La semana pasada, el hermano Douglas, el padre Juan Carlos y yo, nos escapamos del frío y de la lluvia de Otuzco, para disfrutar del calor de la ciudad de Lima. Estuvimos conociendo a fondo la ciudad; algunos de sus museos, de sus restos arqueológicos, su centro histórico, sus iglesias, la casa natal de San Martin de Porres, de Santa Rosa de Lima, un montón de cosas.Conocimos el Centro de acogida de las Misioneras de la Caridad (fundadas por Madre Teresa de Calcuta), que acogen a niños (muchos de ellos con síndrome de Down), a ancianos, a gente que vive en la calle… Nos contaron que muchas veces han llamado a la puerta y al abrir han encontrado a un bebé envuelto en plásticos y telas, con una nota diciendo que la familia no se podía encargar del pequeño. Qué duro fue, eran los pobres de entre los pobres, los preferidos de Dios. Sin embargo me impactó fuertemente la sonrisa de las hermanas y de los voluntarios.
También visitamos el módulo de enfermos de VIH del hospital “Dos de mayo”, donde Douglas ha estado 15 años trabajando con ellos. El módulo está dividido por áreas, arriba los enfermos de VIH y de tuberculosis, y en la parte de abajo los enfermos por picaduras tropicales; malaria, dengue… y en el otro lado los de VIH (que no tenían tubercolosis). Esa era la teoría, en la realidad están todos mezclados por falta de sitio, son salas comunes, con unas 40 camas, sin ningún tipo de separación entre ellos, ni siquiera una cortina. Tuve la suerte de poder conversar con uno de ellos, se contagió en la cárcel, donde ya conoció a Douglas (que también iba a ayudar allá), me contó su experiencia, qué dificil era escucharle sin ponerme a llorar.
Conocimos también otra realidad complicada de Lima, bueno del Callao, que es una ciudad vecina, en realidad uno no se da cuenta que sale de Lima y entra en Callao, están unidas. Callao es la ciudad donde está el aeropuerto y el puerto, una zona conflictiva, con bastante droga, prostitución… Allá hay también bastante presencia marianista; una comunidad, un colegio, un instituto de computación, una parroquia y un centro juvenil, conocimos todas sus obras, a sus encargados, a los niños que participaban en el centro juvenil.
En esos mismos días, donde convivimos con algunas de las realidades más duras, con la pobreza más extrema de la ciudad, donde olíamos la pobreza, la veíamos cara a cara… fuimos invitados por una amiga de Douglas a un restaurante, el ‘Jose Antonio’, uno de los mejores de la ciudad (la verdad yo nunca había ido a un sitio donde había un aparcacoches en la puerta, pensaba que era todo un montaje de las películas). Era como comer dentro de un museo, todo repleto de cuadros de la escuela cuzqueña, con un montón de camareros… He de reconocer que la comida estaba exquisita: escabeche de pescado, causa de pollo, patatas a la huancaína, choclo, tamales, lomo saltado, caucau, carapulcra, pisco, soufflé de aguacate, crema voltada, suspiros limeños…
Ahora, unos días después echo la vista atrás y pienso: “qué contrastes tan fuertes, ¿no? Unos días conociendo unos barrios tan conflictivos, viendo en directo el tráfico de drogas, la prostitución… y otro día sentado en un audi rumbo a uno de los restaurantes más caros de la ciudad. Tan sólo unas pocas calles separan ambas realidades, tan opuestas, tan radicalmente diferentes. Dentro de Lima, hay muchas “Limas”, muchos contrastes…
Me cuesta intentar entenderlo, intentar asimilarlo, e incluso intentar explicar lo que siento, es como estar entre dos mundos muy lejanos, pero paradójicamente vecinos, con un pie en cada lado.
Qué jodido es intentar entender esta realidad, intentar convivir con ella…
Ahora estoy de nuevo en Otuzco, en la sierra, con mi comunidad, pero el recuerdo de aquellos días en Lima, de aquellas gentes, permanece latente en mi corazón y en mi oración.
Miguel Perles “Perlergino”, clm (25/02/2009)
* Miguel Perles es laico marianista y se encuentra haciendo una experiencia de voluntariado misionero en Otuzco (Péru). En la revista FAST iremos publicando sus “Crónicas desde Perú”.







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