Por OMP España
La Conferencia Episcopal Española ha dado a conocer el pasado 26 de febrero la instrucción pastoral Actualidad de la misión ad gentes en España. Un escrito tan necesario como esperado, pues han transcurrido tres décadas –corría el año 1979– desde que una Asamblea Plenaria del Episcopado español hiciera público un documento de temática misionera, aunque los obispos sí habían seguido ejerciendo esta responsabilidad a través de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias. “Era necesaria –como se ha dicho– una nueva reflexión de la Asamblea para dar respuesta a los diversos interrogantes que sobre la dimensión misionera” se plantean a las comunidades de fieles de nuestro país.
Es cierto que España goza de un pasado misionero glorioso, que se ha prolongado hasta nuestros días con la presencia de 17.000 misioneros y misioneras españoles realizando su labor evangelizadora por todos los rincones del mundo, allí donde más se les necesita. Con toda razón monseñor Ramón del Hoyo, obispo de Jaén y presidente de la Comisión Episcopal de Misiones, proclamó, durante la presentación de la instrucción pastoral, que los obispos “estamos orgullosos de los misioneros”. No es para menos. Se trata, como se dijo, de “personas inquebrantables, que responden con una sonrisa ante situaciones que al resto nos llenarían de preocupación, con una serenidad y una forma de contemplar la realidad más alta que otras personas”.
Pues bien, es indispensable que la labor de proclamar el Evangelio de la esperanza, que esta galería de hombres y mujeres extraordinarios viene realizando, no se pierda con ellos, ni por la falta de vocaciones a la misión ni por la ausencia de una adecuada pastoral misionera. Es urgente que otros tomen el relevo. Por ello, los obispos españoles desean “reafirmar nuestro compromiso con la misión universal de la Iglesia” y presentan un documento que pretende incidir en la dimensión teológica de la misión ad gentes, para evitar el peligro de reducir la actividad misionera a la cooperación de unos “especialistas” que parten para la misión; hacer un diagnóstico sobre la atención que la pastoral ordinaria de las diócesis presta a la dimensión misionera en los procesos de iniciación y formación cristiana; analizar los principales problemas e interpelaciones que la misión ad gentes plantea a los responsables de la pastoral; y abrir horizontes para dar respuesta a los interrogantes suscitados.
Estas interpelaciones que surcan la vida eclesial tienen que ver con los objetivos y motivaciones de la misión, con las dificultades del diálogo interreligioso, con las nuevas fronteras de la misión ad gentes, con las vocaciones misioneras, con la labor de los laicos y los movimientos eclesiales... La instrucción advierte del empobrecimiento que para la misión de la Iglesia supone que la ayuda al desarrollo se plantee como alternativa a la evangelización, o que el “hermanamiento” con parroquias o diócesis concretas caiga en el paternalismo o en el desinterés efectivo por otras Iglesias no menos necesitadas. Señala, también, que “la construcción del Reino de Dios exige el anuncio de Cristo y la lucha contra todo lo que degrada la dignidad humana”. Y proclama, especialmente, que la “invitación de Jesús a mirar hacia adelante debe seguir resonando entre nosotros para que estemos dispuestos a mantener la ilusión y el entusiasmo de la misión”.
Es cierto que España goza de un pasado misionero glorioso, que se ha prolongado hasta nuestros días con la presencia de 17.000 misioneros y misioneras españoles realizando su labor evangelizadora por todos los rincones del mundo, allí donde más se les necesita. Con toda razón monseñor Ramón del Hoyo, obispo de Jaén y presidente de la Comisión Episcopal de Misiones, proclamó, durante la presentación de la instrucción pastoral, que los obispos “estamos orgullosos de los misioneros”. No es para menos. Se trata, como se dijo, de “personas inquebrantables, que responden con una sonrisa ante situaciones que al resto nos llenarían de preocupación, con una serenidad y una forma de contemplar la realidad más alta que otras personas”.
Pues bien, es indispensable que la labor de proclamar el Evangelio de la esperanza, que esta galería de hombres y mujeres extraordinarios viene realizando, no se pierda con ellos, ni por la falta de vocaciones a la misión ni por la ausencia de una adecuada pastoral misionera. Es urgente que otros tomen el relevo. Por ello, los obispos españoles desean “reafirmar nuestro compromiso con la misión universal de la Iglesia” y presentan un documento que pretende incidir en la dimensión teológica de la misión ad gentes, para evitar el peligro de reducir la actividad misionera a la cooperación de unos “especialistas” que parten para la misión; hacer un diagnóstico sobre la atención que la pastoral ordinaria de las diócesis presta a la dimensión misionera en los procesos de iniciación y formación cristiana; analizar los principales problemas e interpelaciones que la misión ad gentes plantea a los responsables de la pastoral; y abrir horizontes para dar respuesta a los interrogantes suscitados.
Estas interpelaciones que surcan la vida eclesial tienen que ver con los objetivos y motivaciones de la misión, con las dificultades del diálogo interreligioso, con las nuevas fronteras de la misión ad gentes, con las vocaciones misioneras, con la labor de los laicos y los movimientos eclesiales... La instrucción advierte del empobrecimiento que para la misión de la Iglesia supone que la ayuda al desarrollo se plantee como alternativa a la evangelización, o que el “hermanamiento” con parroquias o diócesis concretas caiga en el paternalismo o en el desinterés efectivo por otras Iglesias no menos necesitadas. Señala, también, que “la construcción del Reino de Dios exige el anuncio de Cristo y la lucha contra todo lo que degrada la dignidad humana”. Y proclama, especialmente, que la “invitación de Jesús a mirar hacia adelante debe seguir resonando entre nosotros para que estemos dispuestos a mantener la ilusión y el entusiasmo de la misión”.








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