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MISIONEROS EN CAMINO: XXXIV Domingo del T.O. (Juan 18,33b-37) - Ciclo B: Yo soy la Verdad
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jueves, 19 de noviembre de 2009

XXXIV Domingo del T.O. (Juan 18,33b-37) - Ciclo B: Yo soy la Verdad

Jesucristo, Rey del Universo
Por Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Obispo Residencial de Santa María de Los Angeles (Chile)

Una artículo claro de la fe de Israel es que Dios es Rey. Así lo confesaba Israel en su liturgia: “¡Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de alegría! Porque el Señor, el Altísimo, es terrible, Rey grande sobre toda la tierra... ¡Salmodiad para nuestro Dios, salmodiad; salmodiad para nuestro Rey, salmodiad! Que de toda la tierra Él es Rey: ¡salmodiad a Dios con destreza! Reina Dios sobre las naciones, Dios, sentado en su trono sagrado” (Sal 47,2-3.7-9). No sólo es rey de las naciones, sino de todo el orbe, de todo el universo: “Reina el Señor, vestido de majestad, el Señor vestido, ceñido de poder, y el orbe está seguro, no vacila. Desde el principio tu trono está fijado, desde siempre existes Tú” (Sal 93,1-2).

¿Cómo gobierna Dios todo el orbe? Lo hace imprimiendo en cada ser una ley intrínseca por medio de la cual lo dirige a su fin propio. Cuando la inteligencia humana descubre esa ley experimenta gozo, porque el fin propio de la inteligencia humana es conocer la verdad. Cuando Newton formuló la ley de la gravitación universal, es decir, la ley que rige la atracción entre los cuerpos, experimentó gozo, porque era la verdad. Pero él no estaba decretando esa ley, sino sólo descubriendola. El único que decreta la ley natural es el Creador, Dios. Por eso se puede decir que todos los seres irracionales tienen a Dios por Rey, porque obedecen fielmente la ley que Dios les decretó; “son de la verdad, porque escuchan la voz de Dios”. Esta es la condición de posibilidad de la ciencia positiva y de la técnica.

¿Qué podemos decir del ser humano? A esto responde Jesús en su diálogo con Pilato, cuando fue entregado por los judíos con la acusación de haberse declarado rey. Pero ante Pilato aparece acusado y abandonado por todos; es obvio que no satisface la noción de rey. Por eso se ve en la necesi-dad de aclarar: “Mi Reino no es de este mundo”. Para sorpresa de Pilato, Jesús afirma: “Sí, soy Rey”. Y agrega: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. En esta sentencia de Jesús el pronombre neutro “esto” tiene doble sentido, ambos verdaderos (procedimiento literario bastante habitual en el IV Evangelio). Ese pronombre está en el lugar de “ser Rey” y también de “dar testimonio de la verdad”. Jesús ha nacido y ha venido al mundo para ser Rey (se entiende, de los hombres); pero su reinado lo realiza dando testimonio de la verdad, es decir, revelando al hombre el camino que lo lleva a su fin último. Por eso concluye: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Los reinos de este mundo ya los conocemos; se fundan sobre el poder humano y son efímeros. El Reino de Jesús es de otro orden; se funda sobre la verdad y es eterno.

Jesús es la Palabra eterna de Dios, de quien San Juan profesa: “La Palabra era Dios” (Jn 1,1). Y agrega: “Todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe” (Jn 1,3). Por tanto, él es Rey del universo. Se hizo hombre y habitó entre los hombres para ser “la Verdad” (cf. Jn 14,6) y, de esta manera, ser Rey de los hombres. La Verdad resplandece en el rostro de Jesús. Hablamos de una verdad revelada que la inteligencia humana, por sí sola, no puede alcanzar. Afirma que el ser humano está llamado a ser hijo de Dios por participación en la misma naturaleza divina y que este fin lo alcanza cumpliendo el precepto del amor, tal como lo formuló Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34). Los que escuchan esta voz, ésos son de la verdad y reconocen a Jesús como Rey.

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WebJCP | Abril 2007