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martes, 28 de abril de 2009

Caminante ¡Sí hay caminos!


Publicado por Esquila Misional

«Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos…» ¿quién de nosotros no conoce este poema de Antonio Machado musicalizado por Joan Manuel Serrat?, ¿quién no ha cantado o escuchado alguna vez la canción «caminante no hay camino, se hace camino al andar»? Pues bien, en estas páginas nos encontramos ante el testimonio de dos hombres que por su ejemplo de oración, tenacidad y trabajo misionero han demostrado que sí hay camino…, lo hizo Cristo al pasar.

«Al volver la vista atrás se ve la senda que nunca ha de volverse a pisar», dice el poeta español, pero el padre Domingo Zugliani (nacido en Mezzano, Italia, el 28 de septiembre de 1927) y el hermano Arsenio Ferrari (nacido en Grezzana, Italia, el 18 de diciembre de 1921) recuerdan, con gran alegría y brillo en la mirada, cómo una y otra vez volvieron a pisar, bajo un sol abrasador, los caminos de polvo y las veredas pedregosas del desierto de Baja California, lugar de las primeras misiones de los combonianos en México.

Once de febrero. Un grupo nutrido de combonianos junto con otro grupo no menos reducido de amigos y bienhechores procedentes de toda la República Mexicana, nos hemos congregado en Guadalajara, Jalisco, para participar en la ceremonia religiosa de inauguración de la «Casa Oasis», nueva comunidad religiosa que fungirá como lugar de recuperación y descanso de misioneros enfermos y ancianos.

Los primeros combonianos en utilizar las instalaciones de este «nuevo cenáculo de apóstoles» son: el padre Domingo y el hermano Arsenio, éste último es el único sobreviviente de aquel primer grupo de misioneros que zarpó del puerto de Nápoles la fría mañana del 3 de enero de 1948, y pasando por Nueva York y los Ángeles, llegó a Tijuana el 22 de enero. ¡Hace 61 años!

El padre Domingo
Ni tardo ni perezoso aprovecho el momento de la comida para aproximarme a cada uno de estos «monumentos vivientes» para pedirles algunas palabras para nuestros lectores de Esquila Misional. Al primero que me acerco es al padre Domingo. Él, con gusto acepta, y como hay mucho ruido en el corredor, me invita a entrar a una oficina que aún está en construcción. Hay una sola silla, así que, con una caja de madera improviso un banco y enciendo la grabadora que servirá de testigo de esta conversación. Lo primero que le pregunto al padre es cómo se sintió cuando le dieron su destinación a México en aquel lejano 1957. A rajatabla me responde: «Para mí fue una verdadera decepción, porque durante toda mi formación me preparé para ir a África. Ahora, a más de 50 años de distancia de haber llegado aquí, le doy gracias a Dios por este designio. La gente en México ha sido muy buena conmigo y me he sentido realizado plenamente como misionero; Dios sabía que esto era mejor».

El padre Domingo, comienza entonces a narrarme detalles de su llegada: «Llegué a mi misión después de muchas peripecias (me cuenta de los incontables mareos que sufrió en el barco. Sus gestos son de repulsión al recordar aquellos momentos). En aquel tiempo estaba prohibido que entraran sacerdotes al país, así es que tuvimos que entrar un poco de manera clandestina, como profesores. Me destinaron a Todos Santos, no sabía hablar español y la gente se reía un poco de cómo hablaba. Pedía ayuda a alguien para escribir la homilía del domingo y luego me la aprendía de memoria. Nunca me desanimé, estudié mucho por cuenta propia y después de tres meses ya hablaba suficientemente».

El padre Zugliani, como lo conoce la mayoría de la gente, ahora luce una larga barba blanca, camina con dificultad y el movimiento de sus manos denota inicio de la enfermedad de Parkinson, pero su lucidez es la misma de cuando lo conocí hace 20 años. La versatilidad de sus temas de conversación es sorprendente y la profundidad de sus opiniones, fruto de una mente acostumbrada al estudio analítico, hace que sea difícil rebatirle. Me comparte un sinnúmero de experiencias, me habla de lo oportuno del proyecto de la Casa Oasis, de la importancia de la difusión de la revista, del futuro de la Iglesia, de la necesidad de la animación misionera, de la actualidad del carisma comboniano, y de un sinfín de nombres de misioneros que yo no conocí.

Por último le pido que diga algunas palabras para los lectores de Esquila. Se queda cayado por algunos segundos, suspira y dice: «Lo primero que tengo que decir es un grande “gracias”, porque ustedes son los que sostienen la actividad misionera en este país. También los motivo a que sigan apoyando al clero diocesano para que haya sacerdotes locales y que el trabajo que hemos hecho nosotros, los misioneros, no decaiga; ese siempre fue el sueño de Comboni. Yo sé que Comboni también vibra por México». Esta última frase me hace recordar el título homónimo de un libro de su autoría. Sonrío y agradezco al padre Domingo su atención.

El hermano Arsenio
Salgo de la oficina y corro a buscar al hermano Arsenio. Lo encuentro en una mesa rodeado de gente que lo escucha entretenidamente. Me siento a su lado, enciendo la grabadora y, sin más preámbulos, le pido que nos platique un poco de su llegada a México. En un español mezclado con italianismos nos cuenta su aventura de 18 días en barco; de cómo tenían que hacerse pasar por profesores para que el gobierno de Miguel Alemán Valdés nos les «hiciera problemas»; de cuál fue su impresión al llegar a su primera misión en La Purísima, el 20 de noviembre de 1949; de cuando preguntaron por la casa cural donde debían vivir y alguien les enseñó un cuartito de cuatro metros por lado y sin ninguna ventana; de cómo tuvieron que soportar aquellos calores del desierto, ellos que venían del frío de Europa; y de cómo durmieron muchas noches en catres prestados…

Ya «entrado en gastos», el hermano nos cuenta «santo y seña» de cuando trabajó en «La Ciudad de los Niños», una obra social a favor de la niñez desamparada nacida del corazón del padre Marigo y en donde el hermano pasó los mejores días de su vida.

El hermano Arsenio es un optimista innato, parece que la sonrisa es parte de su rostro. Le pregunto: –¿cuáles han sido las mayores dificultades que ha pasado en su vida misionera? El me responde con sencillez: –ninguna, porque siempre he tenido fe. –Si pudieras volver al pasado y cambiar de vida, ¿escogerías la misma? ­–La misma. Una sola vez le dije sí al Señor y siempre he sido fiel, así quiero permanecer hasta la muerte. Y le pido que me dé la gracia de morir aquí en Guadalajara. –Hermano, ¿eres feliz? –Siempre, siempre he sido feliz en mi vocación.

Aunque la conversación está «muy buena», decido no seguir quitándole más el tiempo porque la comida se enfría, y sólo le pido unas últimas palabras para nuestros lectores. Con un notable brillo de alegría en los ojos, agrega: «Vale la pena trabajar por la causa de Dios, las bendiciones son bastantes y todo es bien retribuido. Ánimo, vale la pena seguir al Señor y servirlo desde la mañana hasta la noche. Yo lo hago todos los días con mi humilde trabajo».

Sonreímos juntos, brindamos por la nueva comunidad y comenzamos a comer. Yo me quedo «rumiando» sus palabras en el corazón…

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WebJCP | Abril 2007