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MISIONEROS EN CAMINO: Materiales Litúrgicos y Catequéticos: XIV Domingo del Tiempo Ordinario (San Marcos 6, 1-6)
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martes, 30 de junio de 2009

Materiales Litúrgicos y Catequéticos: XIV Domingo del Tiempo Ordinario (San Marcos 6, 1-6)

Por Juan Jauregui

Monición de entrada
(A)

Bienvenidos, hermanos. Jesús, una vez más, nos convoca, nos reúne en torno a la mesa de la Palabra y a la mesa de la Eucaristía. Así compartimos , con los hermanos, la misma fe.
Hoy, la Palabra de Dios viene a interpelarnos de nuevo: cómo es nuestro seguimiento de Jesús. Y para que no nos dejemos llevar por las apariencias sino que profundicemos más, se nos pide dar el salto para buscar el misterio que se esconde en la persona de Jesucristo. Sólo quien da ese salto, experimenta en su corazón la salvación, descubre el sentido de su persona y se empeña en hacer, en la realidad de su vida, el proyecto de seguir los pasos del Señor.
No hay excusa posible.

(B)

El Evangelio es para nosotros la Palabra de Dios que nos anuncia lo que debemos hacer para seguirle con lealtad.
Esta Palabra, muchas veces nos puede resultar molesta. El Evangelio es duro y exigente, nos arranca de nuestra comodidad y nos saca de nuestras costumbres.
Por eso, corremos el riesgo de rechazar la Palabra de Dios. Incluso, podemos despreciar y perseguir al que la anuncia: a los Profetas.
Pero el Profeta es un hombre sin miedo, lleno de Dios, que dice verdades como puños. Sus palabras escandalizan a los "chaqueteros" y a los comodones, a los que sólo quieren defender "su pleito" personal, incluso apoyados en la Palabra de Dios entendida a su manera.
En el Evangelio de hoy, vemos a Jesús predicando en su pueblo y rechazado por sus vecinos: ¿Qué puede enseñarnos el hijo de un carpintero?
En esta Celebración vamos a escuchar y acoger el Mensaje de Jesús, aunque nos resulte incómodo y exigente.


Saludo del Sacerdote

Que el Dios de la Verdad, su Hijo Jesús, el Profeta, y el Espíritu de amor estén con todos vosotros ...

Pedimos perdón

Es el momento del perdón. Una vez más, vamos a acercarnos confiados, porque el Señor siempre nos perdona.

* Nos cuesta escuchar tu Palabra, porque muchas veces nos resulta dura y molesta. SEÑOR, TEN PIEDAD...
* Tus enviados nos recuerdan tu Mensaje, pero muchas veces nos duele y hablamos mal de ellos aunque nos proclaman tu Verdad. CRISTO, TEN PIEDAD...
* Porque escuchamos tu Palabra a nuestra manera y queremos
servirnos de ella y opinar y actuar a nuestro gusto. SEÑOR, TEN PIEDAD...

(B)

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. No te acuerdes de nuestros pecados. Por tu bondad ten piedad de nosotros.

Tu nos diste un mandamiento nuevo de amarnos unos a otros; perdona nuestras faltas de fraternidad y generosidad. Señor, ten piedad.
Tú nos dijiste: el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos; perdona nuestros pecados de vanidad, orgullo y rivalidad. Señor, ten piedad.
Tú que quieres que demos frutos que permanezcan; perdona nuestra comodidad, nuestra falta de compromisos serios. Señor, ten piedad.

Dios, siempre dispuesto a perdonar, olvida nuestros pecados para que nos lleves a la vida de amor y de paz. Amén.

Gloria

Dios nos ha vuelto a perdonar y nos sentimos agradecidos. Por eso todos a una le decimos: Gloria...


Escuchamos la Palabra

Monición a la lectura

A lo largo de la historia de la salvación, Dios ha ido guiando a su pueblo mediante los profetas. Ezequiel, con la fuerza de Dios, recibe una misión que le desborda; su predicación va dirigida a un pueblo rebelde que vive agarrado a sus falsas seguridades.


Monición al Evangelio

Jesús en su ciudad natal era un hombre de su pueblo. Por eso, sus paisanos dudan de él: ¿de dónde le viene todo eso?, ¿no es el hijo del carpintero? No fue bien recibido ni en su tierra ni por su propia familia. Sin embargo, Él es, para quienes le reciben en fe, la salvación de Dios.


Evangelio Dialogado (Niños)

Narrador: Un día Jesús fue a Nazaret donde había vivido. Y, como era costumbre entre los judíos, el día de fiesta fue a la sinagoga, donde leían y comentaban la Biblia, la Palabra de Dios.
Después que el lector leyese un texto del profeta Isaías, Jesús pidió la palabra y explicó lo que quería decir el profeta.
La gente que le escuchaba estaba admirada de la sabiduría de Jesús. Pero algunos que les molestaba las cosas que decía de parte de Dios, para desprestigiarlo empezaron a comentar:

Uno: - Pero éste ¿no es el hijo de María y José, el carpintero, que han vivido entre nosotros? ¿Cómo es posible que tenga tanta sabiduría y que haga milagros?

Narrador: Jesús al notar que a algunos de aquellos les resultaba molesto lo que les decía, y que desconfiaban de las curaciones a enfermos que hacía, les dijo:

Jesús: - Está visto que, porque soy de vuestro pueblo y me conocéis desde niño, no dais importancia a lo que hago y os molesta que os diga que vuestra forma de portaros no es como Dios quiere. Y por eso, me rechazáis y despreciáis diciendo que soy uno como vosotros, siendo así que en otros sitios me estiman y me aceptan como un profeta enviado por Dios.

Narrador: Al ver Jesús que la gente conocida le rechazaba y no aceptaba su enseñanza, se fue a otros pueblos a anunciar el mensaje de Dios, el Evangelio, y a curar a los enfermos.
Palabra del Señor





Homilías

(A)

Cuando hablamos de Profetas, esto despierta en nosotros una imagen equivocada: la de un hombre que adivina y anuncia lo que va a suceder. Pero no hay tal cosa.
El Profeta es un hombre que ve el presente y vive en el presente. Lo que ocurre es que lo ve sin prejuicios, con naturalidad y lo expresa sin lenguajes científicos, sin diplomacias ni políticas; dice lo que ve.
Pero también el Profeta es un hombre que sabe callar. No es un charlatán. Y su silencio es tan inquietante como sus palabras.
Pero cuando habla lo hace con autoridad, y sin estar sometido a nadie, porque es libre: libre de cualquier egoísmo y de cualquier interés partidista.
Por eso sus palabras escandalizan, molestan a los oportunistas, a los que se quedan agazapados en su "prudencia", a los que sólo buscan defender sus propios intereses.
Y como la verdad molesta a estos tipos de personas, los persiguen. Así ocurrió con Juan Bautista, con Jesús y con todos los Profetas. Y así ocurre hoy con los que siguen denunciando la mentira, el robo, la corrupción etc.
Los Profetas son perseguidos y condenados porque sus palabras denuncian la mentira, la falsedad, la hipocresía de esta sociedad y de muchos de sus dirigentes, y por eso resultan inaguantables. También hoy.
Al Profeta no le gustan los aplausos, sólo quiere que sigamos sus palabras y su ejemplo.
Entre nosotros, hoy, siguen existiendo Profetas.
Pero Jesús nos dice dos cosas muy importantes.
* “Nadie es Profeta en su tierra".
* “Guardaos de los falsos Profetas".
Parece que hay gente que se quiere hacer Profeta, pero no lo es. Se presentan como corderos, pero son como lobos disfrazados.
¡Ojo con ellos, nos dice Jesús!.
Pero también nos dice que nadie es Profeta en su tierra. Y es que ocurre que estamos más dispuestos a escuchar al forastero, al desconocido, que al del pueblo o al amigo.
Escuchamos atentos a un desconocido lleno de títulos. Pero ¿ Qué nos puede decir el vecino, cuya vida y milagros conocemos todos?
¿A qué se debe esta actitud y por qué actuamos así?
Es que lo conocemos y sabemos lo que nos puede decir. O es que, como nos conoce nos puede decir lo que no queremos oír, las verdades que nos molestan.
Un desconocido nos podrá hablar de cosas interesantes, pero lo que de verdad nos interesa, sólo nos lo podrá decir un conocido, aunque moleste oír la verdad.
Esta es la misión del Profeta y debemos escucharle. Nos dice las verdades que duelen y molestan, pero son las que nos ayudan a caminar en la vida, las que nos ayudan a seguir el ejemplo de Jesús.
Pero, como muchas veces sus palabras molestan y duelen es mejor eliminarlos, decir que son falsos Profetas, desprestigiarlos. En una palabra. quitarlos de en medio como sea.
Ya lo dijo Jesús: " Nadie es Profeta en su tierra ".

(B)

Sigue aún resonando aquello que había dicho Juan al comienzo de su Evangelio: “Vino a su casa y los suyos no le recibieron...”
También entre sus paisanos recibió Jesús una desilusión tremenda. Debió de encaminarse hacia Nazaret con esperanza. Volvía a ver el paisaje de su niñez, la fuente y los caminos por donde jugaba con sus compañeros. El almacén de su madre. Probablemente seguía viviendo allí su madre.
Conocía al sacristán que en la sinagoga, le presentó el rollo de las Escrituras. La escena se desarrolla en un ambiente de intimidad y al propio tiempo, de grandiosidad. Los ojos de todos estaban fijos en él.
Y he aquí la revelación, discreta, pero que no deja ninguna duda sobre su aplicación: Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.
Se trata de uno de esos momentos en los que Jesús con la mayor naturalidad, revela su propia identidad.
Pero los habitantes de Nazaret no estaban dispuestos a arrodillarse ante aquel paisano suyo, a quien creían conocer muy bien. Lo conocen todos: saben de dónde viene... Uno de tantos, uno como ellos, ¿qué es lo que pretende ahora? ¿El Mesías? ¡Imposible! No es más que el carpintero, el hijo de María...
“Se habían construido una imagen de Dios... Y si Dios no se manifestaba conforme esa imagen, lo rechazan...
Los habitantes de Nazaret sólo se imaginaban al Mesías lleno de grandiosidad, de poder... No se lo podían imaginar con apariencias sencillas, comunes, cotidianas. Por eso lo querían despeñar...
Y surge la indignación contra aquellos paisanos de Jesús, pero cuidado, es de nosotros de quienes está hablando el evangelio (como siempre...) También nosotros somos muchas veces víctimas de la misma equivocación. También nosotros conocemos a Cristo desde pequeños (fuimos bautizados, fuimos a catequesis, hicimos la primera comunión, la confirmación, nos casamos por la Iglesia)...Sí le conocemos... Pero somos incapaces de reconocerlo.
Nos empeñamos en construir una determinada imagen de Dios. Y si Dios se nos presenta “distinto”, no lo acogemos (Tuve hambre ... Tuve sed... Fui forastero... Estaba enfermo...) ...
Buscamos a Dios “por fuera”. Afilamos la vista porque lo creemos lejano. Y resulta que está muy cerca, que pasa a nuestro lado.
Nos lo imaginamos por la nubes. Y nos cruzamos con él todos los días por las calles y caminos. Estamos siempre aguardando algo extraordinario y él se pone la ropa de todos los días.
Nos negamos a ver el rostro de Dios en el rostro de cada hombre... El verdadero peligro del cristiano es la “distracción”...
Solemos pedir a veces perdón en la confesión, por nuestras distracciones en la oración o en la Misa... Y no pensamos en las distracciones en la vida, ¡cuántas veces nos tropezamos con Cristo sin darnos cuenta! No lo reconocemos. Tiene el inconveniente de tener una cara demasiado conocida...
Y nosotros que conocemos esas caras, no sabemos reconocerlo.
Y él continúa en el desierto.... ¡En su propia casa!...
No se nace cristiano por la ley de la herencia. El cristiano se hace por el encuentro personal con Cristo, y ese encuentro siempre trastorna y desconcierta.
Jesucristo trastocó la vida de todos los que le acogieron. ¿A trastocado la nuestra o seguimos instalados en nuestras seguridades, en nuestros valores, en nuestra comodidad?

(C)

Jesús llega a su tierra con sus paisanos tras el asombro que ha cosechado entre las masas. Los únicos que no se abren al asombro son los cercanos. ¡¡No se lo podían creer!! Nada de extrañar esta postura pues el evangelista nos ha dejado ya consignada la actitud de sus familiares cuando fueron a buscarle porque creían que estaba loco (Mc 3,21). Para ellos todas son preguntas: «¿De dónde le viene a este todo eso? ¿De dónde le viene la sabiduría que tiene y la fuerza de hacer milagros?». Le conocen bien. No se lo explican. Han convivido con Él muchos años. No hace mucho que abandonó la casa paterna. De pronto todo ha cambiado. Mejor dicho, Jesús ha cambiado y a ellos se les pide que cambien de idea sobre Jesús. Imposible tarea. Es preferible negar, rechazar, defenderse... Cambiar de «idea» sobre las personas es mucho pedir. «¡Antes me tengo que cerciorar bien!».
La experiencia narrada se repite cada día. Hasta ayer éramos compañeros. Le ascendieron o cambió de trabajo. Nos volvemos a encontrar y no nos cabe más solución que exclamar: «¡No hay quien le reconozca! ¡Cómo ha cambiado! ¡Se le han subido los humos! ¡Ya no se habla con nadie, ni nos mira...!». ¿Te suena esto?
Jesús llega a su pueblo y sus paisanos desconfían de él. Viene a verlos, viene a encontrarlos; se hace cercano. Ahora los que se hacen lejanos son ellos. No entienden, no le entienden, no le aceptan, desconfían que es la manera más tremenda de menospreciar a alguien. «Si no te fías de mí, no tengo nada que ver contigo». No soportan que uno de los suyos haga los gestos que Él hace. Tienen bien hecho el cliché y no lo pueden romper. Porque romper el cliché es aceptar entablar una relación diferente con El. Es aceptarle no sólo como paisano, sino como Mesías. ¡Demasiado!! La dificultad de aceptar a Jesús no es una dificultad intelectual, sino relacional. Si Jesús tiene autoridad y hace signos divinos esto quiere decir que hay que acoger lo que en Él se revela. Y es lo que no están dispuestos a hacer o no pueden hacer. Hay un humano comportamiento que consiste en que el hombre determina dónde o por quién Dios se debe revelar. Hay un secreto deseo en lo más hondo de la persona de «dominar» a Dios, de «marcar» a Dios caminos, de «dar órdenes a Dios». ¿Cómo Dios va a hablar por una que nosotros conocemos muy bien? Desconfiaban porque le conocían. Conocer a alguien puede servir para confiar o para desconfiar. En este caso, sirve para desconfiar. Lo que conocían de Jesús no les daba suficiente «peso» para creer en Él. No nos pasan hoy cosas diferentes...
Por darle por conocido, los paisanos de Jesús se impidieron conocerle mejor. Por acostumbramos a Dios, nos podemos hoy también impedir tener una experiencia de Dios más íntima y que haga maravillas para nosotros...

(D)

Es verdad que Ezequiel ha recibido del Señor la orden de hablar a gente testaruda: “te hagan caso o no te hagan caso...”
Yo tengo la impresión, la misma impresión del profeta, de que los curas hablamos a los que no nos escuchan...
Pero el Señor, hoy, lo mismo que al profeta nos dice... “te hagan caso o no, tu sigue diciendo... “así dice el Señor...”
Hay gente que no tiene ganas de escuchar...Hay muy pocos escuchadores, no sólo en las iglesias, sino en las familias, en los matrimonios, entre amigos, vecinos...
- Hay quienes simulan que están escuchando, ponen cara de escucha, ¿pero dónde estarán sus pensamientos?...
- Hay quienes dicen que no tienen necesidad de escuchar a los curas, porque siempre estamos diciendo las mismas cosas...
Hay quienes escuchan, pero entienden las cosas a su manera...
Hay quienes están dispuestos a oír solamente lo que está de acuerdo con sus ideas, y rechazan cualquier palabra que ponga en cuestión su pensamientos, sus seguridades o su conducta...
Hay quienes escuchan, y piensan en los demás... Esto que está diciendo qué bien le viene a fulano o mengano...
Hay quienes escuchan, nunca se cansan de escuchar, pero su vida sigue igual que siempre, nada les interpela, nada les cuestiona, nada les invita a cambiar... y de hecho nada cambia.
Hay quienes dicen: ¡Qué bonito sermón!, y todo acaba ahí.

A pesar de la impresión de que hablamos y nadie nos escucha, hoy el Señor, como al profeta Ezequiel nos dice... “te hagan caso o no te hagan tú sigue hablando en mi nombre”...
Por suerte hay gente que escucha. Hay gente que toma en serio la Palabra, la guarda en su corazón, y se dejan interpelar por ella...
A lo mejor los predicadores no nos enteramos... Y quizás nos lamentamos diciendo, que nadie tiene ganas de oír sermones, que no tienen ningún interés... que si la TV, los periódicos, las diversiones... Tienen mucha mejor acogida...
A veces podemos ser injustos con los oyentes... Teniendo la impresión de que todo es inútil, de que no vale la pena...
Pero sí vale la pena. Aunque sea para pocos. Aunque solo fuera para uno solo.
La Palabra siempre encuentra un nido de acogida. Quizá sin que nos enteremos... Porque la Palabra no nos pertenece y no podemos medir sus frutos y sus efectos...
La Palabra realiza recorridos secretos, busca la complicidad de algún corazón, donde va a despertar las esperanzas cubiertas de ceniza, o donde enciende la chispa en medio de la oscuridad, o ilumina el caminar a tientas de algún hombre o mujer...
La Palabra trabaja silenciosamente, en lugares e individuos insospechados...
¡Qué importante es que entre nosotros, en medio de tantas voces, de tantos reclamos, de tantas solicitudes... Alguien nos siga diciendo: “Esto dice el Señor”...
El Profeta Ezequiel tendrá que seguir anunciando al Palabra ante la misión que Dios le encomienda: “Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas... Un pueblo testarudo...” Y tendrá que hacerlo a través de su propia debilidad... Ezequiel lo mismo que San Pablo podrá decir: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte, mi fuerza es el Señor”...
Santa Teresa solía decir: “Teresa, ella sola, no es nada. Teresa y 30 ducados, es un poco. Teresa y el Señor, es todo”....
Que hagamos nuestra, la súplica del salmo: “Nuestro ojos están en el Señor, esperando su misericordia”... Poner nuestros ojos en el Señor, es seguir confiando en su Palabra y en su amor hacia nosotros…


Oración de los fieles

(A)

Con la confianza que nos da el sentirnos hijos de Dios, acudamos a Él con confianza y presentémosle nuestras necesidades y las del mundo.

1.- Por toda la Iglesia, para que sepa descubrir en el mundo la mano de Dios, y pueda conectar con las nuevas realidades que se dan en ella. OREMOS AL SEÑOR

2.- Por los gobernantes de todas las naciones, para que sean sensibles a las voces de los profetas y a las críticas, para mejorar las condiciones humanas de los más desfavorecidos de la tierra. OREMOS AL SEÑOR

3.- Por todas las personas que trabajan en favor de la paz, que no les falte nuestra ayuda y solidaridad. OREMOS AL SEÑOR

4.- Por todos los que carecen de trabajo, vivienda o alimentos; por todos los que sufren soledad, injusticia o persecución, para que no les falte nuestro apoyo. Haznos, Señor, sensibles y cercanos a todos ellos. OREMOS AL SEÑOR

5.- Por todos los que nos hemos reunido en esta celebración, para que Jesús, a quien le hemos escuchado, sea el centro de nuestras vidas. OREMOS AL SEÑOR

(B)


Pidamos, hermanos, al Señor que escuche nuestras súplicas y acoja nuestras peticiones. A cada petición respondemos: Escucha, Señor a tu pueblo.

- Oremos a Dios Padre por el Papa, por nuestro obispo, y por todos aquellos a los que se han confiado nuestras almas; que nuestro Señor les dé fuerza y sabiduría para dirigir y gobernar santamente las comunidades que les han sido encomendadas y puedan así dar buena cuenta cuando se les pida. Oremos:

- Oremos también para que Dios nos conceda la paz; que Él, que es la verdadera paz y el origen de toda concordia, transmita la paz del cielo a la tierra, la paz espiritual para nuestras almas y la paz temporal para nuestros días. Oremos:

- Pidamos por los que se esfuerzan en seguir las sendas del Evangelio, para que nuestro Señor los mantenga en su propósito hasta el fin de sus días; oremos también por los que viven en pecado, para que nuestro Señor les dé la gracia de convertirse, hacer penitencia y purificarse en el sacramento del perdón y alcanzar así la salvación eterna. Oremos:

- Oremos, finalmente, a Dios nuestro Señor, por los fieles difuntos, que han salido ya de este mundo, especialmente por nuestro familiares, amigos y bienhechores, para que el Señor, por su gran misericordia, los reciba en su gloria y los coloque entre los santos y elegidos. Oremos:

Escucha, Padre santo, nuestra oración e ilumínanos con la luz de tu Espíritu, para que sintiéndonos pobres y débiles, experimentemos la fuerza de Cristo y el poder de su resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(C)

Vamos a recordar a todos, también a los Profetas. Vamos a pedir por ellos y por el Pueblo de Dios.

1.- Por el Papa y los Pastores que dirigen la Iglesia, para que, fieles a su Misión de Profetas, anuncien sin miedo el Mensaje de Jesús. Roguemos al Señor.

2.- Por todas las personas de buena voluntad, para que sigan luchando contra la mentira, la falsedad y la hipocresía, que quieren dominar en nuestra sociedad. Roguemos al Señor.

3.- Por todos los que arriesgan su vida en defensa de la verdad, aunque el mundo los desprecie y los persiga. Roguemos al Señor.

4.- Por todos nosotros, para que aceptemos a los Profetas y su Mensaje, aunque nos duela; y para que seamos valientes proclamando la Verdad de Jesús por todas partes. Roguemos al Señor.

Todo esto y muchas cosas más, te lo pedimos por Jesús, el Profeta Mayor de todos los tiempos. Amén .


Ofrendas

Evangelios: Te ofrecemos, Señor, los evangelios, el mensaje que debemos presentar como profetas de hoy, hagan caso o no hagan caso. Ilumínanos para evangelizar con la palabra y con la vida.

Crucifijo y vela grande: Como San Pablo, también nosotros reconocemos, Señor, que la evangelización sigue adelante a pesar de nuestras múltiples debilidades

Gesto

Tres personas se acercan a las ofrendas, levantan los evangelios, el crucifijo y la vela; una dice: Señor, la eficacia de la evangelización está en Ti más que en nosotros. A pesar de todo cuentas con nuestra debilidad.


Prefacio

Te damos gracias, Señor,
porque sostienes en tus manos el mundo.
Porque nos has creado y nos llamas a la vida.
Te damos gracias,
porque nos enviaste a Jesús, el Profeta.
Él nos enseña que Tú eres Padre,
y nos amas a todos por igual.
Nosotros queremos seguir sus enseñanzas,
y no despreciarle como sus vecinos.
Queremos ser defensores de la verdad,
y no arrugarnos a la hora de proclamar su Mensaje.
Ahora nos unimos a los santos,
y a las personas de buena voluntad,
para proclamar tu Gloria diciendo:

Santo, Santo, Santo...


Padre Nuestro

Dios Padre, Tú has sembrado tu Palabra y nos has dado a tu Hijo. Jesús nos enseñó a llamarte Padre, y nos gusta. Ahora unidos en una sola voz y en un solo corazón, te decimos: Padre Nuestro ...

Nos damos la paz

Jesús nos trajo la Paz, pero no como la de este mundo. Él quiere una Paz, fruto de la justicia, y que haga posible la convivencia. No quiere la paz impuesta por la fuerza. Que el gesto de darnos la mano, o un beso, sea un deseo sincero de que todos queremos la paz.
La Paz de Jesús, el Profeta, esté con todos nosotros
Nos damos la señal. de la paz...


Compartimos el pan

Vamos a acercarnos a Comulgar. Jesús nos invita y nos entrega su Pan: Pan amasado en la tierra,
Pan con sabor humano, Pan que nos das como alimento y fuerza, Pan que nos une y compartimos con los demás.
Dichosos nosotros por haber sido invitados a esta Comunión..
Señor, no soy digno de que entres en mi casa...


Despedida

Amigos: como Ezequiel, como Pablo, como tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia, nosotros hemos sentido la llamada de Dios, para anunciar la buena noticia de Cristo a todos los hombres y sentir la fuerza de Dios para dar testimonio con nuestro compromiso. Que el Espíritu del mismo Cristo Jesús nos acompañe en la tarea.

Bendición

Nos despedimos con la Bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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WebJCP | Abril 2007