La Fiesta de Jesucristo Rey fue instituida en el año 1925 por Pío XI. Leído a la distancia este gesto, queda claro que, debido a las condiciones mundiales de esa época, al mayor desarrollo de las democracias y a las revueltas populares que derrocaban monarquías, la celebración fue incorporada a la liturgia como reafirmación de un modelo jerárquico que comenzaba a desaparecer. La institución eclesial, fiel heredera del sistema político realista, con el poder centralizado en una sola persona, necesitaba justificar, podría decirse que teológicamente, el afán en sostener un modelo que claramente estaba siendo superado. La imagen del Cristo Rey, en esta línea, aparece como argumento del papado y de la jerarquía católica. La institución eclesial tendría en el reinado de Jesús la responsabilidad de reproducir en la tierra lo que su Fundador dirige desde el cielo.Evidentemente, la cuestión no está en eliminar la celebración por la intención equívoca de su génesis, sino en reinterpretarla. En un principio, la fiesta se ubicaba, dentro del calendario litúrgico, entre el domingo mundial por las misiones y el día de todos los santos, señalizando que el reinado del Cristo está asociado a la evangelización y que tiende a la plenitud del final de los tiempos. Luego, la fiesta terminó ubicándose en el cierre del ciclo litúrgico, en el Trigésimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario. Desde esta posición, tras lo meditado durante todo el año, sobre todo en este Ciclo B, resulta interesante plantearse cómo miramos al Rey del Universo. ¿Es para nosotros la justificación de un sistema que pone a unos sobre otros? ¿O es la oportunidad de reconocer un reinado distinto, un reinado de cruz? ¿Tenemos la actitud de Santiago y Juan, que quieren los primeros puestos en la gloria (cf. Mc. 10, 35-37)? ¿O hemos aprendido en el camino de subida a Jerusalén que el verdadero rey es el que asume la muerte de los marginales? Vale la pena mirar el año recorrido para introducirse al próximo adviento con los pies descalzos ante la encarnación, y no desde la altura de quien cree haber desentramado todo el misterio.
El texto que leemos hoy es un fragmento del relato de la pasión del Evangelio según Juan. Si recordamos la macro-estructura de esta pasión, encontramos que está dividida en cinco escenas: la estadía en Getsemaní (Jn. 18, 1-11), el interrogatorio frente a Anás (Jn. 18, 12-27), el juicio romano ante Pilato (Jn. 18, 28 – 19, 16a), la crucifixión (Jn. 19, 16b-37) y el entierro (Jn. 19, 38-42). Dentro de la escena del juicio romano, hallamos una sub-estructura que se sucede según Pilato entra o sale del pretorio, cambiando el escenario. Como bien lo explica Jn. 18, 28, Jesús es llevado al pretorio de madrugada, y los judíos que lo conducían no ingresan allí para no contaminarse y poder comer la pascua. Las razones de esta decisión están en las legislaciones de pureza/impureza. En el mundo, según los israelitas, hay cosas puras, sin contaminación, y cosas impuras que contaminan. Cuando lo puro entra en contacto con lo impuro, se convierte en impuro, y debe pasar por una serie de rituales de limpieza. El contacto con lo pagano (impuro por naturaleza), era razón suficiente para contaminarse y quedar imposibilitado de participar en la asamblea litúrgica, la asamblea de los santos. El pretorio, en este caso, designa la residencia de los gobernantes. Pilato fue procurador de Judea, aproximadamente, entre los años 26 y 36 d.C.; vivía la mayor parte del tiempo en Cesarea Marítima, pero se trasladaba a Jerusalén para las grandes fiestas judías. Es a esta residencia en Jerusalén que se denomina pretorio; es a esta residencia que no entran los judíos.
Como ya mencionamos, la cadencia de las escenas en el juicio romano es marcada por las entradas y salidas de Pilato al pretorio. En Jn. 18, 29, Pilato sale y pregunta por qué le traen a este hombre. Ellos responden que se lo traen porque es un malhechor, o sea, alguien que realiza algún tipo de mal. No hay especificación aquí sobre el tipo de mal que se le adjudica a Jesús, por lo que puede ser de índole religioso (considerarse Hijo de Dios, como se expresará en Jn. 19, 7) o político (considerarse rey en oposición al César, como lo expresa Jn. 19, 12). Es claro que, para el Imperio Romano, el segundo argumento es el que tiene verdaderamente peso para una ejecución en cruz. La crucifixión había sido ideada por los persas, y los romanos la tenían reservada como castigo mayor; eran crucificados los condenados por homicidio, traición y sedición, siempre y cuando no fuesen ciudadanos romanos (en tal caso, la ejecución se realizaba cortando la cabeza). Pilato no condenaría a un pretendiente hijo de la divinidad judía ni a un blasfemo, pero sí lo haría con un pretendiente a rey, pues se trataría de un sedicioso, un subversivo.
En el diálogo que nos presenta la lectura litúrgica, nos hallamos dentro de la segunda escena del juicio romano, marcada literariamente por la entrada de Pilato al pretorio para hablar con el acusado. Los temas de la conversación son, prioritariamente, de orden real. Pilato pregunta dos veces a Jesús si Él es rey. Su respuesta es afirmativa una vez. Y en Jn. 18, 36, la palabra reino se repite en tres oportunidades. Pero no es sólo esta escena del Evangelio según Juan la que trata sobre la realeza, sino que todo el libro se encuentra atravesado por la temática. Ya desde un principio, Natanael identifica al Maestro como el rey de Israel (cf. Jn. 1, 49), y el pueblo se hace eco de esta declaración en la entrada mesiánica a Jerusalén (cf. Jn. 12, 13). Pero Jesús no acepta esta realeza así sin más, con el riesgo de generar una falsa concepción mesiánica, por eso se retira de la multitud tras la multiplicación de los panes, cuando todos querían proclamarlo rey (cf. Jn. 6, 15). Finalmente, es el relato de la pasión el que contiene la mayor cantidad de alusiones al reinado. Tras la escena que leemos hoy, Pilato presenta a Jesús como rey de los judíos en cuatro oportunidades (cf. Jn. 18, 39; Jn. 19, 14-15; Jn. 19, 19), y la escena central de la pasión, relatada en Jn. 19, 1-3, no es otra cosa que la paradójica coronación de Jesús, donde mientras es azotado, recibe la corona (de espinas), es vestido con un manto púrpura, y saludado (como burla): “Salve, rey de los judíos” (Jn. 19, 3). En un momento que sería de poquísima dignidad para un rey de este mundo, Jesús es coronado para luego ser entronizado en la cruz. Por eso a Pilato se le explica que no estamos hablando de un Reino según este mundo, un Reino de armas y violencia, un Reino de ejércitos dispuestos a quitar la vida de los otros. Este Reino se fundamenta en el testimonio de la verdad, a diferencia de la política terrenal, espacio por excelencia de la mentira. Para eso ha venido al mundo Jesús, para contar la verdad de todas las verdades, la verdad que escuchó directo de Dios (cf. Jn. 8, 40), la verdad que sobrepasa la Ley, porque es gracia (cf. Jn. 1, 17), porque es autocomunicación.
Jesús no se desentiende del mundo al afirmar que su Reino no es de aquí, ya que inmediatamente asegura haber venido al mundo con una tarea específica: dar testimonio de la verdad. Un Reino que no es de este mundo es aquel que rechaza las modalidades propias de los reinos de la tierra, cargadas de violencia y opresión. El poder del Reino de Dios no está en su capacidad de subyugar o destruir, sino en su obra de conversión. El Reino que trae Jesús, el Reino de la verdad, hace mella en los corazones que se abren a la verdad. Este Rey no viene a forzar a nadie, no viene a imponer ni a torturar para obtener declaraciones favorables. Este Rey no compra los votos. Pilato quiere obtener una respuesta directa porque en su modelo político no hay tiempo para discernir, no es posible atenerse a la verdad. En el sistema imperial se obedece ciegamente y la mentira siempre es un arma que está al alcance de la mano. Pilato quiere saber si Jesús es el rey de los judíos, pero recibe una contrapregunta que indaga su corazón: ¿dice eso por él mismo o porque otros se lo han dicho? Pilato es invitado a cuestionarse, a replantearse su visión de la política, su visión del mundo. ¿Es verdad lo que Roma le ha enseñado hasta este día o son verdad las palabras de este artesano galileo? El procurador se retira de la escena con una pregunta que lo resume todo, una pregunta que formula en voz alta, pero que resuena en su interior: “¿Qué es la verdad?” (Jn. 18, 38). Acorralado por las responsabilidades de su cargo, Pilato es el verdadero juzgado en este juicio romano, en lugar de Jesús. Su entrar y salir del pretorio no es otra cosa que la inconsistencia de sus decisiones. Cree que él formula las preguntas y dirige el enjuiciamiento, pero como lo deja de relieve su segundo diálogo con Jesús (cf. Jn. 19, 9-11), no tiene ningún tipo de poder, ni para soltarlo ni para crucificarlo; el poder divino sobre la historia ni siquiera es imaginable en sus cabales, y el poder terrenal lo excede, justamente porque se ha vuelto presa de un sistema que avanza, arrastra, mata y no se remuerde la conciencia. Pilato es el representante oficial del Imperio, pero para el Imperio no es otra cosa que un empleado más. Pilato es prescindible, y por eso la verdad, en su posición, es relativa. Si quiere permanecer en su cargo, gozando de los privilegios, sin la condena del Emperador, debe aceptar siempre que la palabra del César es la palabra verdadera, aún si resultase obvio que no lo es. El Reino que trae el Imperio no es de libertad, sino que oprime y suprime las conciencias. Los Emperadores necesitan de la mentira para permanecer; Jesús vino a dar testimonio de la verdad, y esa es la única manera de ser Rey.
¿Qué es la Iglesia? ¿Un Imperio o una comunidad? ¿Qué es la evangelización? ¿Una imposición para expandir una ideología o la comunicación de la Buena Noticia que libera? ¿Qué preferimos? ¿Una verdad negociable según la situación o una verdad por la que dar testimonio? La fiesta de Jesucristo Rey nace para sustentar una situación de jerarquía que se veía amenazada, ¿cómo reinterpretarla hoy? Ese fue uno de los grandes problemas de los discípulos (como nos ha mostrado el Evangelio según Marcos a lo largo de todo el año), y ese es el gran problema de Pilato. El Reino que trae Jesús exige una conversión radical en la concepción política, en la idea de bien común, en la manera de entender y vivir el poder. Ni los discípulos ni Pilato ni nosotros, hoy en día, concebimos un rey desprovisto de fuerza, un rey que no negocia la verdad, un rey crucificado. Y, sin embargo, ese es el camino que elige Jesús, por lo tanto, el camino señalado para la Iglesia. Vale preguntarse dónde está nuestro mayor parecido, si en el Imperio Romano o en la utopía del Maestro. Para reinterpretar esta fiesta litúrgica hay que aceptar el modelo eclesial que no deberíamos tener e identificar la paradoja del poder que se expresa sirviendo.
Más allá que una de las críticas más frecuentes, desde afuera, hacia la institución eclesial, sea su burocracia, su codeo político y su estructura piramidal, es nuestro desafío mirar hacia adentro para revertir el orden mundano que se nos instala. Entonces, comenzaremos a creer que no hace falta el poder del dinero, de las armas, de la violencia o del proselitismo para evangelizar; empezaremos a creer que la evangelización es una tarea diaconal, una tarea de lavarse los pies los unos a los otros (cf. Jn. 13, 3-5). Es la forma más difícil de misionar, la forma más lenta, y al mismo tiempo, la forma más evangélica.







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