo natural. Estos dos versículos de Lucas son muy similares a 1Sam. 2, 26: “Cuanto al niño Samuel, iba creciendo y haciéndose grato tanto a Yahvé como a los hombres”. Así se resume la infancia de Samuel antes de su vocación que se narrará en el capítulo 3. De la misma manera, el grueso de la vida de Jesús queda compactado en ambos versículos antes del comienzo de su ministerio público. Ni Samuel ni Jesús son abandonados por Dios ni víctimas de la indiferencia divina hasta que los cielos se dignan a comunicarse con ellos. Desde siempre, el crecimiento no se hace en soledad, sino con la cercanía del Padre. La diferencia entre Jesús y otros puede residir en la conciencia que Él tiene de ese acompañamiento paternal. María y José no logran entenderlo por completo; aún no asumen que un día el niño deja la casa para vivir su adultez.

La niñez como anticipo de los acontecimientos futuros y como resumen de la vida es una niñez-sacramento. En los pequeños deberíamos ver el rostro de Dios, deberíamos prestar atención a cómo transparentan lo divino, a cómo trascienden con sus miradas el plano material. Y un día estos niños crecen, y se hacen jóvenes y se hacen adultos, y toman decisiones. Algunos se hacen oyentes de la llamada y entienden que la vida es vocación. Otros ingresan a un remolino de malas decisiones encadenadas, o simplemente sobreviven, como si eso fuese lo más natural del mundo. Y en las decisiones tomadas durante el período de bisagra del crecimiento, muchos reconocen el punto de quiebre de sus vidas. No se han sentido cómodos en el hogar ni han descubierto el seno del Padre. A la deriva han crecido como si nada los acompañase, como si los hubiese olvidado alguien, o todos. No creen que su niñez haya sido sacramento, sino desventura, mala suerte, maldición.

A la Iglesia le corresponde, por su realidad sacramental, ser acompañante del crecimiento, ser la que defienda a toda costa la sacramentalidad de los niños. No le corresponde crear modelos arquetípicos de personas adultas. La Iglesia debe guiar a los niños a la libertad de escuchar la voz de Dios y a la libertad de responderle. No podemos hacer una catequesis que encasille, encuadre o limite la creatividad del niño o del joven. La Iglesia no da soluciones pre-fabricadas para el futuro, sino que tomando el ejemplo de la libertad del joven Jesús, quiere que todos los hombres y mujeres, en su infancia, sean capaces de abrirse a la Palabra. La evangelización es pastoral vocacional, no porque ofrezca espacios de discernimiento para el sacerdocio o la vida consagrada, sino porque trata de destapar los oídos y de descargar los pesos del corazón. Somos responsables del que crece porque Dios es responsable también. Por Él, los niños no son lo que viene, sino lo que son. Por Él, los jóvenes no son un intervalo hasta que se vuelvan útiles, sino seres humanos dignos. Que los que crecen puedan hacerlo en el Padre es una de nuestras tareas; que los niños y jóvenes se sientan familia de Dios es configurarlos con Jesús.

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WebJCP | Abril 2007