Por Gustavo Vélez, mxy
“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro. También corrieron Pedro y el otro discípulo y asomándose al sepulcro, vieron las vendas y el sudario con que le habían cubierto la cabeza en un sitio aparte”. San Juan, cap. 20.1.- “Os anuncio un inmenso gozo: Tenemos papa”. El 19 de abril de 2005, el cardenal Medina Estévez daba esta noticia, para la ciudad eterna y todo el mundo. Las agencias de prensa se agitaron de inmediato, electrizadas por el acontecimiento. Y hasta las más remotas aldeas empezaron a llegar las imágenes y los datos del nuevo sucesor de Pedro.
Pudiéramos decir que algo muy superior, aunque remotamente parecido, ocurrió aquel amanecer del día siguiente a la Pascua, allá en Jerusalén: Cristo se levantó del sepulcro. Los evangelistas señalan una serie de hechos que hemos llamado pruebas de la Resurrección: El sepulcro vacío. El estupor de María Magdalena. Los sábanas y el sudario doblados cuidadosamente. El asombro de Pedro y el otro discípulo. El encuentro de Jesús con los suyos, en el cenáculo. Sin embargo, advierte algún teólogo, estos hechos serían indicios solamente. La última etapa de toda fe auténtica avanza sobre una cuerda floja, igual que los acróbatas. Si te prueban del todo que Cristo resucitó, ¿qué clase de fe tienes? Sería apenas una clara certeza. El asunto no se plantea entonces: Yo creo, porque he visto. Es de otra manera: Yo creo, porque amo.
2.- Los llamados evangelios pascuales cuentan la resonancia que tuvo sobre los amigos del Maestro, el hecho de su resurrección. Algunos creyeron hasta entregar luego su vida por el Señor. Otros por el contrario, se quedaron al margen. Lo mismo que sucede en nuestros días. Pero los discípulos de Cristo seguimos repitiendo hoy para toda la tierra: “Os anunciamos un gran gozo: Habemus vitam”. Ya la vida es patrimonio nuestro indestructible.
Sin embargo, no es fácil integrar esa fe en el Resucitado a todos los acontecimientos de nuestra vida. Ante Jesús que dice: “Yo soy la resurrección y la vida”, nos presentamos con una colección infinita de muertes y un catálogo inmenso de formas de morir: “Que no hay cosa fuerte, que a papas, emperadores y prelados, así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados”.
El Señor nos responderá que todas esas catástrofes son reales. Que no vale ignorarlas al estilo budista, para refugiarnos en un mundo ideal e inexistente. Pero su muerte y su resurrección le han quitado al hecho de morir su hondura y permanencia. Le han contagiado a todo lo nuestro su fuerza definitiva y transformante.
3.- En 1954, los vecinos de la bahía de Camogli, en Italia, presenciaron una desacostumbrada ceremonia. De tres metros de altura, fundida en bronce por Guido Galleti, una enorme estatua de Cristo era sumergida en el océano. Después de la bendición del obispo, una grúa gigante izó la imagen y fue entregándola lentamente a las profundidades del mar. De inmediato, numerosos buzos se lanzaron bajo las olas, para rendir un primer homenaje al Señor de los abismos.
4.- Valdría pedir a Cristo Resucitado que descienda nuestras profundidades, donde se agitan repetidas tormentas. Donde se esconden incontables dolores, innumerables miedos, crueles remordimientos. Desde allí Él podrá repetirnos: “Habemus vitam”. “Yo soy la resurrección y la vida”.







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