Publicado por Esquila Misional
El siglo XX vio nacer y desarrollarse la era de las telecomunicaciones. Hace poco más de una década, los medios de comunicación, desde los «masivos», como radio y televisión, hasta los destinados para uso particular, como teléfonos celulares, habían ocupado un lugar exclusivo en nuestra sociedad. Sin embargo, ahora los medios de comunicación han penetrado todas las áreas de nuestra existencia, incluso los espacios más íntimos, al grado de que no se entiende nuestra realidad sin dichos medios. Es tan evidente el hecho de vivir en la «era de las telecomunicaciones» que se podría decir que nuestra realidad ha evolucionado en una «mediósfera», y tal evolución ha sido posible por el compulsivo empleo de la tecnología y, más particularmente, de internet.
En sintonía con el uso de estas herramientas, Esquila Misional considera importante abordar este tema para indagar las expectativas y retos que la actual «tecnocultura» impone a la evangelización, sobre todo en el marco de una cultura tecnológica en manos de poderosas corporaciones que exaltan el narcisismo, la pornografía y la exposición pública de los espacios personales para el servicio de sus intereses.
«Ciberia»: mitos y realidades
El «ciberespacio» es un nuevo sitio (no físico) que ha ocupado el centro de los intereses humanos. Este nombre, tomado de la novela de ciencia ficción Neutromante ha venido a designar ese nuevo reino, llamado por algunos «Ciberia», y que dio origen a una especie de universo paralelo, sostenido por computadoras y líneas de comunicación que se extienden por todo el mundo. Este nuevo territorio, infestado de datos e información, ha llegado a ser concebido por casi todo el mundo como una realidad virtual, que no está formada por átomos sino por «bits» (es decir, «unos» y «ceros»), a veces imaginados como imperceptibles estructuras fluorescentes que se hallan más allá de las computadoras e invaden el espacio físico –como en la célebre trilogía fílmica Matrix–.
El nuevo reino de «Ciberia», fundado en 1969 bajo la forma de un vínculo entre dos institutos de investigación, uno de la Universidad de California, en Los Ángeles, y otro en Stanford, en San Francisco, se abrió por primera vez al público en 1980 como una realidad en la que aparentemente no había normas ni leyes que no fueran sino las del lenguaje matemático y de la programación. Se ofrecía con esto la ilusión de ser el entorno más democrático y democratizador conocido por la humanidad, incomparable con cualquier «ágora» o «areópago» que previamente haya existido. Un puñado de ingenieros y hackers crearon un nuevo imperio que trajo consigo también nuevos sueños, promesas y utopías, muchas veces alimentados por el cine de ciencia ficción.
Muy pronto se creyó que la omnipresencia, la trascendencia y la omnisciencia, entre otras cosas, no sólo iban a ser posibles para todo ser humano, sino que serían alcanzadas de modo fácil y accesible. No iba a hacer falta más que, por ejemplo, equiparse con lentes, guantes, trajes y otros dispositivos con electrodos, o bien, implantes conectados directamente a nuestro sistema nervioso o al cerebro, y que traducirían nuestros movimientos o reacciones en información para acceder completamente a esa realidad y así poder estar en cualquier sitio o encontrarnos con cualquier otra persona en dondequiera. Se creía también que, escapando hacia ese mundo digital, nos liberaríamos de las limitaciones del mundo físico, del dolor y del sufrimiento, superando y trascendiendo todos los padecimientos, incluso la muerte. Por fin se veía alcanzable también ese sueño nacido en la modernidad de conocerlo todo: los fascinantes logros que Google, Wikipedia y otros potentísimos buscadores de información prometían –y no han dejado de hacerlo– un gran compendio, entero y exhaustivo, del conocimiento humano, que, estando abierto para todos, superaría por mucho a aquellos arcaicos proyectos de los enciclopedistas modernos.
La nueva world wide web (www) creció exponencial y vertiginosamente, tanto al ritmo de miles de nuevas páginas mensuales sobre los más diversos y variados temas, como de miles de usuarios que se multiplicaban una y otra vez en torno a foros, espacios de discusión, medios de comunicación y mensajería directa e inmediata y a sitios de encuentro con personas que, geográficamente, se hallaban muy distantes. Y aunque la mayoría de las promesas del ideario que acompañaba esta nueva red de redes ha quedado confinada, al menos por ahora, a los guiones de las películas de ciencia ficción, una gran fascinación se desató entre las nuevas generaciones que quedaron deslumbradas y cegadas ante las nuevas amenazas. No pareció percibirse, por ejemplo, que ese nuevo territorio en el que cualquiera podía competir «de tú a tú» con las más poderosas corporaciones o en el que cualquiera podía opinar y contribuir a la solución de problemas, terminaría por reflejar, a su modo, las mismas dinámicas económicas y sociales frívolas e injustas del viejo mundo material.
Narcisismo, pornografía y colonización del espacio íntimo
Los actuales medios de comunicación, desde las más populares revistas y periódicos que mantienen con vida a la casi agonizante industria editorial de medios impresos, hasta los más sofisticados dispositivos digitales con tecnología infocom –de información y comunicación–, tienen la gran virtud de ser una especie de ventanas transparentes que nos permiten ver cómo es en realidad nuestra cultura contemporánea. Y una de las características de esa cultura que los medios saben mostrar muy bien es su latente narcisismo. Gran parte del éxito y demanda que han registrado los reality shows, las clásicas telenovelas y series que se transmiten o retransmiten en México, las notas en exclusiva sobre la vida de tal o cual personaje famoso o los millones de expresiones y comentarios de internet, tienen a la base la narcisista convicción de que la propia vida íntima y privada resulta de interés para los demás. Ciertamente, esa convicción también está en la base del arte y la literatura, y, definitivamente, está en la de la pornografía.
Si hay algo circulando constantemente y con rapidez en los medios informativos y de comunicación es sexo y pornografía. Ésta –siguiendo algunos señalamientos de Baudrillard– es cualquier relación transparente, muchas veces cargada de violencia y agresividad, entre el espectador y un espectáculo o show, es decir, una representación actuada y casi siempre disimulada, que es capaz de estimular compulsivamente el interés y la curiosidad.
No es necesaria la exposición explícita y manifiesta de genitales y cuerpos desnudos para que una imagen sea pornográfica, y esto puede entenderse perfectamente echando un vistazo a las primeras planas violentamente sensacionalistas de tres o cuatro periódicos que están expuestos en la mayoría de los puestos voceadores. La pornografía es, en este sentido, una aplicación de la tecnología para provocar en el público el deseo de satisfacer una morbosa curiosidad, y tal aplicación tiene cuantiosos resultados en la propaganda y publicidad. De ahí, la aparente paradoja de que el desprestigio de periódicos y revistas que emplean esta técnica publicitaria se eleve tanto como su demanda misma.
La estratosférica cantidad de material pornográfico que deambula en los medios muestra también, por otra parte, un inusitado y peculiar culto al cuerpo. La presencia de imágenes y videos que exhiben cuerpos desnudos, muchas veces de dimensiones y en posiciones grotescas, ha logrado rebasar las fronteras de ese rincón escondido debajo del colchón o en el último cajón del closet. Actualmente, millones de imágenes y videos pornográficos están presentes en los artefactos digitales de uso personal como los teléfonos celulares. Ahora bien, esta obsesión por unos cuantos «milímetros cuadrados de placer» –si es que consideramos el tamaño de las pantallas más grandes de estos aparatos– permanece todavía circunscrita al espacio privado, pero a un espacio privado que ha sido transgredido y que comienza a ser colonizado por los medios de comunicación. Por ejemplo, en raras ocasiones, la imagen de tal o cual «belleza famosa» que alguien tiene en su celular es motivo de orgullo en el ámbito público; más bien, objeto de vergüenza, pues devela las preferencias, gustos y deseos, cosa que uno normalmente prefiere guardar para sí.
Hacia una nueva imagen del ser humano
Las nuevas tecnologías de la comunicación constituyen una señal: ellas son signos de que lo que inició como una revolución puramente científica y tecnológica ha venido a desembocar en una de las revoluciones más importantes y profundas que ha sufrido la humanidad. Los impactos de esta revolución se recienten a nivel internacional en los ámbitos culturales, económicos, medioambientales, políticos, educativos, religiosos y en todos aquellos que envuelven la vida social; pero es de notar que uno de sus impactos más certeros se produce precisamente en la noción que hombres y mujeres tienen de sí mismos. Muy probablemente la imagen de ser humano que más recientemente ha sido mostrada por los medios de comunicación, sobre todo por el cine, es la imagen de un individuo modificado por la tecnología: desde las primitivas imágenes de los androides y terminators, hasta las sutiles y sofisticadas imágenes de humanos que han incorporado con plena normalidad prótesis, implantes, chips y otros artefactos tecnológicos.
La tecnología, más que haberse limitado a desempañar un papel meramente instrumental, se ha asimilado al ser mismo de la persona humana, produciendo silenciosamente un ser más o menos diferente que varios estudiosos han denominado «cyborg». Este ser parecería a simple vista de lo más raro y excéntrico, digno exclusivamente de los filmes futuristas y de ciencia ficción, pero en realidad es de lo más común que hay en nuestras sociedades. Casi con toda seguridad todos y cada uno de nosotros somos cyborgs: esos seres que han absorbido en su cuerpo o en su mente la tecnología o bien, esos seres en donde la tecnología ha logrado inocularse.
Casi toda la humanidad contemporánea ha sido modificada intrínsecamente por la tecnología. No es necesario traer a colación los casos drásticos –y todavía contados– de implantes y prótesis robóticas; basta con considerar los casos de las vacunas, por ejemplo, que no son sino reconfiguraciones de nuestros sistemas inmunológicos gracias a una aplicación tecnológica, o los casos de quienes usamos lentes, que son, especialmente para nosotros, un prodigio de la aventura tecnológica.
¿Ciberevangelización?
«La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo». Esta frase escrita hace casi 35 años, a tan solo diez años de haber concluido el Vaticano II, figura en uno de los documentos más importantes del siglo pasado: Evangelii nuntiandi. De cara a nuestra cultura, que no sólo se ha revestido de tecnología, sino que ella misma se ha «tecnologizado», vemos que ese drama se ha prolongado y, en algunos tristes casos, se ha agudizado. Esto hace que brote, casi en medio de una situación desesperada, la pregunta: «¿Cómo evangelizar esta «tecnocultura», una cultura donde la tecnología clara y absolutamente se halla fuera de control, donde se ignoran los alcances de sus consecuencias y donde se ha generado una incertidumbre que vuelve imposible presentar un pronóstico de lo que depara el futuro?».
La tecnología ha puesto al hombre y a la cultura actual en un proceso inacabado que se encuentra a la sombra de múltiples expectativas y que está por definirse. Esta situación de por sí, en mi opinión, debería resultar del todo apremiante para la Iglesia; sería inaceptable que ella, consciente de su misión evangelizadora, se quedara expectante y a la espera –haciendo gala de esa «prudencia» a veces exageradamente calculadora y cautelosa– de que se definan y estabilicen los rumbos por donde se conducirá la cultura contemporánea. Pero esto no ha sucedido: una gran cantidad de documentos y declaraciones han puesto de manifiesto la gran preocupación de la Iglesia ante los nuevos entornos y areópagos que se van suscitando en la cultura contemporánea, sobre todo a raíz de las recientes tecnologías y de los nuevos medios de información y comunicación.
Quisiera añadir una cosa más: aunque la simple presencia de la Iglesia en los medios y en las redes sería ya un avance loable, sobre todo si se tienen en cuenta las reticencias y aversiones a ella que se han desarrollado actualmente, el reto genuino para la Iglesia es presentar de modo sustancial y atractivo el Evangelio. En esta empresa se corre el peligro de evaluar los logros conforme a los nuevos adeptos o seguidores que se vayan registrando, y eso, me parece, reduciría la labor evangelizadora a una tarea proselitista, propagandística y publicitaria: el tipo de tareas en las que los medios actuales de información y comunicación son especialistas.
La Iglesia debe evangelizar «Ciberia», a la nueva «tecnocultura» y al nuevo ser humano que, como puede, vive entre sus inciertas y azarosas aguas. Considerando todo lo anterior, no es descabellado pensar que la Iglesia, mediante la evangelización, puede contribuir a orientar y definir los ambiguos y confusos rumbos de la cultura actual, y con ello disminuir y dar por terminado este tremendo drama que aqueja a la humanidad desde hace varias décadas.
En sintonía con el uso de estas herramientas, Esquila Misional considera importante abordar este tema para indagar las expectativas y retos que la actual «tecnocultura» impone a la evangelización, sobre todo en el marco de una cultura tecnológica en manos de poderosas corporaciones que exaltan el narcisismo, la pornografía y la exposición pública de los espacios personales para el servicio de sus intereses.
«Ciberia»: mitos y realidades
El «ciberespacio» es un nuevo sitio (no físico) que ha ocupado el centro de los intereses humanos. Este nombre, tomado de la novela de ciencia ficción Neutromante ha venido a designar ese nuevo reino, llamado por algunos «Ciberia», y que dio origen a una especie de universo paralelo, sostenido por computadoras y líneas de comunicación que se extienden por todo el mundo. Este nuevo territorio, infestado de datos e información, ha llegado a ser concebido por casi todo el mundo como una realidad virtual, que no está formada por átomos sino por «bits» (es decir, «unos» y «ceros»), a veces imaginados como imperceptibles estructuras fluorescentes que se hallan más allá de las computadoras e invaden el espacio físico –como en la célebre trilogía fílmica Matrix–.
El nuevo reino de «Ciberia», fundado en 1969 bajo la forma de un vínculo entre dos institutos de investigación, uno de la Universidad de California, en Los Ángeles, y otro en Stanford, en San Francisco, se abrió por primera vez al público en 1980 como una realidad en la que aparentemente no había normas ni leyes que no fueran sino las del lenguaje matemático y de la programación. Se ofrecía con esto la ilusión de ser el entorno más democrático y democratizador conocido por la humanidad, incomparable con cualquier «ágora» o «areópago» que previamente haya existido. Un puñado de ingenieros y hackers crearon un nuevo imperio que trajo consigo también nuevos sueños, promesas y utopías, muchas veces alimentados por el cine de ciencia ficción.
Muy pronto se creyó que la omnipresencia, la trascendencia y la omnisciencia, entre otras cosas, no sólo iban a ser posibles para todo ser humano, sino que serían alcanzadas de modo fácil y accesible. No iba a hacer falta más que, por ejemplo, equiparse con lentes, guantes, trajes y otros dispositivos con electrodos, o bien, implantes conectados directamente a nuestro sistema nervioso o al cerebro, y que traducirían nuestros movimientos o reacciones en información para acceder completamente a esa realidad y así poder estar en cualquier sitio o encontrarnos con cualquier otra persona en dondequiera. Se creía también que, escapando hacia ese mundo digital, nos liberaríamos de las limitaciones del mundo físico, del dolor y del sufrimiento, superando y trascendiendo todos los padecimientos, incluso la muerte. Por fin se veía alcanzable también ese sueño nacido en la modernidad de conocerlo todo: los fascinantes logros que Google, Wikipedia y otros potentísimos buscadores de información prometían –y no han dejado de hacerlo– un gran compendio, entero y exhaustivo, del conocimiento humano, que, estando abierto para todos, superaría por mucho a aquellos arcaicos proyectos de los enciclopedistas modernos.
La nueva world wide web (www) creció exponencial y vertiginosamente, tanto al ritmo de miles de nuevas páginas mensuales sobre los más diversos y variados temas, como de miles de usuarios que se multiplicaban una y otra vez en torno a foros, espacios de discusión, medios de comunicación y mensajería directa e inmediata y a sitios de encuentro con personas que, geográficamente, se hallaban muy distantes. Y aunque la mayoría de las promesas del ideario que acompañaba esta nueva red de redes ha quedado confinada, al menos por ahora, a los guiones de las películas de ciencia ficción, una gran fascinación se desató entre las nuevas generaciones que quedaron deslumbradas y cegadas ante las nuevas amenazas. No pareció percibirse, por ejemplo, que ese nuevo territorio en el que cualquiera podía competir «de tú a tú» con las más poderosas corporaciones o en el que cualquiera podía opinar y contribuir a la solución de problemas, terminaría por reflejar, a su modo, las mismas dinámicas económicas y sociales frívolas e injustas del viejo mundo material.
Narcisismo, pornografía y colonización del espacio íntimo
Los actuales medios de comunicación, desde las más populares revistas y periódicos que mantienen con vida a la casi agonizante industria editorial de medios impresos, hasta los más sofisticados dispositivos digitales con tecnología infocom –de información y comunicación–, tienen la gran virtud de ser una especie de ventanas transparentes que nos permiten ver cómo es en realidad nuestra cultura contemporánea. Y una de las características de esa cultura que los medios saben mostrar muy bien es su latente narcisismo. Gran parte del éxito y demanda que han registrado los reality shows, las clásicas telenovelas y series que se transmiten o retransmiten en México, las notas en exclusiva sobre la vida de tal o cual personaje famoso o los millones de expresiones y comentarios de internet, tienen a la base la narcisista convicción de que la propia vida íntima y privada resulta de interés para los demás. Ciertamente, esa convicción también está en la base del arte y la literatura, y, definitivamente, está en la de la pornografía.
Si hay algo circulando constantemente y con rapidez en los medios informativos y de comunicación es sexo y pornografía. Ésta –siguiendo algunos señalamientos de Baudrillard– es cualquier relación transparente, muchas veces cargada de violencia y agresividad, entre el espectador y un espectáculo o show, es decir, una representación actuada y casi siempre disimulada, que es capaz de estimular compulsivamente el interés y la curiosidad.
No es necesaria la exposición explícita y manifiesta de genitales y cuerpos desnudos para que una imagen sea pornográfica, y esto puede entenderse perfectamente echando un vistazo a las primeras planas violentamente sensacionalistas de tres o cuatro periódicos que están expuestos en la mayoría de los puestos voceadores. La pornografía es, en este sentido, una aplicación de la tecnología para provocar en el público el deseo de satisfacer una morbosa curiosidad, y tal aplicación tiene cuantiosos resultados en la propaganda y publicidad. De ahí, la aparente paradoja de que el desprestigio de periódicos y revistas que emplean esta técnica publicitaria se eleve tanto como su demanda misma.
La estratosférica cantidad de material pornográfico que deambula en los medios muestra también, por otra parte, un inusitado y peculiar culto al cuerpo. La presencia de imágenes y videos que exhiben cuerpos desnudos, muchas veces de dimensiones y en posiciones grotescas, ha logrado rebasar las fronteras de ese rincón escondido debajo del colchón o en el último cajón del closet. Actualmente, millones de imágenes y videos pornográficos están presentes en los artefactos digitales de uso personal como los teléfonos celulares. Ahora bien, esta obsesión por unos cuantos «milímetros cuadrados de placer» –si es que consideramos el tamaño de las pantallas más grandes de estos aparatos– permanece todavía circunscrita al espacio privado, pero a un espacio privado que ha sido transgredido y que comienza a ser colonizado por los medios de comunicación. Por ejemplo, en raras ocasiones, la imagen de tal o cual «belleza famosa» que alguien tiene en su celular es motivo de orgullo en el ámbito público; más bien, objeto de vergüenza, pues devela las preferencias, gustos y deseos, cosa que uno normalmente prefiere guardar para sí.
Hacia una nueva imagen del ser humano
Las nuevas tecnologías de la comunicación constituyen una señal: ellas son signos de que lo que inició como una revolución puramente científica y tecnológica ha venido a desembocar en una de las revoluciones más importantes y profundas que ha sufrido la humanidad. Los impactos de esta revolución se recienten a nivel internacional en los ámbitos culturales, económicos, medioambientales, políticos, educativos, religiosos y en todos aquellos que envuelven la vida social; pero es de notar que uno de sus impactos más certeros se produce precisamente en la noción que hombres y mujeres tienen de sí mismos. Muy probablemente la imagen de ser humano que más recientemente ha sido mostrada por los medios de comunicación, sobre todo por el cine, es la imagen de un individuo modificado por la tecnología: desde las primitivas imágenes de los androides y terminators, hasta las sutiles y sofisticadas imágenes de humanos que han incorporado con plena normalidad prótesis, implantes, chips y otros artefactos tecnológicos.
La tecnología, más que haberse limitado a desempañar un papel meramente instrumental, se ha asimilado al ser mismo de la persona humana, produciendo silenciosamente un ser más o menos diferente que varios estudiosos han denominado «cyborg». Este ser parecería a simple vista de lo más raro y excéntrico, digno exclusivamente de los filmes futuristas y de ciencia ficción, pero en realidad es de lo más común que hay en nuestras sociedades. Casi con toda seguridad todos y cada uno de nosotros somos cyborgs: esos seres que han absorbido en su cuerpo o en su mente la tecnología o bien, esos seres en donde la tecnología ha logrado inocularse.
Casi toda la humanidad contemporánea ha sido modificada intrínsecamente por la tecnología. No es necesario traer a colación los casos drásticos –y todavía contados– de implantes y prótesis robóticas; basta con considerar los casos de las vacunas, por ejemplo, que no son sino reconfiguraciones de nuestros sistemas inmunológicos gracias a una aplicación tecnológica, o los casos de quienes usamos lentes, que son, especialmente para nosotros, un prodigio de la aventura tecnológica.
¿Ciberevangelización?
«La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo». Esta frase escrita hace casi 35 años, a tan solo diez años de haber concluido el Vaticano II, figura en uno de los documentos más importantes del siglo pasado: Evangelii nuntiandi. De cara a nuestra cultura, que no sólo se ha revestido de tecnología, sino que ella misma se ha «tecnologizado», vemos que ese drama se ha prolongado y, en algunos tristes casos, se ha agudizado. Esto hace que brote, casi en medio de una situación desesperada, la pregunta: «¿Cómo evangelizar esta «tecnocultura», una cultura donde la tecnología clara y absolutamente se halla fuera de control, donde se ignoran los alcances de sus consecuencias y donde se ha generado una incertidumbre que vuelve imposible presentar un pronóstico de lo que depara el futuro?».
La tecnología ha puesto al hombre y a la cultura actual en un proceso inacabado que se encuentra a la sombra de múltiples expectativas y que está por definirse. Esta situación de por sí, en mi opinión, debería resultar del todo apremiante para la Iglesia; sería inaceptable que ella, consciente de su misión evangelizadora, se quedara expectante y a la espera –haciendo gala de esa «prudencia» a veces exageradamente calculadora y cautelosa– de que se definan y estabilicen los rumbos por donde se conducirá la cultura contemporánea. Pero esto no ha sucedido: una gran cantidad de documentos y declaraciones han puesto de manifiesto la gran preocupación de la Iglesia ante los nuevos entornos y areópagos que se van suscitando en la cultura contemporánea, sobre todo a raíz de las recientes tecnologías y de los nuevos medios de información y comunicación.
Quisiera añadir una cosa más: aunque la simple presencia de la Iglesia en los medios y en las redes sería ya un avance loable, sobre todo si se tienen en cuenta las reticencias y aversiones a ella que se han desarrollado actualmente, el reto genuino para la Iglesia es presentar de modo sustancial y atractivo el Evangelio. En esta empresa se corre el peligro de evaluar los logros conforme a los nuevos adeptos o seguidores que se vayan registrando, y eso, me parece, reduciría la labor evangelizadora a una tarea proselitista, propagandística y publicitaria: el tipo de tareas en las que los medios actuales de información y comunicación son especialistas.
La Iglesia debe evangelizar «Ciberia», a la nueva «tecnocultura» y al nuevo ser humano que, como puede, vive entre sus inciertas y azarosas aguas. Considerando todo lo anterior, no es descabellado pensar que la Iglesia, mediante la evangelización, puede contribuir a orientar y definir los ambiguos y confusos rumbos de la cultura actual, y con ello disminuir y dar por terminado este tremendo drama que aqueja a la humanidad desde hace varias décadas.








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