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OMP ArgentinaJesucristo es la fuente y el modelo de toda tarea cristiana

DISCIPULADO: El discipulado cristiano comienza por una llamada personal de Dios.
* Escuchar la llamada de Dios: Los apóstoles escuchaban la llamada de Jesús dentro de su vida, situaciones y trabajo ordinarios: Unos estaban pescando, otros en trabajos civiles (Mateo); unos llevan una vida honrada y son hombres religiosos, otros de fama dudosa, y no tienen inquietudes religiosas acentuadas: Es decir, la llamada de Dios es gratuita, no supone necesariamente méritos previos; es una forma de amar y de preferencia (Mc 3, 13), apunta a esto cuando dice que «llamó a los que quiso».
* Vivir «con» Él: La llamada de Jesús es para entregarnos a él y seguirlo por la fe y el amor. Jesús no llama sólo a una tarea, una causa o una realización personal; llama a relacionarnos con su persona. “Jesús instituyó a los Doce para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Se trata de “estar” con Jesús, de participar de su vida e intimidad, y de seguirlo a todas partes, como nuestro estilo y proyecto de vida.
* Vivir «como» Él: Lo cual implica aprender de Jesús todo y asumir su estilo de vida, hacer un continuo proceso de configuración con Él. Nos anonadamos y asumimos su propio estilo de entrega, de servicio y de comunión con el Padre. Asumimos sus sentimientos, sus actitudes y nos asemejamos en todo a Jesús de tal forma que nos convertimos cada día en sus imágenes vivas. Jesús quiere que nosotros seamos signos permanentes de su presencia y de su amor. Esa es la condición para que podamos ser sus testigos. Él, como el más comprensivo de los amigos, sabe ayudarnos para que asumamos su vida nueva y la vivamos en nosotros.
* «Ir» con Él: Puesta esta condición, la llamada es igualmente “para enviarlos a predicar”; de esta comunión de vida con el Maestro nace la exigencia de ser sus testigos y de compartir su mensaje. Los discípulos, se convierten en, Jesús mismo que prolonga su acción, testimonian eficazmente en el mundo. Ir en su nombre y con su poder. Se trata de ir como enviados por Él. Él nos acompaña y nosotros a Él, porque somos sus colaboradores y ayudantes. Ser misionero implica dar los pasos que el Señor quiera, con las personas que Él quiera, hasta donde Él quiera, para llevar lo suyo a nuestros hermanos. No se trata de mostrarnos a nosotros mismos ni de dar lo nuestro, sino de darnos y dar a Jesús. Por ello, es más necesario entrar en comunión con Jesús antes de ir hacia nuestros hermanos. Así podemos ir con su poder y Él hará que nuestra palabra sencilla ó nuestro servicio tenga mucho fruto.
* Dar la vida con Él y como Él: Como Jesús, el misionero no busca ser servido sino servir. Por ello, cada día con mayor valentía apostólica, hemos de dar la vida sirviendo a los demás en el cumplimiento de nuestra misión. El ideal y la meta es la de ayudar a Jesús para que su Reino crezca en nosotros y en el mundo. Por eso, hemos de estar dispuestos a todo, con la fuerza del Espíritu Santo y el dar la vida, con Jesús como Él y por Él, será la garantía para que tenga fruto nuestra misión. El grano de trigo si se siembra y muere da mucho fruto (Jn 12,24).
LA EXIGENCIA RADICAL
* Fe en Él: La exigencia más radical es la fe en Él y su Buena Nueva. Ella pone en movimiento la opción del discipulado, que es reconocer en Jesús al Dios que es Verdad, Camino y Vida, Luz que libera y da sentido a la vida. Es la puerta de entrada del itinerario de su formación.
* Renunciarse: Enseguida está la renuncia. Si la fe animada por el amor es el motor del seguimiento, la renuncia es su condición indispensable, pues “no se puede servir a dos señores”: hay que renunciar a uno para quedarse con el otro. La renuncia es antes que nada personal e interior. Jesús exige que se tomen posiciones claras frente a Él (Mt 12,30) pidiendo el sacrificio, aún, de las relaciones más íntimas si éstas perjudican el seguimiento (Mt 10, 34-35) porque él ha de ser el amor preferencial en la vida del discipulado (Mt 10,37). Más aún, Jesús exige renunciar, a causa de este amor, a uno mismo, despreciando la propia vida (Lc. 14,26), llevando la cruz, y tal vez llegando al martirio como suprema identificación con él (Mc 8, 34-35). Exige, en suma, hacer de Dios (y no de sí mismo y sus proyectos) el centro de la vida (“Perder la vida”, Jn 12,25). La renuncia lleva también a desprenderse y aún dejar personas y bienes, según las exigencias concretas y llamadas personales. Unos dejan la casa y la hacienda (Mc 10,29), las redes y las barcas (Mc 1,18). Pero todos renuncian a asegurarse la vida por un oficio convencional, y a conducirla a su manera, para seguir a Jesús en una vida incierta e itinerante.
* Entregarse: Jesús exige en sus discípulos una entrega irrevocable e incondicional. Su llamada es imperativa “Ven en pos de mí” (Mc 1,17). “Sígueme” (Mc 2,14) y exige una respuesta inmediata (Mc 1,18; 2,14) que no ha de ser pospuesta bajo el pretexto de “despedirse de la familia” o de “enterrar a sus muertos” (Lc 9,60). Igualmente Jesús previene contra las respuestas irreflexivas que no miden consecuencias (Lc 9,57-62) o las capacidades y fuerzas disponibles (Lc. 14, 28-33). Renunciar a todo lo que tienen.
* Dar la vida, recompensa: También unió la exigencia y la renuncia al premio y dones eternos (el Reino de los Cielos), ya anticipados aquí para los discípulos. “El ciento por uno en esta vida, y la vida eterna” (Lc. 18, 28-30).
EL PROCESO DE LA FORMACIÓN DE LOS DISCÍPULOS
De la ignorancia e inmadurez religiosa, al misterio de Jesús y del Reino.
Ignorancias, confusiones y malos entendidos religiosos son el punto de partida de toda formación cristiana. Los apóstoles, como los otros judíos de su tiempo eran hombres religiosos, pero como ellos también participaban de sus prejuicios e ignorancias con respecto al Mesías y a su Reino.
Ellos “miran y no ven, escuchan y no entienden” (Mc 6,52; 8,18; 9,32). Esta ignorancia y ceguera les impide entender la verdadera naturaleza de la misión del sufrimiento y de la cruz, de la resurrección del Maestro, de la Nueva Alianza, de la salvación universal por la fe en Cristo y no por la Ley.
Los apóstoles aceptan su ceguera y quieren ver y comprender. Sobre esta base Jesús les va revelando poco a poco, en un proceso que es indefinido, pues los apóstoles van entendiendo que su comprensión del misterio cristiano nunca va a terminar. En este sentido, la formación cristiana y religiosa es permanente, y un componente importante de ella es aceptar desde el inicio que somos ciegos e ignorantes ante el misterio a que hemos sido llamados.
De las motivaciones y “miras humanas” a la vida de fe:
Las reacciones de los apóstoles, tras la primera llamada a ser “pescadores de hombres”, nos revela la deficiencia de sus motivaciones.
Ellos están atraídos por el entusiasmo mesiánico, por el deseo de protagonismo y por la inauguración rápida del Reino donde ellos serán importantes.
A partir de sus fracasos y desconciertos, Jesús va purificando los motivos del seguimiento, haciéndoles entender el primado de la fe, de la Palabra, y el valor salvador de la entrega de la propia vida por amor.
En la última llamada, después de la resurrección, los Apóstoles están maduros para seguir a Jesús con un amor menos entusiasta y sentido, pero purificado por la fe (Jn 21,55 ss): “¿Pedro, me amas? Sí . . . Entonces sígueme . . .”.
Del sectarismo a la misericordia:
Como sus demás compatriotas, los apóstoles estaban influidos por los prejuicios culturales de la sociedad, aún en sus ideas religiosas. Por eso participaban del sectarismo judío en cuanto al valor e interpretación rígida de la Ley, y la exclusión de los gentiles y de ciertos pecadores de las promesas de Dios.
Jesús los va liberando de sus prejuicios culturales, y les va enseñando el primado de la misericordia sobre la ley (Jn 8, 1-11), y las verdaderas preferencias de Dios, que no vienen por la carne y por la sangre sino por la fe y la práctica de la Palabra. Aprenden de la predilección de Jesús por los pobres y oprimidos y de su misericordia universal que busca las ovejas perdidas.
La formación no es sólo liberación personal, sino también liberación cultural para que domine la universalidad y la misericordia.
Del conocimiento del Reino a las condiciones de su programación:
La formación de Jesús no sólo quiere introducir en el misterio del Reino, sino que quiere formar. Apóstoles de su Reino. En la última parte de su vida, que Jesús dedicó especialmente a la formación de los Doce, trata de inculcar en ellos las verdaderas exigencias del apostolado (Mc 8, 31-37).
Así les habla de la necesidad del padecimiento, la persecución y la cruz para traer el Reino (vg. A partir de la confesión de Pedro) habla de rechazo, desprecio y de pasión, en la que los discípulos han de participar (Mc 10, 32.34), y les presenta el misterio de la pascua como valor redentor de la negación de sí mismos (Mt 16,24ss.), de la donación de la propia vida (Jn 12,25), de la necesidad de “beber el cáliz” como él (Mc 10,35ss.).
Toda formación debe preparar para la persecución y la abnegación, como valores apostólicos.
De dejar cosas, personas y planes, a dejarse a sí mismo:
Desde la primera llamada de los doce habían “dejado todo”: barcas, redes, trabajo, familia y casa... Se habían embarcado en el plan de Jesús. Pero sólo al final, en la tercera llamada, comprenden que todo eso no era suficiente, ni lo más importante, y que era relativo a una renuncia más radical: el dejarse a sí mismo, su egoísmo y miras humanas, para dejarse conducir por Jesús. “Antes tu ibas donde querías... ahora te conducirá a donde tú no quieres” (Jn 21,18).
LA PRÁCTICA DE JESÚS
La forma concreta en que Jesús llevó a cabo su misión la podemos descubrir en las distintas páginas del Evangelio. La lectura atenta de Mc 1, 16-45 nos muestra la finalidad que Jesús perseguía al anunciar la Buena Nueva el pueblo:
1. Crear una comunidad para el Reino (Mc 1, 16-20): Jesús comienza el proceso de constituir una comunidad de seguidores y éstos comienzan su proceso vocacional. Galilea es el lugar privilegiado donde los discípulos pueden tener la experiencia de Jesús: comienzan a vivir en la inseguridad familiar y económica; les espera un trabajo desconocido y asumen un proyecto de vida donde tienen prioridad las necesidades de los demás. Son corresponsables de la causa del Reino.
2. Hacer nacer una conciencia crítica (Mc 1, 21-22): Lo que Jesús enseña es nuevo y lo hace con autoridad. “Todo lo contrario de los maestros de la Ley”. La enseñanza de Jesús impresiona a los discípulos; descubren nuevos valores que cuestionan la religión que viven.
3. Combatir el poder del mal (Mc 1, 23-28): Jesús no tiene autorización legal para enseñar, pero sí tiene una práctica con autoridad a favor de los sufrimientos. Su acción es eficaz y poderosa frente al mal que atenta contra la vida humana.
4. Restaurar la vida para el servicio (Mc 1, 29-34): El que sana a la suegra de Pedro y a los enfermos con dolencias de toda clase es el Servidor de Yahvé, el que se hace siervo de todos para liberar a la humanidad de toda clase de servidumbres. Los que se han liberado de sus servidumbres pueden convertirse en servidores de los demás.
5. Permanecer unido al Padre por la oración (Mc 1, 35): La oración es el lugar en que Jesús discierne y decide su acción, de acuerdo al proyecto de Dios y es la instancia de análisis de su práctica. La oración de Jesús no es una oración ritual ni marginada de la vida. Como él no hace nada por cuenta propia, necesita lugares solos o desiertos para entrar en comunión con la voluntad del Padre que le envió.
6. Ampliar y profundizar la conciencia de la misión (Mc 1, 36-39): A través del diálogo con los Doce, Jesús sabe que todos lo buscan, es decir, la propuesta que él hace ha encontrado acogida en el pueblo, la gente lo sigue. No obstante, el éxito misionero no lo adormece. Invita a Pedro y sus compañeros a ir más allá; la misión debe continuar. En otros pueblitos lo esperan y lo necesitan. El desafío misionero es recorrer Galilea predicando y echando demonios.
7. Reintegrar a los marginados a la comunidad y a la convivencia social (Mc 1, 40-45): El leproso, en la sociedad de Jesús, estaba condenado a vivir marginado, fuera de las poblaciones, porque su enfermedad era contagiosa y una amenaza para la vida del pueblo; se le prohibía tener relación con los demás. Con la sanación del leproso, Jesús logra que el leproso salga de su marginación; se mancha las manos tocando a alguien legalmente impuro para reintegrarlo sano y salvo a la comunidad. La Buena Nueva, expresada en palabras y signos proféticos, exige un cambio socio-religioso: en adelante, no habrá más personas marginadas.
EVANGELIZAR, SIGUIENDO LAS HUELLAS DE CRISTO
Evangelizar identificándose con el Señor
Juan Pablo II ha establecido un estrecho nexo entre Jesucristo y evangelizadores, como no podía ser de otro modo, ya que el evangelizador debe identificarse con el Maestro, a fin de llevar a cabo su misión.
Efectivamente, una reflexión doctrinal o pastoral sobre la evangelización, sobre los evangelizadores, sólo puede desarrollarse a partir del misterio de Cristo, de su acción evangelizadora y mesiánica del Redentor del Hombre, Redemptor Hominis, es decir, a partir de una experiencia existencial de la realidad salvífica que caracteriza nuestra religión, ya que el Evangelio no es para la Iglesia, ni para el mundo, al cual se predica, una ideología cualquiera, y ni siquiera sólo un mensaje, por muy fascinante que pueda parecer, sino que es una persona viva, el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado.
Evangelizar como el Señor, siguiendo su estilo de vida y acción
La evangelización es tarea de todos en la Iglesia. Todos los cristianos (sacerdotes, religiosos y laicos) participan por igual del ser de Cristo en razón del bautismo y la confirmación. Por esto mismo participan por igual de su misión (que él recibió del Padre, y que a su vez ha transmitido a la Iglesia), llamados por tanto a ser evangelizadores y apóstoles del Señor. Cada cual realizará esta misión divina según su propia vocación, cualidades y carismas, pero nadie está eximido del deber de evangelizar, para «ganar a otros para el Señor», en orden a su salvación.
“La Iglesia existe para evangelizar” (Evangelii nuntiandi, 14). Por esto, hay que evangelizar desde Cristo, en fidelidad a la Iglesia. Y, para evangelizar eficazmente, es preciso que cada cristiano entre en un proceso de autoevangelización, de conversión, de afán de santidad y formación cristiana, para así transmitir más fielmente a Cristo, al tiempo que evangelizando ya se autoevangeliza.
Dado que de evangelizar se trata, no podemos menos de afirmar que el evangelizador deberá identificarse, lo más perfectamente, con Jesucristo, que es «el primero y más grande evangelizador» (ib. 7). Pero en este tratar de identificarse con el maestro no basta seguir su estilo o método evangelizador. No. Es necesario evangelizar desde Cristo, pasando antes por su corazón, comprometiéndose con él en unidad de sentimientos. Solo de este modo los evangelizadores podrán evangelizar como Cristo, obediente siempre al Padre y obrando a impulso del Espíritu Santo, que inhabita en las almas de los fieles por la vida de la gracia.
Precisamente en sintonía con este pensamiento, no podemos menos de afirmar que la evangelización es siempre trabajo de amor. Sí, de amor hacia aquellos a quienes se dirige para acercarlos a la fuente del amor y, sobre todo, amor a Dios, que procura su glorificación en medio de los hombres, y que él sea amado en Espíritu y en verdad (cf. 4,24), precisamente por aquellos a los que él ama incondicionalmente, los hombres todos.
La carta encíclica Redemptoris Missio recuerda que: “Quien tiene espíritu misionero siente el ardor de Cristo por las almas (...), se mueve a impulsos del ‘celo por las almas', que se inspira en la caridad misma de Cristo” (Nº 28). Una vez que hemos sido conquistados por ese amor, como Pedro y Juan, ya no podemos dejar de hablar de él (cfr. Hch 4,20). Y como Pablo, cada uno de nosotros debe decir «¡Hay de mi si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9, 16). En efecto, ¿cómo podemos descansar, si todos aquellos a quienes Cristo desea llamar suyos todavía no han oído hablar de su amor?.
La evangelización será la resultante del dinamismo santificador de cada cristiano. Al igual que Jesús, el fiel cristiano se santifica para, al mismo tiempo, santificar a otros.
Así lo ha indicado el Santo Padre: “La evangelización a su vez está ordenada a la santificación de aquellos que son evangelizados. No basta evangelizar. Hace falta santificar. Es necesario ser instrumentos y canales de la gracia para la salvación del mundo”.
Afrontemos así la controvertida cuestión de qué es primero: evangelización o santificación. Para esclarecer el problema basta con seguir el ejemplo del Maestro. Al tiempo que predicaba la verdad de la salvación, curaba a los enfermos y poseídos por el demonio, liberando a los pecadores del yugo del mal. En Jesucristo todo es unidad. De este modo se comprende que no cabe establecer oposición entre la llamada evangelización y sacramentalización.
Es necesario anunciar la Palabra de Dios con audacia apostólica, pero eso no basta, ya que Jesucristo ha venido a comunicar la vida divina –la gracia- a las almas. La evangelización sin celebración litúrgica sacramental correría el peligro de caer en un frío conocimiento de ideas. Por eso, la evangelización debe ordenarse a enriquecer los corazones cristianos con la vida divina que se recibe a través de los sacramentos.
También, contemplando el luminoso ejemplo evangelizador de Jesucristo, nos persuadimos de la verdad de que evangelización y promoción humana van juntas, como de la mano. Ésta fue norma de conducta de Jesucristo, que anunciaba la verdad de Dios y del hombre, curándolo de sus males y dolencias.
Por otra parte, la evangelización ha de realizarse buscando, como Jesús que buscaba –sin recortar el sacrificio y la entrega- la oveja perdida, a los pecadores (...) Los evangelizadores de hoy, al igual que Jesucristo, no pueden “estar a la espera”, sino que deben salir a los cruces de los caminos, a los nuevos foros de la vida pública, para encontrarse allí con el hombre y las realidades temporales que necesitan ser vivificadas con el fermento evangélico.
También ha tratado de ello Juan Pablo II que, saliendo al paso del relativismo y escepticismo en que vivimos inmersos, en la sociedad pluralista, ha querido destacar la fortaleza que es preciso mantener en medio del diálogo, de modo que el evangelizador no caiga en la tentación de rebajar las exigencias de la verdad, o de recortarla en su integridad (que la anunciará de modo gradual, teniendo presente la maduración de la persona en su identificación con la verdad).
La evangelización no ha imponerse nunca, sino que habrá de proponerse desde el amor, el diálogo y el respeto a la libertad. Pero dejando que Dios obre en el interior de cada persona como quiera y cuando quiera.
Y el empeño evangelizador de los discípulos de Jesucristo les llevará a procurar el bien de sus hermanos los hombres, especialmente los más necesitados, los pobres. Precisamente la predicación a los pobres es un signo de la presencia del Reino entre los hombres, motivo de la bienaventuranza cristiana, y signo-testimonio de primer orden para la credibilidad del Evangelio. En los pobres está presente de un modo especial el Señor, que se identificó con ellos. Así deberá hacer hoy la Iglesia, para vivir la caridad distintiva de los discípulos de Cristo y para hacer presente el amor de Dios en el mundo, tantas veces descreído y autosuficiente.
De ahí la razón de las palabras del Papa: «La solicitud pastoral para con los pobres y los necesitados ocupa un lugar importante en el proceso de evangelización. ‘Está en una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia' (Sollicitudo rei socialis, 42). El Salvador mismo no dio ejemplo de ello, dedicando especial atención precisamente a los pobres: Los pobres del Señor».
PARA REFLEXIONAR:
Teniendo en cuenta los siete puntos sobre la finalidad de la práctica evangelizadora de Jesús.
• ¿Cuáles están asumidos por nuestra parroquia y por nuestra diócesis?
• ¿Por qué no vivimos los restantes?
• ¿Qué podemos hacer para ponerlos en práctica?
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