1. Hay acontecimientos que no se olvidan. En julio de 1975, dejaba yo España porque, finalmente, mis superiores me habían destinado a Kenya. Para ello era imprescindible que yo mejorara mi conocimiento del inglés. El 14 de agosto llegué al aeropuerto Eathrow, en Londres. Creía que alguien me esperaba, ya que yo mismo había avisado de mi llegada. Sin embargo, la información que yo di, no era correcta… cuando llegué me sentí «perdido».
No tenía la dirección ni el teléfono de los misioneros combonianos para que un taxi me llevara al lugar, y mi inglés era demasiado elemental… Una profunda sensación de impotencia se apoderó de mí; estaba angustiado. Y ahora, ¿qué hago? –me preguntaba– mientras la marea de gente que salía y entraba al aeropuerto aumentaba mi sensación de desamparo. Alguien lo notó. Con mi pobre inglés intenté explicarle la situación. Con extrema naturalidad y calma, buscó el teléfono de los misioneros combonianos y los llamó. Cuando hice el gesto para retribuirle, sólo me sonrió y con la actitud de quien siente haber hecho lo más normal, desapareció. En menos de una hora, ya estaba en «nuestra» casa.
2. Esa experiencia marcó de modo definitivo mi actitud hacia los «migrantes». En muchas ocasiones los he encontrado «perdidos», con frecuencia llorando o con aires de angustia e impotencia. En este momento, recuerdo encuentros imborrables, particularmente de extranjeros indocumentados, a quienes nadie quiere acoger u ofrecer un trabajo.
Hace seis años y medio, cuando vine como obispo a esta diócesis de Tilarán, en Costa Rica, conociendo que muchos nicaragüenses pasan por este país buscando trabajo y mejores salarios, y que lo hacen especialmente atravesando la frontera que limita con nuestra diócesis, decidí abrir un centro de acogida. No fue fácil. Actualmente con la decidida y valiente cooperación de dos misioneros del Verbo Divino, un polaco y un mexicano, este centro de acogida «funciona». Algunos migrantes se acercan para pedir ayuda económica o para ser asesorados en aspectos legales; muchos otros, son indocumentados que necesitan lavarse, alimentarse y descansar un poco en su venturoso viaje para entrar a Costa Rica, antes de ser repatriados. Las autoridades los devuelven a Nicaragua, pero saben que casi todos intentarán volver a Costa Rica en otra oportunidad y con mejor suerte.
Los migrantes saben –y también las autoridades– que Costa Rica los necesita para sostener no pocas de sus actividades que permiten el actual crecimiento económico. Los emplea en la construcción, la zafra, la cosecha del café y otras actividades y labores para las cuales no hay costarricenses disponibles. Es la paradoja de los países que necesitan «mano de obra» más barata que la nacional: por una parte, la pide; y por otra, pretende controlarla.
3. Esta situación viene interpelando insistentemente a las Iglesias de Costa Rica y Nicaragua, especialmente a los obispos de diócesis fronterizas. Nos sentimos desbordados. Hace poco visité un campamento de unos 700 trabajadores, casi todos nicaragüenses, y con un contrato de trabajo «en regla», con el que pueden quedarse en Costa Rica de octubre a abril, pero a quienes, durante esos meses, no se les permite volver a Nicaragua. En este caso, no es Costa Rica quien niega tal permiso, sino Nicaragua…
Es poco lo que hemos logrado, pero acogemos como desafío y verdadero compromiso lo que nos exhortan los Documentos de Aparecida: «La Iglesia, como Madre, debe sentirse a sí misma como Iglesia sin fronteras, Iglesia familiar, atenta al fenómeno creciente de la movilidad humana en sus diversos sectores. Considera indispensable el desarrollo de una mentalidad y espiritualidad al servicio pastoral de los hermanos en movilidad, estableciendo estructuras nacionales y diocesanas apropiadas, que faciliten el encuentro del extranjero con la Iglesia particular de acogida» (DA, 412). Aquí también necesitamos una profunda «conversión», para pasar de la fácil actitud de quien considera al inmigrante un «intruso», a la actitud de quien acoge a un hermano que nos necesita, pero que a la vez, lo necesitamos. Urge que resuene fuerte, dentro de todos nosotros, la respuesta de Cristo a la pregunta: «¿cuándo te vimos forastero?», «les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron» (Mt 25,38-40)
No tenía la dirección ni el teléfono de los misioneros combonianos para que un taxi me llevara al lugar, y mi inglés era demasiado elemental… Una profunda sensación de impotencia se apoderó de mí; estaba angustiado. Y ahora, ¿qué hago? –me preguntaba– mientras la marea de gente que salía y entraba al aeropuerto aumentaba mi sensación de desamparo. Alguien lo notó. Con mi pobre inglés intenté explicarle la situación. Con extrema naturalidad y calma, buscó el teléfono de los misioneros combonianos y los llamó. Cuando hice el gesto para retribuirle, sólo me sonrió y con la actitud de quien siente haber hecho lo más normal, desapareció. En menos de una hora, ya estaba en «nuestra» casa.
2. Esa experiencia marcó de modo definitivo mi actitud hacia los «migrantes». En muchas ocasiones los he encontrado «perdidos», con frecuencia llorando o con aires de angustia e impotencia. En este momento, recuerdo encuentros imborrables, particularmente de extranjeros indocumentados, a quienes nadie quiere acoger u ofrecer un trabajo.
Hace seis años y medio, cuando vine como obispo a esta diócesis de Tilarán, en Costa Rica, conociendo que muchos nicaragüenses pasan por este país buscando trabajo y mejores salarios, y que lo hacen especialmente atravesando la frontera que limita con nuestra diócesis, decidí abrir un centro de acogida. No fue fácil. Actualmente con la decidida y valiente cooperación de dos misioneros del Verbo Divino, un polaco y un mexicano, este centro de acogida «funciona». Algunos migrantes se acercan para pedir ayuda económica o para ser asesorados en aspectos legales; muchos otros, son indocumentados que necesitan lavarse, alimentarse y descansar un poco en su venturoso viaje para entrar a Costa Rica, antes de ser repatriados. Las autoridades los devuelven a Nicaragua, pero saben que casi todos intentarán volver a Costa Rica en otra oportunidad y con mejor suerte.
Los migrantes saben –y también las autoridades– que Costa Rica los necesita para sostener no pocas de sus actividades que permiten el actual crecimiento económico. Los emplea en la construcción, la zafra, la cosecha del café y otras actividades y labores para las cuales no hay costarricenses disponibles. Es la paradoja de los países que necesitan «mano de obra» más barata que la nacional: por una parte, la pide; y por otra, pretende controlarla.
3. Esta situación viene interpelando insistentemente a las Iglesias de Costa Rica y Nicaragua, especialmente a los obispos de diócesis fronterizas. Nos sentimos desbordados. Hace poco visité un campamento de unos 700 trabajadores, casi todos nicaragüenses, y con un contrato de trabajo «en regla», con el que pueden quedarse en Costa Rica de octubre a abril, pero a quienes, durante esos meses, no se les permite volver a Nicaragua. En este caso, no es Costa Rica quien niega tal permiso, sino Nicaragua…
Es poco lo que hemos logrado, pero acogemos como desafío y verdadero compromiso lo que nos exhortan los Documentos de Aparecida: «La Iglesia, como Madre, debe sentirse a sí misma como Iglesia sin fronteras, Iglesia familiar, atenta al fenómeno creciente de la movilidad humana en sus diversos sectores. Considera indispensable el desarrollo de una mentalidad y espiritualidad al servicio pastoral de los hermanos en movilidad, estableciendo estructuras nacionales y diocesanas apropiadas, que faciliten el encuentro del extranjero con la Iglesia particular de acogida» (DA, 412). Aquí también necesitamos una profunda «conversión», para pasar de la fácil actitud de quien considera al inmigrante un «intruso», a la actitud de quien acoge a un hermano que nos necesita, pero que a la vez, lo necesitamos. Urge que resuene fuerte, dentro de todos nosotros, la respuesta de Cristo a la pregunta: «¿cuándo te vimos forastero?», «les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron» (Mt 25,38-40)








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