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jueves, 25 de junio de 2009

Palabra de Misión: Decimotercero Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B - Mc. 5, 21-43


El texto que leemos hoy contiene dos relatos en uno. Comenzamos con la historia de Jairo y su hija enferma, pero en el versículo 25, mientras caminamos junto a Jesús hacia la casa del jefe de la sinagoga, se intercala el milagro de la hemorroísa, hasta el versículo 34, donde retomamos la narración primera. Algo similar podemos ver que ocurre en Mc. 3, 20-35, donde se comienza con una referencia a los parientes de Jesús, se intercala una discusión con los escribas sobre el poder de Jesús y su relación con Beelzebul (Mc. 3, 22-30), y se retoma luego la problemática familiar. En el caso de hoy, conservado en los tres Evangelios sinópticos, el intercalado persiste, ninguno de los autores posteriores (Mateo y Lucas) lo han suprimido o reacomodado, aunque sí han modificado detalles. En Mateo (Mt. 9, 18-26), la acción sucede tras una discusión entre los discípulos del Bautista y Jesús sobre el ayuno, a diferencia de Marcos y Lucas (Lc. 8, 40-56) que sitúan el relato en la inmediatez del regreso de la región pagana donde sucedió el exorcismo del endemoniado de Gerasa. Además, en Mateo, la niña ya ha muerto cuando el hombre se acerca a suplicarle a Jesús, a diferencia de Marcos y Lucas donde la niña agoniza aún cuando Jairo acude al Maestro. Otro detalle interesante es que para Mateo, la escena de la hemorroísa gira alrededor de la salvación, y en ningún momento afirma que fuese curada de su hemorragia, sino que ha sido salvada. En Marcos y Lucas se especifica que dejó de padecer la enfermedad, y las narraciones de ambos contienen más pormenores que la de Mateo, donde el entorno parece desaparecer para focalizarse en Jesús y la mujer, con un estilo clásico de los milagros mateanos que, literariamente, llevan al lector a poner la atención en los personajes clave.

Ahora bien, cabe preguntarse qué es característico de Marcos. En primer lugar, las palabras de Jairo, quien pide explícitamente que la imposición de manos de Jesús en la hija le produzcan salvación y vida, ambas cosas. En segundo lugar, la referencia a lo mucho que sufrió la mujer hemorroísa visitando numerosos médicos que nada le solucionaron, sino que la fueron llevando de mal en peor. El tercer punto es la respuesta de Jesús a la mujer, recalcándole que ha sido salvada por su fe y que ha sido curada de su enfermedad, nuevamente ambas cosas. Por último, Marcos pone en boca de Jesús palabras en arameo (talitá kum) que luego traduce. De aquí podemos deducir una serie de elementos del estilo marquiano. Queda claro que los milagros no son de una especie de espiritualidad desencarnada, sin relación con lo terrenal, sino que el acto liberador de Jesús es salvación y sanación, o mejor expresado, salvación/sanación. Este acto liberador del Maestro puede revertir hasta la peor situación. La mujer hemorroísa había probado todos los métodos existentes, había gastado sus bienes en la búsqueda de la salvación/sanación, pero nadie le había logrado solucionar el problema. Era un caso perdido. La hija de Jairo estaba agonizando, y con el transcurso de los versículos, nos hallamos con que ha muerto. Es otro caso perdido, irreversible. Pero Jesús es capaz de lo imposible, es a quien acuden los perdidos. La hemorroísa se toma el atrevimiento de tocar a un hombre, traspasando los límites culturales. Jairo, siendo jefe de la sinagoga, se anima a postrarse frente a Jesús, suplicándole a un excomulgado de la religión judía, que sane a su hija. Y Jesús lo hace todo con naturalidad, sin grandes manifestaciones, sin espectacularidad, al punto de dirigirse en arameo a la niña, con un lenguaje de entrecasa, según la traducción original del arameo al griego, donde el autor identifica talitá (arameo) con korasion (griego), un diminutivo de kore (niña) utilizado en sentido popular y sólo en las conversaciones familiares.

Estos dos relatos intercalados de hoy, además de sus características marquianas propias, tienen puntos internos en común, y por eso su disposición. En ambos relatos hay mujeres, distintas, pero parecidas. Mujeres no sólo segregadas del pueblo por su condición femenina, sino también por condiciones particulares que las vuelven impuras. La mujer con flujo de sangre se vuelve impura por la legislación del libro del Levítico: “Cuando una mujer tenga flujo de sangre durante muchos días, fuera del tiempo de sus reglas o cuando sus reglas se prolonguen, quedará impura mientras dure su flujo, como en los días del flujo menstrual” (Lev. 15, 25). Por lo tanto, la hemorroísa llevaba doce años de impureza, doce años haciendo impuro todo aquello que tocaba, doce años sin poder contactar a otros porque les transmitiría su impureza. La niña hija de Jairo, al morir, también se vuelve impura y quien la toca, se contagia de su impureza: “El que toque un muerto, cualquier cadáver humano, será impuro siete días” (Num. 19, 11). Por lo tanto, en ambos relatos, Jesús se solidariza con la impureza de las mujeres, siendo tocado por una impura y tocando luego un cadáver.

El número doce también es un punto de contacto. La hemorroísa lleva doce años de enfermedad, y se nos dice sobre el final que la hija de Jairo tenía doce años al momento del suceso. El doce es el número simbólico para representar a los elegidos, y por extensión, para representar a Israel, el pueblo elegido de Dios. Recordemos que, según Marcos, el evento anterior a la perícopa que leemos es el exorcismo del endemoniado de Gerasa en territorio pagano (cf. Mc. 5, 1-20), por lo tanto, el contraste es claro dentro del capítulo 5. La primera parte es un milagro fuera del territorio judío, del lado de la otra orilla, un mensaje de salvación y liberación que llega a los gentiles; la segunda parte son dos milagros dentro del territorio judío, de este lado, un mensaje de salvación y liberación que se dirige a Israel. Ambas mujeres, de alguna manera, son la figura del pueblo de Israel oprimido por la Ley: una expulsada de la sociedad por su enfermedad, la otra enferma agonizante y luego muerta en clara relación con la sinagoga, institución que no ha podido salvarla. Jesús no libera sólo a estas personas concretas, sino a todo el gentío que padecía bajo las disposiciones sinagogales de exclusión y las leyes que dividían entre puros e impuros. El número doce nos da la clave para entender el alcance de la acción de Jesús, que no se queda allí, en la hemorroísa y en la hija de Jairo, sino que se manifiesta como milagro para todo Israel. Por eso es importante la forma en que se dirige el Maestro a ambas mujeres. A la hemorroísa la denomina hija. A la hija de Jairo la llama con un término de entrecasa, familiar. La unión de ambos tratos es también un mensaje para Israel. Por un lado, liberando al pueblo de la Ley que califica a algunos de impuros, se restituye la dignidad de hijos de los excluidos; por otro lado, liberando de la formalidad de la sinagoga que restringe y estipula la relación con Dios según normas estrictas, se abre el paso para una relación familiar con el Padre, aquella que le permitía a Jesús llamarlo abbá (cf. Mc. 14, 36), que puede traducirse por papá o papaíto.

El tema miedo/fe se hace presente en estos dos relatos intercalados constituyendo así una columna o eje sobre este tema que comienza en Mc. 4, 37 y finaliza en Mc. 6, 52. La primera escena clave de esta sección es la que leímos el domingo pasado, sobre la tempestad calmada, donde Jesús claramente pregunta a sus discípulos: “¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?” (Mc. 4, 40). La segunda escena sería la de la hemorroísa, quien se acerca atemorizada y temblorosa a Jesús (cf. Mc. 5, 33), recibiendo la siguiente respuesta: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad” (Mc. 5, 34). La tercera es inmediata, y sucede cuando le avisan a Jairo que la hija ha muerto, a lo que el Maestro lo anima: “No temas; solamente ten fe” (Mc. 5, 36). Finalmente, en la segunda escena de la barca, cuando Jesús se acerca caminando sobre las aguas a los discípulos que se fatigaban por mantenerse navegando a pesar de la tormenta, les dice: “¡Ánimo!, que soy yo, no temáis” (Mc. 6, 50). Queda establecido que el enemigo de la fe no es la incredulidad, sino el miedo. A los discípulos en la barca, a la mujer curada y a Jairo se los invita a no temer, para así tener fe, porque mientras permanezcan en el miedo estarán paralizados, inmovilizados, y nada lograrán. La fe, en cambio, es movimiento. El miedo desespera a los discípulos sobre la barca, los hace incapaces de reconocer a Jesús que viene hacia ellos sobre las aguas. El miedo hace dudar a la hemorroísa de su acción anterior valiente de tocar el manto de Jesús. El miedo es capaz de quitarle las esperanzas a Jairo. La fe, en cambio, trae la paz de la tempestad calmada, hace visible a Jesús, le devuelve la dignidad y la confianza a la hemorroísa, pone en camino a Jairo para recuperar a su hija viva. Son relatos que invitan a no temerle a las fuerzas del mal, no temerle a la enfermedad ni a la muerte, no temerle a lo que parece irreversible. La fe, tanto para la mujer como para Jairo, ha sido el pilar de sus experiencias, porque por ella se atrevieron a cruzar barreras infranqueables. Por la fe, la impura se animó a tocar a un hombre, con la certeza de que esa transgresión la salvaría. Por la fe, el jefe de la sinagoga se acercó al rebelde excomulgado de la religión suplicándole salvación y vida para su hija, depositando en este hombre las únicas esperanzas que le quedaban. La fe es, en el texto de hoy, algo más que una creencia en alguien. La fe que descubrimos aquí es una fe operante en el creyente, una fe que abre el corazón y que predispone al Reino, una fe que convenció a la hemorroísa y a Jairo de la relatividad de las estructuras con las que habían vivido tanto tiempo, la relatividad de la Ley frente al amor, la relatividad de los órdenes culturales frente al evento salvador de Dios. Es una fe que los sacó de sus encasillamientos, que les quitó pesos de encima, que los proyectó a una nueva forma de ver la existencia, una nueva forma de relacionarse con Dios, más allá de las legislaciones de puros e impuros, más allá de la institucionalidad de la sinagoga. Es la fe del Reino, una fe ancha, gigante, que se expande, que hace lugar a todos.

Jesús le ha dejado un mensaje a Israel, una Buena Noticia de apertura, de superación legislativa. Y aún hoy continúa ese mensaje resonando en nosotros, invitándonos a lo mismo, a no caer en la rigidez farisea, a no volvernos estilo sinagogal. En nuestras comunidades no han desaparecido las sinagogas que llevan a la muerte a las pequeñas ni las leyes que dividen entre puros e impuros, segregando hemorroísas.

Este último caso, el de la segregación, es particularmente notable. Mientras el Evangelio se agota repitiendo y redundando en un Reino que los incluye a todos, nosotros nos empecinamos en determinar, con el mayor cuidado posible, quiénes pueden asistir a nuestros templos y quiénes no, cuáles son los requisitos para esto o para aquello, qué pecado es mayor que otro, cuál se merece una exclusión total y cuál se soluciona con una penitencia. Aquella mirada superadora de Jesús, la que lo llevaba a la mesa con publicanos y pecadores, la que no lo incomodó cuando la mujer impura según la Ley tocó su manto, se fue difuminando. Hoy, nuestra mesa no es tan amplia como la del Reino ni las puertas de nuestras normativas admiten a los impuros. Quizás, nuestro catálogo de excluidos ya no tenga en su lista a las hemorroísas, pero muchos otros han ocupado su lugar, muchos otros temen acercarse, muchos otros han gastado sus bienes en sectas y movimientos religiosos buscando aceptación. ¿No querrá Jesús que los toquemos, que nos acerquemos, como lo haría Él? ¿No nos sigue llamando la atención el Evangelio sobre la maldita costumbre de dividir entre buenos y malos? Si la evangelización no rompe ese esquema de separación, si no les devuelve a las hemorroísas de hoy su condición de hijas, entonces es en vano. La misión no entiende mucho de barreras, no puede detenerse en disposiciones excluyentes que se pretenden sostener en principios religiosos. Hacer hijas e hijos plenos es una tarea que atenta contra una determinada característica antropológica que se repite en la historia una y otra vez, poniendo a unos bajo otros. Los cristianos no escapamos a esa dinámica intrínseca del ser humano, y siempre estamos tentados de sentirnos superiores, un escalón por encima, considerándonos más hijos que el resto, por lo tanto, más dignos.

Cuando esa dinámica antropológica se instala entre nosotros, cambiamos la Iglesia por el estilo sinagogal, y los pequeños empiezan a agonizar, como la hija de Jairo. En la sinagoga hay estructura legal, hay una forma correcta y única de relacionarse con Dios, hay escalafones sociales (los que se sientan en los primeros bancos, los del medio, los de la puerta, etc.), hay sentimiento de superioridad, hay condena del pecador. ¿Puede caber eso dentro de la Iglesia? ¿Puede primar la legalidad sobre el Evangelio? ¿Puede haber una única manera de relacionarse con Dios Padre? ¿Puede haber diferenciaciones sociales? ¿Puede haber condena? ¿No será que el proyecto de Jesús es todo lo contrario? La Iglesia debiese ser el espacio de las buenas noticias, el espacio plural donde cada individuo se relaciona de manera familiar con Dios y sin demasiadas pautas preestablecidas, donde no hay diferencias sociales y todos se reconocen hermanos en Cristo, donde más que condena hay acogimiento y perdón. En esa Iglesia, los pequeños no agonizan, sino que son protagonistas. En el estilo sinagogal, los pequeños son cada vez más oprimidos por una maquinaria que no los tiene en cuenta, que les restringe los ámbitos, que no puede solucionar sus muertes. Si la evangelización no arremete contra la estructura sinagogal, entonces se hace cómplice de una concepción religiosa que sigue matando a las hijas de Jairo. La misión devuelve a los pequeños el trato familiar con Abbá que el estilo sinagogal les ha quitado.

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WebJCP | Abril 2007