Publicado por Revista Misioneros Tercer Milenio
Un grupo de niños y niñas de distintas razas y culturas caminan, sonrientes, por un largo y serpenteante camino que se pierde en las lejanas montañas, sobre el horizonte. Todos llevan mochilas o bolsas de viaje. Parecen ir de excursión. Están alegres, se les ve felices. Algunos dialogan entre sí. Muchos otros muchachos les preceden en la marcha, que atraviesa distintos países del continente asiático, a juzgar por los edificios de las localidades que encuentran a su paso. Todos van en la misma dirección. Todos hacen “camino”…
Esta es la imagen del cartel de la Jornada de la Infancia Misionera de 2009. Sobre la misma, un lema: “Con los niños de Asia… buscamos a Jesús”. Jesús es, en efecto, la meta, el destino final del camino. El cartel es de un amarillo llamativo e intenso. Ello obedece a que éste es el color con el que se identifica habitualmente al mayor de los continentes. Un continente –nos recuerda Obras Misionales Pontificias (OMP)– que cuenta con unos pueblos profundamente religiosos y que es cuna de las mayores religiones del mundo.
Asia protagoniza la campaña de este año; pero en los venideros, la mirada de la Iglesia se dirigirá también a los otros cuatro continentes. El plan de formación misionera de niños y adolescentes que ha establecido el Secretariado de Infancia Misionera de las OMP contempla, en efecto, que la jornada de 2010 esté dedicada a África (con el color verde como leit motiv) y que tenga por lema “Con los niños de África… nos encontramos con Jesús”; Oceanía, y el color azul, protagonizarán la de 2011, que se celebrará bajo el lema “Con los niños de Oceanía… seguimos a Jesús”; y a ambas sucederán las que se centren en América y Europa, en 2012 y 2013 respectivamente, con los colores rojo y blanco como señas de identidad, y con estos lemas: “Con los niños de América… hablamos de Jesús” y “Con los niños de Europa… acogemos a todos como Jesús”.
Despertar la conciencia misionera
Se ha indicado ya que el objetivo primero y fundamental de esta Jornada es el de “despertar la conciencia misionera de los niños”. Y para ello, qué duda cabe, es fundamental llamar su atención sobre las necesidades de todo tipo que tienen muchos otros menores (no tan privilegiados como ellos) del Tercer Mundo. Una adecuada información resulta, por ello, esencial e imprescindible. Luego, más adelante, ya llegará la actuación, mediante la colaboración en proyectos concretos. “Los niños son animados a ofrecer a los otros niños del mundo su ayuda en forma de oración, de sacrificios, de donativos, estimulándoles a descubrir en ellos el rostro mismo de Jesús”, se dice en otro de los artículos de los estatutos de la POSI.
El trabajo es arduo. Como ardua, inmensa y casi inabarcable es, también, la labor a realizar con la infancia en este mundo injusto, repleto de guerras y conflictos interesados, en el que gran parte de la población apenas tiene para comer o muere de enfermedades que son curables.
Pero, ¿de qué tienen que concienciarse exactamente los niños, y máxime en fechas tan consumistas como éstas? Pues, para empezar, de que no todos tienen a su alcance juguetes ni regalos como ellos; que muchos menores sólo pueden comer una vez al día, porque sus familias no tienen dinero; que los hay tan pobres, y están tan solos y desamparados, que se ven obligados a vivir en la calle; que se cuentan por millones los que no pueden ir a la escuela a aprender a leer y escribir porque tienen que trabajar… Los padres y profesores deberían enseñar a sus hijos y educandos, por ejemplo, que 1,8 millones de niños mueren cada año a causa de las diarreas causadas por falta de acceso al agua potable; que otros seis millones, menores de cinco años, lo hacen por falta de alimentos, tragedia que comparten los progenitores de esos 250.000 niños y niñas menores de cinco años que fallecen, también anualmente, a causa de enfermedades que se podrían prevenir fácilmente de contar con los medios –vacunas, sobre todo– necesarios.
En realidad, se cuentan por decenas de millones los niños de todo el mundo que no tienen infancia. Manos Unidas lo recordaba el pasado 20 de noviembre, con motivo de la celebración del Día Universal del Niño. La vida ha convertido a un sinnúmero de ellos en “adultos prematuros atrapados en pequeños cuerpos” que luchan día a día por sobrevivir.
Proyectos de vida
Pero, ¿cuáles son las necesidades que la Jornada de la Infancia Misionera trata de remediar? En esencia, con la Infancia Misionera se recogen fondos para proyectos vinculados con seis áreas concretas: el hambre y la asistencia sanitaria; la educación; situaciones derivadas de guerras; la esclavitud laboral; el abandono familiar y social que sufren los “niños de la calle”; y, por último, la explotación sexual. Si centramos nuestra atención en estos campos, obtendremos una estupenda –a la par que dramática– radiografía de la situación de la infancia en el mundo.
Echemos un vistazo, por ejemplo, a la esclavitud laboral. ¿Cuántos niños son forzados a trabajar desde la más tierna edad? Según el cardenal Javier Lozano Barragán, “ministro” de Sanidad del Vaticano, unos 250 millones, menores de quince años. Es cierto, como sostienen algunos en este acomodado Occidente, quizá para acallar su mala conciencia, que esos trabajos infantiles mal retribuidos son los que ayudan a salir adelante a millones de familias pobres, pero no menos verdad es que, al no poder estudiar, esos niños hipotecan su futuro y el de sus países.
Desde hace algún tiempo, distintas organizaciones cristianas, encabezadas por el Movimiento Cultural Cristiano, hacen campaña para que se declare el 16 de abril como Día Mundial contra la Esclavitud Infantil. ¿Por qué esa fecha?, se preguntará más de uno. Pues porque un 16 de abril de 1995, Domingo de Resurrección para más señas, fue asesinado en Pakistán un niño cristiano de doce años llamado Iqbal Masih, que había trabajado como esclavo desde los cuatro en fábricas textiles. Las mafias le mataron por denunciar internacionalmente (en Parlamentos y universidades de Europa y Estados Unidos) la explotación que sufren en su país los niños como él, así como la responsabilidad de los habitantes de los países desarrollados en esa situación. “Poderosas empresas multinacionales conocidas de todo el mundo –con producciones que van desde los automóviles y ropa hasta refrescos y zapatillas deportivas– utilizan a niños y niñas, mediante subcontrataciones en países empobrecidos, para abaratar los costes de producción”, denuncian estas organizaciones.
El de los 250 millones de niños que sufren explotación laboral no fue el único dato facilitado por el cardenal Lozano en esa conferencia internacional. Allí, en el Vaticano, se dijo también que cada año mueren casi diez millones de niños, el 40% de ellos antes de cumplir el primer mes de vida. Que el 30% de los menores de cinco años que hay en el mundo sufren hambre o están desnutridos. Y que en los últimos diez años, han sido asesinados en los distintos conflictos armados dos millones de chicos y chicas, mientras que otros seis millones han quedado inválidos, y decenas de miles más mutilados por la explosión de minas antipersonales.
Sigamos con la radiografía de la infancia. ¿Cuál es el peor sitio para venir a este mundo? “Sierra Leona”, respondía Ann M. Veneman, directora ejecutiva de UNICEF, en una reciente entrevista en El Periódico. “Allí mueren 274 de cada mil niños que nacen, y una mujer de cada ocho fallece también en el parto, cuando la proporción en el mundo desarrollado es de una de cada 8.000”.
En otros países, como Burkina Faso, donde la esperanza de vida apenas alcanza los 48 años y el 76% de la población es analfabeta, ni siquiera se registra a los niños al nacer. De sus más de trece millones de habitantes, unos ocho millones están sin censar, por lo que a efectos administrativos ni siquiera existen.
¿Y qué decir de los niños de la calle? Aproximadamente cien millones de ellos malviven de lo que mendigan, roban o encuentran en la basura de las grandes urbes, sobre todo en América Latina. En muchas ocasiones, la cola o el pegamento que esnifan constituye la única válvula de escape a un drama que comenzó con la muerte (o el abandono) de sus padres. Muchos de ellos no llegarán a la edad adulta. “En Bombay –se podía leer no hace mucho en Juventud Misionera, publicación de los salesianos– cada mes desaparecen entre 150 y 200 niños, de los que del 30% al 40% aparecen sin vida y con algún órgano extirpado”.
¿Y los niños-soldado? Se calcula que hasta 600.000 menores empuñan las armas en los distintos conflictos armados que hay por el mundo. Hecho lamentabilísimo, sí, pero que, a decir verdad, no debería extrañar tanto, puesto que, como recordaba no hace mucho uno de estos pequeños rambos, ya reintegrado a la sociedad, “algunos países tienen más armas ligeras que población”. Presentación López Vivar, la religiosa del Instituto de San José de Gerona herida en noviembre en Rutshuru (República Democrática del Congo), habló a su regreso a España de la tragedia que supone el enrolamiento forzoso de los críos. “Los niños-soldado son las principales víctimas de la guerra. Los captan desde muy pequeños y son obligados a luchar sin ninguna formación, por eso muchas familias deciden casarles rápidamente para evitarlo”, relataba desde el hospital esta misionera burgalesa, a la que un obús ha dejado sin piernas.
Hay esperanza
Pero no todo son dramas. Siempre habrá esperanza. Los niños vinculados a la Infancia Misionera, y sus educadores, deben saber también que son miles, tal vez decenas de miles, las personas que en todo el mundo trabajan por una mejora de su situación. En los últimos meses, sin ir más lejos, dos de estos “ángeles de la guarda” han visto reconocido su dedicación de toda una vida. Es el caso del salesiano italiano Javier de Nicoló, misionero en Colombia desde 1948, que lleva medio siglo trabajando en este país con los niños de la calle y con los jóvenes. Y también, del sacerdote irlandés Shay Cullen, que el pasado 9 de octubre fue distinguido con el Premio Internacional de la Solidaridad por sus esfuerzos en la reinserción social y escolar de los niños que son víctimas de abusos sexuales en Filipinas. Nominado ya dos veces para el Nobel de la Paz, este cura de la Sociedad Misionera de San Columbano ha dedicado su vida a proteger a los menores explotados en los prostíbulos y víctimas del turismo sexual. Trabajo, desde luego, no le falta; ni a él ni a todos los que, como él, se dedican a estos temas, pues se calcula que 1,8 millones de niños y niñas están atrapados en esa esclavitud moderna que es el comercio sexual.








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