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MISIONEROS EN CAMINO: octubre 2008
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viernes, 31 de octubre de 2008

Todos los Santos: Evangelio Misionero del Día: Sabado 01 de Noviembre de 2008


Por CAMINO MISIONERO

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25--5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a El. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».


Compartiendo la Palabra
Por Pedro Garcia cmf
¿Qué celebramos hoy?... Una fiesta singular. La fiesta de TODOS los Santos.
Miramos hoy al Cielo, y no nos fijamos ni en Pedro ni en Pablo, ni en Marta o la Magdalena; no contemplamos a Agustín, a Francisco, Domingo o Ignacio, ni a Inés, Catalina, o Teresa... Hoy contemplamos la gloria de todos nuestros hermanos en la fe que ya triunfaron, desde el hombre o la mujer más gigantes en la Iglesia hasta el niño que se ha ido como un angelito al Cielo nada más nacer...
Casi todos ellos son Santos anónimos para nosotros, pero tienen un nombre propio y eterno en la presencia de Dios.
Allí hay parientes nuestros, los más cercanos tal vez, como nuestros padres, hijos o hermanos, y amigos y amigas muy queridos. Por ellos damos gracias a Dios. Por ellos, y en su honor, ofrecemos a Dios el Sacrificio de Cristo en la Eucaristía.
Nos encomendamos a ellos, para que rueguen por nosotros, porque son unos poderosos intercesores nuestros delante de Dios nuestro Padre y de Jesús el Salvador.
Los miramos con feliz envidia, porque tienen una dicha y una gloria que no podrán perder ya jamás. Y sentimos el anhelo grande de llegar también nosotros, como ellos, a esa felicidad que Dios nos tiene preparada. Estos son los sentimientos que dominan nuestro espíritu cuando tendemos hoy nuestra mirada al cielo azul, al cielo estrellado, más allá del cual los ojos de nuestra fe descubren otro Cielo, el Cielo donde Dios se manifiesta en gloria a todos sus elegidos. Esta fiesta nos hace ver de modo especial cómo Dios nos llama a la gloria. Teresa de Lisieux, la joven Doctora de la Iglesia, cuando no tenía más que tres o cuatro años y empezaba a distinguir las primeras letras del alfabeto, era ya una maestra en la doctrina de la predestinación. Contemplando el firmamento en la noche, se fijaba en la T que forman las estrellas dentro del cuadrilátero de la constelación de Orión, y decía a los suyos: Veo mi nombre escrito en el cielo.
No se equivocaba aquella niña precoz. Nosotros, los bautizados, desde el principio de nuestra existencia, tenemos el nombre escrito en el Cielo. Dentro del plan y designio de Dios, como nos explica San Pablo, al llamarnos Dios a la existencia nos ve ante sus ojos divinos, nos elige, nos predestina, nos llama, nos justifica y hace santos, hasta que, como último peldaño de su gracia y de su amor, nos glorifica eternamente.
Y como a nosotros, los bautizados, justifica a todos aquellos cuya fe y rectitud de corazón sólo Él conoce. Los mira, como a nosotros, redimidos por la Sangre de Jesucristo, y por Jesucristo los meterá también en su gloria. El plan de Dios es, por cierto, muy amoroso. Con el apóstol San Juan, admiramos el amor que Dios nos ha tenido, hasta llamarnos y hacernos de verdad hijos suyos, porque lo somos realmente, y cuando lo veamos cara a cara seremos en todo semejantes a Él. Ser como Dios para siempre, metidos en su misma vida y felicidad, ése será nuestro verdadero Cielo. Jesús se gozó inmensamente cuando vio a sus pies y en torno a Sí aquella multitud que le seguía. Adivinó y vio en ella, como un signo, a la multitud de los elegidos, y nos dijo quiénes eran estos afortunados: los pobres, los que lloran, los mansos y los pacíficos, los de corazón puro y generoso, los perseguidos por causa de Cristo y los que esperan todo de Dios. A cada grupo los iba llamando ¡Dichosos, dichosos, dichosos!..., porque vuestro es el Reino de los Cielos.
Esta fiesta nos trae una vez más a nuestra mente la realidad de la secularización que estamos padeciendo. El mundo moderno se ha empeñado en centrarse sobre sí mismo, sin mirar al más allá que necesariamente nos espera a todos.
Los pobres, los obreros, la masa trabajadora, sufrieron por muchos años la doctrina marxista que les adoctrinaba sobre un materialismo craso: ¿Dios?, les decían., ¡un invento del Capitalismo! ¿El Cielo? ¡Una palabra sin sentido, que debe ser eliminada del lenguaje humano, porque enerva las energías para trabajar y buscar la felicidad aquí, y no en una vida futura que no existe!... No digamos que este adoctrinamiento de las masas no dejó huella en el mundo. Los ateos no han desaparecido con la caída del muro de Berlín..., y hay que hacer revivir la fe en los pueblos que sufrieron la influencia marxista. Al mundo rico le está pasando igual o peor. Los que tienen todo en la vida se van diciendo convencidos: ¿Dios? ¿El Cielo? ¿Y para qué nos hablan de estas cosas, si no las necesitamos para nada?... No expresarán su pensamiento de manera tan cruda, pero saben vivirlo en la realidad de cada día... Así, por los unos que sufren y por los otros que disfrutan, se ha metido en el mundo la increencia, la infidelidad, el alejamiento de Dios, la desesperanza ante la vida eterna. Por eso, una fiesta como la de hoy viene a reavivar en nosotros, los creyentes, esa esperanza y esa ilusión de las que tan necesitada está la sociedad moderna.
¡Señor Jesucristo!
Tú nos dices cuáles serán tus últimas palabras cuando vengas a cerrar la historia de la Humanidad. De maldición para unos, de bendición para otros. Éstos, oirán de tus labios: ¡Venid, benditos de mi Padre, a poseer el Reino que os está preparado!... ¿Por qué no infundes en todos los hombres la fe en tu palabra y la esperanza de ese tu premio que nos ilusiona a nosotros?...

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miércoles, 29 de octubre de 2008

Evangelio Misionero del Día: Jueves 30 de Octubre de 2008

Por CAMINO MISIONERO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 31-35

Se acercaron algunos fariseos que le dijeron a Jesús: «Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte».
Él les respondió: «Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste! Por eso, "a ustedes la casa les quedará desierta". Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan:
¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!»

Compartiendo la Palabra

"No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén"
Autor: Padre Juan José Palomino del Alamo

A primera vista nos parece un tanto irreverente, por parte de Jesús, llamar "zorro" al Rey Herodes. Se
ve amenazado Jesús, pero no huye. Dice -previendo su muerte- que un profeta no debe morir fuera de
Jerusalén.

Hace primar la libertad y autonomía personal frente a una autoridad, que esclaviza. En nuestra vida y por
desgracia, nos han presentado la obediencia ciega y la sumisión pasiva como las grandes y únicas
virtudes cristianas.

Voces de fuera de la Iglesia, como la Ilustración y la Modernidad, nos han abierto los ojos al
descubrirnos la conciencia de la dignidad y la igualdad de todos los seres humanos. Simplemente
seres humanos, sometidos a la oscuridad y, por ello, con riesgo de equivocarnos.
Podemos y debemos rebelarnos y no obedecer a la autoridad, cuando nuestra conciencia nos
manifieste que no actúa correctamente. No se da entonces irreverencia ni rebeldía, sino más bien
rectitud de conciencia y coherencia ética en la práctica.

Karl Rahner, uno de los más ponderados teólogos del siglo XX, poco antes de su muerte, se lamentaba
y arrepentía de no haber sido más valiente frente a la autoridad eclesiástica.

Como miembros del pueblo de Dios tenemos todos una común dignidad, que debemos asumir con
responsabilidad personal, ya que, al final, tendremos que rendir cuantas a Dios. Y lo más importante
es poder decirle que hemos intentado obrar con coherencia.

El poder tiene muchas armas y puede aparecer bien subido en el carro del triunfo. Pero no
olvidemos que el único triunfo auténtico se llama "fidelidad al amor y a la verdad".

Jesús volverá a Jerusalén, no para orar en el templo, sino para morir en la cruz. Con su muerte se hará
trizas el velo del Templo, para que comprenda el pueblo que Dios no habita sólo allí ni acepta la
maldad (muerte). Es el Sumo Bien y se llega hasta El con la bondad del corazón limpio.

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LA VERDAD SOBRE HALLOWEEN


Por Celebrando la Vida
Es decir, el día de las brujas

SU ORÍGEN

Halloween era un festival que celebraban los Celtas, (una sociedad controlada por sacerdotes druidas que vivía en las regiones de Irlanda, Inglaterra y parte de Francia, 300 A.C.), señalando el principio del invierno (Cavendish).

Estas sociedades druidas adoraban y servían a Samhain, dios de la muerte. Cada año, el 31 de octubre, los druidas celebraban la víspera del año nuevo céltico en honor de su dios Samhain, brindándole sacrificios animales y humanos.

El origen de esta celebración está cargado de supersticiones, leyendas, paganismo, ocultismo, brujería y todo tipo de actividades del mundo de las tinieblas.


¿Qué hacían esa noche?

Los druidas se vestían esa noche con cueros y cabezas de animales. Disfrazados de fantasmas, espíritus y brujas; iban por todo el vecindario recogiendo ofrendas para el dios de la muerte y las tinieblas Samhain, para brindarle su honor y sacrificios Si los sacerdotes no quedaban conformes o a gusto con los obsequios, ellos le hacían el TRICK o truco a la familia de la casa, quemándole su terreno, llevándose a la doncella, matando su ganado o poniéndole enfermedades en la familia. Este es el origen de la frase "Trick or Treat".

Al haber recogido y reunido todas las ofrendas, los sacerdotes druidas hacían grandes fogatas* ofreciendo en ellas sacrificios humanos o animales para adorar a su dios.

* (de ahi se deriva la palabra fogata en inglés : bonfire : hueso(bone) y fuego(fire)


Además…

Ese día los druidas llevaban consigo un nabo hueco por dentro y con una cara grabada en la parte frontal, que representaba a un espíritu diabólico.

El nabo estaba iluminado por una vela dentro de él, que era usado como linterna por los Druidas cuando iban de casa en casa por la noche. Cuando esta práctica llegó a América, los nabos no eran tan abundantes, pero si tuvieron un vegetal nativo que pronto lo sustituyó; (Adivinas ¿Cuál es?) “La calabaza”.


En la actualidad:

Actualmente estas “fiestas” se fueron incorporando poco a poco a nuestras festividades hasta convertirse en fiestas populares, teniendo su mayor auge en E.U. y otros países de América Latina, introduciendo de forma velada e inocente este día de ritos y costumbres derivadas del culto a Satanás..


Datos importantes

Es un hecho comprobado que la noche del 31 de Octubre, en EEUU., Francia, Irlanda, y en muchos otros países se realizan misas negras con sacrificios humanos y aún de bebés, todo tipo de cultos espiritistas y otras reuniones relacionadas con el mal. Es también un dato conocido que el 31 de octubre es la fecha más importante del calendario satanista.

Hoy la noche de Halloween es reconocida por todos los satánicos, ocultistas y seguidores del diablo como la noche del año nuevo para los brujos y brujas.

Anton Lavey, autor de la Biblia Satánica, ministro de la Iglesia de Satán dice que el 31 de Oct, es uno de los días más importantes para los satánicos.



Datos importantes

Doreen Irving, quien fue la más grande de las brujas en el oeste europeo, concubina del alto ministro de Satán en esa misma área, se convirtió al cristianismo, y decía que si los padres tuvieran alguna idea de lo que realmente es Halloween, ni siquiera mencionarían esa palabra frente a sus hijos.

En los Estados Unidos y otros países del mundo es el día en que más niños desaparecen, también se han reportado numerosos crímenes de personas sin escrúpulos que esconden solapadamente afiladas cuchillas dentro de las frutas, también regalan caramelos envenenados y hasta agujas usadas para drogas.


¿Qué dice Dios en su palabra?

“Cuando hayan entrado ustedes en el país que el Señor su Dios les va a dar, no imiten las horribles costumbres de esas naciones, . Que nadie de ustedes ofrezca en sacrificio a su hijo haciéndolo pasar por el fuego, ni practique la adivinación, ni pretenda predecir el futuro, ni se dedique a la hechicería, ni a los encantamientos, ni consulte a los adivinos y a los que invocan a los espíritus porque al Señor le repugnan los que hacen estas cosas.”

-Deuteronomio 18: 9-12a



Si tú pones tu casa para la fiesta de Halloween,
¿a quién estas realmente invitando a entrar en ella?
Así sea involuntariamente.


Si tu participas de esta fiesta disfrazándote
¿A quién estas realmente le estas celebrando?
Así sea involuntariamente.



RECUERDA QUE JESÚS DIJO:

“El que no está a mi favor está en contra mía; y el que conmigo no recoge desparrama”
- San Mateo 12:30


Ahora que sabes la Verdad…

¿Qué haras?

¿Tienes las agallas y convicción para no dejarte llevar por lo que digan tus amigos,
el comercio, y demás…y participar en una fiesta que no es agradable a Dios?

Si es así

DILE SÍ A CRISTO

Y pasa esto a otras personas para que conozcan la verdad

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XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO: SOBRE LOS FIELES DIFUNTOS


La Homilía Joven
Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Os habrá tocado a todos, mis queridos jóvenes lectores, asistir a algún entierro. Tal vez algunos de vosotros ha sufrido de cerca la visita de la muerte. En unos casos os habréis sentido implicados, en otros tal vez hayáis tenido que colaborar. Quizá se trataba de la separación de alguien que apreciabais mucho, o el hondo impacto lo causaba lo imprevisto o el tratarse de alguien joven, que nadie entiende porque ha tenido que morir.

La muerte humana, nunca deja indiferente al que la vive de cerca. Hay sufrimiento, incomodidad, extrañeza, añoranza del ser amado que ha partido… ¡es tan compleja la vivencia! En algunos casos, en culturas sencillas que identifican al ser humano con su cuerpo, lo entierran junto al domicilio y con frecuencia, poco a poco, se va convirtiendo en un diosecillo protector.

Cuando vais a un entierro, oiréis seguramente frases de este estilo: no te olvidaremos, permanecerás siempre en nuestro corazón. Otros se limitarán a recordar momentos característicos o experiencias comunes. Observaréis que, en ocasiones, hay una especie de disputa, para ver quien de los presentes estaba más relacionado con el difunto. En algunos casos, os habréis enterado de que ciertas familias tratan de ignorar y para ello pretenden que los demás ignoren. Morir es un fenómeno semejante al defecar, piensan, es necesario que ocurra, pero no se debe hablar de ello. La persona está ausente y nadie debe preguntarse donde ha ido. Falaz propósito. E inútil.

Cualquiera de estas posturas se aceptan, si se trata de los demás, pero, pensando y divagando, si resulta que el sujeto moridor es uno mismo, el permanecer en el recuerdo, en el corazón de los amigos, suena a algo así, como si nos dijeran que todas las fotografías y cartas nuestras, las conservarán en el disco duro de su PC. Queda bien la expresión, pero no satisface, queremos ser algo más que la huella dejada en las neuronas de los conocidos. Tenemos ansia de permanencia. Es una manera implícita de esperar la resurrección.

2.- Nos rebelamos ante la posible desaparición, ante la idea de la aniquilación total y es muy lógica esta postura. Hemos nacido para vivir y si lo que observamos es la muerte ¿no es normal que no nos conformemos, que no la aceptemos? Pero no se trata de un sentimiento de intriga. Morir también nos da miedo. Puede ser tan grande, que se dice que algunos mueren de miedo a la muerte. ¿Morir es la más grande tragedia? ¿Qué aporta el cristianismo al triste episodio?

La Fe no tuerce la historia, ni la elimina. El salmo 119, 105, dice: para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero. ¿Qué vemos al enfocar con nuestra Fe el horizonte de la muerte? Afirma la doctrina cristiana que el hombre no desaparece. Acabado su peregrinar histórico, existe él en otra realidad, que llamamos eterna. Puede se feliz o desafortunada. En el trance, en su éxito o fracaso, puede influir no sólo el comportamiento personal de cada uno, también la intercesión de los demás. De aquí que los cristianos recemos por un difunto. No para que se modifique su realidad eterna, sino para que en esta sea feliz. Cuando oramos nos situamos en un ámbito intemporal. Y yo rezo hoy por un familiar que históricamente ha muerto y mi plegaría tiene repercusiones como si el hecho estuviera en este momento empezando a suceder. Rezamos sí. Celebramos la misa, no como homenaje, ni como mero acto de recuerdo. Nuestra liturgia es un sufragio. (Sólo cuando se trata de santos, cambia de signo. No es ahora momento de hablar de ello).

3.- Observo a veces, cuando estoy en un aeropuerto, que asoma alguien desorientado y aturdido, llega de lejos. De repente, ve su nombre en un letrero que alguien levanta y sonríe tranquilo. En otras ocasiones, es el tumulto de compañeros de equipo, de condiscípulos, de familiares, que le llama y le aclama. Comprende entonces que no está fuera de lugar, que lo transitorio era ir empaquetado en el avión, que aquí, entre los que le reciben, está su residencia feliz y definitiva. Oirás a veces que algunos dicen: no sé si existe otra vida, nadie ha vuelto a contárnoslo. Al escucharlo, nos desconcertamos. No os asustéis. Jesús, Hijo de Dios, mucho más hombre que cualquiera de nosotros, murió, de esto nadie duda. Jesús, cuentan, que resucitó y nos lo creemos. Pero no es un puro acto de confianza. Jesús existe junto a nosotros, experimentamos su compañía, comprobamos el amor que nos tiene. Es lo que importa.

Os lo explico de otra manera. Entre nosotros, la demostración de que alguien existe, son sus huellas digitales dejadas impresas, la fe de vida emitida por un juez o el número de su documento de identidad. Preguntadle a un enamorado si posee alguno de estos datos de su amada y seguramente os dirá que no. Decidle entonces que su novia no existe, os responderá de inmediato, diciéndoos que vive, porque se aman, amar y ser amado, es la mejor demostración. Algo así ocurre con Jesús. Si se tratara de una ocurrencia o de una coincidencia, podríamos decir que ha sido pura casualidad. Pero en la vida podemos recibir tantas pruebas de Amor del Señor, que nos convencen de su presencia, de su compañía, de su cordialidad. Así que pasado el dintel de la muerte, nos espera Él y en el letrerito que sostiene, figura nuestro nombre. Lo hemos ido escribiendo entre los dos en los momentos de oración. Reconoceremos su letra y nuestra letra y nos daremos cuenta de que estamos en nuestra casa, la que habíamos soñado.

4.- No sé que lecturas escucharéis en misa. El celebrante puede escoger entre bastantes. Yo me inclino a meditar las narraciones de la muerte del Señor, para hallar consuelo. También recordar el relato de Emaús, para obtener Esperanza. Y analizar las bienaventuranzas, para saber como debo entrenarme para la prueba final.

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Solemnidad de Todos los Santos: PARA SER DICHOSOS


“Entonces Jesús les dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos”. San Mateo, cap. 5.


1.- Cuando un grupo de sabios judíos vierte al griego el Antiguo Testamento, unos dos siglos antes de Cristo, la palabra “macarios” se aplica unas 100 veces a personas que al parecer, han alcanzado la felicidad, o están en su búsqueda. Ya en el Nuevo Testamento, encontramos que el término se emplea, en el mismo sentido, unas 50 veces. Aclaración lingüística que nos ayuda a entender un poco más, el Sermón de la Montaña. Jesús se encuentra rodeado de sus seguidores, sobre una colina próxima a Cafarnaúm, donde llama dichosos, bienaventurados, a quienes se matriculan en su escuela. Prometiéndoles a la vez una recompensa, la cual llegará en esta vida y luego, de modo más total, en la eterna. Los evangelistas usaron el término “macarios”, que en el texto latino equivale a “beato”. El título que da la Iglesia a ciertos cristianos cuya vida nos propone como ejemplo. Pero al hablar de santidad, se nos aclara también que el vocablo significó al comienzo, exactitud. La exigida en pesas y medidas.

2.- Sin embargo, la fiesta de todos los santos no se agota en un día para honrar a quienes ya gozan del cielo. Es una fecha para reflexionar que los santos canonizados y además otros desconocidos que ya están en el cielo, fueron en su vida mortal iguales a nosotros. También a ellos les pesaron sus deberes. Su entorno social les produjo incomprensiones y persecuciones. La fuerza del pecado que anida en cada corazón, los inclinó hacia el mal. Aún más, en muchas ocasiones pecaron. Recordemos los episodios que en sus “Confesiones” cuenta san Agustín. No fueron ellos santos desde el seno materno, ni ejemplares en todo momento. Pero un día se decidieron por Dios y su constancia los condujo a las alturas.

3.- Se cuenta de san Ignacio de Loyola que mientras convalecía, luego de ser herido en una pierna durante el sitio de Pamplona, no encontró en qué entretenerse sino algunas vidas de santos. Al comienzo le desagradaron tales historias. Pero luego le tocaron el corazón, hasta hacerle decir: “Lo que éstos y éstas hicieron, ¿por qué yo no?” A nosotros también nos llama el Señor a imitar a los santos. Mucho más a aquellos más próximos. Todos ellos vivieron bajo este común denominador: Nuestra naturaleza frágil, pero entregada a la persona de Jesús. No se trata entonces de cambiar nuestra vida de improviso. De realizar vistosas maravillas. La santidad, según el plan ordinario del Señor, se ubica y se traduce en el cumplimiento sereno y amable de nuestros deberes. Por lo cual no ha de preocuparnos tanto lo que hacemos, sino el sentido de lo que hacemos. Con qué amor a Dios servimos a nuestros prójimos. Con qué talante superamos las dificultades diarias, las penas, los fracasos. Cómo cultivamos la alegría y la esperanza.

4.- San Pablo, escribiendo a los fieles de Filipos les presenta un programa de santidad, hermoso de una parte, pero además actualizado para el mundo de hoy: “Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta. Y la paz de Dios estará con vosotros”.

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Gesto solidario en el día de los Difuntos


Buenos Aires, 29 Oct. 08 (AICA)
Cementerio de la Chacarita

“Animados por el deseo de estar cerca del que sufre”, los católicos de Buenos Aires se harán presentes los días 1 y 2 de noviembre en las puertas de los cementerios de Chacarita, Flores y Recoleta, para recibir a las personas que se acerquen, que para este año se estiman en unas veinte mil. Será en ocasión del Gesto Pastoral que lleva por nombre “Consuelen a mi pueblo” y tendrá como objetivo “acompañar espiritualmente a todas las personas -sin distinción- que se acercan al cementerio con motivo del Día de los Fieles Difuntos”, informaron los organizadores.

Los servidores se organizarán por turnos y tendrán como tarea recibir a las personas en las entradas de los cementerios, tomar las intenciones para las misas, entregar una oración para que recen por los difuntos y estampas o botellas con agua bendita, y brindar información sobre los lugares y horarios en los que se celebran los sacramentos.

Los grupos estarán conformados por laicos mayores de edad que integren movimiento, presten servicios o participen regularmente de las actividades parroquiales y religiosas como servidores. También participarán adolescentes en las actividades de apoyo, acompañados por dirigentes mayores.

Por su parte, los sacerdotes colaborarán con la administración de los sacramentos y las celebraciones eucarísticas, ya que esos días en las capillas de los cementerios habrá confesiones y misas.

Más información: copadecapaternalcolegiales@gmail.com.

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Una reflexión diferente a Halloween


Benedicto XVI invita a meditar en la eternidad en la solemnidad de los difuntos

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 29 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha propuesto meditar en la eternidad en este fin de semana en el que el 2 de noviembre se conmemora a los difuntos.

Con su propuesta el Papa invitó a orientar la vida hacia los valores que no perecen, una auténtica alternativa a muchas de las fiestas de Halloween que tendrán lugar en este fin de semana.

Hablando en eslovaco, el pontífice explicó que "el domingo próximo, la Iglesia invita a rezar por los difuntos".

"Que su recuerdo nos lleve a meditar en la eternidad, orientando nuestra vida hacia los valores que no perecen".

El día anterior, 1 de noviembre, la Iglesia celebrará la solemnidad de todos los santos. Esta fiesta, como todas las solemnidades, comienza la noche anterior. Por eso, a la noche del 31 de octubre se le llama, en inglés antiguo, "All hallow's eve" (víspera de todos los santos). Mas tarde "All hallow´s eve" se abrevió a "Halloween".

Pero, como las celebraciones de un pueblo reflejan su cultura y su fe, Halloween dejó de ser una fiesta cristiana para convertirse en una fantasía de brujas y fantasmas.

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lunes, 27 de octubre de 2008

Evangelio Misionero del Día: Martes 28 de Octubre de 2008


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 6, 12-19

Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios.
Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse sanar de sus enfermedades. Los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban sanos; y toda la gente quería tocarlo, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.

Compartiendo la Palabra
Por Los Carmelitas

1) Oración inicial

Dos todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad; y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 6,12-19
Por aquellos días, se fue él al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles: A Simón, a quien puso el nombre de Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelota; a Judas de Santiago y a Judas Iscariote, que fue el traidor.

3) Reflexión

● El evangelio de hoy trae dos asuntos: la elección de los doce apóstoles (Lc 6,12-16) y la multitud enorme de gente queriendo encontrarse con Jesús (Lc 6,17-19). El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre los Doce que fueron escogidos para convivir con Jesús, como apóstoles. Los primeros cristianos recordaron y registraron los nombres de estos Doce y de algunos otros hombres y mujeres que siguieron a Jesús y que después de la resurrección fueron creando comunidades para el mundo. Hoy también, todo el mundo recuerda el nombre de algún catequista o profesora que fue significativo/a para su formación cristiana.
● Lucas 6,12-13: La elección de los 12 apóstoles. Antes de proceder a la elección de los doce apóstoles, Jesús pasó una noche entera en oración. Rezó para saber a quién escoger y escogió a los Doce, cuyos nombres están en los evangelios y que recibirán el nombre de apóstol. Apóstol significa enviado, misionero. Fueron llamados para realizar una misión, la misma que Jesús recibió del Padre (Jn 20,21). Marcos concretiza más y dice que Dios los llamó para estar con él y enviarlos en misión (Mc 3,14).
● Lucas 6,14-16: Los nombres de los 12 apóstoles. Con pequeñas diferencias los nombres de los Doce son iguales en los evangelios de Mateo (Mt 10,2-4), Marcos (Mc 3,16-19) y Lucas (Lc 6,14-16). Gran parte de estos nombres vienen del AT. Por ejemplo, Simeón es el nombre de uno de los hijos del patriarca Jacob (Gén 29,33). Santiago es el mismo nombre que Jacob (Gén 25,26). Judas es el nombre de otro hijo de Jacob (Gén 35,23). Mateo también tenía el nombre de Levi (Mc 2,14), que fue otro hijo de Jacob (Gén 35,23). De los doce apóstoles, siete tienen el nombre que vienen del tiempo de los patriarcas: dos veces Simón, dos veces Santiago, dos veces Judas, y una vez ¡Levi! Esto revela la sabiduría y la pedagogía del pueblo. A través de los nombres de patriarcas y matriarcas, dados a sus hijos e hijas, mantuvieron viva la tradición de los antiguos y ayudaron a sus hijos a no perder la identidad. ¿Qué nombres les damos hoy a nuestros hijos e hijas?
● Lucas 6,17-19: Jesús baja de la montaña y la multitud lo busca. Al bajar del monte con los doce, Jesús encuentra a una multitud inmensa de gente que trataba de oír su palabra y tocarle, porque de él salía una fuerza de vida. En esta multitud había judíos y extranjeros, gente de Judea y también de Tiro y Sidón. Y la gente estaba desorientada, abandonada. Jesús acoge a todos los que le buscan. Judíos y paganos. ¡Este es uno de los temas preferidos por Lucas!
● Estas doce personas, llamadas por Jesús para formar la primera comunidad, no eran santas. Eran personas comunes, como todos nosotros. Tenías sus virtudes y sus defectos. Los evangelios informan muy poco sobre la forma de ser o el carácter de cada una de ellas. Pero lo poco que informan es motivo de consolación para nosotros.
- Pedro era una persona generosa e entusiasta (Mc 14,29.31; Mt 14,28-29), pero a la hora del peligro y de la decisión, su corazón sigue encogido y se vuelve atrás (Mt 14,30; Mc 14,66-72). Llega a ser satanás para Jesús (Mc 8,33). Jesús le dio el apellido de Piedra (Pedro). Pedro, por si mismo, no era Piedra. Se volvió piedra (roca), porque Jesús rezó por él (Lc 22,31-32).
- Santiago y Juan estaban dispuestos a sufrir con Jesús y por Jesús (Mc 10,39), pero eran muy violentos (Lc 9, 54). Jesús los llama “hijos del trueno” (Mc 3,17). Juan parecía tener ciertos celos. Quería Jesús sólo para su grupo (Mc 9,38).
- Felipe tenía una forma de ser acogedora. Sabía poner a los demás en contacto con Jesús (Jn 1,45-46), pero no era muy práctico en resolver los problemas (Jn 12,20-22; 6,7). A veces era medio ingenuo. Hubo momentos en que Jesús perdió la paciencia con él: “Pero Felipe, ¿tanto tiempo que estoy contigo, y aún no me conoces?” (Jn 14,8-9)
- Andrés, hermano de Pedro y amigo de Felipe, era más práctico. Felipe recurre a él para resolver los problemas (Jn 12,21-22). Fue Andrés el que le llamó a Pedro (Jn 1,40-41), y fue Andrés el que encontró al niño con los cinco panes y los dos peces (Jn 6,8-9).
- Bartolomé parece haber sido el mismo que Natanael. Este era del barrio, y no podía admitir que nada bueno pudiera venir de Nazaret (Jn 1,46).
- Tomás fue capaz de sustentar su opinión, una semana entera, contra el testimonio de todos los demás (Jn 20,24-25). Pero cuando vio que estaba equivocado, no tuvo miedo en reconocer su error (Jn 20,26-28). Era generoso, dispuesto a morir con Jesús (Jn 11,16).
- Mateo o Levi era publicano, cobrador de impuestos, como Zaqueo (Mt 9,9; Lc 19,2). Eran personas comprometidas con el sistema opresor de la época.
- Simón, por el contrario, parece haber sido del movimiento que se oponía radicalmente al sistema que el imperio romano imponía al pueblo judío. Por eso tenía el apellido de Zelota (Lc 6,15). El grupo de los Zelotas llegó a provocar una rebelión armada contra los romanos.
- Judas era lo que se ocupaba del dinero del grupo (Jn 13,29). Llegó a traicionar a Jesús.
- Santiago de Alfeo y Judas Tadeo, de estos dos los evangelios sólo informan del nombre.

4) Para la reflexión personal

● Jesús pasó la noche entera en oración para saber qué escoger, y escogió a estos doce. ¿Cuál es la lección que sacas de aquí?
● Los primeros cristianos recordaban los nombres de los doce apóstoles que estaban en el origen de sus comunidades. Y tú ¿recuerdas los nombres de las personas que están en el origen de la comunidad a la que perteneces? Recuerda el nombre de algún/a catequista o profesor/a que fue significativa para tu formación cristiana. ¿Qué es lo que más recuerdas de ellas: el contenido de lo que te enseñaron o el testimonio que dieron?

5) Oración final

Pues bueno es Yahvé
y eterno su amor,
su lealtad perdura de edad en edad. (Sal 100,5)

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El que da lo que tiene…

Por Carmen Pérez Rodríguez
Publicado por Entra y Veras

La autora reflexiona acerca de esta frase hecha o refrán de uso popular y habitual. Llega a la conclusión de que es mejor decir "Saber dar, saber recibir y saber pedir".


El que da lo que tiene no está obligado a más. Todos conocemos este refrán y quizá lo hemos dicho muchas veces en nuestra vida y muy convencidos. Pues el otro día lo oí, pero fue como si la persona que lo decía tirara una piedra contra aquellos mismos a los que “les estaba dando lo que tenía y no estaba obligada a más”. Y lo he estado pensando porque hay veces que algunos decimos esta expresión, poco más o menos, como esta persona. No nos imaginamos, no digo ya a Jesucristo, o a una Teresa de Calcuta, sino al profesional que nos atiende de manera cordial, al trabajador honrado y sincero en su trabajo, a la enfermera abnegada y cariñosa, a la persona realmente “buena”, que nos suelte, como si nos tirara una piedra por lo que acaba de hacernos o darnos, que “el que da lo que tiene no está obligado a más”. Obligado a más. Obligado, como algo externo y no como lo que se hace realmente con gusto, con gozo, con entusiasmo, con actitud de servicio. ¡Ese saber dar y recibir¡ Algo necesario y vital en la relación de unos con otros. Toda la vida está configurada sobre ese saber dar y recibir. Si lo pensamos ¿qué otra cosa es la vida que dar y recibir? Saber dar y recibir se implican. El que sabe dar, sabe recibir, y el que sabe recibir, sabe dar. Por eso dice un pensador francés, Lavelle, que no demos al otro lo que no es capaz de recibir.


La fórmula de Martin Buber, el encuentro del “tú” con el “yo” constituye el nosotros es efectiva y real en este saber dar y recibir con amor, en el que no tiene sentido la forma dura de decir: el que da lo que tiene no está obligado a más. No es cuestión de dar lo que se tiene, sino de dar como uno es. Ni los actos ni las cosas tienen valor en sí mismos, sólo encuentran su precio en la relación, en la “comunión” que se establece. ¿Qué significa un trabajo, un fuego que apaga un bombero, si este trabajo no religa al que lo hace con la comunidad de los hombres? ¿Qué significa cualquier trabajo si no une más? En cambio, si en el acto concreto del oficio realizado adquiero más conciencia de mi relación con los demás, este oficio significa mucho. Es cierto que todo esto conlleva una mutua aceptación de las diferencias. Diferir unos de otros no implica ser enemigos. Reconocer y aceptar la propia diferencia no es orgullo. Como tampoco es debilidad reconocer y aceptar la diferencia del otro. La realidad de nuestra vida no es una situación en la que reina una plena y total comprensión de todos hacia todos ¿no parecería esto más un rebaño que una relación de personas? Seríamos más indulgentes los unos con los otros, o mejor, tendríamos más amor y admiración los unos para con los otros si comprendiéramos las diferencias. El saber dar y recibir lleva implícito aceptar las diferencias. Así veríamos que los dones dados por el Creador a la naturaleza humana son inagotables. Comprenderíamos que es bueno que el mundo humano, como la naturaleza, sea diverso. He dicho los dones dados por el Creador porque los valores humanos, rectitud, generosidad, autenticidad, sencillez, fidelidad no tienen sentido sin una común medida que les dé el valor con la que sopesarlos. Precisamente porque nuestra condición humana es religación a Dios y a los hombres adquieren sentido los valores. Libertad, justicia, fraternidad (he cambiado conscientemente la palabra igualdad por justicia), ¿qué es este lema sin Dios? Se es hermano en algo que funda esta fraternidad y sobrepasa a los hombres porque se funda en Dios.


El que da lo que tiene no está obligado a más, en el tono en que se dice y se vive muchas veces es una verdadera piedra que se lanza, y también un bumerán, un arma arrojadiza que se vuelve contra el que lo lanza. No está obligado a más, como si fuera un hecho inevitable. El saber dar y recibir es el precio de la plenitud humana. En la transformación del dar y recibir consiste nuestra vida y cobra su pleno sentido. No es posible ser realmente personas sin este dinamismo del dar y recibir. Es la forma auténtica de vivir. En caso contrario todo se convierte en una situación de indiferencia, de vacío. ¿Nunca se han encontrado con alguna persona que realmente se da y por eso mismo tiene una sensibilidad, quizá mejor, sabiduría, especial para recibir? No saber dar, implica no saber recibir, conlleva ser de esa clase de personas a las que parece que todo se les debe, y siempre tienen un “pero” en la boca. Teresa de Jesús tiene una expresión deliciosa para expresar la importancia del saber recibir: con una sardina que me dieran me sobornarían. No saber recibir es no saber ver, ni reconocer la realidad tan grande que hay en cosas, en detalles, que pueden parecer pequeños. Y lo curioso es que cuando se es así, tampoco se sabe pedir. Porque en esta dinámica de la que hablamos entra el saber pedir. Vivir con personas que saben pedir sin exigencia, con confianza; que dan, con naturalidad, sin recordarlo, y reciben, con gratitud, sin olvidar, es un verdadero don. Un buen eslogan para la vida: saber dar, saber recibir y saber pedir. Mejor que el consabido “el que da lo que tiene no está obligado a más”.


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Acosados por Debilidades

Por Ronald Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz, cmf)
Publicado por Ciudad Redonda

Hace algunos años, Michael Buckley, un teólogo jesuita de excepcional intuición, pronunció una homilía en la primera misa de un joven sacerdote que justamente acababa de ordenarse. Su enfoque fue paradójico. En vez de preguntar al joven: "¿Eres lo bastante fuerte para ser sacerdote?", preguntó: "¿Eres lo suficientemente débil para ser sacerdote?"

Esa es una curiosa inversión que es preciso entender bien: La "debilidad" a la que hace referencia al retar a este joven (y a todos nosotros) no es la debilidad del fallo moral o pecado, sino la debilidad que la Escritura atribuye a Jesús cuando afirma que él mismo estaba "acosado por todo tipo de debilidades", menos el pecado.

¿De qué forma era débil Jesús y cómo tenemos que ser débiles nosotros?

Buckley explica esto comparando a Jesús con Sócrates en cuanto a su excelencia humana (tal como ésta es juzgada con frecuencia). Así elabora su comparación:

Circula por la filosofía contemporánea una comparación clásica entre Sócrates y Cristo, un juicio entre ellos sobre su excelencia humana. Sócrates se encaminó hacia su muerte con calma y compostura. Aceptó el juicio del tribunal, disertó sobre las alternativas sugeridas por la muerte y sobre las indicaciones dialécticas de la inmortalidad, no halló motivo para el miedo, bebió el veneno, y murió. Jesús, por el contrario - ¡qué diferente! Jesús casi se volvió histérico por el terror y el miedo; "con fuertes gritos y con lágrimas se dirigió a quien podía salvarlo de la muerte". Quiso contar con el apoyo y consuelo de sus amigos y oró para poder escapar de la muerte, pero no consiguió ninguna de las dos cosas. Finalmente logró controlarse a sí mismo y se encaminó hacia la muerte en silencio y en solitario aislamiento, incluso se adentró en el terrible sufrimiento interior de la divinidad oculta, de la ausencia de Dios.

Alguna vez yo pensé que esto era porque Sócrates y Jesús sufrieron muertes diferentes, una mucho más terrible que la otra, ya que el dolor y la agonía de la cruz eclipsan la liberación de la cicuta.

Pero ahora pienso que esta explicación, aunque corre correctamente, es superficial y secundaria. Ahora creo que Jesús fue un hombre mucho más profundamente débil que Sócrates, más propenso al dolor físico y a la fatiga, más sensible al rechazo humano y al desprecio, más afectado por el amor y el odio.

Sócrates nunca lloró frente a Atenas. Nunca expresó dolor ni sufrimiento ante la traición de sus amigos. Sócrates se sentía bajo control e íntegro, nunca sobre-abierto a los demás, convencido de que la persona justa nunca podría sufrir auténtico daño. Y por eso, Sócrates -uno de los hombres más grandes y heroicos que hayan existido, un paradigma de lo que la humanidad puede lograr en el plano individual- era un filósofo. Y por la misma razón, Jesús de Nazaret era un sacerdote –ambiguo, sufriente, misterioso y salvífico.

Jesús era débil en cuanto que su sensibilidad y amor le impedían protegerse a sí mismo contra el dolor. Porque amaba profundamente, sentía las cosas profundamente, tanto la alegría como el dolor.

Las personas sensibles sufren más que otras porque su sensibilidad las hace vulnerables e incapaces de cerrar el acceso hacia el dolor -el suyo propio, el de sus seres queridos y el del mundo. Como dijo una vez Iris Murdoch: "Un soldado común muere sin miedo, mientras que Jesús murió con mucho miedo". Eso no debería sorprendernos. La sensibilidad te deja abierto al dolor.

Cuando somos insensibles solemos dormir bien, aun cuando otros estén sufriendo y nosotros hayamos contribuido a ello; cuando somos insensibles tenemos menos miedo, especialmente miedo de herir a otros; y cuando somos insensibles somos, desde muchos puntos de vista, más fuertes, porque somos más capaces de aislarnos contra el sufrimiento y la humillación. En atletismo, admiramos al jugador que puede absorber un fuerte impacto sin efecto aparente. El ser duro y resistente es admirable. Pero, no podemos decir lo mismo en el área del alma.

San Juan de la Cruz, el gran doctor de la mística, emplea la pregunta -"¿Hasta qué punto somos vulnerables y débiles?"- como criterio importante para juzgar si estamos o no en el camino recto siguiendo a Cristo.

Sostiene que profundizamos más en la vida cuando intentamos imitar la motivación de Cristo. Pero, ¿cómo sabemos si estamos haciendo eso o simplemente estamos haciéndonos ilusiones?

Su respuesta: Sabemos si estamos imitando a Cristo o sencillamente racionalizando nuestros propios deseos, según lo que comience a fluir en nuestras vidas. Si estoy realmente imitando a Cristo puedo esperar experimentar en mi vida las sensaciones que Cristo experimentó en la suya, a saber, una cierta vulnerabilidad que me deja existencialmente incapaz de protegerme contra ciertas clases de dolor. Cuando esté imitando auténticamente a Cristo, me sentiré "débil" de la misma manera que Cristo se sintió débil – más propenso al dolor físico y al cansancio, más sensible al rechazo humano y al desprecio, más afectado por el amor y el odio, más apenado por el estado de cosas, más propenso a la humillación.

La sensibilidad genuina pone al descubierto el corazón y lo deja vulnerable. Eso no siempre te da buen aspecto, pero está bien, okay. Las mejores personas en el mundo no siempre tienen buen aspecto.

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Polémico grupo de apostolado católico realiza evento para personas homosexuales

Publicado por Valores Religiosos

EN LA CIUDAD DE GUADALAJARA, MÉXICO

El congreso, llamado “Camino a la Castidad”, está organizado por Courage Latino, conocido por su labor pastoral con hombres y mujeres con sentimientos homosexuales. El movimiento es criticado por los medios y grupos pro gay.


Del 31 de octubre al 2 de Noviembre en la arquidiócesis de Guadalajara, México, se llevará a cabo el evento anual del apostolado católico Courage Latino, quienes desde hace 3 años vienen llevando una intensa labor pastoral destinada a hombres y mujeres con sentimientos homosexuales; todo ello para llevar a la práctica la enseñanza de la Iglesia en torno al tema de la homosexualidad que como dicta el catecismo en el punto 2359: Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior.

En esta oportunidad, el congreso anual de Courage Latino, apostolado con aprobación del Vaticano, está denominado "Camino a la Castidad" y cuenta con el lema "Encontrando el propósito de Dios para nuestras vidas", gozando con la presencia del terapeuta Richard Cohen, experto en el tema de la homosexualidad desde la perspectiva cristiana.

"Justamente este tipo de eventos es para dar herramientas y promover esa libertad interior que refiere el catecismo", dice en conferencia de prensa uno de los organizadores, y subraya: "Nosotros no promovemos la castidad como represión sino como un regalo de Dios que viene después de tener una vida espiritual seria y real", y recalcó: "ésta también emerge después de trabajar en las heridas de la vida y eso da a la persona libertad, no represión"

Al cuestionarles sobre si su trabajo pastoral les ha causado represalias y confrontaciones, el líder del grupo en la Ciudad de México refirió a la agencia Católico Digital: "Mira, Jesús nos advirtió quien me quiera seguir será perseguido", y aclaró: "Claro, al igual que la Iglesia es perseguida en otros temas, Courage es perseguido constantemente por los medios de comunicación y los movimientos pro-gay que fomentan el odio y la discriminación contra nosotros difundiendo información falsa y alarmista, distorsionando nuestra labor"

Según refirieron recientemente Courage Latino tuvo un encuentro con la CONAPRED, órgano regulador del gobierno mexicano para erradicar la discriminación: "Sí, nos llamaron para conciliar con una asociación de Monterrey que se sentía afectada por nuestra labor, pero justamente cuando dialogamos y se habla de lo que verdaderamente hacemos al promover la castidad, entonces hay un entendimiento y un dialogo". La contraparte, según contaron, también quedó satisfecha al derecho que tiene todo mexicano a ejercer su libertad de culto: "y si ese culto dice que la homosexualidad es un pecado, eso está bien, las personas que ejercen su religión tienen derecho a congregarse para cumplir con las observancias de su iglesia", parafraseando las palabras de las afectadas.

Según la enseñanza de la Iglesia, un católico que siente deseos homosexuales no se considera moralmente malo ni es pecado, la incidencia en pecado está al ejercer la conducta.

"A final de cuentas en el párrafo de la constitución mexicana donde dice que nadie puede discriminar por orientación sexual, en el mismo, dice que nadie te puede discriminar por tu religión", concluyó sobre este punto el líder del apostolado.

Los miembros presentes de éste apostolado agregaron: "Courage no existe para pelear o para organizar movimientos anti-gays, Courage existe para quien quiera pedir ayuda, no obligamos a nadie". En esta misma rueda de prensa también se presentaron testimoniales de hombres que vivieron un estilo de vida homosexual y buscaron ayuda en la Iglesia para vivir en castidad, como Iván: "Quienes formamos Courage Latino, vivimos una vida homosexual activa y un día nos dimos cuenta de que eso no era lo que queríamos para el resto de nuestra vida y fue cuando buscamos a Dios y Dios nos abrió la puerta de su misericordia y amor, eso es Courage, la misericorida y el amor de Dios."

Tres años de labor
Courage Latino surgió en 2005 cuando la Conferencia del Episcopado Mexicano dio su aprobación en la Asamblea General de Obispos de ese año, para que éste apostolado viniera a México, ya que en Estados Unidos Courage lleva más de 25 años trabajando en este tema siendo el único en la Iglesia. Courage fue fundado por el sacerdote de la congregación de San Francisco de Sales, Rev. John Harvey y lo hizo a petición del entonces cardenal de la diócesis de Nueva York, Terence Cook. Siendo el Rev. Harvey uno de los teólogos morales más reconocidos en el mundo sobre este trabajo pastoral y frecuentemente consejero papal para los asuntos y temas de sexualidad.

En México el primer grupo surgió en la Ciudad de México bajo la autoridad como vicario episcopal de Monseñor Diego Monroy, rector de la Basílica de Guadalupe, quien les abrió las puertas al grupo. "Fue muy significativo para nosotros que el primer grupo de México y Latinoamérica estuviera en la Basílica de Guadalupe" –también refirió el líder del grupo- "Hace poco Mons. Diego Monroy nos decía: sin duda, éste es un apostolado de la morenita y la morenita los quiere aquí".

Al cuestionarles sobre el apoyo de la Iglesia comentaron: "Algunos sacerdotes les es difícil entender nuestro grupo y sobre todo la trascendencia que puede tener en la sociedad, algunos nos obstaculizan y cierran las puertas, pero es parte de nuestra labor de educación dentro de la Iglesia", -dijo uno de los líderes del grupo y añadió: "pero Jesús vino a los que necesitan doctor, no a los sanos, siempre les recuerdo esto a los sacerdotes que no logramos puntos de acuerdo"

Courage actualmente tiene presencia en ocho diócesis de país (Ciudad de México, Guadalajara, Aguascalientes, León, Monterrey, Morelia, Querétaro y Sinaloa) y con planes de abrir dos capítulos más antes de que termine el 2008 en Puebla y Veracruz; cuentan con divisiones para hombres, mujeres y atención a padres de familia.

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Para niños y jóvenes que se encuentran fuera del sistema escolar


San Miguel (Buenos Aires), 27 Oct. 08 (AICA)

Fe y Alegría

El Movimiento de Educación Integral y Promoción Social Fe y Alegría inauguró en el barrio Mitre, de San Miguel (provincia de Buenos Aires), una “Aula Abierta”, espacio educativo destinado a niños y jóvenes que se encuentran fuera del sistema escolar.

Desde mediados del mes pasado funciona esta Aula Abierta en un barrio en el que viven alrededor de 1.200 familias, de las cuales el 88% se encuentra por debajo de la línea de pobreza y el nivel de deserción escolar viene trepando en un 1,2% por mes desde hace un año, de acuerdo con lo que informaron desde esta entidad.

Asisten al lugar niños y jóvenes, varones y mujeres, de entre 11 y 18 años; algunos ya participan de los talleres del Centro de promoción Social de Fe y Alegría Ava Tava, también ubicado en el barrio Mitre, y otros fueron recomendados por escuelas de la zona ya que por diferentes motivos habían abandonado el sistema escolar.

Este espacio lo lleva adelante un equipo de psicólogos, maestros y trabajadores sociales, acompañados por la coordinadora del Centro de Promoción Social Ava Tava, quienes prestan sus servicios en alfabetización y en las áreas de matemática, ciencias, plástica y música.

Con este nuevo espacio ya suman 5 las Aula Abierta llevadas adelante por Fe y Alegría Argentina, “apuntando a brindar una educación de calidad donde no llega el asfalto”, señalan los responsables.

Para mayor información: (011) 4865-4485, info@feyalegria.org.ar y www.feyalegria.org/argentina.

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domingo, 26 de octubre de 2008

Evangelio Misionero del Día: Lunes 27 de Octubre de 2008

Por CAMINO MISIONERO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 10-17

Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. Había allí una mujer poseída de un espíritu, que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera. Jesús, al ver la, la llamó y le dijo: «Mujer, estás sanada de tu enfermedad», y le impuso las manos.

Ella se enderezó en seguida y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había sanado en sábado, dijo a la multitud: «Los días de trabajo son seis; vengan durante esos días para hacerse sanar, y no el sábado».

El Señor le respondió: «¡Hipócritas! Cualquiera de ustedes, aunque sea sábado, ¿no desata del pesebre a su buey o a su asno para llevarlo a beber? Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser liberada de sus cadenas el día sábado?»

Al oír estas palabras, todos sus adversarios se llenaban de confusión, pero la multitud se alegraba de las maravillas que Él hacía.

Compartiendo la Palabra
Por Los Carmelitas

1) Oración inicial

Dos todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad; y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 13,10-17


3) Reflexión

● El evangelio de hoy describe la curación de la mejor encorvada. Se trata de uno de los muchos episodios que Lucas nos narra, sin mucho orden, al describir el largo camino recorrido por Jesús hacia Jerusalén (Lc 9,51 a 19,28).
● Lucas 13,10-11: La situación que provoca la acción de Jesús. Jesús está en la sinagoga en un día de reposo. Cumple con la ley, guardando el sábado y participando en la celebración con su gente. Lucas informa que Jesús estaba enseñando. Había en la sinagoga una mujer encorvada. Lucas dice que un espíritu de flaqueza le impedía asumir una postura recta. En aquel tiempo la gente explicaba así las dolencias. La mujer llevaba dieciocho años en esta situación. No habla, no tiene nombre, no pide la curación, no toma ninguna iniciativa. Su pasividad llama la atención.
● Lucas 13,12-13: Jesús cura la mujer. Viendo a la mujer, Jesús la llama e le dice: “¡Mujer, queda libre de tu enfermedad!”. La acción de liberar se realiza por medio de la palabra, dirigida directamente a la mujer, y por el toque de la imposición de las manos. Inmediatamente, se pone de pie y empieza a alabar al Señor. Hay una relación entre el ponerse de pie y dar gloria a Dios. Jesús hace que la mujer se ponga de pie para que pueda alabar a Dios en medio del pueblo reunido en asamblea. La suegra de Pedro, una vez curada, se levanta y se pone a servir (Mc 1,31). ¡Alabar a Dios y servir a los hermanos!
● Lucas 13,14: La reacción del jefe de la sinagoga. El jefe de la sinagoga se volvió furioso viendo la acción de Jesús, porque había curado a la mujer un día de sábado: “Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado.” . En la crítica del jefe de la sinagoga resuena la palabra de la Ley de Dios que decía: “Acuérdate del día de sábado para santificarlo. Trabaja seis días y, en ellos, haz todas tus faenas. Pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé, tu Dios. Que nadie trabaje”. (Ex 20,8-10). En esta reacción autoritaria del jefe tenemos una llave para entender por qué motivo la gente estaba tan oprimida y por qué la mujer no podía participar en aquel tiempo. El dominio sobre las conciencias a través de la manipulación de la ley de Dios era muy fuerte. Era ésta la manera en que mantenían a la gente sometida y encorvada.
● Lucas 13,15-16: La respuesta de Jesús al jefe de la sinagoga. El jefe condenó a las personas porque quería que observasen la Ley de Dios. Aquello que para el jefe de la sinagoga es observancia de la ley de Dios, para Jesús es hipocresía: "¡Hipócritas!¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? Y a ésta, que es hija de Abrahán, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?” Con este ejemplo sacado de la vida diaria, Jesús muestra la incoherencia de este tipo de observancia de la ley de Dios. Si está permitido desatar un buey en el día de sábado, sólo para darle de beber, mucho más está permitido desatar a una hija de Abrahán para liberarla del poder del mal. El verdadero sentido de la observancia de la Ley que agrada a Dios es éste: liberar a las personas del poder del mal y ponerlas de pie, para que puedan glorificar a Dios y rendirle homenaje. Jesús imita a Dios que endereza a los encorvados (Sal 145,14; 146,8).
● Lucas 13,17: La reacción de la gente ante la acción de Jesús. La enseñanza de Jesús deja confusos a sus adversarios, pero la multitud se llena de alegría por las maravillas que Jesús está realizando: “toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía”. En la Palestina del tiempo de Jesús, la mujer vivía encorvada, sometida al marido, a los padres y a los jefes religiosos de su pueblo. Esta situación de sumisión estaba justificada por la religión. Pero Jesús no quiere que ella siga encorvada. Desatar y liberar a las personas no tiene un día marcado. Es todos los días, ¡y hasta el día de sábado!

4) Para la reflexión personal

● La situación de la mujer ¿ha cambiado mucho o es la misma que en el tiempo de Jesús? ¿Cuál es la situación de la mujer hoy en la sociedad y en la Iglesia? ¿Hay alguna relación entre religión y opresión de la mujer?
● La multitud se alegra con la acción de Jesús. ¿Cuál es la liberación que está aconteciendo hoy y que está llevando a la multitud a alegrarse y a dar gracias a Dios?

5) Oración final

Feliz quien no sigue consejos de malvados
ni anda mezclado con pecadores
ni en grupos de necios toma asiento,
sino que se recrea en la ley de Yahvé,
susurrando su ley día y noche. (Sal 1,1-2)

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MENSAJE FINAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS SOBRE LA PALABRA DE DIOS


A los hermanos y hermanas «paz... y caridad con fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo en la vida incorruptible». Con este saludo tan intenso y apasionado san Pablo concluía su Epístola a los cristianos de Éfeso (6, 23-24). Con estas mismas palabras nosotros, los Padres sinodales, reunidos en Roma para la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos bajo la guía del Santo Padre Benedicto XVI, comenzamos nuestro mensaje dirigido al inmenso horizonte de todos aquellos que en las diferentes regiones del mundo siguen a Cristo como discípulos y continúan amándolo con amor incorruptible.
A ellos les propondremos de nuevo la voz y la luz de la Palabra de Dios, repitiendo la antigua llamada: «La palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica» (Dt 30,14). Y Dios mismo le dirá a cada uno: «Hijo de hombre, todas las palabras que yo te dirija, guárdalas en tu corazón y escúchalas atentamente» (Ez 3,10). Ahora les propondremos a todos un viaje espiritual que se desarrollará en cuatro etapas y desde lo eterno y lo infinito de Dios nos conducirá hasta nuestras casas y por las calles de nuestras ciudades.

I. LA VOZ DE LA PALABRA: LA REVELACIÓN

1. «El Señor les habló desde fuego, y ustedes escuchaban el sonido de sus palabras, pero no percibían ninguna figura: sólo se oía la voz» (Dt 4,12). Es Moisés quien habla, evocando la experiencia vivida por Israel en la dura soledad del desierto del Sinaí. El Señor se había presentado, no como una imagen o una efigie o una estatua similar al becerro de oro, sino con “rumor de palabras”. Es una voz que había entrado en escena en el preciso momento del comienzo de la creación, cuando había rasgado el silencio de la nada: «En el principio... dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz... En el principio existía la Palabra... y la Palabra era Dios... Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada» (Gn 1, 1.3; Jn 1, 1-3).
Lo creado no nace de una lucha intradivina, como enseñaba la antigua mitología mesopotámica, sino de una palabra que vence la nada y crea el ser. Canta el Salmista: «Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos, por el aliento de su boca todos sus ejércitos... pues él habló y así fue, él lo mandó y se hizo» (Sal 33, 6.9). Y san Pablo repetirá «Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean» (Rm 4, 17). Tenemos de esta forma una primera revelación “cósmica” que hace que lo creado se asemeje a una especie de inmensa página abierta delante de toda la humanidad, en la que se puede leer un mensaje del Creador: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos; el día al día comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa la noticia. Sin hablar y sin palabras, y sin voz que pueda oírse, por toda la tierra resuena su proclama, por los confines del orbe» (Sal 19, 2-5).
2. Pero la Palabra divina también se encuentra en la raíz de la historia humana. El hombre y la mujer, que son «imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 27) y que por tanto llevan en sí la huella divina, pueden entrar en diálogo con su Creador o pueden alejarse de él y rechazarlo por medio del pecado. Así pues, la Palabra de Dios salva y juzga, penetra en la trama de la historia con su tejido de situaciones y acontecimientos: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el clamor... conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para sacarlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa...» (Ex 3, 7-8). Hay, por tanto, una presencia divina en las situaciones humanas que, mediante la acción del Señor de la historia, se insertan en un plan más elevado de salvación, para que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tm 2,4).
3. La Palabra divina eficaz, creadora y salvadora, está por tanto en el principio del ser y de la historia, de la creación y la redención. El Señor sale al encuentro de la humanidad proclamando: «Lo digo y lo hago» (Ez 37,14). Sin embargo, hay una etapa posterior que la voz divina recorre: es la de la Palabra escrita, la Graphé o las Graphai, las Escrituras sagradas, como se dice en el Nuevo Testamento. Ya Moisés había descendido de la cima del Sinaí llevando «las dos tablas del Testimonio en su mano, tablas escritas por ambos lados; por una y otra cara estaban escritas. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios» (Ex 32,15-16). Y el propio Moisés prescribirá a Israel que conserve y reescriba estas “tablas del Testimonio”: «Y escribirás en esas piedras todas las palabras de esta Ley. Grábalas bien» (Dt 27, 8).
Las Sagradas Escrituras son el “testimonio” en forma escrita de la Palabra divina, son el memorial canónico, histórico y literario que atestigua el evento de la Revelación creadora y salvadora. Por tanto, la Palabra de Dios precede y excede la Biblia, si bien está “inspirada por Dios” y contiene la Palabra divina eficaz (cf. 2Tm 3, 16). Por este motivo nuestra fe no tiene en el centro sólo un libro, sino una historia de salvación y, como veremos, una persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne, hombre, historia. Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende más allá de la Escritura, es necesaria la constante presencia del Espíritu Santo que «guía hasta la verdad completa» (Jn 16, 13) a quien lee la Biblia. Es ésta la gran Tradición, presencia eficaz del “Espíritu de verdad” en la Iglesia, guardián de las Sagradas Escrituras, auténticamente interpretadas por el Magisterio eclesial. Con la Tradición se llega a la comprensión, la interpretación, la comunicación y el testimonio de la Palabra de Dios. El propio san Pablo, cuando proclamó el primer Credo cristiano, reconocerá que “transmitió” lo que él «a su vez recibió» de la Tradición (1Cor 15, 3-5).

II. EL ROSTRO DE LA PALABRA: JESUCRISTO

4. En el original griego son sólo tres las palabras fundamentales: Lógos, sarx, eghéneto, «el Verbo/Palabra se hizo carne». Sin embargo, éste no es sólo el ápice de esa joya poética y teológica que es el prólogo del Evangelio de san Juan (1, 14), sino el corazón mismo de la fe cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana, tan es así que es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo aquel grupo de griegos presentes en Jerusalén: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12, 20-21). Las palabras sin un rostro no son perfectas, porque no cumplen plenamente el encuentro, como recordaba Job, cuando llegó al final de su dramático itinerario de búsqueda: «Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos» (42, 5).
Cristo es «la Palabra que está junto a Dios y es Dios», es «imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación» (Col 1, 15); pero también es Jesús de Nazaret, que camina por las calles de una provincia marginal del imperio romano, que habla una lengua local, que presenta los rasgos de un pueblo, el judío, y de su cultura. El Jesucristo real es, por tanto, carne frágil y mortal, es historia y humanidad, pero también es gloria, divinidad, misterio: Aquel que nos ha revelado el Dios que nadie ha visto jamás (cf. Jn 1, 18). El Hijo de Dios sigue siendo el mismo aún en ese cadáver depositado en el sepulcro y la resurrección es su testimonio vivo y eficaz.
5. Así pues, la tradición cristiana ha puesto a menudo en paralelo la Palabra divina que se hace carne con la misma Palabra que se hace libro. Es lo que ya aparece en el Credo cuando se profesa que el Hijo de Dios «por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen», pero también se confiesa la fe en el mismo «Espíritu Santo que habló por los profetas». El Concilio Vaticano II recoge esta antigua tradición según la cual «el cuerpo del Hijo es la Escritura que nos fue transmitida» - como afirma san Ambrosio (In Lucam VI, 33) - y declara límpidamente: «Las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (DV 13).
En efecto, la Biblia es también “carne”, “letra”, se expresa en lenguas particulares, en formas literarias e históricas, en concepciones ligadas a una cultura antigua, guarda la memoria de hechos a menudo trágicos, sus páginas están surcadas no pocas veces de sangre y violencia, en su interior resuena la risa de la humanidad y fluyen las lágrimas, así como se eleva la súplica de los infelices y la alegría de los enamorados. Debido a esta dimensión “carnal”, exige un análisis histórico y literario, que se lleva a cabo a través de distintos métodos y enfoques ofrecidos por la exégesis bíblica. Cada lector de las Sagradas Escrituras, incluso el más sencillo, debe tener un conocimiento proporcionado del texto sagrado recordando que la Palabra está revestida de palabras concretas a las que se pliega y adapta para ser audible y comprensible a la humanidad.
Éste es un compromiso necesario: si se lo excluye, se podría caer en el fundamentalismo que prácticamente niega la encarnación de la Palabra divina en la historia, no reconoce que esa palabra se expresa en la Biblia según un lenguaje humano, que tiene que ser descifrado, estudiado y comprendido, e ignora que la inspiración divina no ha borrado la identidad histórica y la personalidad propia de los autores humanos. Sin embargo, la Biblia también es Verbo eterno y divino y por este motivo exige otra comprensión, dada por el Espíritu Santo que devela la dimensión trascendente de la Palabra divina, presente en las palabras humanas.
6. He aquí, por tanto, la necesidad de la «viva Tradición de toda la Iglesia» (DV 12) y de la fe para comprender de modo unitario y pleno las Sagradas Escrituras. Si nos detenemos sólo en la “letra”, la Biblia entonces se reduce a un solemne documento del pasado, un noble testimonio ético y cultural. Pero si se excluye la encarnación, se puede caer en el equívoco fundamentalista o en un vago espiritualismo o psicologismo. El conocimiento exegético tiene, por tanto, que entrelazarse indisolublemente con la tradición espiritual y teológica para que no se quiebre la unidad divina y humana de Jesucristo, y de las Escrituras.
En esta armonía reencontrada, el rostro de Cristo brillará en su plenitud y nos ayudará a descubrir otra unidad, la unidad profunda e íntima de las Sagradas Escrituras, el hecho de ser, en realidad 73 libros, que sin embargo se incluyen en un único “Canon”, en un único diálogo entre Dios y la humanidad, en un único designio de salvación. «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-2). Cristo proyecta de esta forma retrospectivamente su luz sobre la entera trama de la historia de la salvación y revela su coherencia, su significado, su dirección.
Él es el sello, “el Alfa y la Omega” (Ap 1, 8) de un diálogo entre Dios y sus criaturas repartido en el tiempo y atestiguado en la Biblia. Es a la luz de este sello final cómo adquieren su “pleno sentido” las palabras de Moisés y de los profetas, como había indicado el mismo Jesús aquella tarde de primavera, mientras él iba de Jerusalén hacia el pueblo de Emaús, dialogando con Cleofás y su amigo, cuando «les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24, 27).
Precisamente porque en el centro de la Revelación está la Palabra divina transformada en rostro, el fin último del conocimiento de la Biblia no está «en una decisión ética o una gran idea, sino en el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1).

III. LA CASA DE LA PALABRA: LA IGLESIA

Como la sabiduría divina en el Antiguo Testamento, había edificado su casa en la ciudad de los hombres y de las mujeres, sosteniéndola sobre sus siete columnas (cf. Pr 9, 1), también la Palabra de Dios tiene una casa en el Nuevo Testamento: es la Iglesia que posee su modelo en la comunidad-madre de Jerusalén, la Iglesia, fundada sobre Pedro y los apóstoles y que hoy, a través de los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, sigue siendo garante, animadora e intérprete de la Palabra (cf. LG 13). Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (2, 42), esboza la arquitectura basada sobre cuatro columnas ideales, que aún hoy dan testimonio de las diferentes formas de comunidad eclesial: «Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan, y en las oraciones».
7. En primer lugar, esto es la didaché apostólica, es decir, la predicación de la Palabra de Dios. El apóstol Pablo, en efecto, nos reprende diciendo que «la fe por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17). Desde la Iglesia sale la voz del mensajero que propone a todos el kérygma, o sea el anuncio primario y fundamental que el mismo Jesús había proclamado al comienzo de su ministerio público: «el tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca. (Arrepentíos! Y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Los apóstoles anuncian la inauguración del Reino de Dios y, por lo tanto, de la decisiva intervención divina en la historia humana, proclamando la muerte y la resurrección de Cristo: «En ningún otro hay salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos» (Hch 4, 12). El cristiano da testimonio de su esperanza: «háganlo con delicadeza y respeto, y con tranquilidad de conciencia», preparado sin embargo a ser también envuelto y tal vez arrollado por el torbellino del rechazo y de la persecución, consciente de que «es mejor sufrir por hacer el bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal» (1 Pe 3, 16-17).
En la Iglesia resuena, después, la catequesis que está destinada a profundizar en el cristiano «el misterio de Cristo a la luz de la Palabra para que todo el hombre sea irradiado por ella» (Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 20). Pero el apogeo de la predicación está en la homilía que aún hoy, para muchos cristianos, es el momento culminante del encuentro con la Palabra de Dios. En este acto, el ministro debería transformarse también en profeta. En efecto, Él debe con un lenguaje nítido, incisivo y sustancial y no sólo con autoridad «anunciar las maravillosas obras de Dios en la historia de la salvación» (SC 35) - ofrecidas anteriormente, a través de una clara y viva lectura del texto bíblico propuesto por la liturgia - pero que también debe actualizarse según los tiempos y momentos vividos por los oyentes, haciendo germinar en sus corazones la pregunta para la conversión y para el compromiso vital: «¿qué tenemos que hacer?» (He 2, 37).
El anuncio, la catequesis y la homilía suponen, por lo tanto, la capacidad de leer y de comprender, de explicar e interpretar, implicando la mente y el corazón. En la predicación se cumple, de este modo, un doble movimiento. Con el primero se remonta a los orígenes de los textos sagrados, de los eventos, de las palabras generadoras de la historia de la salvación para comprenderlas en su significado y en su mensaje. Con el segundo movimiento se vuelve al presente, a la actualidad vivida por quien escucha y lee siempre a la luz del Cristo que es el hilo luminoso destinado a unir las Escrituras. Es lo que el mismo Jesús había hecho - como ya dijimos - en el itinerario de Jerusalén a Emaús, en compañía de sus dos discípulos. Esto es lo que hará el diácono Felipe en el camino de Jerusalén a Gaza, cuando junto al funcionario etíope instituirá ese diálogo emblemático: «¿Entiendes lo que estás leyendo? [...] )Cómo lo voy a entender si no tengo quien me lo explique?» (Hch 8, 30-31). Y la meta será el encuentro íntegro con Cristo en el sacramento. De esta manera se presenta la segunda columna que sostiene la Iglesia, casa de la Palabra divina.
8. Es la fracción del pan. La escena de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) una vez más es ejemplar y reproduce cuanto sucede cada día en nuestras iglesias: en la homilía de Jesús sobre Moisés y los profetas aparece, en la mesa, la fracción del pan eucarístico. Éste es el momento del diálogo íntimo de Dios con su pueblo, es el acto de la nueva alianza sellada con la sangre de Cristo (cf. Lc 22, 20), es la obra suprema del Verbo que se ofrece como alimento en su cuerpo inmolado, es la fuente y la cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. La narración evangélica de la última cena, memorial del sacrificio de Cristo, cuando se proclama en la celebración eucarística, en la invocación del Espíritu Santo, se convierte en evento y sacramento. Por esta razón es que el Concilio Vaticano II, en un pasaje de gran intensidad, declaraba: «La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo» (DV 21). Por esto, se deberá volver a poner en el centro de la vida cristiana «la Liturgia de la Palabra y la Eucarística que están tan íntimamente unidas de tal manera que constituyen un solo acto de culto» (SC 56).
9. La tercera columna del edificio espiritual de la Iglesia, la casa de la Palabra, está constituida por las oraciones, entrelazadas - como recordaba san Pablo - por «salmos, himnos, alabanzas espontáneas» (Col 3, 16). Un lugar privilegiado lo ocupa naturalmente la Liturgia de las horas, la oración de la Iglesia por excelencia, destinada a marcar el paso de los días y de los tiempos del año cristiano que ofrece, sobre todo con el Salterio, el alimento espiritual cotidiano del fiel. Junto a ésta y a las celebraciones comunitarias de la Palabra, la tradición ha introducido la práctica de la Lectio divina, lectura orante en el Espíritu Santo, capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente.
Ésta se abre con la lectura (lectio) del texto que conduce a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido práctico: ¿qué dice el texto bíblico en sí? Sigue la meditación (meditatio) en la cual la pregunta es: ¿qué nos dice el texto bíblico? De esta manera se llega a la oración (oratio) que supone otra pregunta: ¿qué le decimos al Señor como respuesta a su Palabra? Se concluye con la contemplación (contemplatio) durante la cual asumimos como don de Dios la misma mirada para juzgar la realidad y nos preguntamos: ¿qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?
Frente al lector orante de la Palabra de Dios se levanta idealmente el perfil de María, la madre del Señor, que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2, 51), - como dice el texto original griego - encontrando el vínculo profundo que une eventos, actos y cosas, aparentemente desunidas, con el plan divino. También se puede presentar a los ojos del fiel que lee la Biblia, la actitud de María, hermana de Marta, que se sienta a los pies del Señor a la escucha de su Palabra, no dejando que las agitaciones exteriores le absorban enteramente su alma, y ocupando también el espacio libre de «la parte mejor» que no nos debe abandonar (cf. Lc 10, 38-42).
10. Aquí estamos, finalmente, frente a la última columna que sostiene la Iglesia, casa de la Palabra: la koinonía, la comunión fraterna, otro de los nombres del ágape, es decir, del amor cristiano. Como recordaba Jesús, para convertirse en sus hermanos o hermanas se necesita ser «los hermanos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). La escucha auténtica es obedecer y actuar, es hacer florecer en la vida la justicia y el amor, es ofrecer tanto en la existencia como en la sociedad un testimonio en la línea del llamado de los profetas que constantemente unía la Palabra de Dios y la vida, la fe y la rectitud, el culto y el compromiso social. Esto es lo que repetía continuamente Jesús, a partir de la célebre admonición en el Sermón de la montaña: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! Entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21). En esta frase parece resonar la Palabra divina propuesta por Isaías: «Este pueblo se me acerca con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí» (29, 13). Estas advertencias son también para las iglesias que no son fieles a la escucha obediente de la Palabra de Dios.
Por ello, ésta debe ser visible y legible ya en el rostro mismo y en las manos del creyente, como lo sugirió san Gregorio Magno que veía en san Benito, y en los otros grandes hombres de Dios, los testimonios de la comunión con Dios y sus hermanos, con la Palabra de Dios hecha vida. El hombre justo y fiel no sólo “explica” las Escrituras, sino que las “despliega” frente a todos como realidad viva y practicada. Por eso es que la viva lectio, vita bonorum o la vida de los buenos, es una lectura/lección viviente de la Palabra divina. Ya san Juan Crisóstomo había observado que los apóstoles descendieron del monte de Galilea, donde habían encontrado al Resucitado, sin ninguna tabla de piedra escrita como sucedió con Moisés, ya que desde aquel momento, sus mismas vidas se convirtieron en el Evangelio viviente.
En la casa de la Palabra Divina encontramos también a los hermanos y las hermanas de las otras Iglesias y comunidades eclesiales que, a pesar de la separación que todavía hoy existe, se reencuentran con nosotros en la veneración y en el amor por la Palabra de Dios, principio y fuente de una primera y verdadera unidad, aunque, incompleta. Este vínculo siempre debe reforzarse por medio de las traducciones bíblicas comunes, la difusión del texto sagrado, la oración bíblica ecuménica, el diálogo exegético, el estudio y la comparación entre las diferentes interpretaciones de las Sagradas Escrituras, el intercambio de los valores propios de las diversas tradiciones espirituales, el anuncio y el testimonio común de la Palabra de Dios en un mundo secularizado.

IV. LOS CAMINOS DE LA PALABRA: LA MISIÓN

«Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén la palabra del Señor» (Is 2,3). La Palabra de Dios personificada “sale” de su casa, del templo, y se encamina a lo largo de los caminos del mundo para encontrar el gran peregrinación que los pueblos de la tierra han emprendido en la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la paz. Existe, en efecto, también en la moderna ciudad secularizada, en sus plazas, y en sus calles - donde parecen reinar la incredulidad y la indiferencia, donde el mal parece prevalecer sobre el bien, creando la impresión de la victoria de Babilonia sobre Jerusalén - un deseo escondido, una esperanza germinal, una conmoción de esperanza. Come se lee en el libro del profeta Amos, «vienen días - dice Dios, el Señor - en los cuales enviaré hambre a la tierra. No de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios» (8, 11). A este hambre quiere responder la misión evangelizadora de la Iglesia.
Asimismo Cristo resucitado lanza el llamado a los apóstoles, titubeantes para salir de las fronteras de su horizonte protegido: «Por tanto, id a todas las naciones, haced discípulos [...] y enseñadles a obedecer todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20). La Biblia está llena de llamadas a “no callar”, a “gritar con fuerza”, a “anunciar la Palabra en el momento oportuno e importuno” a ser guardianes que rompen el silencio de la indiferencia. Los caminos que se abren frente a nosotros, hoy, no son únicamente los que recorrió san Pablo o los primeros evangelizadores y, detrás de ellos, todos los misioneros fueron al encuentro de la gente en tierras lejanas.
11. La comunicación extiende ahora una red que envuelve todo el mundo y el llamado de Cristo adquiere un nuevo significado: «Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día, y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas» (Mt 10, 27). Ciertamente, la Palabra sagrada debe tener una primera transparencia y difusión por medio del texto impreso, con traducciones que respondan a la variedad de idiomas de nuestro planeta. Pero la voz de la Palabra divina debe resonar también a través de la radio, las autopistas de la información de Internet, los canales de difusión virtual on line, los CD, los DVD, los “ipods” (MP3) y otros; debe aparecer en las pantallas televisivas y cinematográficas, en la prensa, en los eventos culturales y sociales.
Esta nueva comunicación, comparándola con la tradicional, ha asumido una gramática expresiva específica y es necesario, por lo tanto, estar preparados no sólo en el plano técnico, sino también cultural para dicha empresa. En un tiempo dominado por la imagen, propuesta especialmente desde el medio hegemónico de la comunicación que es la televisión, es todavía significativo y sugestivo el modelo privilegiado por Cristo. Él recurría al símbolo, a la narración, al ejemplo, a la experiencia diaria, a la parábola: «Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas [...] y no les hablaba sin parábolas» (Mt 13, 3.34). Jesús en su anuncio del reino de Dios, nunca se dirigía a sus interlocutores con un lenguaje vago, abstracto y etéreo, sino que les conquistaba partiendo justamente de la tierra, donde apoyaban sus pies para conducirlos de lo cotidiano, a la revelación del reino de los cielos. Se vuelve entonces significativa la escena evocada por Juan: «Algunos quisieron prenderlo, pero ninguno le echó mano. Los guardias volvieron a los principales sacerdotes y a los fariseos. Y ellos les preguntaron: ¿Por qué no lo trajiste? Los guardias respondieron: “Jamás hombre alguno habló como este hombre”» (7, 44-46).
12. Cristo camina por las calles de nuestras ciudades y se detiene ante el umbral de nuestras casas: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). La familia, encerrada en su hogar, con sus alegrías y sus dramas, es un espacio fundamental en el que debe entrar la Palabra de Dios. La Biblia está llena de pequeñas y grandes historias familiares y el Salmista imagina con vivacidad el cuadro sereno de un padre sentado a la mesa, rodeado de su esposa, como una vid fecunda, y de sus hijos, como «brotes de olivo» (Sal 128). Los primeros cristianos celebraban la liturgia en lo cotidiano de una casa, así como Israel confiaba a la familia la celebración de la Pascua (cf. Ex 12, 21-27). La Palabra de Dios se transmite de una generación a otra, por lo que los padres se convierten en «los primeros predicadores de la fe» (LG 11). El Salmista también recordaba que «lo que hemos oído y aprendido, lo que nuestros padres nos contaron, no queremos ocultarlo a nuestros hijos, lo narraremos a la próxima generación: son las glorias del Señor y su poder, las maravillas que Él realizó; ...y podrán contarlas a sus propios hijos» (Sal 78, 3-4.6).
Cada casa deberá, pues, tener su Biblia y custodiarla de modo concreto y digno, leerla y rezar con ella, mientras que la familia deberá proponer formas y modelos de educación orante, catequística y didáctica sobre el uso de las Escrituras, para que «jóvenes y doncellas también, los viejos junto con los niños» (Sal 148, 12) escuchen, comprendan, alaben y vivan la Palabra de Dios. En especial, las nuevas generaciones, los niños, los jóvenes, tendrán que ser los destinatarios de una pedagogía apropiada y específica, que los conduzca a experimentar el atractivo de la figura de Cristo, abriendo la puerta de su inteligencia y su corazón, a través del encuentro y el testimonio auténtico del adulto, la influencia positiva de los amigos y la gran familia de la comunidad eclesial.
13. Jesús, en la parábola del sembrador, nos recuerda que existen terrenos áridos, pedregosos y sofocados por los abrojos (cf. Mt 13, 3-7). Quien entra en las calles del mundo descubre también los bajos fondos donde anidan sufrimientos y pobreza, humillaciones y opresiones, marginación y miserias, enfermedades físicas, psíquicas y soledades. A menudo, las piedras de las calles están ensangrentadas por guerras y violencias, en los centros de poder la corrupción se reúne con la injusticia. Se alza el grito de los perseguidos por la fidelidad a su conciencia y su fe. Algunos se ven arrollados por la crisis existencial o su alma se ve privada de un significado que dé sentido y valor a la vida misma. Como es «mera sombra el humano que pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona» (Sal 39,7), muchos sienten cernirse sobre ellos también el silencio de Dios, su aparente ausencia e indiferencia: «¿Hasta cuándo, Señor? )Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?» (Sal 13, 2). Y al final, se yergue ante todos el misterio de la muerte.
La Biblia, que propone precisamente una fe histórica y encarnada, representa incesantemente este inmenso grito de dolor que sube de la tierra hacia el cielo. Bastaría sólo con pensar en las páginas marcadas por la violencia y la opresión, en el grito áspero y continuado de Job, en las vehementes súplicas de los salmos, en la sutil crisis interior que recorre el alma del Eclesiastés, en las vigorosas denuncias proféticas contra las injusticias sociales. Además, se presenta sin atenuantes la condena del pecado radical, que aparece en todo su poder devastador desde los exordios de la humanidad en un texto fundamental del Génesis (c. 3). En efecto, el “misterio del pecado” está presente y actúa en la historia, pero es revelado por la Palabra de Dios que asegura en Cristo la victoria del bien sobre el mal.
Pero, sobre todo, en las Escrituras domina principalmente la figura de Cristo, que comienza su ministerio público precisamente con un anuncio de esperanza para los últimos de la tierra: «El Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Sus manos tocan repetidamente cuerpos enfermos o infectados, sus palabras proclaman la justicia, infunden valor a los infelices, conceden el perdón a los pecadores. Al final, él mismo se acerca al nivel más bajo, «despojándose a sí mismo» de su gloria, «tomando la condición de esclavo, asumiendo la semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre ... se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).
Así, siente miedo de morir («Padre, si es posible, (aparta de mí este cáliz!»), experimenta la soledad con el abandono y la traición de los amigos, penetra en la oscuridad del dolor físico más cruel con la crucifixión e incluso en las tinieblas del silencio del Padre («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») y llega al precipicio último de cada hombre, el de la muerte («dando un fuerte grito, expiró»). Verdaderamente, a él se puede aplicar la definición que Isaías reserva al Siervo del Señor: «varón de dolores y que conoce el sufrimiento» (cf. 53, 3).
Y aún así, también en ese momento extremo, no deja de ser el Hijo de Dios: en su solidaridad de amor y con el sacrificio de sí mismo siembra en el límite y en el mal de la humanidad una semilla de divinidad, o sea, un principio de liberación y de salvación; con su entrega a nosotros circunda de redención el dolor y la muerte, que él asumió y vivió, y abre también para nosotros la aurora de la resurrección. El cristiano tiene, pues, la misión de anunciar esta Palabra divina de esperanza, compartiéndola con los pobres y los que sufren, mediante el testimonio de su fe en el Reino de verdad y vida, de santidad y gracia, de justicia, de amor y paz, mediante la cercanía amorosa que no juzga ni condena, sino que sostiene, ilumina, conforta y perdona, siguiendo las palabras de Cristo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mt 11, 28).
14. Por los caminos del mundo la Palabra divina genera para nosotros, los cristianos, un encuentro intenso con el pueblo judío, al que estamos íntimamente unidos a través del reconocimiento común y el amor por las Escrituras del Antiguo Testamento, y porque de Israel «procede Cristo según la carne» (Rm 9, 5). Todas las sagradas páginas judías iluminan el misterio de Dios y del hombre, revelan tesoros de reflexión y de moral, trazan el largo itinerario de la historia de la salvación hasta su pleno cumplimiento, ilustran con vigor la encarnación de la Palabra divina en las vicisitudes humanas. Nos permiten comprender plenamente la figura de Cristo, quien había declarado «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17), son camino de diálogo con el pueblo elegido que ha recibido de Dios «la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas» (Rm 9, 4), y nos permiten enriquecer nuestra interpretación de las Sagradas Escrituras con los recursos fecundos de la tradición exegética judaica.
«Bendito sea mi pueblo Egipto, la obra de mis manos Asiria, y mi heredad Israel» (Is 19, 25). El Señor extiende, por lo tanto, el manto de protección de su bendición sobre todos los pueblos de la tierra, deseoso de que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tm 2, 4). También nosotros, los cristianos, por los caminos del mundo, estamos invitados - sin caer en el sincretismo que confunde y humilla la propia identidad espiritual - a entrar con respeto en diálogo con los hombres y mujeres de otras religiones, que escuchan y practican fielmente las indicaciones de sus libros sagrados, comenzando por el islamismo, que en su tradición acoge innumerables figuras, símbolos y temas bíblicos y nos ofrece el testimonio de una fe sincera en el Dios único, compasivo y misericordioso, Creador de todo el ser y Juez de la humanidad.
El cristiano encuentra, además, sintonías comunes con las grandes tradiciones religiosas de Oriente que nos enseñan en sus Escrituras el respeto a la vida, la contemplación, el silencio, la sencillez, la renuncia, como sucede en el budismo. O bien, como en el hinduismo, exaltan el sentido de lo sagrado, el sacrificio, la peregrinación, el ayuno, los símbolos sagrados. O, también, como en el confucionismo, enseñan la sabiduría y los valores familiares y sociales. También queremos prestar nuestra cordial atención a las religiones tradicionales, con sus valores espirituales expresados en los ritos y las culturas orales, y entablar con ellas un respetuoso diálogo; y con cuantos no creen en Dios, pero se esfuerzan por «respetar el derecho, amar la lealtad, y proceder humildemente» (Mi 6, 8), tenemos que trabajar por un mundo más justo y en paz, y ofrecer en diálogo nuestro genuino testimonio de la Palabra de Dios, que puede revelarles nuevos y más altos horizontes de verdad y de amor.
15. En su Carta a los artistas (1999), Juan Pablo II recordaba que «la Sagrada Escritura se ha convertido en una especie de inmenso vocabulario» (P. Claudel) y de «Atlas iconográfico» (M. Chagall) del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos» (n. 5). Goethe estaba convencido de que el Evangelio fuera la «lengua materna de Europa». La Biblia, como se suele decir, es «el gran código» de la cultura universal: los artistas, idealmente, han impregnado sus pinceles en ese alfabeto teñido de historias, símbolos, figuras que son las páginas bíblicas; los músicos han tejido sus armonías alrededor de los textos sagrados, especialmente los salmos; los escritores durante siglos han retomado esas antiguas narraciones que se convertían en parábolas existenciales; los poetas se han planteado preguntas sobre los misterios del espíritu, el infinito, el mal, el amor, la muerte y la vida, recogiendo con frecuencia el clamor poético que animaba las páginas bíblicas; los pensadores, los hombres de ciencia y la misma sociedad a menudo tenían como punto de referencia, aunque fuera por contraste, los conceptos espirituales y éticos (pensemos en el Decálogo) de la Palabra de Dios. Aun cuando la figura o la idea presente en las Escrituras se deformaba, se reconocía que era imprescindible y constitutiva de nuestra civilización.
Por esto, la Biblia - que también enseña la via pulchritudinis, es decir, el camino de la belleza para comprender y llegar a Dios («(tocad para Dios con destreza!», nos invita el Sal 47, 8) - no sólo es necesaria para el creyente, sino para todos, para descubrir nuevamente los significados auténticos de las varias expresiones culturales y, sobre todo, para encontrar nuevamente nuestra identidad histórica, civil, humana y espiritual. En ella se encuentra la raíz de nuestra grandeza y mediante ella podemos presentarnos con un noble patrimonio a las demás civilizaciones y culturas, sin ningún complejo de inferioridad. Por lo tanto, todos deberían conocer y estudiar la Biblia, bajo este extraordinario perfil de belleza y fecundidad humana y cultural.
No obstante, la Palabra de Dios - para usar una significativa imagen paulina - «no está encadenada» (2Tm 2, 9) a una cultura; es más, aspira a atravesar las fronteras y, precisamente el Apóstol fue un artífice excepcional de inculturación del mensaje bíblico dentro de nuevas coordenadas culturales. Es lo que la Iglesia está llamada a hacer también hoy, mediante un proceso delicado pero necesario, que ha recibido un fuerte impulso del magisterio del Papa Benedicto XVI. Tiene que hacer que la Palabra de Dios penetre en la multiplicidad de las culturas y expresarla según sus lenguajes, sus concepciones, sus símbolos y sus tradiciones religiosas. Sin embargo, debe ser capaz de custodiar la sustancia de sus contenidos, vigilando y evitando el riesgo de degeneración.
La Iglesia tiene que hacer brillar los valores que la Palabra de Dios ofrece a otras culturas, de manera que puedan llegar a ser purificadas y fecundadas por ella. Como dijo Juan Pablo II al episcopado de Kenya durante su viaje a África en 1980, «la inculturación será realmente un reflejo de la encarnación del Verbo, cuando una cultura, transformada y regenerada por el Evangelio, produce en su propia tradición expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristiano».

CONCLUSIÓN

«La voz de cielo que yo había oído me habló otra vez y me dijo: “Toma el librito que está abierto en la mano del ángel...”. Y el ángel me dijo: “Toma, devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel”. Tomé el librito de la mano del ángel y lo devoré; y fue en mi boca dulce como la miel; pero, cuando lo comí, se me amargaron las entrañas» (Ap 10, 8-11).
Hermanos y hermanas de todo el mundo, acojamos también nosotros esta invitación; acerquémonos a la mesa de la Palabra de Dios, para alimentarnos y vivir «no sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor» (Dt 8, 3; Mt 4, 4). La Sagrada Escritura - como afirmaba una gran figura de la cultura cristiana - «tiene pasajes adecuados para consolar todas las condiciones humanas y pasajes adecuados para atemorizar en todas las condiciones» (B. Pascal, Pensieri, n. 532 ed. Brunschvicg).
La Palabra de Dios, en efecto, es «más dulce que la miel, más que el jugo de panales» (Sal 19, 11), es «antorcha para mis pasos, luz para mi sendero» (Sal 119, 105), pero también «como el fuego y como un martillo que golpea la peña» (Jr 23, 29). Es como una lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar, haciendo florecer de este modo también la aridez de nuestros desiertos espirituales (cf. Is 55, 10-11). Pero también es «viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4, 12).
Nuestra mirada se dirige con afecto a todos los estudiosos, a los catequistas y otros servidores de la Palabra de Dios para expresarles nuestra gratitud más intensa y cordial por su precioso e importante ministerio. Nos dirigimos también a nuestros hermanos y hermanas perseguidos o asesinados a causa de la Palabra de Dios y el testimonio que dan al Señor Jesús (cf. Ap 6, 9): como testigos y mártires nos cuentan «la fuerza de la palabra» (Rm 1, 16), origen de su fe, su esperanza y su amor por Dios y por los hombres.
Hagamos ahora silencio para escuchar con eficacia la Palabra del Señor y mantengamos el silencio luego de la escucha porque seguirá habitando, viviendo en nosotros y hablándonos. Hagámosla resonar al principio de nuestro día, para que Dios tenga la primera palabra y dejémosla que resuene dentro de nosotros por la noche, para que la última palabra sea de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, “Te saludan todos los que están conmigo. Saluda a los que nos aman en la fe. ¡La gracia con todos vosotros!” (Tt 3, 15).

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WebJCP | Abril 2007