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miércoles, 18 de noviembre de 2009

¿Debe la Iglesia seguir anunciando el Evangelio a los no cristianos?

Misión y Misiones

Por Jaime Corera Andía, Misionero paúl
Publicado por Caminos de Misión

Por todo lo que los discípulos habían oído al Señor durante su vida pública, nunca tuvieron ninguna duda de que lo que habían aprendido de él debían ellos a su vez comunicarlo a todas las naciones: “Id y haced discípulos a todas las gentes…” (Mt 28,19-20). Desde el comienzo mismo de su existencia la Iglesia de Cristo se ha creído obligada a llevar a cabo este mandato del Señor y lo ha hecho durante veinte siglos. Pero no faltan hoy voces que se preguntan: ¿Debe seguir haciéndolo hoy?
El día mismo de Pentecostés Pedro, refiriéndose a Jesús, anuncia que “no hay bajo el cielo ningún otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos” (Hch 4,12). Sólo en Jesucristo puede todo ser humano encontrar la salvación verdadera; por voluntad de Jesucristo mismo la institución anunciadora y mediadora de esta salvación es la Iglesia fundada por él: “Nos mandó —dice Pedro— que predicáramos al pueblo y que diéramos testimonio de que él ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos” (Hch 10,42).
Todo esto lo ha mantenido siempre la fe y la teología. Así lo expresa un teólogo de hoy bien conocido: “Todas las iglesias cristianas reconocen el carácter escatológico y, por lo mismo, definitivo e irrevocable de la manifestación de Dios en Cristo, y, desde Cristo, en la visibilidad histórica de la comunidad eclesial” (A. Torres Queiruga, Fin del cristianismo premoderno, Sal Terrae, 2000, p.136).
Esta visión teológica, que se ha mantenido sin dudas ni problemas hasta hace no muchos años, parece haber entrado en crisis. No faltan voces que declaran terminado el tiempo de la misión cristiana, y anacrónicos los esfuerzos misioneros por convertir “a todas las gentes” a la fe en Jesucristo. Detrás de estas afirmaciones se encuentra la persuasión de que las diversas religiones pueden ser también de alguna manera instrumentos de salvación.
“De alguna manera”: incluso el Concilio Vaticano admite que las diversas religiones existentes en el mundo “se esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud (religiosa) del corazón humano proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados. La Iglesia católica nada rechaza de lo que hay en estas religiones de verdadero y santo” (Nostra aetate, 2). Esta postura de reconocimiento por parte de la Iglesia es aún mayor en relación a la religión judía, pues es “tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y a judíos” (ibid.).
Por influencia de una lectura más o menos correcta de estas ideas, así como por influencia de ideas procedentes de otros campos (la visión cada día más extendida de la unidad de la especie humana, la creciente globalización…), va creciendo el número de cristianos, y aun de teólogos, que parecen estar cada día más convencidos de que aunque, efectivamente, quien cree en Cristo encontrará en Cristo la salvación, también la pueden encontrar a través de sus propias creencias los miembros de otras religiones. De todo lo cual se concluye a veces que todas las religiones vienen a ser en el fondo iguales, y que todas son por igual caminos de salvación para la humanidad.
Ahora bien: es cierto, y siempre se ha admitido, que todo ser humano de buena voluntad encontrará la salvación final aunque no crea en Jesucristo de manera explícita sin culpa por su parte. Pero de ahí no se deduce que todas las religiones sean iguales, y que todas respondan por igual a la voluntad del Dios verdadero. Movida por el mandato inequívoco de Cristo a sus apóstoles, la Iglesia sigue manteniendo ante el mundo que “es obligación suya anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia” (Nostra aetate, 4), y también que, como dice Pedro, no hay otro nombre que el nombre de Jesús por el que se pueda salvar el ser humano.
Cómo actúan el Espíritu Santo y la gracia de Cristo en la salvación de los que no han llegado al conocimiento de la fe cristiana es un problema complejo que no cabe en los estrechos límites de este escrito. Pero el que se admita con gusto la realidad de ese actuar de la gracia en los no creyentes no debe en ningún caso disminuir la urgencia del mandato del Señor de anunciar la verdad del Evangelio a todas las naciones.
Jesús no es sólo el camino, sino el único camino para llegar a Dios. Hay que seguir anunciando a Jesucristo y enseñando sus enseñanzas mientras haya grupos humanos que no hayan oído hablar de él. Al hacerlo así, no sólo se enseñará al que no sabe cuál es el verdadero camino hacia el Dios verdadero, sino que se le mostrará a la vez cuál es el mejor camino para hacer más humana y más rica su humanidad. Así expresa todo esto la intención misional del Papa para el mes de octubre:
“Que el pueblo de Dios, que recibió el mandato de ir a predicar el Evangelio a todas las criaturas, asuma con empeño su responsabilidad misionera y la considere como el mayor servicio que puede ofrecer a la humanidad.”

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WebJCP | Abril 2007