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MISIONEROS EN CAMINO: Epifanía del Señor: ANOTACIONES EN TORNO AL BELEN (Mt 2, 1-12)
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lunes, 5 de enero de 2009

Epifanía del Señor: ANOTACIONES EN TORNO AL BELEN (Mt 2, 1-12)


Un Belén de ríos de platilla, con reyes magos, camellos y dromedarios, cargados de tesoros; con pastores ingenuos y escenas costumbristas, nieve de algodón y paisajes de serrín, verde musgo y árboles y hogueras y luces interminentes de colores y villancicos y panderetas y su estrella clavada en el cielo, custodiando el portal, con José, María y Jesús, el buey y la mula... Una navidad para todos, sin aguijón ni provoca­ción, sin mensaje; navidad dulce, de turrón y mazapán, de anís y calor de hogar. Un día para unirse al año, un año para seguir como antes. Pienso que este tipo de belenes ni inquietan, ni molestan, ni invitan a la reflexión: presentan una navidad des­cafeinada.

El primer Belén no fue así. Fue un acontecimiento que gritaba - y grita- a los cuatro vientos que no había derecho a que las cosas estuvieran como estaban -estén como están-. Aquel Belén levantó la esperanza de los pobres, la persecución de los poderosos, el olvido y desinterés de los cultos.

Veamos la ganga que se le ha añadido a aquel Belén ori­ginario...

Todo comenzó en Belén (= Bet-lehem: casa del pan o casa de 'Lahmu', divinidad acádica), una aldea rodeada de estepas desérticas, a unos siete kilómetros de Jerusalén, la capital. Miqueas (5,1) lo había profetizado: «Pero tú, Belén de Efrata, eres la más pequeña entre las aldeas de Judá; de ti sacaré al que ha de ser jefe de Israel... » El evangelista Mateo cita esta profecía con algunas correcciones: «Y tú Belén, tierra de Judá», no «eres» ni mucho menos «la última de las aldeas de Judá». Para él, la aldea se crece por haber nacido en ella Jesús. No se fijó Dios en las murallas y palacios de Jerusalén, sino en una aldea insignificante, cuna del rey David. Dios tiene debilidad por lo que no cuenta: una aldea pequeña será el lugar elegido. Lo que allí sucedió fue como un relámpago en la oscuridad de la noche de la historia...

«El niño se llamará Jesús» (Yehoshua: Yahvé salva), nombre bastante común entre los judíos. Así se llamaba el autor del libro del Eclesiástico, y el caudillo (Jesús Josué) que condujo al pueblo de Israel hasta la tierra prometida. Je­sús sería el Mesías, el liberador de Israel que llevaría a los suyos al país de la vida sin semilla de muerte.

«Un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre» fue la señal dada a los pastores por los ángeles. El nacimiento de Jesús no tuvo nada de extraordinario: «Estando allí, le llegó a María el tiempo del parto, dio a luz a su hijo primo­génito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por­que no encontraron sitio en la posada» (Lc 2,7). Como cual­quier mujer, con dolor y angustia, María dio a luz a su hijo. A la usanza de la época, el cuerpo tierno de aquel niño fue vendado fuertemente con jirones de tela, pues los antiguos creían que, de no hacerse así, el niño crecería deformado y sus huesos no se solidificarían. Jesús nació fuera de la aldea: «No había lugar para él en la posada.» De mayor, tampoco habría lugar para él en la ciudad. La gente dejaría solo a su liberador a la hora de la verdad, colgándolo de un madero extramuros.

Nada dicen los evangelios del día y mes del año de su na­cimiento, ni siquiera del lugar exacto: lo del portal, la cueva o la gruta no aparece en ellos; por supuesto que tampoco el buey y la mula -con función de calefacción natural de otras épocas- pertenecen al relato evangélico. La imaginación de los evangelios apócrifos o falsos adornó con detalles la sobrie­dad del texto evangélico. Desde el siglo IV, los cristianos deci­dieron celebrar el nacimiento de Jesús el día en que los roma­nos celebraban la fiesta del solsticio de invierno (24-25 de diciembre), día en que el sol alcanza, en su movimiento apa­rente, su distancia máxima de la tierra y comienza a acercarse a ella aumentando su intensidad. El dios 'sol invicto' recibía en aquella fecha toda clase de cultos y ofrendas. Los cristianos sustituyeron el 'astro sol' por el 'sol de Justicia-Jesús', que se acerca a los hombres. Nació así nuestra fiesta de Nochebuena y Navidad.

«Hijo de José y María.» De José sabemos que era des­cendiente, venido a menos, de la familia de David. De la fa­milia de María poco dicen los evangelios. De sus padres, Joa­quín y Ana, de su dedicación y vida desde los tres años en el templo, los evangelios apócrifos dan sobradas y fantásticas no­ticias. Estos mismos evangelios tuvieron la indelicadeza de presentar a José, el esposo de María, como hombre de avan­zada edad y barba venerable, para preservar así la virginidad de su esposa, Madre-Virgen... José y María, en todo caso, debieron de ser unos jóvenes esposos de catorce a dieciséis años de edad; unos jóvenes más entre tantas jóvenes parejas, sin especial relieve. Dios «se fija en lo débil del mundo para confundir a los fuertes...

La noticia del nacimiento se divulga. Aquella noche, el cielo se vistió de fiesta. Un ángel -Dios sabe cómo sucedió en realidad- comunicó a los «pastores» la buena noticia, y éstos corrieron al pesebre para comprobar lo anunciado. Des­pués, estando ya el niño Jesús en una casa, fue visitado por «los magos», que llegaron hasta él gracias a una «estrella» que les hizo de guía.

«Los pastores... » eran representantes natos de las clases marginadas del país, equiparados a recaudadores y publicanos, ladrones por obligación y profesión. Por ser considerados como embusteros no podían hacer de testigos en los juicios. No cobraban salario por su trabajo; recibían la manutención a cam­bio y tenían obligación de reponer las pérdidas de ganados a sus amos. El modo concreto de hacerlo era el robo. El naci­miento de Jesús se anuncia a ladrones, en primer lugar, diría­mos hoy, llevándonos las manos a la cabeza. Manías del Altí­simo, alabado sea su santo nombre...

«Unos magos de Oriente» se presentaron en Jerusalén preguntando: « ¿Dónde está el rey de los judíos que ha naci­do? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje» (Mt 2,1-2). Se creía por entonces que el nacimien­to de todo gran personaje en la tierra era acompañado por la aparición de una estrella en el firmamento. A Jesús no le debía faltar la suya... Lo de «la estrella», sobre la que se han lanzado todo tipo de hipótesis (¿Fue un cometa? ¿La conjun­ción de los planetas Saturno, Júpiter y Marte, que, según Keppler, tuvo lugar el 747 de la fundación de Roma?), es un símbolo. En el libro de los Números (24,17) se dice: «Avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel.» Esta estrella es símbolo del Mesías, que conduce a los paganos a la luz de la fe, hecho anunciado por el profeta Balaán, el de la famosa burra contestataria, en contra de la voluntad del rey Balac. Balaán era mago. En la estrella que conduce a los magos a Jesús ve el evangelista Mateo la marcha de los paganos hasta la fe. Estos personajes, a más de extranjeros, ejercían una pro­fesión penalizada por la Biblia: la magia. Eran originarios, tal vez, de la tribu de los Medos, que llegó a convertirse en casta sacerdotal entre los persas. Practicaban la adivinación, la me­dicina y la astrología, prácticas que, en la Biblia, no gozan de buena reputación (1 Sm 28,3; Dt 18,9-13; Dn 1,20; 2,2-10).

Los dos primeros y únicos grupos de personajes que desfi­laron ante Jesús, tras su nacimiento, no contaban entre los poderosos de la tierra, pues eran marginados del mismo pue­blo de Israel (pastores) o extranjeros mal vistos por la religión oficial (magos), aunque respetuosamente tratados por Herodes. Dios se fija en los que no cuentan para anunciarles la buena noticia.

De los magos hemos sabido (¿inventado?) más con el tiempo. Pero nada de lo que sigue aparece en los evangelios. Desde el siglo II se piensa que eran tres, a juzgar por los tres regalos que le ofrecen al niño: oro (regalo real), incienso (para el culto) y mirra (para ungir el cadáver el día de la muerte); se les bautizó en el siglo VI con el nombre de reyes: Melchor, rey de Persia; Gaspar, rey de Arabia, y Baltasar, rey de la India. Estos tres reyes se habían reunido por orden de Dios en Persia para acudir hasta Belén, guiados por la estrella (datos que ofrece el evangelio armenio de la Infancia, del s. VI). San Beda (s. VIII) los considera representantes de Europa, Asia y Africa, los tres continentes conocidos en aquel tiempo; de ahí los distintos colores de su piel. En el siglo XII se traslada­ron sus supuestos huesos desde Milán a la catedral de Colonia, donde hoy son venerados. Para más datos, el evangelio no dice que fueran reyes ni tampoco fueron recibidos con el cere­monial real por Herodes. Fue Cesáreo de Arlés quien comen­zó a denominarlos así, basado en el salmo 71,10 e Isaías 49, 7ss. Venían de Oriente: para un israelita, Oriente puede ser todo lo que hay al otro lado del Jordán.

«Herodes el Grande.» Los poderosos de la tierra están representados por Herodes, una versión actualizada del faraón de Egipto, que quiso acabar con los primogénitos de los israe­litas cuando el pueblo era esclavo. Moisés antes, y ahora Je­sús, se libraron de la muerte. Dios andaba de por medio. Los poderosos no quieren que el pueblo alcance la libertad y aca­ban con la vida de quienes pueden concienciarlo.

Herodes, el gran rey Herodes, era famoso por su cruel­dad: mandó matar a su yerno, ahogado; mató a sus hijos Aris­tóbulo y Alejandro; estranguló a su mujer, Mariamme. Cinco días antes de morir mandó que asesinaran a su hijo mayor, Antípatro, y dio orden de hacer perecer, después de su muerte, a todos los 'notables' de Jericó para que hubiera lágrimas en sus funerales. Era consciente de que el pueblo judío no lo es­timaba demasiado como para llorarlo ese día. Lo que el evan­gelio cuenta de él cuadra con sus ansias de poder y con su crueldad sin límites. Que mandó matar a los niños menores de dos años consta por el evangelio. Cuántos niños murieron (en todo caso, no más de quince, según los diferentes cálcu­los de demografía y natalidad) no lo sabemos...

Pero Dios estaba con Jesús. La orden fue burlada y el niño se libró huyendo a Egipto. Algo parecido sucedió con la orden del faraón de Egipto de matar, al nacer, a todo israelita varón (Ex 1,15-22).

«Sacerdotes y letrados.» El ala eclesiástica de la época y la cultura del momento cumplieron su papel. Dieron toda la información a Herodes para llegar a Jesús, pero, acomodados e instalados en su saber y posición social, no sintieron el más mínimo interés por acudir hasta él: tal vez no sentían nece­sidad de libertador alguno. «Herodes... convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: en Belén de Judá, así lo escribió el profeta» (Mt 2,3-4).

Después de esto ya sabemos: «José y María se fueron con el niño a Egipto.» En Egipto había comenzado la historia del pueblo de Israel. Jesús había venido para reiniciar esta his­toria. De allí, como al principio, saldría para conducir al nue­vo pueblo a la tierra prometida.

Pero sólo los pobres siguieron la convocatoria. El poder político y religioso quiso en todo momento acabar con Jesús; les resultaba incómodo y subversivo. Al final de su vida, lo consiguieron colgándolo en un patíbulo.

Veinte siglos después seguimos celebrando su nacimiento los que creemos que aún vive y siembra de ilusión y esperanza el corazón de los pobres y marginados de la tierra. Para todos ellos, Feliz Navidad.

Aquel Belén del evangelio, por lo demás, poco tiene que ver con nuestros folklóricos y pintorescos belenes...

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WebJCP | Abril 2007