“Misión difícil, es cierto. Pero agradecidos a Dios porque con nuestro trabajo misionero podemos hacer realidad el sueño y lema vicenciano de nuestra opción preferente por los más pobres”—J.G. Dentro de pocos días de nuevo en Mocomoco, en la Misión de El Alto. Dice el famoso periodista Manu Leguineche, que para ser felices “hay que tener buena salud y mala memoria”. Eso no va contigo. Tienes una salud estupenda y buena memoria. Lo digo porque vuelves contento y pareces feliz.
—D.P. Ciertamente. He pasado más de un mes en España. Con mis padres, con mis tres hermanos, con mis amigos, amigos de la Misión, con mis Superiores y con mis hermanos de Congregación. Puedo decir que vuelvo feliz y contento a la Misión de El Alto.
—Pareces, además muy ilusionado, ¿no?
—La Misión es una excelente oportunidad para la realización personal de la vocación de cada uno, como persona, como cristiano, como sacerdote, como vicenciano… ¿Se puede pedir más?
—Se sabe que te ofreciste al Padre General de entonces, P. Robert Maloney, para ser enviado a misiones. ¿No era suficiente con ser misionero paúl en España?
—Tengo muy claro que soy paúl por mi vocación misionera “ad gentes”. Siendo muchacho me impresionaba lo que se decía de las misiones en la parroquia de san Vicente de Paúl de Madrid. Me impactó especialmente lo que oí en una ocasión al P. Agustín Alonso sobre la Misión de Madagascar. Decidí entrar en una Congregación misionera, en la Congregación de la Misión de los paúles. Tenía entonces 17 años.
—Y desde ahí…
—Siguieron los años de estudio, ordenación sacerdotal (Madrid, 1995). Durante el curso, trabajos de parroquia, jóvenes y obras sociales, por ejemplo, enfermos de Sida. En los meses de verano pude iniciarme en el trabajo misionero en Venezuela y Bolivia. Hasta que en 2004 fui enviado a la Misión.
—Se dice que la Misión de El Alto es una misión especialmente difícil, ¿cierto?
—Prefiero contestar a esa pregunta, verdaderamente importante, ofreciendo datos –lo mejor que yo sea capaz y con pocas palabras– sobre el lugar donde trabajamos, aquiénes servimos, qué hacemos y cuántos somos. Y luego los adjetivos pueden ponerlos los lectores de CAMINOS DE MISIÓN.
—¿Dónde está y cómo es la misión de El Alto?
—El Alto se llama a la ciudad de ese nombre (850.000 h.) y su zona rural contigua, “los campos”. Como su nombre hace suponer están en el altiplano de los Andes, a algo más de 4.000m de altura sobre el nivel del mar.
La Misión propiamente dicha son los campos con muchos kilómetros cuadrados, de población diseminada. En la ciudad está la Casa-Misión y atendemos dos capillas.
Las condiciones climatológicas son duras. El frío de la altura, la falta de oxígeno (un 50%) y las lluvias torrenciales hacen de El Alto un territorio poco habitable. Otros prefieren llamarle “inhóspito”.
—Hay que reconocer que las misiones en ningún país del mundo están localizadas en zonas turísticas. Es explicable.
—La evangelización y desarrollo de este querido pueblo Aymara es un reto. A nadie se le ocurre dejar pasar una misión porque haya dificultades gordas. La Misión no es sólo cosa nuestra, es cosa de la Congregación, es cosa de la Iglesia, es cosa… de Dios. Personalmente, estoy agradecido porque con nuestro trabajo misionero hacemos realidad el sueño y lema vicenciano de nuestra opción preferencial por los más pobres.
—¿A quiénes servís con vuestro trabajo misionero?
—A una población muy pobre, que viven de cultivar campos muy pobres con pobres medios, como el arado romano.
Tienen una media de seis hijos por familia. La mortalidad infantil es altísima en Bolivia, de un 65 por mil. En nuestra zona, de 0 a 6 años puede llegar a ser de un 85 por mil. Indicios de la terca pobreza, que viene arrastrando por siglos, son la malnutrición de los niños (y adultos), la carencia de medios sanitarios adecuados, la incultura…
En medio de todo esto están las buenas gentes del pueblo Aymaro; una cultura poco permeable aunque bilingüe. El castellano –lengua oficial– lo hablan todos. Son gentes sencillas, agradecidas por cualquier muestra de atención o de cariño, solidarias y en muchos casos hasta dulces.
—¿Cómo estáis organizados y que hacéis en vuestro trabajo misionero?
—La misión está dividida en tres zonas en torno a tres Parroquias: san Miguel, en Italaque; san Francisco, en Humanata y san Pedro, en Mocomoco. (Lo de Mocomoco no tiene nada que ver con el catarro. Quiere decir en aymaro “arremangado”. La zona es pantanosa y los hombres suelen llevar los pantalones “arremangados”).
—¿Misioneros?
—Hasta que alguno o algunos más se animen y vengan con nosotros, somos cuatro paúles: los Padres Aníbal Vera (Perú, 1962), Superior de la Misión; Cyrille de la Barre (Francia, 1970); Abdo Eid (Líbano, 1968) y un servidor Diego Pla (España, 1969).
Formamos una comunidad internacional, enriquecedora y vivimos y trabajamos en auténtico equipo.
El pueblo confía en la Iglesia, confía en la Misión y acude a ella en busca de orientación y ayuda para salir adelante.
—¿Vuestro trabajo?
—Lógicamente nuestro trabajo se dirige a la doble tarea de la evangelización y desarrollo. Tenemos 110 Comunidades cristianas que son visitadas por los misioneros unas seis veces al año, de media. Cuando falta el misionero se tienen las celebraciones de la Palabra dirigidas por laicos nativos preparados.
Mantenemos un Centro de Formación de Adultos. Formación de catequistas, catequesis de niños para Primera Comunión y Confirmación.
Programas de salud maternal, atención infantil, enseñanza básica, secundaria y se ha iniciado la ayuda para la incorporación de algunos alumnos a la Universidad de la ciudad. Todo esto nos lleva a mantener siete Guarderías de 0 a 4 años, escuela de Adultos para 90 personas y desayunos diarios para más de 500 niños.
Y por extraño que parezca tenemos una Escuela de Futbol (San Vicente de Paúl) para aprender a jugar al futbol, y no más.
En los últimos 15 años, se ha hecho una buena planificación y organización. Ahora estamos en etapa de estabilización y desarrollo.
—Perdón por la intromisión. ¿Qué es lo mejor que has hecho, hasta ahora, en la Misión?
—No lo sé. Sé lo que más me ha impresionado y mejor recuerdo. Quizás sea también lo más valioso: Creo haber salvado la vida de bastantes niños ya nacidos –vivitos y coleando– que, sin nuestra ayuda habrían fallecido. El cariño que recibimos de estos pequeñajos… y de sus madres lo compensa todo.
—Los misioneros de El Alto dependéis directamente de la Curia General de nuestra Congregación. ¿Cuál es la relación con vuestras respectivas Provincias canónicas?
—Mi Provincia es la Provincia canónica de Madrid. En ella surgió mi vocación, recibí mi preparación, ordenación sacerdotal y envío misionero. De ellos recibo contínuas muestras de estimación y cariño. Y yo me siento orgulloso de trabajar en la Misión de El Alto como un miembro pequeño de la Provincia canónica de Madrid.
Orgullosos, todos nosotros, los que con admiración seguimos vuestra aventura misionera. Por la atención y tiempo que nos has concedido, gracias.
E-mail: diego_pla@hotmail.com
Web: www.diegopla.unlugar.com







Adelante
Sigue Conociendo
INICIO





0 comentarios:
Publicar un comentario