Publicado por Iglesia que Camina
Jesús se anticipó a nuestros jóvenes que celebran todas sus fiestas por la noche. Jesús también celebró su Resurrección con los discípulos al atardecer. Todo un día de búsquedas y de desilusiones. Hasta que, por fin, “al atardecer de aquel día, el primero de la semana”, llega la sorpresa. Para ellos la fiesta comenzó por la noche.
Cuando menos lo esperaban. Cuando ya habían cerrado y atrancado bien las puertas por el miedo que embargaba sus corazones. Recién entonces se encienden sus corazones en llamaradas de alegría. Jesús se hace presente en medio de ellos regalándoles el primer saludo pascual: “Paz a vosotros.” El día les había parecido una larga noche “sin noticias de Él”. Ahora la noche se hace día, casi no se lo creen, pero era evidente. No había duda, era Él. Eran sus manos y sus pies, eran sus llagas. Era el mismo de siempre, pero resucitado.
Fue un primer encuentro de reconciliación, encuentro de paz y de misericordia para con sus debilidades. Se sentían avergonzados por su conducta durante la Pasión. Ahora Él les regalaba de nuevo con su presencia, sin resentimientos, sin echarles en cara sus miedos y sus cobardías. La Pascua no es tiempo de condenas ni de ponerles mala cara. La Pascua es tiempo de amor, de amistad. Es tiempo de comenzar algo nuevo.
Juan Pablo II declaró este Segundo Domingo de Pascua como el “Domingo de la Divina Misericordia”, precisamente porque es un día de encuentro, un día del corazón, un día de amor y perdón. “Paz a vosotros.”
Por eso también es el día de los regalos pascuales. Les regala la paz. Les regala su mismo Espíritu. Les regala el ser sus testigos. Les regala el don del perdón y la capacidad de perdonar.
Jesús se les presenta como nuevo y ellos quedan también como nuevos, renovados, recreados como “nuevas criaturas”. La Resurrección de Jesús es algo más que el triunfo de Jesús, es más que algo que acontece en Jesús. La Resurrección es también el acontecimiento que nos hace pasar a todos de lo viejo a lo nuevo, es el acontecimiento donde todo comienza de nuevo: un nuevo Jesús. Un nuevo hombre. Una nueva creación. Una nueva historia.
A partir de entonces la historia se divide en dos: el antes y el después. El antes y el ahora. Nosotros estamos, no en el “antes” sino en el “ahora”. Nosotros pertenecemos a la era pascual de Dios en la historia, por eso vivir como cristianos es vivir y ser testigos de esa Pascua.
La Resurrección de Jesús se ha convertido en el centro de la fe, de la Iglesia y de la comunidad cristiana. Muerte y Resurrección, ambas complementándose. Ni Muerte sin Resurrección, ni Resurrección sin Muerte. Jesús lo primero que hace es mostrarles sus llagas, sus signos de Crucificado.
Cada vez que celebramos la Eucaristía los cristianos nos reunimos para hacer memoria de su Muerte, pero a la vez para proclamar la Resurrección. Lo decimos después de la consagración. Primero confesamos el eje de nuestra fe: “Este es el Sacramento de nuestra fe.” Luego hacemos la confesión de esta fe: “Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección.”
Celebramos de verdad la Eucaristía cuando hacemos de ella anuncio y proclamación. El verdadero fervor y la verdadera piedad dependerá de nuestro anuncio, de nuestra memoria y de nuestra proclamación. Pero una proclamación que tiene que ser algo más que una expresión. Es la proclamación con el testimonio de la vida. Convertirnos en testigos de su muerte y en testigos de que está vivo, de que ha resucitado.
Por eso mismo, la Eucaristía se ha convertido en el centro de la misma Iglesia y en el centro o eje de las comunidades cristianas. En una razón de nuestra fe, y en una expresión de nuestra fe. Sin esa experiencia y testimonio, nuestras Eucaristías no pasarán de simples actos y manifestaciones de piedad, muchas veces más con sentido utilitario que como vivencia pascual.
En la primera lectura de los Hechos se nos habla no de los discursos de los primeros cristianos, sino del testimonio de sus vidas. No llaman la atención por lo que dicen sino por lo que viven. “Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.” “La gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.”
Jesús mismo se presenta enseñando las llagas de sus manos y de sus pies y costado. Tomás no cree lo que le dicen sus compañeros, sino que él mismo quiere ver. Es decir, quiere un testimonio. Abundan los discursos y las palabras sobre la Resurrección, pero seguimos sin darnos cuenta de ella. Es más, apenas si le hemos dado la importancia debida. Sabemos que es algo importante, pero ahí queda todo.
Es preciso hacer “signos y prodigios”. Es preciso mostrar que creemos en ella a través del testimonio de nuestras vidas. La Resurrección de Jesús sólo la hacemos creíble cuando la expresamos en nuestras propias vidas, cuando manifestamos a los demás lo que ha significado para nosotros. ¿De qué nos sirve hablar de la Resurrección de Jesús si luego nosotros mismos no la vivimos y no manifestamos lo que es capaz de hacer en nosotros?
Las primeras comunidades tuvieron que pasar un largo camino para convencerse de la resurrección de Jesús, pero una vez que lograron una verdadera fe en el Resucitado, recién entonces comenzó la transformación de sus vidas y recién entonces la gente comenzó a sentirse tocada y afectada. La fe se difundió es cierto por la palabra, pero mucho más por el testimonio de quienes presentaban el cambio de sus vidas o los efectos de la Resurrección en su vida.
Está bien que hablemos del resucitado, pero lo importante realmente es confesar nuestra fe en Él con la verdad de nuestras vidas. ¿De qué nos sirve alabar la Resurrección si nosotros mismos no la vivimos? La fuerza de la predicación de los primeros cristianos estaba precisamente ahí, en el cambio que ellos mismos habían sufrido. Creían a lo que veían más que a lo que oían. Ahí está la auténtica fuerza de la resurrección de Jesús.
Dios no ha inventado las puertas.
Las puertas las hemos inventado nosotros.
Para defendernos de los demás.
Para esconder nuestras cobardías y miedos.
Por eso Dios se cuela dentro, incluso con las puertas cerradas.
Las puertas no le gustan a Dios más que cuando están abiertas a todos.
Celebrar la Pascua es comenzar por abrir las puertas, todas las puertas.
Abrir las puertas de la mente para que pueda entrar en ella la verdad.
Abrir las puertas del corazón para que puedan entrar todos sin que nadie se quede fuera sin el calor de nuestro corazón.
Abrir las puertas de la sociedad para que todos puedan sentirse como en su casa y no excluidos de nadie y por nadie.
Abrir las puertas de la Iglesia, para que puedan entrar los nuevos vientos del Espíritu, vientos de renovación, vientos de acogida a todos, vientos de respeto a los diversos dones y a los diversos modos de pensar.
Cerrar las puertas es impedir que otros puedan entrar o que tengan que pedir permiso para entrar.
Cerrar las puertas es encerrarnos en nosotros mismos excluyendo a los demás.
Cerrar las puertas es sentir miedo a los cambios, a la fuerza del Espíritu que cada día crea nuevos caminos y nuevas posibilidades al Evangelio.
Jesús comenzó por abrir las puertas de la muerte para resucitar a una vida nueva.
Jesús comenzó por abrir las puertas del sepulcro para sentirse libre en el jardín de la vida.
Ahora sin romper las puertas entra dentro para encontrarse con ellos y juntos celebrar la fiesta de la nueva vida y de la nueva comunidad pascual.
Tenemos un nuevo ciudadano. No sé si ya le han dado Libreta Electoral. Por si es el caso, se llama “Don Bingo”. Y se ha convertido en nuestro mejor compañero. En nuestro amigo quitapenas. En nuestro espacio de distracción. En nuestro mejor medio de salir de nuestro aburrimiento y, claro, también en el mejor amigo de nuestra billetera. Claro que lo hace con disimulo, no pide grandes billetes, pero nos va robando poco a poco lo que tenemos. Ahora los locales de los Bingos están supliendo a nuestro hogar. Muchos, por las tarde y por la noche hasta muy tarde, se olvidan de que tienen un hogar y se refugian en el Bingo.
Claro, con eso de que le llaman “Juego”, pues nadie le da importancia, nadie le valora serenamente, pero de juego tiene poco. El Bingo se ha convertido en una “droga”. Sobre todo, en la droga de los mayores. Hasta ahora teníamos la adicción a la droga por parte de los jóvenes. Ahora nos hemos inventado la droga de los mayores. Que hay jóvenes adictos, los hay, pero, ¿alguien me quiere decir cuántos entraditos en años son adictos hoy a esta nueva droga que se llama Bingo?
Frente al Bingo estamos perdiendo nuestra libertad. ¡No puedo dejar de ir!
Frente al Bingo estamos perdiendo nuestros dineros que teníamos para los gastos de casa o con los que pudiéramos regalar un pan a un hambriento.
¿Será el nuevo santo, “San Bingo”, al que tanta devoción le tendremos?
¿Será suya la nueva capilla a la que ya no dejamos de visitar cada día?
Apenas nos reconocemos a nosotros mismos.
Las dudas invaden el espíritu.
El miedo se adueña del alma.
La inseguridad paraliza las vidas.
Sentimos que somos y no somos a la vez.
Desconocidos para nosotros mismos.
Carentes de identidad ante los demás.
Sin Él vivo en medio de nosotros:
Cerramos las puertas.
Buscamos la seguridad compartiendo juntos nuestros miedos.
No nos une la esperanza.
Nos une el miedo.
No la certeza, nos une la inseguridad.
Tal vez nos une el deseo de volver a encontrarle.
Aunque nuestra falta de fe no lo ve posible
y salimos a los caminos.
Es la mañana de los caminos.
Salimos a buscar.
No a buscar la vida, sino la muerte.
No al que está vivo, sino al que creemos muerto.
Los sepulcros vacíos ahondan más el vacío del alma.
Si hubiésemos encontrado su cuerpo,
tal vez nos sentiríamos mejor.
Si hubiésemos encontrado al muerto,
es posible que nos sentiríamos más vivos.
Los sepulcros:
Ahondan nuestra desilusión “se lo han llevado”.
Ahondan nuestros vacíos “no sabemos dónde le han puesto”.
Las distancias se alargan como sombras misteriosas en el alma.
Sabíamos donde estaba el muerto.
Y nos hemos quedado sin el muerto y sin el vivo.
Sabíamos dónde lo habíamos dejado.
No sabemos qué han hecho con él.
Nadie sabe nada.
Todos estamos en la misma condición.
Aquí no hay maestros.
Aquí todos aprendemos a buscar.
Aquí todos nos escuchamos unos a otros.
Aquí todos hacemos las mismas preguntas.
Aquí todos esperamos las mismas respuestas.
El que sepa algo que lo diga.
El que lo haya encontrado que nos lo muestre.
Cuando menos lo esperaban. Cuando ya habían cerrado y atrancado bien las puertas por el miedo que embargaba sus corazones. Recién entonces se encienden sus corazones en llamaradas de alegría. Jesús se hace presente en medio de ellos regalándoles el primer saludo pascual: “Paz a vosotros.” El día les había parecido una larga noche “sin noticias de Él”. Ahora la noche se hace día, casi no se lo creen, pero era evidente. No había duda, era Él. Eran sus manos y sus pies, eran sus llagas. Era el mismo de siempre, pero resucitado.
Fue un primer encuentro de reconciliación, encuentro de paz y de misericordia para con sus debilidades. Se sentían avergonzados por su conducta durante la Pasión. Ahora Él les regalaba de nuevo con su presencia, sin resentimientos, sin echarles en cara sus miedos y sus cobardías. La Pascua no es tiempo de condenas ni de ponerles mala cara. La Pascua es tiempo de amor, de amistad. Es tiempo de comenzar algo nuevo.
Juan Pablo II declaró este Segundo Domingo de Pascua como el “Domingo de la Divina Misericordia”, precisamente porque es un día de encuentro, un día del corazón, un día de amor y perdón. “Paz a vosotros.”
Por eso también es el día de los regalos pascuales. Les regala la paz. Les regala su mismo Espíritu. Les regala el ser sus testigos. Les regala el don del perdón y la capacidad de perdonar.
Jesús se les presenta como nuevo y ellos quedan también como nuevos, renovados, recreados como “nuevas criaturas”. La Resurrección de Jesús es algo más que el triunfo de Jesús, es más que algo que acontece en Jesús. La Resurrección es también el acontecimiento que nos hace pasar a todos de lo viejo a lo nuevo, es el acontecimiento donde todo comienza de nuevo: un nuevo Jesús. Un nuevo hombre. Una nueva creación. Una nueva historia.
A partir de entonces la historia se divide en dos: el antes y el después. El antes y el ahora. Nosotros estamos, no en el “antes” sino en el “ahora”. Nosotros pertenecemos a la era pascual de Dios en la historia, por eso vivir como cristianos es vivir y ser testigos de esa Pascua.
LA RESURRECCIÓN, ACONTECIMIENTO DE CADA DÍA
La Resurrección de Jesús se ha convertido en el centro de la fe, de la Iglesia y de la comunidad cristiana. Muerte y Resurrección, ambas complementándose. Ni Muerte sin Resurrección, ni Resurrección sin Muerte. Jesús lo primero que hace es mostrarles sus llagas, sus signos de Crucificado.
Cada vez que celebramos la Eucaristía los cristianos nos reunimos para hacer memoria de su Muerte, pero a la vez para proclamar la Resurrección. Lo decimos después de la consagración. Primero confesamos el eje de nuestra fe: “Este es el Sacramento de nuestra fe.” Luego hacemos la confesión de esta fe: “Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección.”
Celebramos de verdad la Eucaristía cuando hacemos de ella anuncio y proclamación. El verdadero fervor y la verdadera piedad dependerá de nuestro anuncio, de nuestra memoria y de nuestra proclamación. Pero una proclamación que tiene que ser algo más que una expresión. Es la proclamación con el testimonio de la vida. Convertirnos en testigos de su muerte y en testigos de que está vivo, de que ha resucitado.
Por eso mismo, la Eucaristía se ha convertido en el centro de la misma Iglesia y en el centro o eje de las comunidades cristianas. En una razón de nuestra fe, y en una expresión de nuestra fe. Sin esa experiencia y testimonio, nuestras Eucaristías no pasarán de simples actos y manifestaciones de piedad, muchas veces más con sentido utilitario que como vivencia pascual.
MENOS PALABRAS Y MÁS TESTIMONIOS
En la primera lectura de los Hechos se nos habla no de los discursos de los primeros cristianos, sino del testimonio de sus vidas. No llaman la atención por lo que dicen sino por lo que viven. “Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.” “La gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.”
Jesús mismo se presenta enseñando las llagas de sus manos y de sus pies y costado. Tomás no cree lo que le dicen sus compañeros, sino que él mismo quiere ver. Es decir, quiere un testimonio. Abundan los discursos y las palabras sobre la Resurrección, pero seguimos sin darnos cuenta de ella. Es más, apenas si le hemos dado la importancia debida. Sabemos que es algo importante, pero ahí queda todo.
Es preciso hacer “signos y prodigios”. Es preciso mostrar que creemos en ella a través del testimonio de nuestras vidas. La Resurrección de Jesús sólo la hacemos creíble cuando la expresamos en nuestras propias vidas, cuando manifestamos a los demás lo que ha significado para nosotros. ¿De qué nos sirve hablar de la Resurrección de Jesús si luego nosotros mismos no la vivimos y no manifestamos lo que es capaz de hacer en nosotros?
Las primeras comunidades tuvieron que pasar un largo camino para convencerse de la resurrección de Jesús, pero una vez que lograron una verdadera fe en el Resucitado, recién entonces comenzó la transformación de sus vidas y recién entonces la gente comenzó a sentirse tocada y afectada. La fe se difundió es cierto por la palabra, pero mucho más por el testimonio de quienes presentaban el cambio de sus vidas o los efectos de la Resurrección en su vida.
Está bien que hablemos del resucitado, pero lo importante realmente es confesar nuestra fe en Él con la verdad de nuestras vidas. ¿De qué nos sirve alabar la Resurrección si nosotros mismos no la vivimos? La fuerza de la predicación de los primeros cristianos estaba precisamente ahí, en el cambio que ellos mismos habían sufrido. Creían a lo que veían más que a lo que oían. Ahí está la auténtica fuerza de la resurrección de Jesús.
DIOS ABRE LAS PUERTAS
Dios no ha inventado las puertas.
Las puertas las hemos inventado nosotros.
Para defendernos de los demás.
Para esconder nuestras cobardías y miedos.
Por eso Dios se cuela dentro, incluso con las puertas cerradas.
Las puertas no le gustan a Dios más que cuando están abiertas a todos.
Celebrar la Pascua es comenzar por abrir las puertas, todas las puertas.
Abrir las puertas de la mente para que pueda entrar en ella la verdad.
Abrir las puertas del corazón para que puedan entrar todos sin que nadie se quede fuera sin el calor de nuestro corazón.
Abrir las puertas de la sociedad para que todos puedan sentirse como en su casa y no excluidos de nadie y por nadie.
Abrir las puertas de la Iglesia, para que puedan entrar los nuevos vientos del Espíritu, vientos de renovación, vientos de acogida a todos, vientos de respeto a los diversos dones y a los diversos modos de pensar.
Cerrar las puertas es impedir que otros puedan entrar o que tengan que pedir permiso para entrar.
Cerrar las puertas es encerrarnos en nosotros mismos excluyendo a los demás.
Cerrar las puertas es sentir miedo a los cambios, a la fuerza del Espíritu que cada día crea nuevos caminos y nuevas posibilidades al Evangelio.
Jesús comenzó por abrir las puertas de la muerte para resucitar a una vida nueva.
Jesús comenzó por abrir las puertas del sepulcro para sentirse libre en el jardín de la vida.
Ahora sin romper las puertas entra dentro para encontrarse con ellos y juntos celebrar la fiesta de la nueva vida y de la nueva comunidad pascual.
“SAN BINGO”
Tenemos un nuevo ciudadano. No sé si ya le han dado Libreta Electoral. Por si es el caso, se llama “Don Bingo”. Y se ha convertido en nuestro mejor compañero. En nuestro amigo quitapenas. En nuestro espacio de distracción. En nuestro mejor medio de salir de nuestro aburrimiento y, claro, también en el mejor amigo de nuestra billetera. Claro que lo hace con disimulo, no pide grandes billetes, pero nos va robando poco a poco lo que tenemos. Ahora los locales de los Bingos están supliendo a nuestro hogar. Muchos, por las tarde y por la noche hasta muy tarde, se olvidan de que tienen un hogar y se refugian en el Bingo.
Claro, con eso de que le llaman “Juego”, pues nadie le da importancia, nadie le valora serenamente, pero de juego tiene poco. El Bingo se ha convertido en una “droga”. Sobre todo, en la droga de los mayores. Hasta ahora teníamos la adicción a la droga por parte de los jóvenes. Ahora nos hemos inventado la droga de los mayores. Que hay jóvenes adictos, los hay, pero, ¿alguien me quiere decir cuántos entraditos en años son adictos hoy a esta nueva droga que se llama Bingo?
Frente al Bingo estamos perdiendo nuestra libertad. ¡No puedo dejar de ir!
Frente al Bingo estamos perdiendo nuestros dineros que teníamos para los gastos de casa o con los que pudiéramos regalar un pan a un hambriento.
¿Será el nuevo santo, “San Bingo”, al que tanta devoción le tendremos?
¿Será suya la nueva capilla a la que ya no dejamos de visitar cada día?
SIN UN JESÚS VIVO EN MEDIO DE NOSOTROS
Apenas nos reconocemos a nosotros mismos.
Las dudas invaden el espíritu.
El miedo se adueña del alma.
La inseguridad paraliza las vidas.
Sentimos que somos y no somos a la vez.
Desconocidos para nosotros mismos.
Carentes de identidad ante los demás.
Sin Él vivo en medio de nosotros:
Cerramos las puertas.
Buscamos la seguridad compartiendo juntos nuestros miedos.
No nos une la esperanza.
Nos une el miedo.
No la certeza, nos une la inseguridad.
Tal vez nos une el deseo de volver a encontrarle.
Aunque nuestra falta de fe no lo ve posible
y salimos a los caminos.
Es la mañana de los caminos.
Salimos a buscar.
No a buscar la vida, sino la muerte.
No al que está vivo, sino al que creemos muerto.
Los sepulcros vacíos ahondan más el vacío del alma.
Si hubiésemos encontrado su cuerpo,
tal vez nos sentiríamos mejor.
Si hubiésemos encontrado al muerto,
es posible que nos sentiríamos más vivos.
Los sepulcros:
Ahondan nuestra desilusión “se lo han llevado”.
Ahondan nuestros vacíos “no sabemos dónde le han puesto”.
Las distancias se alargan como sombras misteriosas en el alma.
Sabíamos donde estaba el muerto.
Y nos hemos quedado sin el muerto y sin el vivo.
Sabíamos dónde lo habíamos dejado.
No sabemos qué han hecho con él.
Nadie sabe nada.
Todos estamos en la misma condición.
Aquí no hay maestros.
Aquí todos aprendemos a buscar.
Aquí todos nos escuchamos unos a otros.
Aquí todos hacemos las mismas preguntas.
Aquí todos esperamos las mismas respuestas.
El que sepa algo que lo diga.
El que lo haya encontrado que nos lo muestre.








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