1. Hace dos años el Departamento de Increencia del CELAM (Consejo Episcopal de América Latina) organizó en Montevideo (Uruguay) una reunión de obispos con representantes del mundo de la increencia (periodistas, científicos, escritores…). El tema de la reunión consistió en una pregunta: ¿En qué creen los que dicen no creer?
Lo que más me impactó fue un anciano que, después de enumerar en lo que creía, nos dijo: «Sin embargo, hasta ahora no soy capaz de creer en Dios; me pasa como al que no sabe cantar, yo no sé creer y lo siento profundamente. La vida me ha dado mucho, pronto me iré, y mi corazón se llena de una angustia insoportable». A la vez que, espontáneamente yo daba gracias a Dios por el precioso don de la fe, pensaba que la razón profunda de la angustia de aquel anciano era la de sentirse solo hacia la más dura soledad: la de la muerte y el dolor que la precede. En contraste, no podía evitar recordar el testimonio de un misionero, quien invadido por el cáncer, antes que la inconsciencia se adueñara de él, «confortaba» a los que intentaban «confortarle», diciéndoles: «no se preocupen, que el día más bello de la vida de un misionero, es el de la muerte; del encuentro con aquel de quien tanto ha hablado, de quien pretendió ser testigo».
2. Dos reacciones radicalmente distintas frente a nuestro final natural: La primera, propia de quien teme a la muerte como «desaparición total», como aniquilación y hundimiento en la nada; la segunda, propia de quien la vive como paso a la plenitud donde ya no hay lágrimas ni dolor, sino sólo la vida en Dios. Sin embargo, en la «angustia insoportable» de aquel anciano, no es difícil percibir la llamada de Dios. Cuando todas las puertas se cierran, se hace más fácil advertir la voz del que llama a la nuestra, como dice el Apocalipsis: «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (3,20). Frente a la «soledad insoportable» se abre la posibilidad de la amistad y la intimidad de quienes «cenan juntos». Y es que Dios, como lo leemos en san Pablo, «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4). Obviamente se trata de una voluntad salvífica universal que implica la acción de Dios. Él nos alcanza con su gracia ahí en donde nos encontramos con nuestra historia concreta. Es, otra vez san Pablo que afirma escuetamente: «por lo demás, sabemos que Dios interviene en todas las cosas para que todo coopere a nuestro bien» (Rom 8,28).
Sorpresivamente, es la experiencia del límite humano, del sufrimiento, del dolor y de los muchos «fraudes» a que nos somete el mundo, lo que facilita advertir que Dios nos busca para que le busquemos: en la experiencia del sufrimiento es donde advertimos su presencia, la del Padre que no sólo espera la vuelta del hijo, sino que lo busca.
3. Dios nos hizo para buscarlo a través del camino de nuestros deseos. Sólo él, en su infinitud, tiene el poder de cumplir para siempre nuestra sed de vida y felicidad. Comprender y asimilar esto brinda una luz extraordinaria sobre nuestro camino. Vamos descubriendo a Dios que no sólo nos mira «de lo alto», sino que se «baja» para asumir nuestra historia, nuestro sufrimiento. Vamos experimentando lo que escribía san Pablo a los cristianos de Corinto: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en toda tribulación nuestra, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación» (2Cor 1,3-4). Esta es la vocación del cristiano: una vez que estamos iluminados por la fe, debemos pasar haciendo el bien, «consolando», porque, como Cristo, nos sentimos «movidos a compadecernos».
Lo que más me impactó fue un anciano que, después de enumerar en lo que creía, nos dijo: «Sin embargo, hasta ahora no soy capaz de creer en Dios; me pasa como al que no sabe cantar, yo no sé creer y lo siento profundamente. La vida me ha dado mucho, pronto me iré, y mi corazón se llena de una angustia insoportable». A la vez que, espontáneamente yo daba gracias a Dios por el precioso don de la fe, pensaba que la razón profunda de la angustia de aquel anciano era la de sentirse solo hacia la más dura soledad: la de la muerte y el dolor que la precede. En contraste, no podía evitar recordar el testimonio de un misionero, quien invadido por el cáncer, antes que la inconsciencia se adueñara de él, «confortaba» a los que intentaban «confortarle», diciéndoles: «no se preocupen, que el día más bello de la vida de un misionero, es el de la muerte; del encuentro con aquel de quien tanto ha hablado, de quien pretendió ser testigo».
2. Dos reacciones radicalmente distintas frente a nuestro final natural: La primera, propia de quien teme a la muerte como «desaparición total», como aniquilación y hundimiento en la nada; la segunda, propia de quien la vive como paso a la plenitud donde ya no hay lágrimas ni dolor, sino sólo la vida en Dios. Sin embargo, en la «angustia insoportable» de aquel anciano, no es difícil percibir la llamada de Dios. Cuando todas las puertas se cierran, se hace más fácil advertir la voz del que llama a la nuestra, como dice el Apocalipsis: «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (3,20). Frente a la «soledad insoportable» se abre la posibilidad de la amistad y la intimidad de quienes «cenan juntos». Y es que Dios, como lo leemos en san Pablo, «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4). Obviamente se trata de una voluntad salvífica universal que implica la acción de Dios. Él nos alcanza con su gracia ahí en donde nos encontramos con nuestra historia concreta. Es, otra vez san Pablo que afirma escuetamente: «por lo demás, sabemos que Dios interviene en todas las cosas para que todo coopere a nuestro bien» (Rom 8,28).
Sorpresivamente, es la experiencia del límite humano, del sufrimiento, del dolor y de los muchos «fraudes» a que nos somete el mundo, lo que facilita advertir que Dios nos busca para que le busquemos: en la experiencia del sufrimiento es donde advertimos su presencia, la del Padre que no sólo espera la vuelta del hijo, sino que lo busca.
3. Dios nos hizo para buscarlo a través del camino de nuestros deseos. Sólo él, en su infinitud, tiene el poder de cumplir para siempre nuestra sed de vida y felicidad. Comprender y asimilar esto brinda una luz extraordinaria sobre nuestro camino. Vamos descubriendo a Dios que no sólo nos mira «de lo alto», sino que se «baja» para asumir nuestra historia, nuestro sufrimiento. Vamos experimentando lo que escribía san Pablo a los cristianos de Corinto: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en toda tribulación nuestra, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación» (2Cor 1,3-4). Esta es la vocación del cristiano: una vez que estamos iluminados por la fe, debemos pasar haciendo el bien, «consolando», porque, como Cristo, nos sentimos «movidos a compadecernos».








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