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viernes, 20 de marzo de 2009

Dios no es propiedad de los cristianos - IV Domingo de Cuaresma - Ciclo B: (Jn 3,14-21)


Publicado por Antena Misionera Blog
Por Bernardo Baldeón

Recuerdo cuando era niño –hace ya bastantes años- que un día mi padre me llevó al pequeño templo de un barrio humilde para asistir al funeral de no recuerdo quién.

Sólo queda en mi mente un recuerdo de aquella celebración en la que no entendí nada. Al salir del templo por el pasillo central había sobre la puerta una imagen pintada de Dios-Padre. Un viejito con largas barbas blancas. Pero mi atención se concentró en sus ojos. Podías moverte a derecha o izquierda, siempre te estaba mirando. Y su mirada te traspasaba. Bajé los ojos y salí lo más rápido posible.

Confieso que varias veces he sentido el deseo de entrar de vuelta en ese templo y no he sido capaz. La nitidez con que recuerdo aquellos ojos me lo han impedido.

Esa imagen sigue presentando para mí la expresión de temor y no del amor.

Leía en estos días el siguiente texto: “La persona que no ha experimentado el amor en su vida, será ciego para el amor. Creerá que todos quieren aprovecharse de él y él intentaré ser más listo y aprovecharse de los demás. Tan sólo la contemplación del Crucificado, erguido sobre la tierra con los brazos abiertos, deseoso de abrazarnos, puede provocar en nosotros una repuesta de amor”.

Debo reconocer que me costado años superar aquella imagen de Dios, porque fue la primera que me llegó conscientemente. Dios veía y anotaba las acciones de cada persona. No se le pasaba ni una. Luego juzgaba. Si eran conformes a lo que Él quería te salvabas, sino estabas condenado al fuego eterno.


Dios, el amante

Que los seres humanos pasáramos de la imagen del Dios-juez a la imagen del Dios-amante fue la tarea de Jesús durante tres años.

A quienes pretendían ocupar el lugar Dios, ser sus intérpretes, los que decían actuar en su nombre, no podían aceptarlo. Hubieran perdido su poder si de ser jueces de los demás se convertían en amantes de los demás. De justos y pecadores; de buenos y malos.

Pero el evangelio de hoy deja en claro que ellos no manifestaban lo que había en el corazón de Dios.

El autor del evangelio de Juan nos revela el corazón de Dios, lo que Él siente ante la humanidad: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Es un texto fundamental para entender a Dios. Para entender nuestras relaciones con Dios.

Todo amante tiende a identificarse con la persona amada. Dios nos ama de tal manera que se identifica con nosotros. Se humaniza. Se encarna. Asume nuestra naturaleza con todas sus consecuencias, incluida la muerte.

Algo que revoluciona la imagen de Dios en la mayoría de las religiones. Y el amor de Dios no está dirigido a un determinado grupo religioso, sino a toda la humanidad. Él es el don de Dios para todos los seres humanos.


La humanidad amante

Por supuesto, el amante quiere que la persona amada se identifique con él.

La revelación que Jesús hace del corazón amoroso de Dios está en el contexto del diálogo con Nicodemo. Antes de que Nicodemo le pregunte algo Jesús le ha dicho: “te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. También aquí, como en toda relación amorosa, la finalidad es que nazca algo nuevo.

Nicodemo, ya viejo, considera que eso es imposible. Por eso, Jesús tendrá que explicarle qué significa eso de ser una humanidad amante que nace de nuevo, del espíritu.


Caminar en la luz

La explicación de Jesús es clara para aquel que quiera entenderla.

“Todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

No deja lugar para la indiferencia. O se acepta o se niega el amor de Dios. O se nace del espíritu o seguiremos viviendo según nuestros instintos buscando nuestros intereses egoístas.

El que de alguna manera se aprovecha u oprime a sus hermanos no puede aceptar la luz, caminará en las tinieblas y esa es su condenación. Permanecerá en las tinieblas. Sólo el que practica la lealtad, el que realiza la verdad, podrá caminar en la luz y alcanzará la plenitud de la Vida.

Realizar la verdad no significa no equivocarse, significa ser leal. Y somos leales cuando nos sentimos amados por Dios y somos capaces de amar a los demás, más allá de los defectos y limitaciones que todos tenemos.


Ser luz del mundo

Como cristianos y como Iglesia estamos llamados a ser luz del mundo. A decir con nuestra vida a todo hombre y mujer que valen más de lo que piensan y por eso son amados por Dios.

Para poder cumplir nuestra misión tenemos que dejar de actuar en nombre de un Dios-juez para actuar en nombre de un Dios-amante. Quizás sea ese el nacimiento nuevo que a todos se nos pide en este tiempo de Cuaresma.

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WebJCP | Abril 2007