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martes, 16 de marzo de 2010

La capacidad de hacer feliz

Por Marina Utrilla, SS.CC.

Hablar de la felicidad parece algo demasiado elevado, utópico, ideal…para muchos una pérdida de tiempo, ya que a primera vista poco tiene que ver con los quehaceres de la vida diaria. Nuestro imaginario de la felicidad se reduce, y el buscador de imágenes de Google puede reflejarlo, a paisajes verdes, cielos azules, sonrisas y personas que alzan las manos con gran dinamismo y energía; visto así, claro está que nuestra cotidianidad se aleja bastante de esto, probablemente no tenemos grandes explanadas verdes cerca (a lo sumo un parque), con tanta nube y lluvia nos cuesta ver el cielo azul, y esa expresión de los brazos arriba no es que la frecuentemos mucho por la calle, seguramente si alguien lo hace lo miraríamos con cierta sorpresa (como poco) y si somos nosotros, quizás para hacer una foto curiosa, pero poco más (intuyo).

Entonces, tenemos unas imágenes de felicidad que coinciden poco con nuestra realidad… ¿significa esto que no somos o que no podemos ser felices? Lo dudo mucho, hay mucha gente que me demuestra que esto no es así, personas que con su serenidad, atención, cuidado y entrega me reflejan una felicidad más profunda, a las que no le hace falta saltar por la calle porque toda su energía la van gastando en su encuentro con los otros, en la dedicación a cada tarea que tienen entre manos. Es gente en la que la felicidad no depende de lo circunstancial, sino que un núcleo más profundo sostiene y acompaña su vida.

Aun con esto puede que todavía nos quede la sensación de que esa felicidad es también utópica, porque “el común de los mortales” no somos tan entregados, ni tan disponibles, metemos poco o mucho la pata con los demás, nos manejamos a menudo según cómo nos levantemos esa mañana… ¿Qué hacer entonces? Si escribo estas líneas no es porque tenga la receta de la felicidad ni muchísimo menos, pero reconozco que, cambiando la perspectiva, descubro muchas veces la felicidad que va creciendo en uno mismo cuando el punto de mira y de acción está puesto en los demás, y no en abstracto, sino en cada instante en que nos cruzamos con otro. En cada situación podemos elegir cómo actuar, no deja de presentársenos el camino de la muerte y de la vida, con la invitación siempre palpitante del Señor: Escoge la vida (Dt 30, 19). Cuando “desmenuzamos” las situaciones y aterrizamos en lo concreto descubrimos cuántas veces hacer el bien es más fácil de lo que creemos: una mirada, una conversación sin acelerar, una simple ayuda, no pasar de largo; ahí está, a mi modo de ver, la inmensidad del misterio, en lo sencillo (como el partir el pan) se encierra todo lo profundo. Y en la medida en que este escoger la vida se va volviendo más habitual en nosotros se nos va ensanchando el corazón, quizás es sensación verdadera de felicidad, porque sentimos, que acertando unas veces y fallando otras, está en nuestro deseo hacer aquello que Dios pide de nosotros.

Puede que esas personas de las que hablaba antes simplemente pasaron por esas mismas sensaciones de dificultad pero no se quedaron ahí, contemplando detenidos sus limitaciones, sino que buscaron caminos para poder dar fruto, experimentaron al Dios que cuida la viña y dice “déjala todavía este año” (Lc 13, 8). Ojalá esta cuaresma nos siga ayudando a descubrir a ese Dios que no deja de invitarnos a buscar nuevas maneras de dar fruto… en lo sencillo y misterioso.

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WebJCP | Abril 2007