Publicado por Esquila Misional
¿Cómo comunicarle a la familia nuestro deseo de ser misioneros? ¿Cómo va a reaccionar? ¿Necesitamos «permiso» para irnos a las misiones? Estas interrogantes podrían influir en nuestra decisión. Este artículo nos orientará para continuar nuestro camino vocacional.
Cuando nos lanzamos al descubrimiento de nuestra verdadera vocación pasamos por dudas y temores, sobre todo cuando tocamos el tema familiar. No nos agrada la idea de dejar a nuestros padres y partir; deseamos seguir sintiendo la seguridad del hogar. Pero cada quien tiene un llamado en la vida y, tarde o temprano, debe dejar todo para realizar esa vocación. Daniel Comboni se sentía llamado a dar a conocer a Jesús en África; pero, ¿y sus padres?
El dilema de Comboni
El señor Luigi y la señora Domenica (papás de Comboni) ya eran personas avanzadas en edad, pobres y muy sufridas, pues todos sus hijos habían muerto. Contaban sólo con su hijo Daniel, quien se encontraba ante un dilema: la misión, o sus padres, ¿qué decisión tomar? «Si abandono la idea de consagrarme a las misiones extranjeras, sufriré toda mi vida un martirio por el deseo que comenzó en mi corazón hace más de catorce años y siempre ha ido creciendo. Si me consagro a las misiones, martirizo a mis ancianos padres».
Daniel no era desconsiderado con su familia en su discernimiento vocacional, pues siempre la tuvo en cuenta: «No temo ni la vida ni las dificultades de las misiones ni nada; pero sí lo siento mucho por lo que respecta a mis ancianos padres». «Si consulto a quien siempre ha dirigido mi conciencia (su director espiritual), me veo espoleado a marchar; si miro a mi familia, me quedo aterrado».
Comboni era consciente de las habladurías que podría despertar al irse a las misiones africanas; sabía que lo criticarían y tacharían como «hijo malagradecido»: «Si me resuelvo a partir y pienso en la gente, sé que cuento con la maldición de quien conoce mis circunstancias familiares y las juzga según el mundo. Si pienso en mi corazón, éste me sugiere sacrificar todo, volar a las misiones y no hacer caso de ningún comentario».
Discernimiento espiritual
¿Qué hacer? No es fácil tomar una decisión. Comboni buscó ayuda espiritual: «Figúrese la tempestad que hay en mi alma, la lucha, el conflicto que me desasosiega. Pero en medio de este combate me parece oportuno el proyecto de hacer los ejercicios espirituales, de consultar a los superiores y a Dios, y él, que es justo y gobierna todas las cosas, sabrá sacarme de este atolladero, arreglar todo y consolar a mis padres».
Comboni supo llegar a la tranquilidad espiritual cuando, viendo que Dios lo quería misionero, le dijo «sí». La paz interior que sobreviene después de tomar una decisión rezada y discernida, no le quitó el dolor de partir y dejar a sus amados padres. Ese dolor lo acompañó siempre, pero supo vivirlo en la fe, en la confianza en Dios y en la oración.
¿Hijo malagradecido?
Para mí, Comboni no es un «mal hijo», él quiso ser fiel al llamado que sentía. También Jesús de Nazaret da la impresión de ser un hijo malagradecido. ¿Recuerdan que decidió quedarse en Jerusalén mientras sus padres regresaban a Nazaret? Al no ver al Niño, María y José regresaron y después de tres días hallaron a Jesús platicando con los doctores de la ley. El Niño es recriminado y la respuesta a sus padres no es halagadora: «¿Por qué me buscaban? ¿No saben que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?».
Un hijo que obedece
Para el mundo, tanto Jesús como Comboni son hijos «raros». Para quienes vivimos en la fe ambos son hijos que, conociendo el proyecto de salvación del Padre, lo hacen suyo hasta el sacrificio. Para Comboni, obedecer significó dejar a sus padres para predicar la Buena Nueva; significó salir de sus fronteras para ir al encuentro de sus hermanos africanos para mostrarles el amor incondicional de Dios, su misericordia, ternura y compasión.
¿Sus padres? Oraba por ellos y les escribía: «Papá, encuentro que estás muy apenado por mi separación. ¿No sabes que no doy un paso sin que te tenga en el corazón…? Te quiero inmensamente». «Mamá, ¡cuántas veces pienso cada día en el gran sacrificio que has hecho al Señor…! Si tú vieras las calamidades que existen en estas regiones, si hubieras tenido cien hijos, todos se los hubieras dado a Dios para que vinieran a aliviar a estas personas».
¿Te sientes llamado a la vida misionera? ¿Tienes miedo de dejar a tus padres, de ser considerado un hijo «malagradecido»? Nuestra realización y felicidad está en hacer lo que sentimos dentro. Ojalá, algún día también digas lo que Comboni dijo a los africanos: «El día y la noche, el sol y la lluvia, me hallarán y siempre atento a sus necesidades; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el anciano, el amo y el criado, siempre tendrán el mismo acceso a mi corazón. Su bien será el mío y sus penas también serás las mías».
Cuando nos lanzamos al descubrimiento de nuestra verdadera vocación pasamos por dudas y temores, sobre todo cuando tocamos el tema familiar. No nos agrada la idea de dejar a nuestros padres y partir; deseamos seguir sintiendo la seguridad del hogar. Pero cada quien tiene un llamado en la vida y, tarde o temprano, debe dejar todo para realizar esa vocación. Daniel Comboni se sentía llamado a dar a conocer a Jesús en África; pero, ¿y sus padres?
El dilema de Comboni
El señor Luigi y la señora Domenica (papás de Comboni) ya eran personas avanzadas en edad, pobres y muy sufridas, pues todos sus hijos habían muerto. Contaban sólo con su hijo Daniel, quien se encontraba ante un dilema: la misión, o sus padres, ¿qué decisión tomar? «Si abandono la idea de consagrarme a las misiones extranjeras, sufriré toda mi vida un martirio por el deseo que comenzó en mi corazón hace más de catorce años y siempre ha ido creciendo. Si me consagro a las misiones, martirizo a mis ancianos padres».
Daniel no era desconsiderado con su familia en su discernimiento vocacional, pues siempre la tuvo en cuenta: «No temo ni la vida ni las dificultades de las misiones ni nada; pero sí lo siento mucho por lo que respecta a mis ancianos padres». «Si consulto a quien siempre ha dirigido mi conciencia (su director espiritual), me veo espoleado a marchar; si miro a mi familia, me quedo aterrado».
Comboni era consciente de las habladurías que podría despertar al irse a las misiones africanas; sabía que lo criticarían y tacharían como «hijo malagradecido»: «Si me resuelvo a partir y pienso en la gente, sé que cuento con la maldición de quien conoce mis circunstancias familiares y las juzga según el mundo. Si pienso en mi corazón, éste me sugiere sacrificar todo, volar a las misiones y no hacer caso de ningún comentario».
Discernimiento espiritual
¿Qué hacer? No es fácil tomar una decisión. Comboni buscó ayuda espiritual: «Figúrese la tempestad que hay en mi alma, la lucha, el conflicto que me desasosiega. Pero en medio de este combate me parece oportuno el proyecto de hacer los ejercicios espirituales, de consultar a los superiores y a Dios, y él, que es justo y gobierna todas las cosas, sabrá sacarme de este atolladero, arreglar todo y consolar a mis padres».
Comboni supo llegar a la tranquilidad espiritual cuando, viendo que Dios lo quería misionero, le dijo «sí». La paz interior que sobreviene después de tomar una decisión rezada y discernida, no le quitó el dolor de partir y dejar a sus amados padres. Ese dolor lo acompañó siempre, pero supo vivirlo en la fe, en la confianza en Dios y en la oración.
¿Hijo malagradecido?
Para mí, Comboni no es un «mal hijo», él quiso ser fiel al llamado que sentía. También Jesús de Nazaret da la impresión de ser un hijo malagradecido. ¿Recuerdan que decidió quedarse en Jerusalén mientras sus padres regresaban a Nazaret? Al no ver al Niño, María y José regresaron y después de tres días hallaron a Jesús platicando con los doctores de la ley. El Niño es recriminado y la respuesta a sus padres no es halagadora: «¿Por qué me buscaban? ¿No saben que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?».
Un hijo que obedece
Para el mundo, tanto Jesús como Comboni son hijos «raros». Para quienes vivimos en la fe ambos son hijos que, conociendo el proyecto de salvación del Padre, lo hacen suyo hasta el sacrificio. Para Comboni, obedecer significó dejar a sus padres para predicar la Buena Nueva; significó salir de sus fronteras para ir al encuentro de sus hermanos africanos para mostrarles el amor incondicional de Dios, su misericordia, ternura y compasión.
¿Sus padres? Oraba por ellos y les escribía: «Papá, encuentro que estás muy apenado por mi separación. ¿No sabes que no doy un paso sin que te tenga en el corazón…? Te quiero inmensamente». «Mamá, ¡cuántas veces pienso cada día en el gran sacrificio que has hecho al Señor…! Si tú vieras las calamidades que existen en estas regiones, si hubieras tenido cien hijos, todos se los hubieras dado a Dios para que vinieran a aliviar a estas personas».
¿Te sientes llamado a la vida misionera? ¿Tienes miedo de dejar a tus padres, de ser considerado un hijo «malagradecido»? Nuestra realización y felicidad está en hacer lo que sentimos dentro. Ojalá, algún día también digas lo que Comboni dijo a los africanos: «El día y la noche, el sol y la lluvia, me hallarán y siempre atento a sus necesidades; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el anciano, el amo y el criado, siempre tendrán el mismo acceso a mi corazón. Su bien será el mío y sus penas también serás las mías».








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