Hace ya 19 años, Nicolás Castellanos, por entonces obispo de Palencia, renunció a su cargo episcopal y se fue a trabajar como misionero a Bolivia.Fue un gesto profético que muchos, en la iglesia española, no supimos o no quisimos leer en todas sus consecuencias.
Actualmente lleva adelante en el país andino, junto a un grupo de laicos y sacerdotes, el proyecto “Hombres Nuevos” que intenta mejorar las condiciones de vida de los habitantes de menores recursos de Santa Cruz de la Sierra; un trabajó que le valió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1998.
El mes pasado participaba en el VI Congreso Mundial de Bioética de la Sociedad Internacional de Bioética, celebrado en la ciudad de Gijón.
Vivimos momentos en los que se producen importantes debates relacionados con el tema de la bioética. Casi todos centrados en temas científicos, legales y morales.
Es bueno que esos debaten se den y tardaremos un tiempo en ponernos de acuerdo.
Lo interesante es que Nicolás Castellanos puso el dedo en la llaga de un problema bioético que rara vez se plantea, pero que entraba en el programa del Congreso celebrado el Gijón.
En su exposición ha definido a la pobreza como “la expresión más antiética de la vida”. "Si ocurre una desgracia en el mundo, todo se paraliza y se hace un minuto de silencio en memoria de las víctimas pero en este minuto se están muriendo 24.000 personas y todo sigue igual", ha afirmado.
En ese sentido, ha dicho que "el modelo neoliberal de la globalización no garantiza los mínimos a todos para poder vivir con dignidad porque el crecimiento económico está perpetuando las desigualdades y afecta a las tres cuartas partes de la población, que es víctima de las leyes del mercado". "El resultado es una situación de desorden social global que compromete la paz y la estabilidad mundial".
"Los países ricos tienen que tener la voluntad política de cooperar con recursos reales, aunque lo que ocurre es que la distribución de esos recursos se hace sin tener presente el concepto de justicia porque hay medios suficientes para que nadie pase hambre ni sed”.
Sin duda la pobreza es uno de los ataques más graves y continuados a la vida y a la ética.
*Teólogo y periodista







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