b) Joven democracia
Los procesos democráticos latinoamericanos son púberes, están en pleno desarrollo, intentando consolidarse, intentando cometer la menor cantidad de errores posibles, pero cometiéndolos desde la inexperiencia. Se trata de un sistema electoral que sufre la huella de las dictaduras en medio de una generación que creció sin saber a ciencia cierta qué era el voto. Los países carecen de cultura democrática, y se nota. A tal punto que, en numerosas ocasiones, los flamantes gobiernos elegidos por el voto popular no supieron resolver las cuestiones urgentes y optaron por la solución del neoliberalismo, salida que aparentaba rápida y eficaz, pero que a mediano plazo sumió a esos gobiernos en un endeudamiento insalvable, en una privatización desmedida, y en la devaluación de los sueldos, generando una ola de desocupados e indigentes que estalló, tarde o temprano, de diversas maneras.
Los votantes inexpertos aplican sistemáticamente el voto castigo, eligiendo no las virtudes de los candidatos, sino el antagonismo del gobierno anterior. Durante las gobernaciones, cuando no hay temporada electoral, el modo de acción es la protesta con suspensión de las actividades, huelgas o cortes de tránsito. Si bien el derecho al reclamo es válido para los trabajadores, y mucho se ha luchado para conseguirlo, suele ser un arma sindicalista abusada en América Latina. Bajo el pretexto de mejoras, los jefes de los sindicatos aplican presiones por motivos personales o por motivos de un determinado grupo, para conseguir facilidades del gobierno. El sano ejercicio de la democracia, en libre opinión y respeto, desaparece por días, semanas y hasta meses, generando un clima general de conflicto verbal que desgasta y nunca llega a nada. El debate es abolido, y retomando la idea de la democracia joven, es posible afirmar que no sabemos debatir, pues nadie nos ha enseñado. Sin debate, gana el que grita más fuerte, y pierde la democracia.
c) Desigualdad de oportunidades
Se puede comenzar hablando de la desigualdad de oportunidades en América Latina desde las mujeres. Aunque parezca absurdo y anticuado, la realidad indica que no lo es. Sin duda, la situación de la mujer no es la misma hoy que hace veinte, cuarenta o cien años atrás. Diversos movimientos, acompañados por un crecimiento en la conciencia humana universal, han conseguido que las puertas de la mujer se abriesen, permitiéndoles la salida antes confinada al hogar, ofreciéndoles educación, acceso a carreras universitarias y puestos reservados, tradicionalmente, al género masculino. A la luz de estos hechos, la mujer ha ganado espacios. Y quizás convenga decir que ha recuperado, más que ganado. Aún así, las esferas políticas, económicas y laborales siguen discriminando a la mujer. En numerosos puestos de trabajo, el género femenino está un escalón debajo que el masculino; los sueldos no suelen ser iguales. La educación, en algunos sectores, también se ofrece diferencialmente. La política parece el espacio más recuperado, pero no podemos evitar, en una lectura más profunda de la realidad de diversos gobiernos, notar que las mujeres son usadas como fachada, como rostro visible sin decisión, para articular los varones, desde las sombras, las ideologías.
Otro grupo en desigualdad son los aborígenes. Los pueblos originarios de América Latina, relegados desde el principio de la conquista española y portuguesa, siguen ocultos en el cajón de los recuerdos. Son minoría y habitan, generalmente, parajes casi inaccesibles. En la periferia de una sociedad centralizada, su voz no se escucha, no cuenta, no interesa. La educación que debiese ser bilingüe (idioma originario y español o portugués) se les niega las más de las veces, y las posibilidades generales de estudios superiores o trabajo estable son una carrera de obstáculos. El aborigen es tenido, en el imaginario popular, como un ser inferior, ensimismado en cavilaciones místicas, bruto e ignorante, carente de sabiduría, inclusive ladrón y malhechor. Cuesta desarraigar ese concepto porque las nuevas generaciones no crecen educadas en el respeto de los pueblos originarios, sino que reciben mensajes despectivos hacia ellos, como indiecitos, pobre gente o cosas similares.
Finalmente, entre los grandes grupos con desigualdades (y sin agotarlos a todos), hallamos a los migrantes. La movilidad humana parece haberse multiplicado, no sólo como grandes traslados, masivos, sino particularmente en Latinoamérica, bajo la forma de migraciones internas y pequeñas. Los sitios ocupados por grupos terroristas o golpistas, los espacios verdes desmontados y aniquilados por la maquinaria, los campos que ya no son rentables, la fantasía de las oportunidades en las grandes urbes, son todos factores que provocan una movilidad humana de tipo hormiga, como pequeños puntos en el mapa que se desplazan huyendo de la hostilidad (humana, económica, empresarial) para congregarse alrededor de las ciudades, formando los cinturones de pobreza. Los migrantes son mirados como extraños, y por ende, no son aceptados. No tendrán nunca prioridad para recibir confianza, para acceder a determinados privilegios ni para ser los primeros en un trabajo. La movilidad tipo hormiga los reúne en ghettos o reductos que los aíslan y, así, se hace más encarnizada la discriminación, pues ya no se los identifica personalmente, con la dignidad propia de cada uno, sino como grupo, cargando muchos con la culpa de pocos.
Los votantes inexpertos aplican sistemáticamente el voto castigo, eligiendo no las virtudes de los candidatos, sino el antagonismo del gobierno anterior. Durante las gobernaciones, cuando no hay temporada electoral, el modo de acción es la protesta con suspensión de las actividades, huelgas o cortes de tránsito. Si bien el derecho al reclamo es válido para los trabajadores, y mucho se ha luchado para conseguirlo, suele ser un arma sindicalista abusada en América Latina. Bajo el pretexto de mejoras, los jefes de los sindicatos aplican presiones por motivos personales o por motivos de un determinado grupo, para conseguir facilidades del gobierno. El sano ejercicio de la democracia, en libre opinión y respeto, desaparece por días, semanas y hasta meses, generando un clima general de conflicto verbal que desgasta y nunca llega a nada. El debate es abolido, y retomando la idea de la democracia joven, es posible afirmar que no sabemos debatir, pues nadie nos ha enseñado. Sin debate, gana el que grita más fuerte, y pierde la democracia.
c) Desigualdad de oportunidades
Se puede comenzar hablando de la desigualdad de oportunidades en América Latina desde las mujeres. Aunque parezca absurdo y anticuado, la realidad indica que no lo es. Sin duda, la situación de la mujer no es la misma hoy que hace veinte, cuarenta o cien años atrás. Diversos movimientos, acompañados por un crecimiento en la conciencia humana universal, han conseguido que las puertas de la mujer se abriesen, permitiéndoles la salida antes confinada al hogar, ofreciéndoles educación, acceso a carreras universitarias y puestos reservados, tradicionalmente, al género masculino. A la luz de estos hechos, la mujer ha ganado espacios. Y quizás convenga decir que ha recuperado, más que ganado. Aún así, las esferas políticas, económicas y laborales siguen discriminando a la mujer. En numerosos puestos de trabajo, el género femenino está un escalón debajo que el masculino; los sueldos no suelen ser iguales. La educación, en algunos sectores, también se ofrece diferencialmente. La política parece el espacio más recuperado, pero no podemos evitar, en una lectura más profunda de la realidad de diversos gobiernos, notar que las mujeres son usadas como fachada, como rostro visible sin decisión, para articular los varones, desde las sombras, las ideologías.
Otro grupo en desigualdad son los aborígenes. Los pueblos originarios de América Latina, relegados desde el principio de la conquista española y portuguesa, siguen ocultos en el cajón de los recuerdos. Son minoría y habitan, generalmente, parajes casi inaccesibles. En la periferia de una sociedad centralizada, su voz no se escucha, no cuenta, no interesa. La educación que debiese ser bilingüe (idioma originario y español o portugués) se les niega las más de las veces, y las posibilidades generales de estudios superiores o trabajo estable son una carrera de obstáculos. El aborigen es tenido, en el imaginario popular, como un ser inferior, ensimismado en cavilaciones místicas, bruto e ignorante, carente de sabiduría, inclusive ladrón y malhechor. Cuesta desarraigar ese concepto porque las nuevas generaciones no crecen educadas en el respeto de los pueblos originarios, sino que reciben mensajes despectivos hacia ellos, como indiecitos, pobre gente o cosas similares.
Finalmente, entre los grandes grupos con desigualdades (y sin agotarlos a todos), hallamos a los migrantes. La movilidad humana parece haberse multiplicado, no sólo como grandes traslados, masivos, sino particularmente en Latinoamérica, bajo la forma de migraciones internas y pequeñas. Los sitios ocupados por grupos terroristas o golpistas, los espacios verdes desmontados y aniquilados por la maquinaria, los campos que ya no son rentables, la fantasía de las oportunidades en las grandes urbes, son todos factores que provocan una movilidad humana de tipo hormiga, como pequeños puntos en el mapa que se desplazan huyendo de la hostilidad (humana, económica, empresarial) para congregarse alrededor de las ciudades, formando los cinturones de pobreza. Los migrantes son mirados como extraños, y por ende, no son aceptados. No tendrán nunca prioridad para recibir confianza, para acceder a determinados privilegios ni para ser los primeros en un trabajo. La movilidad tipo hormiga los reúne en ghettos o reductos que los aíslan y, así, se hace más encarnizada la discriminación, pues ya no se los identifica personalmente, con la dignidad propia de cada uno, sino como grupo, cargando muchos con la culpa de pocos.







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