«Cáncer, cáncer, cáncer una vez más.
Mi madre, mi padre, mi esposa.
¿A quién toca ahora?»
C.S. Lewis, Diario de un dolor.

En el momento de resumir la vida y la obra de Jesús, el autor del libro de los Hechos de los apóstoles usa poquísimas palabras. «Pasó por el mundo haciendo el bien. Curó a los enfermos y liberó a los poseídos por el demonio, porque Dios estaba con él» (He 10,38).
Así escribe Lucas, el evangelista, el mismo autor del tercer Evangelio. También ahí, en el momento de presentar lo que los estudiosos del Evangelio llaman «el discurso programático de Jesús», se menciona su misión liberadora y sanadora (Lc 4,16-21). Los ciegos que recobrarán la vista, por ser junto con los leprosos una de las categorías de enfermos más despreciados y marginados, representan a todos los enfermos; a los más pobres; a los que para vivir dependían de la caridad y las limosnas de los otros.
Otro rostro de la misión
Se sabe que la principal actividad del Señor era la predicación y ésta la realizaba como un predicador itinerante. «Recorría pueblos y ciudades anunciando el Evangelio» (Mt 4,23 y 9,35). Predicaba siempre, incluso cuando el sentido común dice que «debería hacer otra cosa». Muy conocido en este campo es un texto de Marcos que dice: «Al desembarcar, vio un gran gentío y sintió compasión porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34).
El centro de su mensaje era el Reino de Dios. Sus milagros (incluidas las curaciones) eran signo y anticipación de éste. Por eso cuando Juan el Bautista envía mensajeros desde la cárcel para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar otro?», les responde: «vayan a referir a Juan lo que ustedes están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la buena noticia» (Mt 11,4-5).
Para entender lo que todo esto significó en la vida y en la metodología misionera del Señor, basta con mirar la segunda mitad del capítulo 1 de Marcos. En la sinagoga (y en sábado para más señas) predica y cura un endemoniado. Sale de la sinagoga y cura a la suegra de Pedro. Luego, al atardecer, la población se agolpa a la puerta. En respuesta a la fe sencilla (e interesada) de la gente, sanó a muchos enfermos de diversas dolencias y expulsó muchos demonios. Pasa la noche en oración. Se despierta y continúa su actividad taumatúrgica y evangelizadora. En pocas líneas, el evangelista describe la acción vertiginosa de Jesús a favor de los enfermos y marginados.
Liberación integral del hombre
Los milagros de sanación de Jesús fueron muchos. Demasiados, según algunos. Sin embargo, no curó a todos.
Lo que los evangelistas dicen de la actividad sanadora de Jesús, tiene un fundamento histórico, pero también teológico. Sus curaciones forman parte de la liberación integral que ha venido a traer para todos. Son también una lección que acerca a los beneficiados a esa fuente inagotable de vida y de luz que es él mismo. Por eso al curar al ciego de nacimiento le enseña: «Yo soy la luz del mundo».
Por otro lado, varios de sus milagros de sanación los realiza para poner en evidencia la dignidad de la persona humana. Por eso cura también en sábado. Por eso toca a los muertos, a los leprosos y se deja tocar por la mujer que padece flujos y, por eso mismo, era impura y marginada.
Para entender en qué sentido las curaciones de Jesús forman parte de la liberación integral del ser humano, hay que pensar también que en el momento en que él realizó su ministerio, pecado y enfermedad eran considerados correlativos. No es casual que en el capítulo 9 de Juan cuando los discípulos ven al ciego de nacimiento pregunten al Señor: «¿Quién pecó para que éste naciera así, él o sus padres?» La respuesta de Jesús pasa por encima de todo prejuicio y revela una verdad impactante. «Ni éste pecó, ni pecaron sus padres; nació así para que en él se manifieste la gloria de Dios». Y en este campo puede iluminarnos la famosa sentencia de san Ireneo de Lyon: «La gloria de Dios es que el hombre viva».
Solidarios como Jesús
Pero vayamos a lo nuestro. Este escrito pretende responder a la pregunta ¿qué podemos hacer como misioneros para acercarnos al mundo de la enfermedad y el dolor para comunicar el Evangelio?
Se trata, simple y sencillamente, de seguirlo e imitarlo. En este contexto, es muy iluminante cuanto dice el Documento de Aparecida:
«Para configurarse con el maestro, es necesario asumir la centralidad del mandamiento del amor, que él quiso llamar suyo y nuevo: “Ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Este amor, con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano, no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio, “reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn 13,35).
»En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las Bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo, su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmitieron los Evangelios para conocer lo que él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias» (DA, 138-139).
Porque somos misioneros y discípulos, o misioneros por ser discípulos, la mejor manera de responder a estas palabras de nuestros obispos es realizar cuanto dice Pablo escribiendo a los Filipenses: «Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un único sentir… las mismas actitudes de Cristo Jesús» (Fil 2,2.4).
Y las actitudes de Jesús fueron la obediencia total al Padre que le encargó la misión de dar vida en abundancia (cf Jn 10,10). Tan en serio tomó el Señor esta misión; tan a fondo la entendió que vivió y se desvivió por todos, pero especialmente por los enfermos y marginados. Marcos dice en efecto que a su alrededor iba y venía tal cantidad de gente que él y sus discípulos «no tenían tiempo ni para comer». Razón por la que sus familiares lo consideraban «fuera de sí» (Mc 3,20-21).
A este punto, cabe preguntarnos ¿esto que sucedió en la vida del Señor, qué tiene que ver con nosotros sus discípulos? En mis viejos tiempos de catecismo aprendí una respuesta interesante sobre el ser y quehacer del creyente. ¿Quién es el cristiano? Preguntaba la catequista y nosotros, sin entender bien lo que decíamos, respondíamos en coro: «Cristiano es el hombre que tiene la fe de Cristo que profesó en el bautismo». Y tener fe, lo sabemos, es algo más que aceptar una serie de verdades o conceptos. Por eso Jesús afirma categóricamente en el evangelio de Juan: «El que cree en mí hará las mismas cosas que he hecho y yo y aún mayores porque yo voy al padre» (Jn 14,12).
Parte del mandato misionero
El compromiso del cristiano no es otra cosa que la respuesta al mandato misionero de Jesús. Y el Señor, en el momento de enviar a sus discípulos a evangelizar, les «dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para sanar toda clase de enfermedades y dolencias». Al tiempo que les ordenaba: «De camino proclamen que el reino de los cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos, expulsen a los demonios. Gratuitamente han recibido, gratuitamente deben dar» (Mt 10,1.7-8).
Por el testimonio de Marcos sabemos que así sucedió «Se fueron a predicar que se arrepintieran; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban» (Mc 6,12-13).
Así lo entendió y vivió también la primera comunidad de creyentes. De ahí que Pedro diga al mendigo que en la entrada del templo pide limosna: «Míranos… No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el nazareno, levántate y camina… De inmediato se le robustecieron los pies y los tobillos» (He 3,1-8).
Así lo ha entendido y vivido la Iglesia a lo largo de la historia. La lista de testigos en este campo sería interminable. Basta pensar en la madre Teresa de Calcuta, cuya obra a favor de enfermos y agonizantes fue admirada por propios y extraños.
De la actitud de Jesús hacia el mundo del dolor y la enfermedad, hay muchas cosas que aprender. Él se acerco siempre con gran respeto, con discreción, sin imponer nada. En más de una ocasión preguntó al enfermo: «¿Qué quieres que haga por ti?».
Por otro lado, ni acabó con el dolor ni prometió acabar con todas enfermedades. Si estamos atentos a esta verdad evitaremos el riesgo de fundamentalismo de ciertos grupos, como la iglesia brasileña Pare de Sufrir, que promete acabar con todos los males, creando al mismo tiempo espectativas y frustraciones en quienes más sufren. De esta tentación tampoco han estado exentos algunos grupos católicos que convocan y llenan iglesias, auditorios o estadios prometiendo milagros a granel. Consciente o inconscientemente, estas personas trabajan muchas veces en el mundo de la psique y acaban haciendo más mal que bien. Se mueven más al mundo de lo onírico que de lo real. El asunto es aún más serio cuando se esconden intereses mezquinos como el lucro o el prestigio.
Pienso que a este punto habría que recordar lo que, con gran inteligencia y espíritu práctico, dice el libro del Eclesiástico: «Respeta al médico, pues lo necesitas, también a él lo ha creado Dios. El médico recibe su ciencia de Dios y del rey su sustento. Hijo mío, cuando caigas enfermo no te descuides: reza a Dios, y él hará que te sanes… pero deja actuar también al médico, y no lo rechaces, porque también al él lo necesitas; hay momentos en que de él depende el éxito, y también él reza a Dios para que le dé acierto al diagnosticar y aplicar la medicina saludable. Peca contra su Creador el que se hace fuerte frente a lo médico» (Eclo 38,1-2.9.12-15) Todas cosas de sentido común.
Conclusión
A este punto, cabe preguntarnos cómo debemos acercarnos al mundo de la enfermedad y del dolor. Qué hacer cuando los destinatarios de nuestro cuidado pastoral son enfermos que viven en situaciones críticas o terminales.
Lo primero que hay que tener presente es que nuestro papel no es «explicar el dolor», dar recetas para llevar adelante la enfermedad y, menos todavía, justificar a Dios, hacernos sus abogados. Algo parecido a lo que sucedió a Job con sus amigos que son más charlatanes que teólogos.
Recuerdo que hace muchos años fue un compañero a visitar una enferma que yacía semiparalizada en su lecho de dolor. Sólo podía mover un poco el cuello y la cabeza, comer y hablar con mucha dificultad. Nos contó con un dejo de amargura que muchos misioneros iban a visitarla y casi todos salían con la misma historia: «sufra con paciencia, dé gracias a Jesús que la ha asociado a su pasión y a su cruz. Ofrezca su enfermedad y su vida por las misiones...» Como ella, la mayoría de los enfermos (o sus seres queridos), no esperan del misionero o del agente de pastoral discursos o actitudes que manifiesten lástima. Desean más bien cercanía, solidaridad, apoyo espiritual y… mucho sentido común.
A esto se refería el Benedicto XVI en su homilía durante la misa con los enfermos (Lourdes, Francia, 15 de septiembre de 2008) al decir: «Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido de la vida». Es como un «combate que el hombre no puede afrontar por sí solo, sin la ayuda de la gracia divina».
En esas ocasiones, continúa el Papa, «cuando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados», lo único que queda es «una presencia amorosa» y comunicar la cercanía de Cristo que no es médico al estilo del mundo. Asegurar al enfermo y a su entorno que él desea sanarnos y que «para curarnos, él no permanece fuera del sufrimiento padecido; lo alivia viniendo a habitar en quien está afectado por la enfermedad, para llevarla consigo y vivirla junto con el enfermo» en vistas del nacimiento de la nueva creación.
Mi madre, mi padre, mi esposa.
¿A quién toca ahora?»
C.S. Lewis, Diario de un dolor.

En el momento de resumir la vida y la obra de Jesús, el autor del libro de los Hechos de los apóstoles usa poquísimas palabras. «Pasó por el mundo haciendo el bien. Curó a los enfermos y liberó a los poseídos por el demonio, porque Dios estaba con él» (He 10,38).
Así escribe Lucas, el evangelista, el mismo autor del tercer Evangelio. También ahí, en el momento de presentar lo que los estudiosos del Evangelio llaman «el discurso programático de Jesús», se menciona su misión liberadora y sanadora (Lc 4,16-21). Los ciegos que recobrarán la vista, por ser junto con los leprosos una de las categorías de enfermos más despreciados y marginados, representan a todos los enfermos; a los más pobres; a los que para vivir dependían de la caridad y las limosnas de los otros.
Otro rostro de la misión
Se sabe que la principal actividad del Señor era la predicación y ésta la realizaba como un predicador itinerante. «Recorría pueblos y ciudades anunciando el Evangelio» (Mt 4,23 y 9,35). Predicaba siempre, incluso cuando el sentido común dice que «debería hacer otra cosa». Muy conocido en este campo es un texto de Marcos que dice: «Al desembarcar, vio un gran gentío y sintió compasión porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34).
El centro de su mensaje era el Reino de Dios. Sus milagros (incluidas las curaciones) eran signo y anticipación de éste. Por eso cuando Juan el Bautista envía mensajeros desde la cárcel para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar otro?», les responde: «vayan a referir a Juan lo que ustedes están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la buena noticia» (Mt 11,4-5).
Para entender lo que todo esto significó en la vida y en la metodología misionera del Señor, basta con mirar la segunda mitad del capítulo 1 de Marcos. En la sinagoga (y en sábado para más señas) predica y cura un endemoniado. Sale de la sinagoga y cura a la suegra de Pedro. Luego, al atardecer, la población se agolpa a la puerta. En respuesta a la fe sencilla (e interesada) de la gente, sanó a muchos enfermos de diversas dolencias y expulsó muchos demonios. Pasa la noche en oración. Se despierta y continúa su actividad taumatúrgica y evangelizadora. En pocas líneas, el evangelista describe la acción vertiginosa de Jesús a favor de los enfermos y marginados.
Liberación integral del hombre
Los milagros de sanación de Jesús fueron muchos. Demasiados, según algunos. Sin embargo, no curó a todos.
Lo que los evangelistas dicen de la actividad sanadora de Jesús, tiene un fundamento histórico, pero también teológico. Sus curaciones forman parte de la liberación integral que ha venido a traer para todos. Son también una lección que acerca a los beneficiados a esa fuente inagotable de vida y de luz que es él mismo. Por eso al curar al ciego de nacimiento le enseña: «Yo soy la luz del mundo».
Por otro lado, varios de sus milagros de sanación los realiza para poner en evidencia la dignidad de la persona humana. Por eso cura también en sábado. Por eso toca a los muertos, a los leprosos y se deja tocar por la mujer que padece flujos y, por eso mismo, era impura y marginada.
Para entender en qué sentido las curaciones de Jesús forman parte de la liberación integral del ser humano, hay que pensar también que en el momento en que él realizó su ministerio, pecado y enfermedad eran considerados correlativos. No es casual que en el capítulo 9 de Juan cuando los discípulos ven al ciego de nacimiento pregunten al Señor: «¿Quién pecó para que éste naciera así, él o sus padres?» La respuesta de Jesús pasa por encima de todo prejuicio y revela una verdad impactante. «Ni éste pecó, ni pecaron sus padres; nació así para que en él se manifieste la gloria de Dios». Y en este campo puede iluminarnos la famosa sentencia de san Ireneo de Lyon: «La gloria de Dios es que el hombre viva».
Solidarios como Jesús
Pero vayamos a lo nuestro. Este escrito pretende responder a la pregunta ¿qué podemos hacer como misioneros para acercarnos al mundo de la enfermedad y el dolor para comunicar el Evangelio?
Se trata, simple y sencillamente, de seguirlo e imitarlo. En este contexto, es muy iluminante cuanto dice el Documento de Aparecida:
«Para configurarse con el maestro, es necesario asumir la centralidad del mandamiento del amor, que él quiso llamar suyo y nuevo: “Ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Este amor, con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano, no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio, “reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn 13,35).
»En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las Bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo, su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmitieron los Evangelios para conocer lo que él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias» (DA, 138-139).
Porque somos misioneros y discípulos, o misioneros por ser discípulos, la mejor manera de responder a estas palabras de nuestros obispos es realizar cuanto dice Pablo escribiendo a los Filipenses: «Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un único sentir… las mismas actitudes de Cristo Jesús» (Fil 2,2.4).
Y las actitudes de Jesús fueron la obediencia total al Padre que le encargó la misión de dar vida en abundancia (cf Jn 10,10). Tan en serio tomó el Señor esta misión; tan a fondo la entendió que vivió y se desvivió por todos, pero especialmente por los enfermos y marginados. Marcos dice en efecto que a su alrededor iba y venía tal cantidad de gente que él y sus discípulos «no tenían tiempo ni para comer». Razón por la que sus familiares lo consideraban «fuera de sí» (Mc 3,20-21).
A este punto, cabe preguntarnos ¿esto que sucedió en la vida del Señor, qué tiene que ver con nosotros sus discípulos? En mis viejos tiempos de catecismo aprendí una respuesta interesante sobre el ser y quehacer del creyente. ¿Quién es el cristiano? Preguntaba la catequista y nosotros, sin entender bien lo que decíamos, respondíamos en coro: «Cristiano es el hombre que tiene la fe de Cristo que profesó en el bautismo». Y tener fe, lo sabemos, es algo más que aceptar una serie de verdades o conceptos. Por eso Jesús afirma categóricamente en el evangelio de Juan: «El que cree en mí hará las mismas cosas que he hecho y yo y aún mayores porque yo voy al padre» (Jn 14,12).
Parte del mandato misionero
El compromiso del cristiano no es otra cosa que la respuesta al mandato misionero de Jesús. Y el Señor, en el momento de enviar a sus discípulos a evangelizar, les «dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para sanar toda clase de enfermedades y dolencias». Al tiempo que les ordenaba: «De camino proclamen que el reino de los cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos, expulsen a los demonios. Gratuitamente han recibido, gratuitamente deben dar» (Mt 10,1.7-8).
Por el testimonio de Marcos sabemos que así sucedió «Se fueron a predicar que se arrepintieran; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban» (Mc 6,12-13).
Así lo entendió y vivió también la primera comunidad de creyentes. De ahí que Pedro diga al mendigo que en la entrada del templo pide limosna: «Míranos… No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el nazareno, levántate y camina… De inmediato se le robustecieron los pies y los tobillos» (He 3,1-8).
Así lo ha entendido y vivido la Iglesia a lo largo de la historia. La lista de testigos en este campo sería interminable. Basta pensar en la madre Teresa de Calcuta, cuya obra a favor de enfermos y agonizantes fue admirada por propios y extraños.
De la actitud de Jesús hacia el mundo del dolor y la enfermedad, hay muchas cosas que aprender. Él se acerco siempre con gran respeto, con discreción, sin imponer nada. En más de una ocasión preguntó al enfermo: «¿Qué quieres que haga por ti?».
Por otro lado, ni acabó con el dolor ni prometió acabar con todas enfermedades. Si estamos atentos a esta verdad evitaremos el riesgo de fundamentalismo de ciertos grupos, como la iglesia brasileña Pare de Sufrir, que promete acabar con todos los males, creando al mismo tiempo espectativas y frustraciones en quienes más sufren. De esta tentación tampoco han estado exentos algunos grupos católicos que convocan y llenan iglesias, auditorios o estadios prometiendo milagros a granel. Consciente o inconscientemente, estas personas trabajan muchas veces en el mundo de la psique y acaban haciendo más mal que bien. Se mueven más al mundo de lo onírico que de lo real. El asunto es aún más serio cuando se esconden intereses mezquinos como el lucro o el prestigio.
Pienso que a este punto habría que recordar lo que, con gran inteligencia y espíritu práctico, dice el libro del Eclesiástico: «Respeta al médico, pues lo necesitas, también a él lo ha creado Dios. El médico recibe su ciencia de Dios y del rey su sustento. Hijo mío, cuando caigas enfermo no te descuides: reza a Dios, y él hará que te sanes… pero deja actuar también al médico, y no lo rechaces, porque también al él lo necesitas; hay momentos en que de él depende el éxito, y también él reza a Dios para que le dé acierto al diagnosticar y aplicar la medicina saludable. Peca contra su Creador el que se hace fuerte frente a lo médico» (Eclo 38,1-2.9.12-15) Todas cosas de sentido común.
Conclusión
A este punto, cabe preguntarnos cómo debemos acercarnos al mundo de la enfermedad y del dolor. Qué hacer cuando los destinatarios de nuestro cuidado pastoral son enfermos que viven en situaciones críticas o terminales.
Lo primero que hay que tener presente es que nuestro papel no es «explicar el dolor», dar recetas para llevar adelante la enfermedad y, menos todavía, justificar a Dios, hacernos sus abogados. Algo parecido a lo que sucedió a Job con sus amigos que son más charlatanes que teólogos.
Recuerdo que hace muchos años fue un compañero a visitar una enferma que yacía semiparalizada en su lecho de dolor. Sólo podía mover un poco el cuello y la cabeza, comer y hablar con mucha dificultad. Nos contó con un dejo de amargura que muchos misioneros iban a visitarla y casi todos salían con la misma historia: «sufra con paciencia, dé gracias a Jesús que la ha asociado a su pasión y a su cruz. Ofrezca su enfermedad y su vida por las misiones...» Como ella, la mayoría de los enfermos (o sus seres queridos), no esperan del misionero o del agente de pastoral discursos o actitudes que manifiesten lástima. Desean más bien cercanía, solidaridad, apoyo espiritual y… mucho sentido común.
A esto se refería el Benedicto XVI en su homilía durante la misa con los enfermos (Lourdes, Francia, 15 de septiembre de 2008) al decir: «Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido de la vida». Es como un «combate que el hombre no puede afrontar por sí solo, sin la ayuda de la gracia divina».
En esas ocasiones, continúa el Papa, «cuando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados», lo único que queda es «una presencia amorosa» y comunicar la cercanía de Cristo que no es médico al estilo del mundo. Asegurar al enfermo y a su entorno que él desea sanarnos y que «para curarnos, él no permanece fuera del sufrimiento padecido; lo alivia viniendo a habitar en quien está afectado por la enfermedad, para llevarla consigo y vivirla junto con el enfermo» en vistas del nacimiento de la nueva creación.








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