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miércoles, 4 de marzo de 2009

8 de Marzo: NACIDO DE MUJER


Por Vittorino Girardi Stellin mccj
Obispo de Tilarán, Costa Rica

1. Me encontraba de vacaciones con mi madre, viuda desde hacía unos 30 años. En aquellos días se nos había informado que la enfermedad cardiaca de mi hermano mayor era «cosa grave» y que, si la crisis se repetía, él tenía muy poca probabilidad de sobrevivir. Me impactó el comentario de mi madre. Me dijo: «No puede, no debe morir tu hermano antes que yo. Primero debo morir yo. ¿Qué hago en este mundo sin un hijo mío?» En la sencillez y sublimidad de su lenguaje, me estaba diciendo que para una madre, mi madre, la muerte es preferible a una vida en la que se debe llevar el peso de la muerte de un hijo.

No hacía mucho que Juan Pablo II había publicado su Carta a las Mujeres (15 de agosto de 1988). En ella hay una expresión que es como el hilo conductor de aquel documento al que él mismo quiso darle «estilo y carácter de meditación». El comentario de mi madre me lo hacía recordar y tener bien presente: «la mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor, en el don sincero de sí misma». Es verdad, esto vale también para el varón y lo ha afirmado categóricamente el Concilio Vaticano II: «el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (GS 24). Se ha dicho ya que esta descripción (en cierto sentido, definición de la persona) corresponde a la verdad bíblica fundamental acerca de la creación del hombre –varón y mujer– a imagen y semejanza de Dios. Sin embargo, esta verdad brilla con luz extraordinaria en la mujer: en ella se realiza de modo único, el don de sí, gracias a la maternidad, que, desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona. Juan Pablo II escribió: «la maternidad está unida a la estructura personal del ser mujer y a la dimensión personal del don: Las palabras de María en la Anunciación “hágase en mí según tu palabra” significan la disponibilidad de la mujer al don de sí y a la aceptación de la nueva vida» (n. 18d).

2. Si Dios es Amor, don incondicional de sí mismo, es él mismo quien nos invita a fijarnos en la Madre, para «revelarnos» el espesor o profundidad de su amor. Me refiero al texto de Isaías, que tan frecuentemente citamos en nuestras predicaciones, pero que no pierde nada de su impacto en los oyentes: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (49,14-15). Y no es el único texto: «Como uno a quien su madre le consuela, así yo lo consolaré, dice el Señor» (Is 66,13). También en los Salmos Dios es comparado a una madre solícita: «mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí!» (131,2).

También Jesús, «rostro humano de Dios», no sólo realizó gestos maternales hacia los suyos para manifestarles su amor, sino que se sirvió de una comparación extraordinariamente humilde, y de ternura maternal para decirnos: «Jerusalén, Jerusalén, ¡cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina a su polluelos bajo sus alas…» (Lc 13,34).

En su breve pontificado de 33 días, el papa Juan Pablo I, sorprendió a todos aquel día, en que con su abierta sonrisa, exclamó: «Dios es nuestro Padre, sí, pero sobre todo Madre». Esa expresión que pudo sonar «atrevida» en labios de un Papa, era eco y resonancia de la misma Palabra de Dios.

3. Nuestro fundador san Daniel Comboni «sorprendió», como Jesús lo había hecho en su tiempo, por su modo de valorar el «genio» femenino. Bastan algunas afirmaciones suyas: «Yo he sido el primero en hacer que colabore en el apostolado del África Central el omnipotente ministerio de la mujer del Evangelio, que es el escudo, la fuerza y la garantía del ministerio del misionero» (E 5284). «La Hermana de la Caridad es un sacerdote y más que un sacerdote (…)» (E 4465). «Dos padres con seis hermanas en una misión de África Central harán mayor bien que doce padres sin hermanas (…)» (E 5118). Comboni confirmaba sus convicciones con su experiencia, cuando refiriéndose a su primer breve periodo en África, afirmó: «cuando no tuvimos hermanas misioneras, no sólo no logramos nada, sino que pusimos en peligro nuestras vidas».

Más allá del estilo enfático de Comboni, aparece el papel extraordinario e insustituible de las que él quería: «Pías Madres de la Nigrizia, es decir, misericordiosas y heroicas madres de los africanos, verdaderos “don de sí mismas” al estilo de María, quien acompañó a su Hijo, hasta los pies de la cruz».

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WebJCP | Abril 2007