Publicado por Esquila Misional
¿Cuánto de África hay en América? ¿Qué sabes de Yanga? ¿Cuántos de nuestros próceres que han dado vida a nuestra patria tenían ascendencia africana? ¿Quién ha destacado el papel del pueblo afro en nuestras tradiciones, en nuestra música y hasta en nuestra religiosidad? ¿Cuánto de racismo existe en nuestro lenguaje?... Estas y muchas otras preguntas dieron origen a este número de Esquila.
Yanga (o Nyanga) fue el nombre de un príncipe africano de la tribu Yang-Bara, traído como esclavo de Ghana, que encabezó la primera sublevación contra la corona Española consiguiendo que el virrey don Rodrigo Osorio, Marqués de Cerralvo, les otorgara, a él y otro gran grupo de negros cimarrones, la independencia el 3 de octubre de 1631; así se fundó el primer pueblo libre de América, ¡dos siglos antes de que Miguel Hidalgo iniciara el movimiento de Independencia!
Pero esta historia, desgraciadamente, no se enseña en las escuelas y no está en nuestros libros de texto; forma parte de una historia extraoficial –etnohistórica– que habla de esclavitud, de héroes anónimos, de un pasado doloroso (y vergonzoso), de afrodescendientes (como Vicente Guerrero o José María Morelos) que también dieron la vida para forjar el México de hoy.
Según estadísticas recientes, la «tercera raíz» –población mesoamericana con sangre africana– alcanza hasta 30 por ciento en nuestras sociedades. Afromexicanos, afrohondureños, afrocostarricenses, etcétera, poseen un transfondo común: ser miembros todos de la diáspora africana, poseer un pasado de esclavitud y un presente de marginación y racismo; marginados muchas veces por el gobierno, por los demás grupos sociales y –duele decirlo– hasta por la Iglesia, quien siglos atrás, justificó la esclavitud y hoy muchas veces no tiene siquiera programas pastorales específicos y hasta llega a decir que, en México, por ejemplo, «los negros prácticamente no existen».
Para no olvidar nuestras raíces, para comprometer al lector, para incluir en «el mapa cultural» a los pueblos afro, para eliminar estigmas y racismo solapado, para construir una sociedad pluricultural donde el color de piel no sea motivo de distinción ni de división. Para que entendamos, por fin, que por nuestras venas, y arterias de nuestra historia fluye la sangre de África.
Yanga (o Nyanga) fue el nombre de un príncipe africano de la tribu Yang-Bara, traído como esclavo de Ghana, que encabezó la primera sublevación contra la corona Española consiguiendo que el virrey don Rodrigo Osorio, Marqués de Cerralvo, les otorgara, a él y otro gran grupo de negros cimarrones, la independencia el 3 de octubre de 1631; así se fundó el primer pueblo libre de América, ¡dos siglos antes de que Miguel Hidalgo iniciara el movimiento de Independencia!
Pero esta historia, desgraciadamente, no se enseña en las escuelas y no está en nuestros libros de texto; forma parte de una historia extraoficial –etnohistórica– que habla de esclavitud, de héroes anónimos, de un pasado doloroso (y vergonzoso), de afrodescendientes (como Vicente Guerrero o José María Morelos) que también dieron la vida para forjar el México de hoy.
Según estadísticas recientes, la «tercera raíz» –población mesoamericana con sangre africana– alcanza hasta 30 por ciento en nuestras sociedades. Afromexicanos, afrohondureños, afrocostarricenses, etcétera, poseen un transfondo común: ser miembros todos de la diáspora africana, poseer un pasado de esclavitud y un presente de marginación y racismo; marginados muchas veces por el gobierno, por los demás grupos sociales y –duele decirlo– hasta por la Iglesia, quien siglos atrás, justificó la esclavitud y hoy muchas veces no tiene siquiera programas pastorales específicos y hasta llega a decir que, en México, por ejemplo, «los negros prácticamente no existen».
Para no olvidar nuestras raíces, para comprometer al lector, para incluir en «el mapa cultural» a los pueblos afro, para eliminar estigmas y racismo solapado, para construir una sociedad pluricultural donde el color de piel no sea motivo de distinción ni de división. Para que entendamos, por fin, que por nuestras venas, y arterias de nuestra historia fluye la sangre de África.








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