En este Tercer Domingo de Adviento seguimos con la figura del Bautista. Tras su presentación y su situación histórica, enmarcado en el ministerio profético de larga tradición en Israel, Lucas nos presenta el meollo del mensaje de Juan. Aquí, la cuestión sinóptica de los relatos paralelos en los Evangelios según Marcos, Mateo y Lucas juega un papel interesante. Toda la tradición parece coincidir en que el Bautista comenzó su ministerio antes que Jesús, que lo realizó a orillas del Jordán, en el desierto y que su práctica regular era el bautismo. La hermenéutica que asocia este ministerio joánico con la cita del comienzo del capítulo 40 de Isaías también es una constante (cf. Mc. 1, 2-3; Mt. 3, 3; Lc. 3, 4-6; Jn. 1, 23). Ahora bien, respecto al relato de su discurso hallamos algunas diferencias redaccionales entre los evangelistas. Para Marcos, el Bautista tiene una función netamente precursora, de anuncio directo del Mesías que viene, y podríamos aventurar, casi sin mensaje propio. Juan menciona en apenas dos versículos al que viene detrás de él, el que es más fuerte, del que no es digno de desatarle la correa de las sandalias (cf. Mc. 1, 7), y el que trae un bautismo mejor (cf. Mc. 1, 8).Para Mateo y para Lucas, el mensaje del Bautista es más completo, y pueden hallarse en su predicación elementos propios que, inclusive, hasta parecen contrapuestos al Evangelio de Jesús. En la primera parte del mensaje coinciden Mateo y Lucas. Las exhortaciones son duras, en tono acusatorio. El apelativo raza de víboras dirigido a fariseos y saduceos en Mateo (cf. Mt. 3, 7), y a la gente en general en Lucas (cf. Lc. 3, 7), es durísimo. Por lo que sigue a continuación, tienen más sentido los interlocutores que presenta Mateo, puesto que después se los acusa de aducir la condición de hijos de Abraham, o sea, la condición de pueblo elegido con transmisión generacional. La gente común de Palestina no expresaba ese pensamiento en el nivel y exposición con que lo hacían los dirigentes judíos. Esta primera parte culmina con la imagen apocalíptica del hacha puesta a la raíz de los árboles, dispuesta a cortar lo que será quemado (cf. Mt. 3, 10; Lc. 3, 9). Hasta aquí, los dos evangelistas coinciden bastante. Pero el paralelo se corta repentinamente con la introducción lucana de un fragmento original, que es desde donde comienza la lectura liturgia de hoy. Adelantándonos, vemos que en Mt. 3, 11 y Lc. 3, 16 se vuelven a corresponder los relatos con un anuncio muy similar al que ha recogido Marcos y, nuevamente, un final apocalíptico, esta vez con la imagen del agente mesiánico que tiene en su mano el bieldo y que quemará la paja con un fuego inextinguible. Por esta estructura, muchos biblistas concluyen que Lc. 3, 10-14 es un agregado de Lucas que pertenecería a una fuente propia, no conocida por Mateo, que podría tratarse de un escrito, una transmisión oral o un artificio literario. Más allá de las diferencias, al contrario que el Bautista marcano, éste posee mensaje propio, de talante acusatorio, escatológico y, sobre todo en Lucas, ético. Más aún, la inmediatez con la que presenta el castigo divino que será ira implacable, parece oponerse diametralmente a la práctica del perdón y al amor de Dios Padre presentado por Jesús. Lo que sí se halla en la misma línea jesuánica es la crítica a la sensación de seguridad de los dirigentes judíos, tanto religiosos como políticos, que justifican en su raza separada por motivos sanguíneos una superioridad salvífica inexistente.
Concentrándonos en el agregado lucano (Lc. 3, 10-14), hallamos un contenido ético que parece bastante conformista y distinto de la radicalidad que vive el Bautista en su propia vida. No hay invitaciones a abandonarlo todo ni a desplazarse al desierto. No hay sígueme (cf. Lc. 5, 27; Lc. 9, 59; Lc. 18, 22). Juan no parece crear un grupo de seguidores, al menos en el relato de Lucas. Quizás, este agregado responda a la problemática expresada en Lc. 3, 15: la gente se pregunta si Juan no es el Cristo. Entonces, las diferencias con Jesús se acentúan para demostrar fehacientemente que no lo es. El Bautista no hace auto-referencia, sino que constantemente se identifica como el que precede al Mesías.
Los tres grupos que se acercan y que interactúan con Juan son la gente en general, los publicanos y los soldados. Cabe acotar que estos soldados no son los romanos, sino los empleados de Herodes Antipas, quienes resolvían asuntos internos. No se trataba de profesionales en el ámbito del ejército, sino de mercenarios a sueldo. Lo común a los tres grupos es que conforman conjuntos sociales marginados de la religión oficial judía por ser considerados impuros. La gente como tal, como multitud, es el grueso de la población que no lleva al pie de la letra las prescripciones rituales. Los publicanos son los empleados del Imperio que se encargan del cobro de los impuestos, y al estar en contacto con dinero pagano, se contaminan. Los soldados de Herodes Antipas, en general provenientes de la gentilidad, eran por naturaleza impuros. Pero más allá de lo estrictamente religioso, se esconde lo político. Los publicanos (empleados de Roma) y los soldados (empleados de un rey ilegal como lo era Herodes, por no pertenecer a la casta israelita) son vende-patria, son traidores y enemigos de la esperanza israelita, que consiste en liberarse de la opresión extranjera.
Las respuestas de Juan a las preguntas de los tres grupos se mueven en un mínimo que no llega al fondo de la cuestión estructural. El que tiene ropa y comida debe compartirla con los que no tienen; los publicanos no deben cobrar de más, pero pueden seguir cobrando los impuestos; los soldados no deben excederse en sus métodos ni exigir una paga mayor, pero pueden continuar sirviendo a Herodes Antipas. Así, ratificando lo dicho anteriormente, parece que Lucas quiere recalcar el papel precursor del Bautista que sólo es anticipo en germen del mensaje transformador del Mesías que vendrá. Porque el que viene es el más fuerte, es el que trae la verdadera transformación de Dios. Cuando Jesús es acusado de expulsar demonios por el poder de Beelzebul, el príncipe de los demonios (cf. Lc. 11, 15), su argumento de defensa es que el signo de los demonios derrotados es lo mismo que la llegada de uno más fuerte que el vencido (cf. Lc. 11, 21-22), o sea, Jesús es el más fuerte que Beelzebul, y por eso puede derrotarlo y saquear sus pertenencias. Juan, respecto a éste que viene, no es digno de desatarle la correa de sus sandalias, pero no en sentido de pequeñez y humildad, sino en términos jurídicos. Según Dt. 25, 7-10, en el marco de la legislación sobre el levirato (si una mujer queda viuda y sin descendencia, el pariente más próximo del hermano muerto debe dársela), si el pariente más próximo obligado a tomar la mujer se resiste a hacerlo, como símbolo de su pérdida de derecho a ejercer el levirato, la mujer“se acercará a él en presencia de los ancianos, le quitará la sandalia de su pie, le escupirá a la cara y pronunciará estas palabras: Así se hace con el hombre que no edifica la casa de su hermano” (Dt. 25, 9). Desatarle la sandalia a un hombre, entonces, es dejar constancia al derecho que perdió, al derecho que no tiene sobre determinada mujer. Si Israel es la viuda, la mujer sin descendencia, sin vida, la desprotegida (como figurará Lucas en el episodio de la viuda de Naín de Lc. 7, 11-15 y en la viuda de la ofrenda en el templo de Lc. 21, 1-4), entonces el pariente más próximo con derecho a darle esa descendencia que le falta, es el Mesías, es Jesús, y no Juan el Bautista. Él no tiene jurisdicción para quitarle ese derecho. Jesús es el que vendrá definitivamente y el que cumplirá todas las esperanzas, es el enviado de los últimos tiempos, por eso se lo presenta bajo imágenes apocalípticas como el fuego, el hacha que está en el pie del árbol o el bieldo (cf. Mal 4, 19; Jer. 15, 7).
El final de la perícopa puede parecernos desconcertante. Aparentemente, este mensaje apocalíptico del Bautista con una ética que no necesariamente afecta las grandes estructuras, es una Buena Noticia. Si lo comparamos con el Evangelio de Jesús, con su mensaje del Reino, esta Buena Noticia parece relativizada. Y es que el Evangelio del Bautista es la esperanza en el que viene, es la esperanza del adviento, del que sale al encuentro y es el más fuerte, el que vence los poderes demoníacos, el que tiene derecho a ser nuestro salvador, el que tiene derecho a rescatarnos. La ley del levirato establecía que el cuñado de la viuda era el pariente más cercano para darle descendencia, pero si no tenía cuñado, debía buscarse el familiar con mayor proximidad. En la viudez de nuestros pueblos, en el abandono de las gentes que no tienen vida, difícilmente haya parientes cercanos que se preocupen por ellos. Dios es el más cercano, el próximo, el adyacente, el inmediato, el único con derecho a darnos descendencia. El derecho de Dios no proviene de su poderío o de su condición superior, sino de su amor. Porque nos ama, puede hacernos pasar de la muerte a la vida.
La evangelización, o mejor expresado, las opciones pastorales que hemos tomado como Iglesia, muchas veces contribuyeron a alejar a Dios, haciéndolo el inalcanzable, el inaccesible. Cuando intentamos revertir ese proceso, nos encontramos con personas que no esperan nada de Dios, o en el mejor de los casos, que esperan una dádiva de un ser poderoso que, quizás con suerte, se acuerda de ellos. Adviento, por lo tanto, no significa nada, puesto que la proximidad del Todopoderoso es imposible. ¿Qué Buena Noticia hay si nadie viene? ¿Qué Buena Noticia se sostiene en la distancia infranqueable? Creer que la viudez de los pueblos es eterna, creer que Dios no es lo suficientemente íntimo como para rescatarnos, lleva a un oscuro pesado del que no se puede salir. Un Dios que no nos sale al encuentro es presente estancado, es detenerse, es deprimirse.
El Bautista presentado por Lucas vive su ministerio en función de la inmediatez del Mesías. Profetiza y bautiza como quien tiene la certeza de la presencia divina al doblar la esquina. Saber que está llegando el más fuerte es fortificarse, saber que Beelzebul ha sido derrotado, saber que Dios en persona toma posesión de nuestra causa. Cuando nos preguntamos de qué lado está Dios en nuestras existencias, claramente podemos decir que Dios está al lado del abandonado, al lado de los desprotegidos, de las viudas que no tienen quién las sostenga. Dios es el próximo/prójimo de los que ven su vida truncada, de aquellos a los que se les va apagando la luz de la existencia sin dejar más descendencia que su propia miseria. Él no es el más fuerte que avanza con la dureza de su brazo derribando todos; Él es el más fuerte que protege, el que rescata. Juan lo señala, nosotros debiésemos señalarlo también. Juan no se consideraba digno de quitarle a Jesús su derecho de liberar al pueblo; nosotros tampoco tenemos derecho a restringir el derecho que tiene Dios desde su amor. Puede que nuestra legislación eclesiástica limite la entrada de los desposeídos al banquete, pero Dios es más fuerte, y su pie ya ha tomado posesión en el corazón de los abandonados.







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