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MISIONEROS EN CAMINO: Palabra de Misión: Fiesta de la Santísima Trinidad - Ciclo B - Mt. 28, 16-20
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jueves, 4 de junio de 2009

Palabra de Misión: Fiesta de la Santísima Trinidad - Ciclo B - Mt. 28, 16-20


Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Remontarse a los orígenes de esta celebración no es ir demasiado atrás en la historia. Aparentemente, las mejores referencias a la misma se sitúan alrededor del año 1000, ya ubicada en el primer domingo después de Pentecostés. La fiesta no fue aceptada abiertamente por toda la Iglesia, pues supuso un debate teológico-litúrgico: ¿es necesario dedicar un día específico a la Trinidad cuando la Trinidad está presente en todas y cada una de las celebraciones? Tal fue el problema, que el Papa Alejandro II se opuso a la fiesta. Finalmente, en 1334, el Papa Juan XXII la aprobó definitivamente en su día característico, después de Pentecostés, conservándose así hasta hoy.

Si bien es lógico el planteo teológico-litúrgico, no es menos verdadera la riqueza que significa dedicar un día particular a meditar y celebrar el misterio central de la fe cristiana, como lo indica el Catecismo de la Iglesia Católica. La Trinidad no es un concepto, una ideología o una filosofía, sino el cimiento desde el cual se desprenden consecuencias teóricas y consecuencias prácticas. El Dios Trinidad es el Dios Comunidad, y por lo tanto, la Iglesia halla en la dinámica intra-trinitaria el modelo perfecto para su ser y su misión. Tanto las desviaciones de exaltación de una sola persona como la búsqueda de otros modelos por fuera de Dios, decantan en una eclesiología incompleta o falsa. No puede haber otra opción de Iglesia por fuera de la Trinidad; una Iglesia de reciprocidad (como las Tres Personas), una Iglesia de amor (como el seno trinitario), una Iglesia de iguales (como lo afirman los dogmas de la Trinidad), una Iglesia de enviados (como lo son el Hijo y el Espíritu Santo). La Trinidad no es otra cosa que una comunión perfecta de amor y de vida, por lo tanto, el parámetro de la verdadera eclesiología debiesen ser los frutos de amor que produzcan vida en la Iglesia. Una comunidad de desiguales, de mayores y menores, de no enviados, donde se gestan intrigas palaciegas y prevalece la competencia, evidentemente no es Iglesia. La fiesta de hoy, celebración del misterio central de fe, es también una invitación a revisar nuestras comunidades desde la perspectiva trinitaria y el reciente Pentecostés.

El texto propuesto por la liturgia es el final del Evangelio según Mateo. Si bien ha terminado, oficialmente, el tiempo pascual, la lectura de hoy es otro relato de aparición del Resucitado. Con esta pieza, Mateo culmina su Evangelio, y a la vez da comienzo al mismo, porque el final es un envío, es el comienzo de una Iglesia misionera. El autor retoma y resume los grandes temas de su libro, dándoles sentido en la figura del Mesías que ha derrotado a la muerte. Se condensan en los versículos finales el discipulado, la adoración de Jesús que lo reconoce como Dios, la realidad comunitaria de la Iglesia y la permanencia del Resucitado con los discípulos en la historia. Aquellos aspectos que fueron tejiendo la trama del Evangelio, aquí se iluminan desde la nueva realidad inaugurada por la pascua.

El hecho ocurre en un monte (cf. Mt. 28, 16), no precisado, pero ubicado en Galilea. Podemos suponer que se está haciendo una referencia implícita al monte de Mt. 5, 1, desde donde Jesús pronunció el primero de los cinco discursos que el evangelista pone en boca del Maestro. El lugar del primer sermón es el mismo sitio de las últimas palabras. El monte es, en la literatura bíblica, una categoría teológica. Para muchos pueblos antiguos, los montes son los lugares de la presencia divina, donde moran los dioses, separados de los hombres, pero a la vez a una distancia cercana. Subir a la cima de un monte es entrar en la presencia divina. Israel identificó el Horeb o Sinaí como la montaña de Dios (cf. Ex. 3, 1), y allí es donde sube Moisés en reiteradas oportunidades para hablar con Yahvé, inclusive para recibir la Ley. El Evangelio según Mateo tiene, como una de sus finalidades, demostrar que Jesús es el nuevo Moisés, y por eso el sermón del monte, la especificación de la ley cristiana del amor, es dada desde el monte, como parangón a la Ley del Antiguo Testamento. Pero más aún, el texto de Mateo sitúa al monte relacionado con las dos multiplicaciones de los panes (cf. Mt. 14, 23; Mt. 15, 29), aumentando su simbología, recordando que quien alimenta al pueblo milagrosamente es Dios mismo, y que este pueblo nuevo reunido en torno a Jesús es la plenificación del antiguo Israel guiado por Moisés a través del desierto. También, en el monte sucede la transfiguración (cf. Mt. 17, 1-9) y el discurso escatológico sobre el final de los tiempos (cf. Mt. 24, 3), hechos relacionados directamente con el carácter divino de Jesús, aseverando de esta manera que Jesús es Dios, pues desde el lugar donde moran los dioses, desde el monte, se revela (transfigurándose y hablando de las cosas que sucederán en la consumación de la historia).

Es así que la referencia al monte en la perícopa de hoy no es casual ni geográfica, sino teológica. El Resucitado recapitula su enseñanza, su característica de nuevo Moisés, la comunidad de discípulos que lo sigue y su poder divino apareciéndose en la altura del monte. No será su envío misionero una regla más por cumplir, sino un mandato divino. Ir y hacer discípulos, dicho desde el monte, es el querer del mismísimo Dios, es su revelación. El final de Mateo es, entonces, una teología (palabra sobre Dios), una cristología (palabra sobre Jesús), una eclesiología (palabra sobre la Iglesia) y una misionología (palabra sobre la misión). Un texto de recapitulación, y por eso un texto totalizante, signado por los cuatro todo:

- Todo poder: Jesús asegura haber recibido todo poder en el cielo y en la tierra, expresando así que tiene el poder total sobre todo el universo, sobre todo lo creado. El crucificado por los poderes terrenales está ahora por encima de ellos, ha sido exaltado, los ha vencido. Este poder total es un poder divino, es la omnipotencia. El Resucitado, sin embargo, no utiliza ese poder como arma, sino como herramienta; no es poder que oprime, sino que libera; no es poder que coarta la libertad, sino que la respeta. No es infrecuente en la historia encontrarnos con personas que, ostentando el poder, sometieron, y su poder fue arma antes que herramienta. El poder de Jesús es, antes que nada, poder de amar, poder amoroso. No utiliza su omnipotencia como vehículo de proselitismo para aumentar el número de afiliados a su religión. El poder de Jesús transforma a quien acepta dejarse transformar, y sus discípulos no son obra de un convencimiento propagandístico, sino obra del amor.

- Todas las gentes: el Resucitado envía a hacer discípulos a todas las gentes. Lo que leemos como gentes es, en griego, ethnos, término que también puede traducirse por naciones, identificando como tales a los pueblos distintos al pueblo judío, o sea, los paganos. Lo que se pone en boca del Resucitado es un envío universal, una misionología centrífuga, en contraposición a las esperanzas mesiánicas judías de una escatología centrípeta, donde los pueblos paganos peregrinarían hacia el Israel llevado a la victoria por el mesías. La totalidad del poder del amor se expresa en la totalidad de los destinatarios de ese amor. Ya no hay límites raciales, étnicos o de pureza. Todos son invitados a ser discípulos, y los discípulos son invitados a discipular. El poder del amor es compartido con la Iglesia, el poder de la pascua no es propiedad privada de un pueblo, sino fuerza expansiva para alcanzarlos a todos. Para los once reunidos en el monte de Galilea, la tarea parece enorme. Para nosotros, dos mil años después, la tarea sigue pareciendo enorme, porquetodas las gentes no es una metáfora, sino un imperativo. Dios no quiere que nadie quede fuera del Evangelio.

- Guardar todo: hacer discípulos es enseñar a las gentes que guarden todo lo que Jesús mandó, absolutamente todo. No se puede establecer un discipulado a la carta ni un cristianismo a la carta. El Evangelio no puede ser recortado, porque todo el mensaje es fundamental. Obviar partes porque nos incomodan no es una opción. Ser discipuladores es una responsabilidad y una aseveración de la condición de discípulos. No puede hacer discípulos quien no lo sea primero, porque la premisa es transmitir todo lo aprehendido. Así caemos en la cuenta del carácter tradicional del cristianismo, entendido no como una serie de preceptos estancos acarreados desde tiempos inmemoriales, sino como transmisión. La tradición ha de ser una transmisión de experiencias de Dios, de unos a otros, como tesoro preciado, como regalo íntimo. Jesús nos revela al Padre y nosotros pasamos esa revelación de mano en mano, de boca en boca, de corazón en corazón, poniendo allí la entera complexión de nuestro ser, porque la experiencia de Dios es totalizante, nos abarca, nos sumerge, nos empapa por completo. En la transmisión, en el discipulado, ponemos la vida.

- Todos los días: el Evangelio según Mateo culmina con una promesa de permanencia del Resucitado, que asegura estar con los discípulos todos los días hasta el final de los tiempos. Esta promesa se hilvana a dos textos anteriores del libro. En primer lugar con Mt. 1, 23, al comienzo del relato, cuando a Jesús se aplica la profecía de Is. 7, 14 sobre el nombre Emmanuel que le será dado, y que significa Dios con nosotros. Luego, con las palabras del Maestro en Mt. 18, 20: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. La clave cristológica consiste en destacar a Jesús como la presencia cercana de Dios. Su nombre profético ya denota el movimiento de la encarnación, movimiento de acercamiento y presencia. El segundo texto transforma esa cercanía de la encarnación en presencia comunitaria, pues donde dos se reúnan bajo el nombre de Jesús, Él se hace presente, Él se hace Dios con nosotros. Finalmente, el Resucitado promete estar todos los días hasta el final del mundo, acentuando su presencia en la perspectiva histórica de la Iglesia. Constituye esto un mensaje de aliento que disipa los temores. Los discípulos no están solos, Dios está con ellos. La resurrección no se ha llevado al Señor, sino que ha transformado su presencia para expresarse en la comunión, cuando dos o más se reúnen en su nombre. El Dios que es, también es el Dios que está.

La misión de hacer discípulos no parece ser posible sin la conciencia eclesial de la totalidad, que es en definitiva la conciencia de la radicalidad. Llegar a todos para transmitir todo el Evangelio entregando toda la vida es pensar una locura, y por eso es pensar una opción radical, o mejor dicho, una opción verdaderamente cristiana. Si algo caracteriza la evangelización, tal como es planteada a la comunidad apostólica, es el arrojo y la determinación que conlleva. No es sólo salir, emprender un éxodo o desprenderse, como acciones precisas; es asumir un estilo de vida que no se condice con el modelo social, es marginarse, es rechazar las facilidades, es dejarse consumir por una pasión que nos excede, que no podemos controlar, y que nos inflama arrastrándonos a decisiones ilógicas en términos de bienestar. Este concepto del bienestar social es, por consenso, una especie de moderación protectora (no se debe amar demasiado porque puede lastimarnos, no se puede dar todo el dinero a los pobres porque de algo hay que vivir, no se puede ser tan cristiano porque se roza el fanatismo, no se debe intervenir mucho en política porque complica la vida, no se debe sentir compasión porque desgraciados seguirá habiendo siempre y hay que seguir adelante).

El conformismo es uno de los mayores enemigos de la misión, porque la misión es totalidad. Alcanzar a todas las gentes es una decisión radical. No se pueden seleccionar destinatarios de la Buena Noticia, no se puede separar entre los que se merecen el Evangelio y los no dignos. Asumir la universalidad de la misión es asumir una conciencia difícil de asimilar. Muchos creen, mal que nos pese, que la Iglesia es cosa de elites, que Jesús quiere la casta pura a su lado. Predicar todo el Evangelio, sin recortes, también es una decisión radical. Variados espacios y oyentes nos desafían a no cercenar el mensaje, a no negociar, a no endulzar los oídos. El Evangelio es Buena Noticia para los pobres, para los humildes, para los de corazón abierto, pero al mismo tiempo es agrio para los ricos, para los engreídos, para los poderosos. Poner toda la vida al servicio de la misión es una decisión radical. La sociedad del bienestar quiere retenernos, convencernos de lo bueno que es ser el ciudadano promedio, sin complicaciones, sin sobresaltos, o sea, sin motivo para vivir. La misión nos exige el cien por ciento de nuestra persona, entregando la vida, dándola.

Jesús es el ejemplo de la misión en la totalidad. Se relacionó con todos, predicó su Evangelio ante todos, no negoció el mensaje ni lo recortó frente a los poderosos, puso toda su vida en la utopía del Reino, y entregó su aliento por ello. Pretender que Jesús no fue un radical es tergiversar el Nuevo Testamento. El Resucitado invita a la Iglesia a continuar su radicalidad. Hoy, celebrando la Santísima Trinidad, releyendo la eclesiología a la luz del misterio central de nuestra fe, no podemos dejar de preguntarnos si nos hemos vuelto conformistas. Quizás, profundizando en la Trinidad, descubramos sus radicalidades y nos inspiremos, descubramos a un Padre que crea, radicalmente, por amor, sin necesidad real de hacerlo, descubramos el envío del Hijo que, radicalmente, se encarna y asume la muerte, descubramos la acción del Espíritu Santo que, radicalmente, ha impulsado a hombres y mujeres a morir martirizados por el Evangelio, descubramos una comunión de vida intra-trinitaria tan gigantesca que, desbordándose, baña el mundo. Sin dudas, es contradictorio declararse misionero y vivir en el conformismo.

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WebJCP | Abril 2007