Desde hace ya un tiempo, esta revista viene dedicando las “Escuelas de Animación Misionera” a un tema que me parece interesante: la pedagogía misionera de Jesús. Como Iglesia y como cristianos necesitamos seguir aprendiendo mucho no sólo de lo que enseñaba Jesús, también de la forma cómo enseñaba.La forma no es algo secundario, sino que puede cambiar radicalmente el contenido del mensaje. Jesús se diferencia de los maestros religiosos de su época no sólo en lo que dice, sino en cómo lo dice, en cómo actúa frente a las personas. Y esa forma peculiar de Jesús, que implica cercanía y solidaridad con los excluidos, debe marcar el estilo misionero de la Iglesia si quiere ser fiel al Maestro.
Tomemos sólo un punto: la coherencia. Nadie pondrá en duda que la coherencia es un elemento esencial de la evangelización de Jesús. No había contradicción entre lo que pensaba, decía y hacía. Y no renunció a esa coherencia aunque le costara la vida.
Pero también es verdad que esa coherencia no le encerraba a Jesús en una idea fija, inamovible. Sabía que tenía que ser coherente con la voluntad de Dios, no con sus propias ideas, Eso le hizo estar permanente abierto al cambio. Y el cambio podía llegar de los lugares, o las personas más inesperadas.
Al principio él se siente enviado al pueblo de Israel. Alguien le hace cambiar de opinión. Se trata de una mujer, alguien que no tenía voz y no podía ser testigo en un juicio. Para colmo no pertenecía al pueblo judío, era sirio fenicia, una pagana, alguien que oficialmente estaba marginada de Dios y poco o nada podía saber de Él.
Justamente una persona así, va a ser quien haga cambiar su forma de pensar y le ayude a descubrir que la Buena Noticia que anuncia es para todos los pueblos, no sólo para el suyo (ver Marcos 7, 24-30).
La actitud de Jesús contrasta con la de ciertos sectores eclesiales que por mantener una supuesta “coherencia” se mueven con el principio de “matenella y no enmendalla”. Incapaces de reconocer los propios errores y cambiar, como si cualquier cambio fura incompatible con la coherencia.
Jesús estaba abierto a lo nuevo, aunque viniera de fuera de su cultura o su visión religiosa. Sabía que Dios no estaba atado a ninguna mentalidad.







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