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MISIONEROS EN CAMINO: IV Domingo de Cuaresma( Lc 15, 01-03 + 11-32): Homilias y Reflexiones
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sábado, 13 de marzo de 2010

IV Domingo de Cuaresma( Lc 15, 01-03 + 11-32): Homilias y Reflexiones


Publicado por Iglesia que Camina

Y LA FRATERNIDAD ¿DÓNDE ESTÁ?

La parábola conocida como del “hijo pródigo” recarga las tintas sobre el hermano menor. Él es el malo de la película. Él quien se fue de casa. Él quien malgastó toda su herencia dejando su vida echa jirones. Él quien se muere de aburrimiento y de hambre. Él quien decide regresar a casa.

En el centro está el Padre, que debiera ser como el eje de la parábola. El padre que respeta la libertad del hijo. El padre que vive con el corazón herido esperando su regreso. El que lo recibe con los brazos abiertos devolviéndole el calor de su corazón. El padre que hace fiesta.

Al otro lado del mundo está el hijo mayor. El hombre siempre sumiso, obediente y trabajador. El que se contentaría con merendar un buen cabrito con sus amigos, para sentirse gratificado. Es el hombre de la ley y con el corazón vacío de amor. El que ni ha descubierto el amor del Padre y menos el amor de hermano. El hombre de la obediencia sin amor. El hombre del trabajo sin amor.

En medio de los dos hermanos, el Padre tratando de reconciliarlos y devolverles el calor de la fraternidad. Muy trabajador el uno, pero incapaz de dar un abrazo. Muy cumplidor de la ley, pero incapaz de amar, perdonar y reconciliarse, hasta incapaz de un saludo. Hasta ese momento el padre sufre el dolor de la pérdida de uno de sus hijos, pero ahora que su amor es capaz de recuperar al hijo perdido, termina sintiéndose incapaz de reconciliar a los dos hermanos. Ama a los dos, pero uno no entiende de amor. No logra integrarlos a los dos en una misma fiesta y en un mismo banquete.

Uno se pregunta, ¿cuál le dolió más al corazón del Padre? ¿El abandono del hogar del que se fue y regresó o el dolor del hijo que vive en casa muy obediente pero incapaz de amar a nadie? ¿Quién está más lejos del hogar? ¿El que se marchó o el que vive en casa sin amor?

Es la tragedia de tantos hogares y de tantas familias. Unos padres llenos de amor, pero unos hermanos irreconciliables. Hermanos con los lazos de la fraternidad rotos. Hermanos divididos, enemistados, que no se entienden. Hermanos, muchas veces, con lazos aparentes mientras viven los “viejos”, pero que rompen definitivamente sus relaciones por la avidez de una herencia.

Existen demasiados hermanos que no se hablan, que no se tratan y que no se aman. Resultando en una familia rota y desintegrada. ¡Cuántos hermanos metidos en largos juicios por el egoísmo de una herencia! Los dos lloran la muerte de los padres, pero esas lágrimas no son capaces de recordarles que lo que los padres esperan de ellos es el testimonio de la fraternidad.




“CUANDO TODAVÍA ESTABA LEJOS…”

Jesús conocía muy bien el corazón de Dios Padre, por eso lo describe con detalles tan sencillos y significativos. El corazón de Dios es un corazón que siempre espera y siempre se asoma a la ventana aguardando el regreso del hombre. Tenemos la idea que de somos nosotros quienes buscamos a Dios y no nos damos cuenta de que Dios nos ve venir cuando todavía estamos lejos, sudorosos por los caminos polvorientos del regreso. “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.” ¡Cuánto detalle!

“Todavía estaba lejos”, lo cuál quiere decir que Dios no espera a que llegue, toque la puerta y le salga la empleada.

“Su padre lo vio.” Lo vio estando todavía lejos. A Dios se le hace eterna la llegada, no lo espera a que llegue.

“Echándose a correr.” Corre más Dios al encuentro del hombre que el hombre al encuentro con Dios. ¿Alguien se imagina a Dios corriendo hacia nosotros estando todavía lejos en el camino?

“Se le echó al cuello y se puso a besarlo.” El muchacho todavía olía a chancho. Dios no tiene repugnancia en abrazarle y besarlo.

Esta es la historia de Dios con cada uno de nosotros. Toda una bella historia de amor, toda una bella historia de besos y abrazos. ¿Cuándo será que nosotros descubramos este tierno y bello sentido de la confesión? También Dios nos ve venir cuando todavía estamos en la calle y no hemos entrado en la Iglesia. Todavía olemos a pecado y Dios corre y nos besa y nos abraza, aún antes de que la Iglesia, por su ministro, nos dé y regale la absolución.

Pienso que la confesión es una de las historias más bellas de Dios en la Iglesia. Por eso, lo más importante de la confesión no es lo que nosotros decimos, sino lo que Dios hace en y con nosotros. Siempre he pensado que la confesión es uno de los momentos más maravillosos de la experiencia sacerdotal porque es la experiencia del corazón de Dios en el corazón del hombre.





DESCUBRIÓ A SU PADRE

Fue necesario que se fuese de casa, para descubrir el calor de hogar.
Fue necesario pasar hambre, para reconocer lo sabroso que era el pan de casa.
Fue necesario vivir entre chanchos, para darse cuenta lo bien que se vive en casa.
Fue necesario vivir solo, para darse cuenta del valor de la compañía del hogar.
Fue necesario sentirse un asco, para pensar seriamente que tenía un padre.
Fue necesario pasar necesidad, para descubrir el amor del padre.

Sabemos lo sabroso que es el pan, cuando no lo tenemos.
Sabemos lo hermoso que es tener un padre, cuando carecemos de él.
Sabemos lo hermoso que es ser familia, cuando la perdemos.
Sabemos lo importante que es la fidelidad, cuando perdemos nuestro matrimonio.
Sabemos lo bellos que nuestros hijos, cuando nos los quitan.
Sabemos lo maravillosa que es la esposa, cuando nos echa a la calle.

Pareciera que necesitamos caer hasta el fondo, para enterarnos que arriba estaba la luz.
Pareciera que necesitamos experimentarnos destrozados por el pecado, para abrir los ojos a la belleza de la gracia.
Pareciera que necesitamos sentir el vacío de Dios, para sentir lo importante que es Dios en la vida.
Pareciera que necesitamos caer enfermos, para valorar lo que es la salud.

El Pueblo de Dios debió experimentar la dureza del largo desierto, para apreciar mejor el valor de tener una tierra propia.
El Pueblo de Dios debió experimentar la dureza de la esclavitud, para darse cuenta de la belleza de la libertad.

¿Será por eso que la liturgia canta: “¡Oh feliz culpa que nos mereció un tal Redentor!”?
Es triste que uno tenga que compartir las bellotas de los cerdos, para recordarse del pan caliente que se comía en su casa.
Es triste tener que vivir bajo el dueño de una piara de cerdos, para darse cuenta de que en casa hay un padre.





¿EL DOLOR DEL HERMANO MAYOR?

Uno se pregunta dónde estaba el fastidio y el dolor del hermano mayor. ¿Era porque también él había perdido a un hermano? ¿Era porque el hermano le era indiferente? ¿Era porque sentía que corría peligro de nuevo su herencia?

Todas las hipótesis son posibles. No creo sintiese mucho la ausencia de su hermano porque no creo tuviese un verdadero sentido de afecto y fraternidad. Es posible que en su corazón hasta sintiese fastidio de que el hermano hubiese regresado a casa. No lo sentía como hermano, lo llama “ese hijo tuyo”, mientras que el padre le dice “este hermano tuyo”. Hasta los criados se lo recuerdan: “Ha vuelto tu hermano.” Todos lo reconocen como hermano, menos él. No lo siente como hermano, es sencillamente “hijo tuyo”, pero no mi hermano.

La escena se presta a muchas consideraciones tanto familiares como eclesiales. Pensemos, por un momento, en los hermanos de la comunidad que se nos han ido. Cierto que para Dios tiene que ser un golpe a su corazón de Padre. ¿Nos dice algo el que se hayan ido y abandonado la casa de su bautismo, la Iglesia? ¿Nos preocupa mucho su regreso? Para Dios todo regreso es una fiesta de su corazón.

Cada confesión es el sacramento de la fiesta que Dios hace por el pecador que se convierte. ¿Alguna vez nosotros hemos hecho fiesta por alguno de esos hermanos nuestros que se han convertido y han regresado al seno de la Iglesia? ¿No será más bien que los hemos recibido con indiferencia y hasta hemos puesto en duda la sinceridad de su regreso? Nadie hace fiesta de regreso si antes nuestro corazón no ha sufrido por su ausencia.

Cada celebración dominical de la Misa es una celebración de la fiesta pascual de la fe. ¿Dónde están los que no están? ¿Notamos su ausencia? ¿Nos dice algo su ausencia? ¿Nos dice algo el verlos un día compartir con nosotros la misma comunión? Abundan los “hijos menores”, pero ¿no abundarán más los “hijos mayores” indiferentes?





¿MIEDO A CONFESARTE?

¿Acaso tienes miedo de sanarte? Es que no sé cómo hacerlo. ¿Y para qué tienes que saberlo? Tampoco sabes como curarte y eso se lo dejas al médico.

Además, olvídate de lo que tú tienes que hacer. ¿No sabes que en la confesión todo lo hace Dios? A ti solo te corresponde dejarle el paquetito de tus pecados y debilidades, el resto se lo dejas a Él. Eso sí, lo único que te pide es, primero, que te dejes perdonar. Sí, que “te dejes” porque algunos nunca se dejan perdonar. Están perdonados y siguen toda la vida recordando lo que para Dios ya no existe. Finalmente, lo segundo, decidas cambiar. Es lo único que te pide Dios. “Esperó que el chico regresase a casa”. Fue todo lo que el muchacho hizo. El resto: los besos, los abrazos, el ternero, la fiesta y los músicos, eso corrió a cuenta del padre. En la confesión sucede lo mismo.

Pero te pido un favor, que tus confesiones terminen en fiesta, en alegría, en gozo, que cambies de cara y regreses a casa con la fiesta dentro de tu corazón. Qué bueno sería que en casa te preguntasen: ¿Qué te pasa para estar tan feliz? “Pues, nada y todo. Me he confesado. Y Dios se ha quedado con mis pecados y me ha regalado su gracia y su amor.”

¿Por qué complicar tanto lo que Dios ha simplificado tanto? Aquí algo nos toca a los confesores: ¿Seremos los rostros sonrientes de Dios que te damos la bienvenida a casa?

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WebJCP | Abril 2007