Jesús, en presencia de Pilato, hace dos confesiones fundamentales. Se reconoce Rey, pero un Rey de otra manera y estilo. “Tú lo dices: soy rey” y “Mi reino no es de este mundo”.No se trata de una realeza espiritual y sin compromisos con el mundo, se trata de una realeza distinta a como la entiende el mundo. Esto conviene que lo entendamos los cristianos que, con frecuencia, leemos el Evangelio a nuestro estilo y a medias. Algo así como si fuese una realeza puramente espiritual y para el cielo, no para gobernar este mundo. Jesús, que es totalmente de Dios, esta a la vez, totalmente, comprometido con una realeza que quiere cambiar el mundo. Nadie puede refugiarse en este texto para pretender un cristianismo al margen del mundo y sin mundo. Un cristianismo donde “yo me salvo y que el resto se funda”. Jesús no murió por ser un alérgico al mundo, sino porque su doctrina ponía en peligro los poderes del mundo. La realeza de Jesús no es la de un revolucionario armado que quiere cambiar el mundo por el poder o la violencia. La revolución de Jesús es mucho más profunda, es la revolución del cambio de criterios, del cambio de mentalidad. Es decir, del cambio de los corazones humanos, que es la única manera de que una revolución tenga éxito duradero. Demasiadas revoluciones ha habido en el mundo y ninguna de ellas ha perdurado para siempre, todas se han encontrado con otros revolucionarios. Lucha de revolucionarios, lucha de poderes y por el poder.
“No es del mundo, pero sí se lleva a cabo en el mundo.” No es al estilo del mundo, pero hay que realizarla en el mundo. No es con los sistemas del mundo, pero hay que llevarla a cabo ya ahora en el mundo. Jesús quiere un mundo diferente, por eso dice que “no es de este mundo”, no es según los criterios, estilo y mentalidad de los poderosos del mundo.
Su reinado es el reinado de la verdad del hombre y del mundo. El reinado del hombre realizado plenamente según los planes y proyectos de Dios. El reinado del hombre que “piensa como Dios y no como piensa el mundo”. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”
Un reinado donde en vez de la mentira sobre el hombre reine la verdad del hombre. Un reinado donde en vez de la mentira sobre los demás reine la verdad de los demás. Un reinado donde en vez de la mentira sobre Dios reine la verdad de Dios.
Un reinado que Jesús anuncia e inicia Él mismo con su propia palabra y el testimonio de su propia vida. El amor que vence al poder. El servir que vence al servirse de alguien. Es el reinado de un ajusticiado a muerte y crucificado que muere amando en la Cruz.
LA REALEZA COMO LIBERTAD
La libertad es el gran don que Dios ha concedido al hombre y es uno de los grandes descubrimientos de la modernidad. Siempre sabíamos que éramos libres, pero no tomábamos conciencia de esta libertad. La libertad es uno de los primeros descubrimientos que hoy hace el adolescente. Por eso mismo ahí comienza también su rebeldía y los conflictos con los padres porque unos y otros no han logrado entender lo que es ser libre.
Para el joven ser libre significa rebelarse contra toda autoridad y contra todo lo mandado, lo ordenado, lo que sea imposición desde afuera, pero se olvida que la libertad ha de comenzar por dentro, no por fuera. La verdadera libertad está en sentirse dueños de sí mismos, libres frente a ellos mismos. Libres frente a sus pasiones e instintos, libres frente a sus caprichos. Ser libres es sentir que ellos pueden manejar sus tendencias y hasta sus mismas rebeldías. No se es realmente libre cuando uno vive esclavo de sí mismo o, incluso, esclavo de su libertad, ya la libertad de independencia puede convertirse en esclavitud.
Tampoco los padres conocen demasiado la libertad de sus hijos porque también ellos tienen que tomar conciencia de que los hijos van dejando de ser niños y entran en la etapa de las propias decisiones. Esto, claro está, crea tensiones, fastidio entre los hijos y fastidio entre los padres. No olvidemos que los hijos también tienen derecho a ser ellos mismos y a decidir sus propias vidas. Sin esa libertad de decisión los hijos seguirían siendo los eternos niños colgados siempre de la mano de papá y mamá, e incapaces de hacer una opción personal.
La verdadera realeza bautismal de hijos de Dios consiste en esa libertad interior como don del Espíritu Santo. Libres en la verdad, libres en su responsabilidad. Se trata de una libertad que no nos llueve caída del cielo, sino algo que es preciso conquistar. Es una conquista que con frecuencia implica grandes renuncias.
UN REY QUE SÍ CONVENCE
“¿Tú eres rey? “Tú lo dices, yo soy rey.”
Un rey no elegido en voto popular, sino enviado por Dios.
Un rey que triunfa, aunque no tenga ejércitos.
Un rey que no tiene poder humano, sino el de su propia vida.
Un rey que vence, no con las armas, sino con el amor.
Un rey que domina sin esclavizar.
Un rey que no conquista tierras sino corazones.
Un rey que no domina los pueblos, los gana con su amor.
Un rey que no se aprovecha de los demás, sirve a los demás.
Un rey que no mata, sino que muere por los otros.
Un rey que no tiene sillón sino que tiene una cruz.
Un rey sin corona de oro, sino con corana de espinas.
Un rey que no tiene súbditos, sino seguidores.
Un rey que no tiene esclavos, sino libres.
Un rey que no tiene palacios, pero sí corazones donde vivir.
Un rey que no obliga, sino que invita.
Un rey que no es Majestad, sino simplemente amigo.
Un rey que no tiene mausoleo, sino un sepulcro prestado.
“Con un reino eterno y universal.
Con un reino de la verdad y la vida.
Con un reino de la justicia, el amor y la paz”.
Un reinado sin geografía, sino con muchos corazones.
CLUB DE LA ESPERANZA
Vivimos momentos interesantes porque vivimos momentos difíciles. Son precisamente esos momentos difíciles los que nos ponen a prueba a todos. Los momentos fáciles, carentes de riesgo, de lucha y de búsqueda, terminan por ser momentos anodinos. Lo que sí me atrevería a decir es que las dificultades son las que más despiertan nuestras posibilidades.
Lo fácil no requiere demasiado esfuerzo, por eso mismo, tampoco requiere que acudamos a las reservas espirituales que todos llevamos dentro de nosotros mismos. No sabemos lo que podemos hasta que nos enfrentamos con lo difícil. No sabemos de lo que somos capaces hasta que nos decidimos a algo grande.
No sabemos cuáles son nuestras verdaderas energías en tanto no tengamos un gran reto por delante. Por eso, siempre he preferido las situaciones difíciles a las fáciles. Lo fácil nunca nos dará nuestra verdadera medida. Lo fácil nunca nos dará nuestra verdadera talla humana y espiritual.
Dicen que vivimos en un mundo y una cultura tentada por la “desesperanza”. A decir verdad, cuando vemos las estadísticas de los que ya han perdido el sentido de la vida, la esperanza en la vida, se siente que algo que estremece por dentro. ¿Qué está pasando?, se pregunta uno.
De la Iglesia se ha dicho que “o es capaz de despertar la esperanza” o ya no tiene sentido. Del cristiano se ha escrito que “o es testigo de la esperanza”, o su vida ya no dice nada. Frases que, en el fondo suenan bien y hasta tienen su reto y desafío, pero pensamos que es preciso pasar de la invitación a la decisión.
Son malos tiempos para la esperanza, también lo son para la fe, para la dignidad humana y para la paz y la armonía entre los hombres.
Por eso, son momentos interesantes. Necesitaríamos formar “El Club de la Esperanza”, establecer una red de animadores de la esperanza. Las realidades desesperanzadoras las conocemos demasiado, necesitamos palabras de esperanza, motivos de esperanza y gestos de esperanza.
DOS ACTITUDES PELIGROSAS
El teólogo Congar decía que había dos pecados radicales: “El pecado del hombre que quiere hacerlo todo sin necesidad de Dios” y “el pecado de no hacer nada y dejar que Dios lo haga todo”.
No el hombre sin Dios. El hombre no lo puede hacer todo. Cada uno tiene su experiencia personal, cuando nos sentimos víctimas de nuestras pasiones, esclavos de nosotros mismos. ¡Quiero, pero no puedo! Tenemos que reconocer que podemos hacer muchas cosas, pero que hay muchas otras que sin la ayuda de Dios no podremos hacerlas.
Ni Dios sin el hombre. Es una tremenda evasión de nosotros mismos y de nuestras responsabilidades, no hacer nada, no cambiar nada, a la espera de que Dios lo haga todo por nosotros.
El hombre no lo puede hacerlo todo él solo, pero tampoco Dios hará lo que nosotros, si pudiendo no lo hacemos.
Dios no es un sustituto del hombre.
Dios no sembrará si el hombre no siembra.
Dios no segará el trigo si el hombre no lo siega.
Dios no hará el pan si el hombre no amasa y enciende el horno.
No habrá luz eléctrica si el hombre no construye una central eléctrica.
No habrá paz si el hombre se empeña en hacer la guerra.
No habrá fiesta ni música si el hombre no la organiza.
No habrá diálogo conyugal si los esposos se niegan a hablar.
No habrá ancianos acompañados si el hombre no los visita.
No habrá empleo si el hombre no crea empresas.
No habrá fraternidad si el hombre niega su amor a los demás.
No habrá pan para los pobres si cada uno nos encerramos en nuestro egoísmo.
No se anunciará el Evangelio si los hombres lo callamos y ocultamos.
Está claro que Dios no hace lo que los hombres no queramos hacer.
Ni nosotros podemos reemplazar a Dios, ni Dios reemplazará a los hombres.







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