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viernes, 3 de abril de 2009

La Pascua del año paulino

Pbro. Carlos Alfredo Taubenschlag (*)
Publicado por OMP Argentina

Como todos los años entonces, la celebración de la única y misma Pascua, que en definitiva es el mismo Jesucristo, se vive distinta en cada comunidad: la diócesis en torno al Obispo, simbólicamente representada por laicos, religiosos, diáconos y sacerdotes en la propia catedral, junto a su Pastor, y las otras comunidades junto a sus pastores y animadores. En la Argentina podemos hacer memoria de algunas de esas Pascuas diferentes, y que han sido diferentes por distintas situaciones. Por motivos nacionales: algunos han vivido –y la recuerdan bien- la Pascua durante la Guerra de las Malvinas, otros la Pascua de los cuarteles tomados, siendo presidente el Dr. Alfonsín. Hubo Pascuas diferentes por motivos religiosos: ¿cómo no recordar las celebraciones de la Pascua del Año Santo 2000? También hay Pascuas diferentes, cuando se mira desde el lado de la comunidad celebrante, por situaciones de la propia comunidad (la primer Pascua con el nuevo obispo o con el nuevo párroco, etc.).

Pero este año hay un motivo muy particular para que sea una pascua «distinta»: el Papa Benedicto XVI nos ha convocado, desde junio 2008 hasta junio 2009 a un «año paulino». ¿Qué es este «año paulino»? Un año dedicado por la Iglesia a meditar la obra de Dios en el apóstol San Pablo y a través de San Pablo su obra en la Iglesia , tanto por la predicación y el testimonio de vida del Apóstol en el siglo I como por su intercesión desde entonces hasta el final de la Iglesia Peregrina. Ahora bien, para las Obras Misionales Pontificias San Pablo es un modelo de misionero ad gentes , es un santo que es intercesor y modelo en temas que hacen a nuestra identidad más íntima.

Por eso desde Obras Misionales Pontificias no quisimos que la Pascua que cae dentro de este año convocado por el Papa para meditar y celebrar la obra de Dios en el Apóstol de los Gentiles, pasara sin una breve reflexión sobre el tema.

San Pablo nos deja su testimonio del mandato que recibió y de su conciencia de haber recibido ese mandato para transmitirlo a los demás: «Les he trasmitido en primer lugar lo que yo mismo recibí» (I Cor 15, 3). Como si quisiera decirnos: esto no es un invento mío, esto es un mensaje que el que me eligió y me envió, me dejó en custodia para trasmitir a los demás: «Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios» (I Cor I, 1). Y también: «Carta de Pablo, servidor de Jesucristo, llamado para ser Apóstol y elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios» (Rom 1, 1).

Pablo enseñandoEntre sus epístolas encontramos algunas de las primeras alusiones a la fracción del pan (a la misa): «Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomo pan, dio gracias, lo partió y dijo 'esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía'» (I Cor 11, 23). Aunque la misa no se ha celebrado siempre igual, y las primeras celebraciones no se distinguían exteriormente de las comidas judías salvo importantísimos detalles como las palabras de la última cena acerca de hacer esto «en memoria mía», el misterio pascual era evocado y hecho presente en la realidad del misterio. Jesús había muerto, ya había resucitado, y San Pablo se reunía para realizar esa celebración que hacía presente al Resucitado en medio de la comunidad celebrante y con Él hacía también presente la gracia salvadora del Redentor. Cada Eucaristía, cada misa, es la presencialización de la Pascua , y en este Año Paulino la celebramos a la luz del mensaje y del testimonio del Apóstol. Él se congregaba con los discípulos para celebrar esa fracción del pan que derivó en la «pascua semanal» en la que participamos cada domingo, esa misma misa en la que culmina la celebración de la Solemne Vigilia Pascual. Esa Vigilia Pascual, «madre de todas las vigilias», como enseña el Misal Romano, este año tiene para nosotros un telón de fondo paulino.

Proponemos rezarle al Apóstol pidiendo que interceda por nosotros para hacernos cargo de la vocación-misión que cada uno ha recibido, y de la alegría y laboriosidad con la que esperamos vivirla. Somos discípulos-misioneros, como San Pablo, que en el camino a Damasco se encontró con Cristo poniéndose a su servicio hasta la muerte, «y muerte de cruz» como la de su Maestro, aunque Pablo por humildad pidió ser crucificado cabeza abajo: «(Jesucristo) se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz» (Fil 2, 8).

Si hemos sido llamados, como San Pablo, no es un mérito nuestro. En todo caso, nuestra parte de mérito está en la respuesta a ese llamado, que por otra parte es movida interiormente por la gracia. Por eso con San Pablo podemos decir: «Ay de mí si no evangelizara» (I Cor 9, 16).

Una Pascua vivida en el Año Paulino, en sintonía con el Apóstol, podría ser una Pascua en la que abriéramos nuestro corazón más todavía a la reconciliación que la Pascua nos obtuvo: «les suplico en nombre de Cristo, déjense reconciliar con Dios».

El Apóstol supo tomarse un tiempo para repensar su experiencia en soledad y oración, y también para ir a visitar a «las Columnas», Pedro, Santiago y Juan. Una Pascua paulina podría ser una ocasión de enorme libertad interior para seguir el propio llamado, y a la vez una ocasión de diálogo y de obediencia evangélica para con los que tienen la responsabilidad de decidir acerca de nuestras acciones misioneras concretas (en la arquidiócesis de Buenos Aires estamos viviendo «en estado de misión»), una pascua en la que crezcamos en la comunión eclesial.

La Pascua del Año Paulino, en el marco del problema económico-moral que están atravesando la mayoría de las naciones del planeta, podría ser una Pascua de austeridad, no ya por la penitencia cuaresmal sino por un estilo de vida pascual y austero, en orden a la liberación de las ataduras interiores y exteriores, como San Pablo, que compartió situaciones de necesidad y de saciedad. Sería una invitación al examen de conciencia sobre lo que poseemos en orden a la misión y sobre todo, sobre la manera en que cuidamos y conservamos los bienes materiales que hemos recibido como donación o a través de donaciones de otros para anunciar a Jesucristo. Cuidar los bienes y compartirlos es una manera de vivir la pobreza evangélica.

San Pablo sintetizó en su vida el misterio de la cruz: «estoy crucificado con Cristo» (Gál 2, 19) con el misterio de Cristo Resucitado; la Pascua del Año Paulino, entonces, puede ser una ocasión para intentar en nosotros ese difícil equilibrio entre estas dos dimensiones de la vida cristiana, viviendo las cruces de la misión y las cruces de la convivencia eclesial a la luz del Cristo de Damasco.

(*) Vicario Pquial. en el Santísimo Redentor (Bs. As.) y Profesor de la U.C .A y del Centro de Misionología «Juan Pablo II»- O.M.P.

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WebJCP | Abril 2007