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MISIONEROS EN CAMINO: junio 2008
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lunes, 30 de junio de 2008

Viajes de San Pablo

En el comienzo del Año Paulino, los invitamos a que visiten el especial preparado por la Biblioteca Electrónica Cristiana sobre los viajes de San Pablo, con el condimento especial de que se pueden apreciar satelitalmente los recorridos que realizó El Apóstol en sus viajes misioneros. Para ver la página haz clik aquí


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domingo, 29 de junio de 2008

El Espíritu llega antes que el misionero

Por Leonardo Boff
Publicado por Servicios Koinonia

Uno de los efectos del proceso de mundialización —que va mucho más allá de su expresión económico-financiera— es el encuentro con todo tipo de tradiciones espirituales y religiosas. Se ha instaurado un verdadero mercado de bienes simbólicos en el cual los distintos caminos, doctrinas, ceremoniales, ritos y esoterismos se ofrecen para atender la demanda de un número creciente de personas, generalmente cansadas del exceso de materialismo, racionalismo, consumismo y superficialismo de nuestra cultura convencional.

Por detrás de este fenómeno hay una búsqueda humana que pide ser entendida y también atendida. Lo espiritual y lo místico, en contraposición a las predicciones de los «maestros de la sospecha», como Marx, Freud y Nietzsche, están volviendo con renovado vigor. Revelan una dimensión olvidada de lo humano, que es vista por los modernos más como expresión de patología que de salud. Pero hoy, entre los estudiosos de las ciencias de la religión, está recuperando su ciudadanía. Tiene su asiento en la razón sensible y cordial que no sustituye sino que completa la razón científico-calculatoria. En ella se elaboran los grandes sueños y surgen las estrellas-guía que dan rumbo a nuestra vida. La religión desvela al ser humano como proyecto infinito y le brinda el objeto adecuado que lo hace descansar: el Infinito.

Los cristianos tienen especial dificultad en el diálogo con otras las religiones. Sostienen la creencia de que son portadores de una revelación única y de un Salvador universal, Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. En algunos, esta creencia gana foros de fundamentalismo, diciendo sin rodeos que fuera del cristianismo no hay salvación, repitiendo una versión de talante medieval. Otros, a partir de la propia Biblia y de una reflexión teológica más profunda, sostienen que todos los seres humanos, también el cosmos, están permanentemente bajo el arco-iris de la gracia de Dios. Para los once primeros capítulos del Génesis, en los cuales aún no se habla de Israel como «pueblo elegido», todos los pueblos de la Tierra son pueblos de Dios. Eso continúa siendo válido hasta el momento presente.

Además, dicen las Escrituras que el Espíritu llena la faz de la Tierra, entra la historia, anima a las personas a practicar el bien, a vivir en la verdad y a realizar la justicia y el amor. El Espíritu llega antes que el misionero. Éste, antes de anunciar su mensaje, necesita reconocer las obras que este Espíritu hace en el mundo y continuarlas.

Cristo no puede ser reducido al espacio palestino. Al asumir al hombre Jesús de Nazaret, el Hijo se insertó en el proceso de la evolución, tocó la realidad humana y alcanzó una dimensión cósmica. Fueron el teólogo franciscano Duns Scoto en la Edad Media y Teilhard de Chardin en los tiempos modernos quienes señalaron que el Hijo está presente en la materia y en las energías originarias y que fue densificando su presencia en la medida en que se iba realizando la complejidad y crecía la conciencia hasta irrumpir en la forma de Jesús de Nazaret. Esta individuación no disminuyó su carácter divino y cósmico, de forma que puede irrumpir, bajo otros nombres y bajo otras figuras que revelan en sus vidas y obras la cercanía del misterio de Dios. Para evitar cierta «cristianización» del tema, podemos hablar, como lo hacen grandes tradiciones, de la Sabiduría/Sofia. Ella está presente en la creación, en la vida de los pueblos, y especialmente en las lecciones de los maestros y sabios. O se usa también la categoría Logos, o Verbo, que revela el momento de inteligibilidad y ordenación del universo. No es una Energía impersonal sino que revela suma subjetividad y suprema conciencia.

Estas visiones anclan nuestra vida en un sentido bueno que nos permite soportar los avatares de esta difícil existencia.

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XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Cuando vean a un católico...

Rafael Ibarguren*
Publicado por La Prensa Nicaragüa

El año litúrgico, como también el civil, está pautado por aniversarios, celebraciones y fiestas que hacen que el tiempo se nos haga llevadero, que tome sentido, color y alegría.

Hay grandes fiestas religiosas que son a la vez nacionales: Semana Santa, Corpus Christi, la Purísima, diversas fiestas patronales. El pueblo se desborda y sus convicciones y sentimientos católicos se afirman altaneros, no sólo en el interior de los templos sino en la vía pública.

Hay otras fiestas que, sin tener la misma relevancia, tienen entretanto honda significación para los cristianos. Es el caso de la solemnidad de San Pedro y San Pablo (el recién pasado 29 de junio), a propósito de la cual quiero tejer algunas consideraciones.

San Pedro y San Pablo: dos gigantes, dos columnas de la Iglesia.

El apóstol San Pedro, fue el iniciador de la dos veces secular dinastía de los papas, la piedra sobre la cual Nuestro Señor Jesucristo edificó su Iglesia y a quien le fueron dadas las llaves del Reino. A San Pablo apóstol, que, aunque no fue de los doce se le considera el apóstol por antonomasia, lo representamos con la espada de la palabra de dos filos que penetra hasta lo más profundo del espíritu humano. Su palabra y su testimonio, caló.

Piedra y espada, dos símbolos sugestivos de fuerza y de bravura.

Entretanto, Pedro, el primer Papa, a quien en cierta ocasión Jesús dijo apártate de mí, Satanás, negó tres veces al Maestro y a la hora de la crucifixión, huyó cobardemente no sin antes haberle prometido: nunca te abandonaré. Y el Señor lo confirmó en su misión.

Y Pablo, que fuera tenaz miembro de la secta de los fariseos y encarnizado perseguidor de cristianos (¿Saulo, Saulo, por qué me persigues?), milagrosamente transformado en un instante, fue modelo de apóstol y de misionero.

Así son muchas veces —casi siempre— las cosas de Dios: Un designio providencial sobre un montón de miseria y una gracia que provoca la correspondencia al designio. Saulos que se transforman en Pablos, Simones que pasan a ser Piedras.

En el hombre concebido en el pecado, anida la debilidad y la malicia. Y hasta en los más santos y destacados paladines del cristianismo, encontramos altos y bajos y la dualidad de carne débil y espíritu fuerte.

En ese sentido es sugestiva la queja que el mismo San Pablo escribe en su Epístola a los Romanos: “no hago el bien que quiero, obro el mal que no quiero”...

San Pedro y San Pablo son ejemplos admirables de santidad. Pero fueron flacos y cayeron más de una vez. Antes y después de su conversión. En cualquier caso, en vida repararon sus fallas con el testimonio de su heroísmo cristiano. Y murieron dando su sangre por Cristo. Son mártires.

Su fuerza es la misma que ha sostenido a la Iglesia en su largo caminar, la misma que la sostiene en los días que corren. Es la gracia de Dios, sin la cual “nada podéis hacer”, nos dice Cristo en el Evangelio. Dios quiere ejecutar su obra a partir del barro, como cuando creó al primer hombre. Puliendo, limpiando y curando realiza sus mejores maravillas. Y tiene más alegría por la oveja perdida que vuelve al redil que por las otras noventa y nueve que perseveran.

Entonces, cuando veamos a un católico —clérigo o laico— que se equivoca o que peca, no seamos de los eternos convencionales que siempre tiran la primera piedra. Recemos por él, y comprendamos esa realidad que es farol en la vida de la Iglesia —divina por institución y pecadora por nuestro concurso— la impotencia de los hombres y la omnipotencia de la gracia. En otras palabras, rechacemos al pecado, amemos al pecador y celebremos la providencia de Dios que tiene siempre la última palabra.

Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia, ha dicho Jesús. Con esas palabras, su fundador aseguró a la Iglesia la inmortalidad. Pero no le garantizó siempre la plena correspondencia de los fieles. Por eso instituyó una cátedra infalible contra el error y signos sensibles para santificar a sus miembros como los sacramentos.

El Santo Padre Juan Pablo II —sucesor de Pedro y apóstol indomable de la verdad— viene una vez más a Centroamérica a decirnos lo mismo que pide el Evangelio: conversión. Lo mismo han dicho y vivido Pedro y Pablo.

Que ellos intercedan por nosotros, por el Papa y por la Iglesia de la cual Cristo los constituyó columnas.

* El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio “Heraldos del Evangelio”.

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sábado, 28 de junio de 2008

Infancia Misionera

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XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Recursos Pastorales

Solemnidad de San Pedro y San Pablo
Publicado por Catolicos.com


1. EN EL CORAZÓN DE LA FE

"Y vosotros ¿quién decís que soy yo? " (3. lectura). Este interrogante puede ser el punto de partida. Tiene la ventaja, de situarnos en el centro de la fe. Seria interesante que la homilía diera al interrogante una dimensión personal, de manera que toque el "sentir" de los presentes. En realidad hay que ofrecer esta gran pregunta como postuladora de una opción personal-radical.

De todas maneras, la pregunta podría obtener una profundidad total: Cristo continúa presente en la Iglesia; ésta es Cristo vivo. La respuesta de la fe es una respuesta a la Iglesia. La respuesta no es fácil. Todos los pastores sabemos por experiencia la dificultad de aceptar la mediación eclesial; con facilidad se acepta a Dios y a Cristo, pero la Iglesia... Convendría hacer notar que no hay ninguna diferencia entre Cristo y la Iglesia, ya que ésta es el Cuerpo de Cristo. Por eso hay que señalar que la comunidad eclesial es la plenitud de las esperanzas, la guía que nos conduce hacia la realización, es la salvación... Sin ella no es posible la fe. Nos hace presente el amor del Padre, en tanto que instrumento (sacramento) universal de la salvación.

Muchas veces nos cuesta creer que la salvación pasa por la Iglesia. Pero el acto de fe tiene por objeto una Iglesia guiada por hombres que, como nosotros, tienen muchos defectos.

A pesar de todo, el problema no queda situado en un nivel jerárquico. También es muy difícil creer en la comunidad cristiana. ¡Creer que mis hermanos son el Cuerpo de Cristo!. Aquí emerge el problema de la aceptación mutua. Por lo menos nos hemos de repartir las culpas entre todos. Y mutuamente hemos de invitarnos a creer los unos en los otros. No se trata de administrar narcóticos o de obviar las verdaderas preguntas, pero sí de hacer un esfuerzo para valorar la buena voluntad de todos, descubrir cómo podemos ayudarnos a luchar con alegría y confianza mutuas, considerando todos el peso de la propia pobreza.

La fe en la iglesia es algo tan vital, que no tiene ningún sentido sin esta comunidad. Sería bueno insistir en la tentación de abandonarla. Y, sin negar ninguna verdad, hablar de ella en términos de amor filial y en sentido de familia. No estaría mal repasar lo que hemos recibido de la Iglesia. Cualquiera puede pensar, que también, muchas veces, en el interior de la misma ha encontrado el buen samaritano. Aunque esto no arregle los problemas eclesiales, sí que se debe hablar de un aumento del sentido de familia en la Iglesia y del pecado que lleva consigo por culpa de todos los que la formamos. No, no hay que hacer apologética barata, pero tampoco hemos de ser parciales.

2. DOS HOMBRES DE TALLA ESPIRITUAL

No podemos omitir una consideración a las figuras de Pedro y Pablo. En resumidas cuentas, apóstoles, ellos, fundamento de la Iglesia, demuestran su grandeza en el sufrimiento (que es la suprema prueba de la vida). No vivieron un cristianismo alienante; su existir fue duro y conocieron muchas tensiones. Una vez dado el sí a Jesucristo, no se hicieron atrás. Entregaron la vida por la comunidad (por el Cuerpo de Cristo, por Cristo). Se puede notar como en el sufrimiento, a semejanza de Cristo, recibieron el consuelo del ángel y se dieron cuenta de la salvación.

Pablo (2. lectura), hombre de tierno corazón bajo formas exteriores duras, está próximo a la muerte, pero no tiene miedo, no se arrepiente de nada, sino que está contento de haber luchado y de haber aguantado firme en la fe. Es el Señor quien le ha ayudado y le ha dado fuerzas para anunciar el mensaje.

J. GUITERAS
MISA DOMINICAL 1975, 13-3


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2.

En esta fecha, tan tradicional en el calendario litúrgico, la Iglesia entera vuelve sus ojos hacia los dos apóstoles que son columnas de la Iglesia. Celebrar a San Pedro y a San Pablo es reconocer que nuestra fe está fundamentada en ellos.

También en este día la Iglesia católica vuelve sus ojos y su corazón hacia el nuevo Pedro, que es el Papa de Roma, que continúa el ministerio apostólico de confirmar en la fe a los hermanos.

Sorprende un tanto la lectura de los Hechos de los Apóstoles, en la que aparece un Pedro débil, atado, encarcelado y perseguido por predicar el evangelio, que de repente se ve libre de las cadenas para proseguir su misión apostólica.

Celebramos al Pedro de la fe intrépida, que confiesa que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios y el Mesías, y a la vez recordamos al Pedro de la negación, que en los momentos difíciles y trágicos de la pasión del Señor dijo por tres veces que no conocía Jesús. A través del camino paradójico de la negación y de la caída, Pedro purifica y fortalece su fe para constituirse en roca firme para sus hermanos. Todos los que estamos metidos en la barca de Pedro con la esperanza de llegar al puerto de eternidad y de luz, a ejemplo de San Pedro, tenemos que entender que la fe es un riesgo, que a pesar de nuestras debilidades y negaciones, lavadas con lágrimas de conversión purificadora, debemos ser columnas y signos de fe en el mundo de hoy, anunciando que Jesús de Nazaret es el Salvador de los hombres.

Andrés Pardo


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3. Para orar con la liturgia

Porque en los apóstoles Pedro y Pablo
has querido dar a tu Iglesia un motivo de alegría:
Pedro fue el primero en confesar la fe,
Pablo, el maestro insigne que la interpretó;
aquél fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel,
éste la extendió a todas las gentes.

De esta forma, Señor,
por caminos diversos,
ambos congregaron la única Iglesia de Cristo,
y a ambos, coronados por el martirio,
celebra hoy tu pueblo con una misma veneración.


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4.

La iniciación a la vida litúrgica según el Catecismo de la Iglesia Católica

"La única Iglesia de Cristo..., Nuestro Salvador, después de su resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a los demás apóstoles que la extendieran Pedro y los obispos en comunión con él (LG 8)" (n. 816; cf. n. 834).

"Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza a un único colegio apostólico presidido por Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra; al cual deben incorporarse plenamente los que de algún modo pertenecen ya al pueblo de Dios (UR 3)" (n. 816).


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5. Un día para orar por el Papa

Colecta en favor de la Santa Sede

La Iglesia celebra este domingo, festividad de San Pedro y San Pablo, el Día del Papa. Todos los católicos del mundo nos unimos a esta celebración porque el Romano Pontífice es para nosotros, como dice el Concilio Vaticano II, "el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles" (LG 23). Jesús edificó sobre la Roca de Pedro a todos los obispos de Roma y por eso vemos en el Santo Padre la imagen cercana, segura y querida de Cristo Buen Pastor entre nosotros. Desde estas páginas invitamos a todos los fieles a rezar por las intenciones de Su Santidad y les recordamos que la colecta -el tradicional Óbolo de San Pedro- de este último domingo de junio, va destinada a sufragar los servicios pastorales de la Santa Sede, de los que salen beneficiadas todas las diócesis del mundo. Los católicos tenemos una ocasión para colaborar con el ministerio apostólico del Papa. Pidamos por él y ayudémosle con nuestra limosna.


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6.

La Iglesia dedica este domingo a pedir por el Papa y a ayudar a la Santa Sede con una colecta

La Iglesia celebra este domingo el Día del Papa al coincidir con la festividad de San Pedro y San Pablo. Todos los católicos del mundo nos unimos a esta celebración, porque el Romano Pontífice es para nosotros, como dice el Concilio Vaticano II, "el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles" (LG 23). Jesús edificó sobre la Roca de Pedro a todos los obispos de Roma y por eso vemos en el Santo Padre la imagen más cercana, más segura y más querida de Cristo Buen Pastor entre nosotros.

Ofrecemos a nuestros lectores una reseña biográfica del actual Papa, Juan Pablo II que en sus 19 años de pontificado ha batido récords en su actividad , magisterio y dedicación al servicio de la Iglesia. Invitamos, al mismo tiempo, a todos los fieles a rezar por las intenciones de Su Santidad y les recordamos que la colecta -el tradicional Óbolo de San Pedro- de este último domingo de junio, va destinada a sufragar los servicios pastorales de la Santa Sede, de los que salen beneficiadas todas las diócesis del mundo. Los católicos tenemos una ocasión para colaborar con el ministerio del Papa. Pidamos por él y ayudémosle con nuestra limosna.

Juan Pablo II festejaba hace poco más de un mes - el 18 de mayo- su 77 cumpleaños con una visita pastoral a la parroquia romana de San Atanasio, ya que ante todo es el Obispo de Roma; además ésta es una de sus actividades preferidas pues le hacen mantener el contacto directo con sus fieles, como le ocurre a cualquier obispo diocesano en las visitas pastorales a las parroquias de su diócesis. Desde el comienzo de su pontificado, el 16 de octubre de 1978, ha visitado 258 de las 328 parroquias que funcionan actualmente en la Urbe.

Estas visitas suelen tener el mismo programa, preparado antes con un encuentro con su Vicario para la Urbe, el cardenal Ruini, el obispo auxiliar de la zona donde está enclavada la parroquia y el párroco y sus vicarios. Todo se desenvuelve en un clima familiar, y en esta ocasión, nada más llegar al templo parroquial de San Atanasio, Juan Pablo II fue homenajeado con canciones polacas. Los jóvenes entonaron "Sto Lat" en polaco y el Papa explicó que esas palabras significan que le desean "100 años", y añadió con humor: "Eso significa que todavía me faltan veintitrés ". Un niño contó que el día de su cumpleaños, su madre siempre le pide que haga un propósito, y preguntó al Papa: "-¿Qué propósito harás tú?". "-Intentaré ser más bueno", respondió Juan Pablo II. Y recordó también que nació "entre las cinco y las seis de la tarde. Casi a la misma hora, 58 años después, fui elegido Papa".

Una historia singular

Sembrar el bien es lo que ha venido haciendo este hombre singular en unas circunstancias personales e históricas nada fáciles, siendo su persona fundamental para explicar casi el último cuarto de siglo de la Iglesia y de Europa.

Karol Józef Wojtyla, conocido como Juan Pablo II desde su elección como Papa en octubre de 1978, nació en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kms. de Cracovia, el 18 de mayo de 1920. Era el segundo de los dos hijos de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska. Su madre falleció en 1929 mientras daba a luz a su tercer hijo, que nació muerto. Su hermano mayor Edmund, que era médico, murió en 1932, y su padre (suboficial del Ejército), en 1941.

A los 9 años Karol hizo la Primera Comunión y a los 17 recibió la Confirmación. Terminados los estudios de enseñanza media en la escuela Martin Wadowita de Wadowice, se matriculó en 1938 en la Universidad Jagellónica de Cracovia y en una escuela de teatro. Cuando las fuerzas de ocupación nazi cerraron la Universidad, en 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania.

A partir de 1942, sintiendo la vocación al sacerdocio, siguió las clases de formación del seminario clandestino de Cracovia, dirigido por el cardenal Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también clandestino.

Tras la II Guerra Mundial, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal el 1 de noviembre de 1946. Seguidamente, fue enviado por el cardenal Sapieha a Roma, donde, bajo la dirección del dominico francés Garrigou-Lagrange, se doctoró (1948) en teología en el "Angelicum", con una tesis sobre La fe en las obras de San Juan de la Cruz. En aquel período aprovechó sus vacaciones para ejercer el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda.

En 1948 volvió a Polonia, y fue coadjutor en diversas parroquias de Cracovia y capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanuda sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó en la Universidad Católica de Lublin una tesis titulada Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler. Después pasó a ser catedrático de Teología Moral y Etica Social en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de Teología de Lublin.

El 4 de julio de 1958 fue nombrado por Pío XII obispo auxiliar de su ciudad, Cracovia, recibiendo la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral del Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Baziak. El 13 de enero de 1964 fue nombrado arzobispo de Cracovia por el Papa Pablo VI, quien le hizo cardenal en 1967.

Además de participar en el Concilio Vaticano II (1962-65), con una contribución importante en la elaboración de la constitución pastoral Gaudium et spes, el cardenal Wojtyla tomó parte activa en todas las asambleas del Sínodo de los Obispos, como signo de su preocupación por todas las Iglesias y vivencia de la colegialidad episcopal.

Gran capacidad de trabajo y apostolado

En cuanto a su magisterio y actividad pastoral, este Papa pasará a la historia por su gran espíritu de trabajo y empeño evangelizador, batiendo récords por la cantidad de sus escritos, viajes, etc:

Entre sus documentos principales se incluyen: 12 Encíclicas, 10 exhortaciones apostólicas, 9 constituciones apostólicas y 34 cartas apostólicas. Juan Pablo II también ha publicado dos libros que han sido auténticos éxitos editoriales: Cruzando el umbral de la esperanza (1994) y Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal (1996). El Papa actual también tiene en su cuenta haber celebrado, hasta el presente, 99 ceremonias de beatificación -en las que ha proclamado 768 beatos- y 31 canonizaciones -con un total de 276 santos-. Ha celebrado además 6 consistorios, durante los cuales ha nombrado 137 cardenales, lo que ha supuesto una gran renovación y universalización de sus componentes. También ha presidido 5 asambleas plenarias del Colegio Cardenalicio.

Desde 1978 hasta hoy, y como expresión de colegialidad, el Sínodo de los Obispos, convocado por Juan Pablo II, ha celebrado 5 asambleas generales ordinarias, una general extraordinaria, 3 asambleas especiales y un sínodo particular.

Desde el comienzo de su pontificado en 1978, Juan Pablo II ha realizado 78 viajes pastorales fuera de Italia, y 126 por el interior de este país.

A parte de las audiencias multitudinarias de los miércoles con miles y miles de fieles, el Santo Padre ha mantenido más de 900 reuniones y audiencias con personalidades políticas, entre ellas, 35 visitas oficiales de Jefes de Estado; otras 507 audiencias y reuniones también con Jefes de Estado; y 161 audiencias con Primeros Ministros.


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7.

Los textos litúrgicos de esta fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo nos ofrecen suficientes ideas para hacer una reflexión sobre lo que la memoria de los mismos supone para cualquier comunidad cristiana que celebre la eucaristía en comunión con la Iglesia. La oración colecta pone de relieve la dimensión magisterial de los santos apóstoles y la urgencia de permanecer fieles a la misma, por eso pide al Padre: "...haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana".

La oración sobre las ofrendas nos recuerda que los santos apóstoles no pertenecen sólo al pasado, sino que siguen estando presentes en la misión de la Iglesia por la eficacia actual de la intercesión de los santos. Por eso, pide : "Haz, Señor, que la oración de tus apóstoles acompañe esta ofrenda....nos vuelva agradables a ti..." La tercera oración la poscomunión- nos sitúa en el corazón de la primitiva comunidad apostólica en la que ve un ejemplo a imitar, por lo que hace esta súplica: "Concede... la gracia de vivir de tal modo en tu Iglesia que, perseverando en la fracción del pan y en la doctrina de los apóstoles, tengamos un sólo corazón y una sola alma, arraigados firmemente en su amor".

El prefacio da gracias al Padre por el don que ha supuesto para la Iglesia los carismas con los que, por caminos distintos, los dos apóstoles sirvieron a la expansión de la Iglesia : "Pedro fue el primero en confesar la fe. Pablo, el maestro insigne que la interpretó, aquel fundó la primitiva iglesia con el resto de Israel, este la extendió a todas las gentes".

Antonio Luis Martínez
Semanario "Iglesia en camino"


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8.

Colaboremos con el Sucesor de Pedro

El próximo 29 de junio celebra la Iglesia la solemnidad de San Pedro y San Pablo. La Iglesia une en una misma celebración a los dos apóstoles, columnas de la Iglesia y heraldos del Evangelio. Pablo recibió del mismo Cristo resucitado la misión evangelizadora que él realizó en plena comunión con Pedro y con los demás apóstoles (Gál 1, 18; 2,1-2.9). Sobre Pedro en el Nuevo Testamento hay muchos datos, desde su llamada al seguimiento de Jesús (Jn 1,35-42), su confesión de fe en Jesucristo como Mesías, Hijo de Dios vivo, en nombre de los Doce (Mc 8,29; Mt 16,16) su cambio de nombre de Simón a Pedro = Roca, el haber sido elegido por Jesús para participar con Santiago y Juan en la experiencia de la trasfiguración del Señor en el Tabor (Mt 17,1), y en la oración con Jesús en Getsemani (Mt 26,37). En la primera profesión de fe se indica a Pedro como el primero a quien se apareció Jesús resucitado (1Cor 1). No hay duda de su primado entre los Doce en el día de Pascua (Gál 1,18). Es Pedro quien busca el mejor camino para que se anuncie a todos el Evangelio (Act 10-15; Gál 2). Es llamado de nuevo por Jesús resucitado para que le siga con una entrega incondicional (Jn 21,15-23). Como tiene que confirmar a sus hermanos en la fe (Lc 22,3-12), su misión es continuada por sus sucesores, hasta el final de los tiempos, hasta que el Señor vuelva de forma gloriosa.

La autoridad que el Señor concedió a Pedro está presente en el obispo de Roma, sucesor de Pedro en la misión apostólica. Pedro fue elegido por el Señor como piedra fundamental de su Iglesia. Cristo le entregó las llaves del Reino de los cielos, de modo que "lo que atares sobre la tierra, quedará atado en el cielo y cuanto desatares sobre la tierra, quedará desatado en los cielos" (Mt 16,19). Cristo lo instituyó pastor de todo su rebaño (Jn 21,1S-17). También los demás apóstoles recibieron la potestad de atar y desatar, que han de ejercer unidos a su Cabaza visible, Pedro y al sucesor de Pedro. El Concilio Vaticano II resume la doctrina de la Iglesia con esta fórmula: El Obispo de Roma, sucesor de Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como la muchedumbre de los fieles" (LG n.23; Cfr LG n.22).

Es muy conveniente, para el bien espiritual de los fieles cristianos y para clarificar ante los no creyentes la identidad de la Iglesia Católica, recordar cada año algún aspecto de la misión que corresponde al Papa en su servicio a la Iglesia universal, como sucesor de Pedro en el ministerio apostólico. Esto nos debe llevar a dar gracias a Dios por el don de su Iglesia tal como ha querido establecerla por medio de su Hijo Jesucristo, a orar por el Papa, como ya hacía la Iglesia primitiva, a mostrar nuestra adhesión a su ministerio, recibido del Señor, y nuestro amor a su persona. No debe faltar nuestra colaboración económica. Los obispos debemos promover la ayuda de todos a la Sede Apostólica, especialmente por medio de la colecta tradicionalmente llamada del "óbolo de San Pedro". Nos unen al Papa especiales vínculos de amor y unidad para colaborar con él, también en este aspecto, para el ejercicio de su misión de servicio a toda la Iglesia (CIC 1.271).

+Elías Yanes
Arzobispo de Zaragoza y presidente
de la Conferencia Episcopal Española


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9. HOY ES FIESTA GRANDE

Celebramos los que nos han iniciado en la fe. Pedro y Pablo "fueron fundamento de nuestra fe cristiana", como reza la oración colecta de la misa del día. O, como dice la colecta de la misa de la vigilia, Dios entregó a la Iglesia las primicias de la obra de la salvación mediante su ministerio apostólico. Por eso es una fiesta importante, una "solemnidad".

Y es que Pedro y Pablo no son unos santos como los demás. Ni unos entre los apóstoles. Sí que son unos entre los hermanos. El Señor les llama de entre los hombres. Por ningún mérito especial. Pedro era pescador, como muchos otros (su hermano y su padre también lo eran); Pablo era perseguidor de la Iglesia, una persona que nosotros nunca hubiéramos escogido, seguramente. Es la misión que el Señor les confía lo que hace que no sean unos santos como los demás. La misión de ser testigos de su resurrección, de hacer que esta buena nueva llegue a todos los pueblos, para reunir a todos quienes le acojan -sin que pierdan su diversidad- en un solo pueblo, para conducirles por "el camino de la salvación eterna".

JOSEP M. ROMAGUERA
MISA DOMINICAL 1999, 9, 13

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San Pablo: Catequesis de Benedicto XVI

I . PABLO DE TARSO

(Audiencia general, 25 de octubre de 2006)

Pablo perfil del hombre y del apóstol

Queridos hermanos y hermanas:
Hemos concluido nuestras reflexiones sobre los doce Apóstoles, llamados directamente por Jesús durante su vida terrena. Hoy comenzamos a tratar sobre las figuras de otros personajes importantes de la Iglesia primitiva. También ellos entregaron su vida por el Señor, por el Evangelio y por la Iglesia. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, "entregaron su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo" (Hch 15, 26).

El primero de estos, llamado por el Señor mismo, por el Resucitado, a ser también él auténtico Apóstol, es sin duda Pablo de Tarso. Brilla como una estrella de primera magnitud en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo lo exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles (cf. Panegírico 7, 3). Dante Alighieri, en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 15), lo define sencillamente como "vaso de elección" (Infierno 2, 28), que significa: instrumento escogido por Dios. Otros lo han llamado el "decimotercer apóstol" -y realmente él insiste mucho en que es un verdadero apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado-, o incluso "el primero después del Único".


OTRAS INTERVENCIONES DEL PAPA BENEDICTO XVI SOBRE SAN PABLO

II. PABLO – LA CENTRALIDAD DE CRISTO
(Audiencia General, Miércoles, 15 de noviembre de 2006)

Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis anterior, hace quince días, traté de trazar las líneas esenciales de la biografía del apóstol san Pablo. Vimos cómo el encuentro con Cristo en el camino de Damasco revolucionó literalmente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de 500 veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces). Por consiguiente, es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona y, por tanto, también en nuestra propia vida. En realidad, Jesucristo es el culmen de la historia de la salvación y, por tanto, el verdadero punto que marca la diferencia también en el diálogo con las demás religiones.

Al ver a san Pablo, podríamos formular así la pregunta de fondo: ¿Cómo se produce el encuentro de un ser humano con Cristo? ¿En qué consiste la relación que se deriva de él? La respuesta que da san Pablo se puede dividir en dos momentos.

En primer lugar, san Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la carta a los Romanos escribe: "Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley" (Rm 3, 28). Y también en la carta a los Gálatas: "El hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo; por eso nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado" (Rm 2, 16).

"Ser justificados" significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios y entrar en comunión con él; en consecuencia, poder entablar una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos: y esto sobre la base de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, san Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino solamente de la gracia de Dios: "Somos justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús" (Rm 3, 24).

Con estas palabras, san Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, el nuevo rumbo que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. San Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley. Al contrario, era observante, con una observancia fiel que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo había buscado construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: "La vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

Así pues, san Pablo ya no vive para sí mismo, para su propia justicia. Vive de Cristo y con Cristo: dándose a sí mismo; ya no buscándose y construyéndose a sí mismo. Esta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos da el Señor, que nos da la fe. Ante la cruz de Cristo, expresión máxima de su entrega, ya nadie puede gloriarse de sí mismo, de su propia justicia, conseguida por sí mismo y para sí mismo.

En otro pasaje, san Pablo, haciéndose eco del profeta Jeremías, aclara su pensamiento: "El que se gloríe, gloríese en el Señor" (1 Co 1, 31; Jr 9, 22 s); o también: "En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" (Ga 6, 14).

Al reflexionar sobre lo que quiere decir justificación no por las obras sino por la fe, hemos llegado al segundo elemento que define la identidad cristiana descrita por san Pablo en su vida. Esta identidad cristiana consta precisamente de dos elementos: no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, para participar así personalmente en la vida de Cristo hasta sumergirse en él y compartir tanto su muerte como su vida.

Es lo que escribe san Pablo en la carta a los Romanos: "Hemos sido bautizados en su muerte. Hemos sido sepultados con él. Somos una misma cosa con él. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (cf. Rm 6, 3. 4. 5. 11). Precisamente esta última expresión es sintomática, pues para san Pablo no basta decir que los cristianos son bautizados o creyentes; para él es igualmente importante decir que ellos "están en Cristo Jesús" (cf. también Rm 8, 1. 2. 39; 12, 5; 16,3. 7. 10; 1 Co 1, 2. 3, etc.).

En otras ocasiones invierte los términos y escribe que "Cristo está en nosotros/vosotros" (Rm 8, 10; 2 Co 13, 5) o "en mí" (Ga 2, 20). Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de san Pablo, completa su reflexión sobre la fe, pues la fe, aunque nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y él. Pero, según san Pablo, la vida del cristiano tiene también un componente que podríamos llamar "místico", puesto que implica ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros. En este sentido, el Apóstol llega incluso a calificar nuestros sufrimientos como los "sufrimientos de Cristo en nosotros" (2 Co 1, 5), de manera que "llevamos siempre en nuestro cuerpo por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2 Co 4, 10).

Todo esto debemos aplicarlo a nuestra vida cotidiana siguiendo el ejemplo de san Pablo, que vivió siempre con este gran horizonte espiritual. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, más aún, de adoración y alabanza en relación con él. En efecto, lo que somos como cristianos se lo debemos sólo a él y a su gracia. Por tanto, dado que nada ni nadie puede tomar su lugar, es necesario que a nada ni nadie rindamos el homenaje que le rendimos a él.

Ningún ídolo debe contaminar nuestro universo espiritual; de lo contrario, en vez de gozar de la libertad alcanzada, volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante. Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que "estamos en él" tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría.

En definitiva, debemos exclamar con san Pablo: "Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8, 31). Y la respuesta es que nada ni nadie "podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 39). Por tanto, nuestra vida cristiana se apoya en la roca más estable y segura que pueda imaginarse. De ella sacamos toda nuestra energía, como escribe precisamente el Apóstol: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Flp 4, 13).

Así pues, afrontemos nuestra existencia, con sus alegrías y dolores, sostenidos por estos grandes sentimientos que san Pablo nos ofrece. Si los vivimos, podremos comprender cuánta verdad encierra lo que el mismo Apóstol escribe: "Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día", es decir, hasta el día definitivo (2 Tm 1, 12) de nuestro encuentro con Cristo juez, Salvador del mundo y nuestro.

III. PABLO – EL ESPIRITU EN NUESTROS CORAZONES
(Audiencia General, Miércoles, 15 de noviembre de 2006)


Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, al igual que en las dos catequesis anteriores, volvemos a hablar de san Pablo y de su pensamiento. Nos encontramos ante un gigante no sólo por su apostolado concreto, sino también por su doctrina teológica, extraordinariamente profunda y estimulante. Después de haber meditado, la vez pasada, en lo que escribió san Pablo sobre el puesto central que ocupa Jesucristo en nuestra vida de fe, hoy veremos lo que nos dice sobre el Espíritu Santo y su presencia en nosotros, pues también en esto el Apóstol tiene algo muy importante que enseñarnos.

Ya conocemos lo que nos dice san Lucas sobre el Espíritu Santo en los Hechos de los Apóstoles al describir el acontecimiento de Pentecostés. El Espíritu en Pentecostés impulsa con fuerza a asumir el compromiso de la misión para testimoniar el Evangelio por los caminos del mundo. De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles narra una serie de misiones realizadas por los Apóstoles, primero en Samaría, después en la franja de la costa de Palestina, y luego en Siria. Sobre todo se narran los tres grandes viajes misioneros realizados por san Pablo, como ya recordé en un anterior encuentro del miércoles.

Ahora bien, san Pablo, en sus cartas nos habla del Espíritu también desde otra perspectiva. No se limita a ilustrar la dimensión dinámica y operativa de la tercera Persona de la santísima Trinidad, sino que analiza también su presencia en la vida del cristiano, cuya identidad queda marcada por él. Es decir, san Pablo reflexiona sobre el Espíritu mostrando su influjo no solamente sobre el actuar del cristiano sino también sobre su ser. En efecto, dice que el Espíritu de Dios habita en nosotros (cf. Rm 8, 9; 1 Co 3, 16) y que "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo" (Ga 4, 6).

Por tanto, para san Pablo el Espíritu nos penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. A este propósito escribe estas importantes palabras: "La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte. (...) Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Rm 8, 2. 15), dado que somos hijos, podemos llamar "Padre" a Dios.

Así pues, se ve claramente que el cristiano, incluso antes de actuar, ya posee una interioridad rica y fecunda, que le ha sido donada en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, una interioridad que lo sitúa en una relación objetiva y original de filiación con respecto a Dios. Nuestra gran dignidad consiste precisamente en que no sólo somos imagen, sino también hijos de Dios. Y esto es una invitación a vivir nuestra filiación, a tomar cada vez mayor conciencia de que somos hijos adoptivos en la gran familia de Dios. Es una invitación a transformar este don objetivo en una realidad subjetiva, decisiva para nuestro pensar, para nuestro actuar, para nuestro ser. Dios nos considera hijos suyos, pues nos ha elevado a una dignidad semejante, aunque no igual, a la de Jesús mismo, el único Hijo verdadero en sentido pleno. En él se nos da o se nos restituye la condición filial y la libertad confiada en relación con el Padre.

De este modo descubrimos que para el cristiano el Espíritu ya no es sólo el "Espíritu de Dios", como se dice normalmente en el Antiguo Testamento y como se sigue repitiendo en el lenguaje cristiano (cf. Gn 41, 38; Ex 31, 3; 1 Co 2, 11-12; Flp 3, 3; etc.). Y tampoco es sólo un "Espíritu Santo" entendido genéricamente, según la manera de expresarse del Antiguo Testamento (cf. Is 63, 10-11; Sal 51, 13), y del mismo judaísmo en sus escritos (cf. Qumrán, rabinismo). Es específica de la fe cristiana la convicción de que el Señor resucitado, el cual se ha convertido él mismo en "Espíritu que da vida" (1 Co 15, 45), nos da una participación original de este Espíritu.

Precisamente por este motivo san Pablo habla directamente del "Espíritu de Cristo" (Rm 8, 9), del "Espíritu del Hijo" (Ga 4, 6) o del "Espíritu de Jesucristo" (Flp 1, 19). Es como si quisiera decir que no sólo Dios Padre es visible en el Hijo (cf. Jn 14, 9), sino que también el Espíritu de Dios se manifiesta en la vida y en la acción del Señor crucificado y resucitado.

San Pablo nos enseña también otra cosa importante: dice que no puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros. En efecto, escribe: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene ? ¡realmente no sabemos hablar con Dios!?; mas el Espíritu mismo intercede continuamente por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rm 8, 26-27). Es como decir que el Espíritu Santo, o sea, el Espíritu del Padre y del Hijo, es ya como el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, cuyos términos no podemos ni siquiera precisar.

En efecto, el Espíritu, siempre activo en nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas. Obviamente esto exige un nivel de gran comunión vital con el Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender así a orar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo.

Hay, además, otro aspecto típico del Espíritu que nos enseña san Pablo: su relación con el amor. El Apóstol escribe: "La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5). En mi carta encíclica Deus caritas est cité una frase muy elocuente de san Agustín: "Ves la Trinidad si ves el amor" (n. 19), y luego expliqué: "El Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón (de los creyentes) con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como él los ha amado" (ib.). El Espíritu nos sitúa en el mismo ritmo de la vida divina, que es vida de amor, haciéndonos participar personalmente en las relaciones que se dan entre el Padre y el Hijo.

De forma muy significativa, san Pablo, cuando enumera los diferentes frutos del Espíritu, menciona en primer lugar el amor: "El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz..." (Ga 5, 22). Y, dado que por definición el amor une, el Espíritu es ante todo creador de comunión dentro de la comunidad cristiana, como decimos al inicio de la santa misa con una expresión de san Pablo: "La comunión del Espíritu Santo (es decir, la que él realiza) esté con todos vosotros" (2 Co 13, 13). Ahora bien, por otra parte, también es verdad que el Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud. Así se comprende por qué san Pablo une en la misma página de la carta a los Romanos estas dos exhortaciones: "Sed fervorosos en el Espíritu" y "No devolváis a nadie mal por mal" (Rm 12, 11. 17).

Por último, el Espíritu, según san Pablo, es una prenda generosa que el mismo Dios nos ha dado como anticipación y al mismo tiempo como garantía de nuestra herencia futura (cf. 2 Co 1, 22; 5, 5; Ef 1, 13-14). Aprendamos así de san Pablo que la acción del Espíritu orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, la alegría, la comunión y la esperanza. Debemos hacer cada día esta experiencia, secundando las mociones interiores del Espíritu; en el discernimiento contamos con la guía iluminadora del Apóstol.

IV – PABLO – LA VIDA EN LA IGLESIA
(Audiencia General, Miércoles, 22 de noviembre de 2006)


Queridos hermanos y hermanas:
Concluimos hoy nuestros encuentros con el apóstol san Pablo, dedicándole una última reflexión. No podemos despedirnos de él sin considerar uno de los elementos decisivos de su actividad y uno de los temas más importantes de su pensamiento: la realidad de la Iglesia. Tenemos que constatar, ante todo, que su primer contacto con la persona de Jesús tuvo lugar a través del testimonio de la comunidad cristiana de Jerusalén. Fue un contacto turbulento. Al conocer al nuevo grupo de creyentes, se transformó inmediatamente en su fiero perseguidor. Lo reconoce él mismo tres veces en diferentes cartas: "He perseguido a la Iglesia de Dios", escribe (1 Co 15, 9; Ga 1, 13; Flp 3, 6), presentando su comportamiento casi como el peor crimen.

La historia nos demuestra que normalmente se llega a Jesús pasando por la Iglesia. En cierto sentido, como decíamos, es lo que le sucedió también a san Pablo, el cual encontró a la Iglesia antes de encontrar a Jesús. Ahora bien, en su caso, este contacto fue contraproducente: no provocó la adhesión, sino más bien un rechazo violento.

La adhesión de Pablo a la Iglesia se realizó por una intervención directa de Cristo, quien al revelársele en el camino de Damasco, se identificó con la Iglesia y le hizo comprender que perseguir a la Iglesia era perseguirlo a él, el Señor. En efecto, el Resucitado dijo a Pablo, el perseguidor de la Iglesia: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Hch 9, 4). Al perseguir a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a la Iglesia. Así se comprende por qué la Iglesia estuvo tan presente en el pensamiento, en el corazón y en la actividad de san Pablo.

En primer lugar estuvo presente en cuanto que fundó literalmente varias Iglesias en las diversas ciudades a las que llegó como evangelizador. Cuando habla de su "preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11, 28), piensa en las diferentes comunidades cristianas constituidas sucesivamente en Galacia, Jonia, Macedonia y Acaya. Algunas de esas Iglesias también le dieron preocupaciones y disgustos, como sucedió por ejemplo con las Iglesias de Galacia, que se pasaron "a otro evangelio" (Ga 1, 6), a lo que él se opuso con firmeza. Sin embargo, no se sentía unido de manera fría o burocrática, sino intensa y apasionada, a las comunidades que fundó.

Por ejemplo, define a los filipenses "hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona" (Flp 4, 1). Otras veces compara a las diferentes comunidades con una carta de recomendación única en su género: "Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres" (2 Co 3, 2). En otras ocasiones les demuestra un verdadero sentimiento no sólo de paternidad, sino también de maternidad, como cuando se dirige a sus destinatarios llamándolos "hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros" (Ga 4, 19; cf. 1 Co 4, 14-15; 1 Ts 2, 7-8).

En sus cartas, san Pablo nos ilustra también su doctrina sobre la Iglesia en cuanto tal. Es muy conocida su original definición de la Iglesia como "cuerpo de Cristo", que no encontramos en otros autores cristianos del siglo I (cf. 1 Co 12, 27; Ef 4, 12; 5, 30; Col 1, 24). La raíz más profunda de esta sorprendente definición de la Iglesia la encontramos en el sacramento del Cuerpo de Cristo. Dice san Pablo: "Dado que hay un solo pan, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo" (1 Co 10, 17). En la misma Eucaristía Cristo nos da su Cuerpo y nos convierte en su Cuerpo. En este sentido, san Pablo dice a los Gálatas: "Todos vosotros sois uno en Cristo" (Ga 3, 28).

Con todo esto, san Pablo nos da a entender que no sólo existe una pertenencia de la Iglesia a Cristo, sino también una cierta forma de equiparación e identificación de la Iglesia con Cristo mismo. Por tanto, la grandeza y la nobleza de la Iglesia, es decir, de todos los que formamos parte de ella, deriva del hecho de que somos miembros de Cristo, como una extensión de su presencia personal en el mundo.

Y de aquí deriva, naturalmente, nuestro deber de vivir realmente en conformidad con Cristo. De aquí derivan también las exhortaciones de san Pablo a propósito de los diferentes carismas que animan y estructuran a la comunidad cristiana. Todos se remontan a un único manantial, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, sabiendo que en la Iglesia nadie carece de un carisma, pues, como escribe el Apóstol, "a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1 Co 12, 7). Ahora bien, lo importante es que todos los carismas contribuyan juntos a la edificación de la comunidad y no se conviertan, por el contrario, en motivo de discordia. A este respecto, san Pablo se pregunta retóricamente: "¿Está dividido Cristo?" (1 Co 1, 13). Sabe bien y nos enseña que es necesario "conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz: un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados" (Ef 4, 3-4).

Obviamente, subrayar la exigencia de la unidad no significa decir que se debe uniformar o aplanar la vida eclesial según una manera única de actuar. En otro lugar, san Pablo invita a "no extinguir el Espíritu" (1 Ts 5, 19), es decir, a dejar generosamente espacio al dinamismo imprevisible de las manifestaciones carismáticas del Espíritu, el cual es una fuente de energía y de vitalidad siempre nueva. Pero para san Pablo la edificación mutua es un criterio especialmente importante: "Que todo sea para edificación" (1 Co 14, 26). Todo debe ayudar a construir ordenadamente el tejido eclesial, no sólo sin estancamientos, sino también sin fugas ni desgarramientos.

En una de sus cartas san Pablo presenta a la Iglesia como esposa de Cristo (cf. Ef 5, 21-33), utilizando una antigua metáfora profética, que consideraba al pueblo de Israel como la esposa del Dios de la alianza (cf. Os 2, 4. 21; Is 54, 5-8): así se pone de relieve la gran intimidad de las relaciones entre Cristo y su Iglesia, ya sea porque es objeto del más tierno amor por parte de su Señor, ya sea porque el amor debe ser recíproco, y por consiguiente, también nosotros, en cuanto miembros de la Iglesia, debemos demostrarle una fidelidad apasionada.

Así pues, en definitiva, está en juego una relación de comunión: la relación ?por decirlo así? vertical, entre Jesucristo y todos nosotros, pero también la horizontal, entre todos los que se distinguen en el mundo por "invocar el nombre de Jesucristo, Señor nuestro" (1 Co 1, 2). Esta es nuestra definición: formamos parte de los que invocan el nombre del Señor Jesucristo. De este modo se entiende cuán deseable es que se realice lo que el mismo san Pablo dice en su carta a los Corintios: "Por el contrario, si todos profetizan y entra un infiel o un no iniciado, será convencido por todos, juzgado por todos. Los secretos de su corazón quedarán al descubierto y, postrado rostro en tierra, adorará a Dios confesando que Dios está verdaderamente entre vosotros" (1 Co 14, 24-25).

Así deberían ser nuestros encuentros litúrgicos. Si entrara un no cristiano en una de nuestras asambleas, al final debería poder decir: "Verdaderamente Dios está con vosotros". Pidamos al Señor que vivamos así, en comunión con Cristo y en comunión entre nosotros.

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viernes, 27 de junio de 2008

¿Quién tiene el mando en casa?

Publicado por Contracorriente

Grupo de catequistas de Castroverde.
Publicado en Id y Evangelizad nº59

Hay un altar en nuestras casas

Las casas de los antiguos romanos tenían un altar donde la familia se reunía a dar culto a sus dioses. Allí el padre de familia oficiaba como sacerdote y honraba a los antepasados de esa familia y a los dioses del hogar, unos ídolos a los que llamaban los lares. Este gesto unía a la familia y le daba una orientación: había que vivir de modo que se contentara a los dioses y no se deshonrara la memoria de los antepasados.

En la tradición cristiana que han vivido nuestros pueblos también había altares en el hogar, desde el Corazón de Jesús entronizado, a esa foto de la patrona del pueblo donde nacimos o de la Virgen del Pilar, que no sólo nos recuerda un viaje, sino que es una referencia a la hora de dedicarle una mirada y elevar una oración. Existen también los altares móviles, esas urnas con una Virgen o la Sagrada Familia que van recorriendo el pueblo para que cada día una de las familias de la comunidad tenga una oración en torno a ella.

En la actualidad estas formas de piedad parecen que van desapareciendo, las imágenes pueden seguir ahí pero a los más jóvenes rara vez les despiertan una oración. La decoración doméstica se va secularizando, pero no por eso ha dejado de haber un altar en nuestras casas. Un altar que ocupa un lugar de preferencia mucho mayor que el que tuvieron los altares del paganismo romano o de la piedad cristiana. Un altar que reúne a la familia más veces, más tiempo y con mayor atención que nunca lograron los altares domésticos en otras culturas. ¿Qué altar es ese? ¿No lo habéis descubierto ya?

Ese altar es la televisión que preside los cuartos de estar como un sagrario preside una Iglesia. Un altar que con las nuevas tecnologías se hace incluso un retablo de gran tamaño gracias a las pantallas de plasma, y que invade todos los espacios con las pequeñas pantallas que se reparten por la casa desde la cocina a cada dormitorio.

Desde este altar se predica una forma de vida que también nos exige fidelidad. ¿Quién se atreve a ser un hereje y no vestir, opinar… como se lleva? ¿Quién se atreve a no vivir según los mandamientos de esta cultura?

Desde este altar se presentan a la adoración los ídolos de la música, el deporte, la política. ¿No habéis visto como se habla en la programación deportiva de alcanzar la gloria? ¿No se pide imitar a esos ídolos como se enseña a imitar a los santos? ¿No se reparte doctrina con historias ejemplares en las series de televisión divulgando nuevos modelos de familia?

De cara a la educación de nuestros hijos esta es una cuestión muy importante. Los datos del propio Ministerio de Educación demuestran que las horas de TV-internet de los niños y adolescentes son muchas más que las horas lectivas que tienen en un año. Muchísimas más que las horas de conversación con sus padres o de educación en la fe.

DIALOGAMOS EN GRUPO:
- Quién educa entonces a nuestros hijos?
- ¿Qué consecuencias tiene para ellos, cómo se refleja en su comportamiento?
- ¿Cómo podemos recuperar los padres protagonismo en la educación?

No es difícil que cuando la familia está reunida en torno a la tele alguien pregunte ¿Quién tiene el mando? Una pregunta que se las trae porque, en realidad: ¿Quién manda en casa? ¿Quién tiene más capacidad de marcar ciertos momentos del horario, de pedir e imponer silencio?… ¿Quién es más tiempo escuchado en nuestras casas? Si nos paramos a pensarlo es posible que a todas estas preguntas encontremos una misma respuesta: LA TELEVISIÓN.

Durante unas semanas vamos a hacernos conscientes de QUIÉN TIENE EL MANDO EN CASA. Muchas veces no es ni la madre ni el padre, sino, y aunque parezca mentira, quien tiene el mando es la TELEVISIÓN. Hoy se habla de que hay una crisis de autoridad, cosa que es cierta sólo en parte. Los padres en muchas ocasiones pierden la autoridad frente a sus hijos, pero esa misma autoridad perdida la recuperan los Medios de Comunicación. Y así vemos niños que desobedecen sistemáticamente a sus padres, pero aceptan a pies juntillas todo lo que les impone la tele: modas, músicas, ídolos, formas de hablar y de relacionarse... Estas actitudes que se hacen más evidentes entre los adolescentes se empiezan a dar desde la primera infancia.

Y lo que les pasa a los niños, mucho más indefensos, ¡también nos pasa a los adultos! Es la televisión la que nos marca horarios, conversaciones, comidas...

Vamos a observar, durante esta semana cómo es nuestra forma de ver televisión, si escogemos solo los programas que verdaderamente nos interesan, si la vemos por inercia, si la utilizamos como niñera... Para eso vamos a recoger en un cuadrante las horas que vemos la TV durante una semana.

Cada noche al terminar el día nos reunimos con los niños, hacemos una pequeña oración y nos preguntamos cómo hemos usado la televisión ese día, lo apuntamos en el cuadrante que hay a continuación y tenemos un diálogo sobre lo que nos ha aportado, sobre si podríamos haber hecho otras cosas más interesantes, si nos lo pasamos mejor jugando o viendo la TV, etc.

Después de analizar el tiempo que dedicamos delante de la TV podemos acordar tomar nuestras propias medidas (Apagar la TV durante las comidas, contarles un cuento y leer por las noches, escoger los programas que queremos ver a principio de la semana y el resto del tiempo estar sin la TV encendida...)

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Laicos: ser Iglesia “haciendo” el mundo

Entrevista al profesor Ramiro Pellitero sobre el laicado en la Iglesia

PAMPLONA, jueves, 26 junio 2008 (ZENIT.org).-A los laicos les corresponde la evangelización a través de los valores humanos y sociales, de la competencia profesional y la amistad, de la vida familiar y de la colaboración en la búsqueda del bien común y la justicia.
Lo cuenta en este entrevista el teólogo Ramiro Pellitero, que ha escrito un libro sobre el laicado, "Ser Iglesia haciendo el mundo. Los laicos en la nueva evangelización" (Editorial Promesa, San José de Costarrica, 2008), en el que explica "cómo vivir la Iglesia en la dinámica misma de la transformación actual del mundo".
Ramiro Pellitero (León, 1956) es doctor en Teología por la Universidad de Navarra, donde es profesor de Eclesiología y Teología Pastoral.
--"Ser Iglesia haciendo el mundo": ¿qué ha querido aportar con este libro?
--Pellitero: He querido presentar las cuestiones fundamentales que afectan a la teología y a la pastoral, referentes a los fieles laicos. Como todos los demás fieles, están incorporados a Cristo desde el bautismo. En su caso participan de los funciones de Cristo de acuerdo con la índole secular, característica teológica de la condición laical. Es decir, que buscan la santidad y participan en el apostolado de la Iglesia precisamente a través de su trabajo profesional, de la vida familiar y la intervención en la vida social, cultural y política. También para todo esto, el Espíritu Santo los enriquece con multitud de carismas al servicio de la misión de la Iglesia.
--¿Cuál es en concreto la contribución específica de los laicos a la evangelización?
--Pellitero: Como digo, la participación de los laicos en la evangelización debe comprenderse a partir del bautismo y de los carismas que reciben y acogen libremente, para la edificación de la Iglesia y el servicio al mundo.
Ellos están como naturalmente insertados en el mundo, en la sociedad civil. Ese es el "lugar" propio donde desarrollan su vocación bautismal y el objetivo principal, si se quiere llamar específico, de su misión.
El Concilio Vaticano II resume esa misión diciendo que les corresponde la ordenación de las realidades temporales al Reino de Dios. Es decir, la evangelización a través de los valores humanos y sociales, de la competencia profesional y la amistad, de la vida familiar y de la colaboración en la búsqueda del bien común y la justicia. Todo ello de acuerdo con los dones y carismas, muy variados, que reciben.
Como todos los fieles cristianos, es lógico que también los laicos participen más o menos intensamente, de acuerdo con sus posibilidades y preferencias, en tareas como la catequesis y la educación de los jóvenes, en las celebraciones parroquiales, la atención a los pobres y a los enfermos, la orientación familiar, y otras colaboraciones pastorales muy diversas.
--¿Qué lazo hay entre el Espíritu Santo y la misión de los cristianos?
--Pellitero: El Espíritu Santo es el principio de la unidad y de la vida de la Iglesia. Actúa en los sacramentos y los carismas, en orden a que todos los cristianos realicen la misión que Cristo les ha encomendado, bajo la guía de la Jerarquía.
Ahora bien, la vida y la misión de la Iglesia no debe entenderse como una actividad rígida y uniforme, sino como una sinfonía, donde caben y deben escucharse melodías e instrumentos diversos, bajo la autoridad del Colegio Episcopal. De este modo, los carismas garantizan la comunión, es decir, la unidad en la diversidad.
--¿Cuál es compromiso de los fieles laicos para una civilización del amor?
--Pellitero: Se podría resumir diciendo que su compromiso es la transformación de la cultura contemporánea, por medio de su coherencia y su presencia en la sociedad, con la santificación de la vida ordinaria: el trabajo, las relaciones familiares y de amistad... el servicio especialmente a los más necesitados, y su participación en la vida cultural y política.

Por Miriam Díez i Bosch

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Año Paulino: momento de gracia para la Iglesia en América Latina

Según un arzobispo brasileño, el evento alienta el “estado de misión”


BELÉM, jueves, 26 junio 2008 (ZENIT.org).- El Año Paulino traerá muchos frutos para la Iglesia en América Latina, que busca cada día más situarse en "estado de misión", en la senda apuntada por la Conferencia de Aparecida, considera un arzobispo brasileño.
En vísperas del inicio del año conmemorativo de los dos mil años del nacimiento del apóstol Pablo, monseñor Orani João Tempesta, arzobispo de Belém, Pará, destaca, en un mensaje enviado a Zenit al principio de la semana, el "momento de gracia y de grandes posibilidades de animación" que será el evento convocado por el Papa.
"Incansable en su predicación y en sus caminatas, san Pablo es para nosotros hoy una gran señal colocada para que en este nuestro difícil siglo no tengamos miedo a afrontar los nuevos areópagos que cada día aparecen ante nuestros ojos y nos sitúan siempre en el camino de nuevos diálogos y nuevos descubrimientos", afirma monseñor Orani.
"Apóstol aceptado y rechazado, festejado y apedreado, acogido y no recibido, pero siempre con nuevas energías se levantaba de cada situación con nuevo ánimo y continuaba su predicación y testimonio".
Según el arzobispo, es "la experiencia del encuentro con Cristo" la que Pablo repetirá siempre como motivación principal de su transformación.
Monseñor Orani afirma que el año conmemorativo será ocasión para estudiar más profundamente los escritos y el trabajo desempeñado por Pablo, "pidiendo a Dios que nos ayude a tener el mismo ánimo que dirigió su vida y disposición para estar como él en constante estado de misión".
En Belém, el próximo sábado, habrá una concentración a las 18 horas en la Iglesia Matriz de San Francisco de Asís (Capuchinos), desde donde partirá la procesión hacia la Iglesia Matriz de San Pedro y San Pablo.
Allí, a las 19 horas, se celebrará la solemnidad de la apertura y proclamación del año jubilar en la archidiócesis y el anuncio de los principales horarios y eventos del calendario anual. Una imagen de San Pablo recorrerá durante el año todas las parroquias de la archidiócesis.
Monseñor Orani invita a los fieles a participar en la apertura del año jubilar para "iniciarnos juntos, con un gran ardor, en el Año Paulino en nuestra archidiócesis".

Por Alexandre Ribeiro, traducido del portugués por Nieves San Martín

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jueves, 26 de junio de 2008

XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: NO SABE. NO RESPONDE


“En aquel tiempo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. San Mateo, Cáp. 16.


1.- "Pedro, roca. Pablo, espada. Pedro, la red en las manos. Pablo, tajante palabra. Cristo tras los dos andaba. A uno lo tumbó en Damasco y al otro lo hirió con lágrimas". Un himno de la Liturgia de las Horas, que nos presenta a estos apóstoles como las columnas de la Iglesia.

Sus historias comienzan por un encuentro personal con Jesús. Pedro, en las orillas del Tiberíades. Pablo, mientras perseguía a los cristianos. Ambos respondieron a Cristo con su vida y con su muerte. Ambos fueron los fundamentos de la Iglesia que habrá de durar hasta el fin de los siglos.

San Pablo, en la carta a los gálatas, nos cuenta cómo se le mostró el Señor en el camino de Damasco: "Dios me llamó por su gracia y tuvo a bien revelar en mí a su Hijo".

2.- San Mateo indica que, a los pocos meses de su llamamiento, Pedro ratificó ante los Doce su adhesión al Señor. Ocurrió en Cesarea de Filipo, una ciudad cercana al mar de Galilea. Jesús pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Varios del grupo le responden con vaguedad. Pero ante la insistencia del Maestro: "Y vosotros quién decís que soy yo?" Pedro toma la palabra y responde: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

Lo valedero de esta afirmación no fue la palabra fervorosa del apóstol, a la cual seguirían dolorosas circunstancias de duda y negación. Lo valedero fue el esfuerzo posterior de seguir a Jesús hasta la muerte.

Muchos de nosotros confesamos a Cristo de palabra, pero nuestra vida permanece distante del Evangelio. Si alguien observa nuestro comportamiento ordinario, podía colocarnos en la casilla final de las encuestas: "No sabe. No responde". De allí que, ante la presión emocional de algunos grupos, cambiamos nuestra fe por cualquier espejismo religioso.

Llama la atención el curioso itinerario de muchos, que un día fueron bautizados, pero nunca identificaron con claridad su cristianismo. Permanecen como creyentes en las encuestas. Pero ningún valor cristiano se descubre en sus vidas.

3.- Un primer estadio para ellos consiste en proclamar: Cristo sí, Iglesia no. Para descender al poco tiempo otro peldaño: Dios sí, Cristo no. Les queda en su haber un ser superior, ajeno sin embargo a todo lo nuestro. Pero vendría un tercer paso: Dios no, religión sí. Para estos hermanos religión significa un vago sentimentalismo, que nos proyecta a una imprecisa trascendencia. Otros hermanos han llegado a una situación más precaria: Religión no, sacralidad sí. Allí el "creyente" contempla el universo desde cierta visión estética, mezcla de filosofía oriental, afán ecológico y un marcado egoísmo que los convierte en centro del mundo y de la historia.

4- ¡Qué lejos se encuentra todo esto de Jesús y su Evangelio! Se han esfumado del horizonte religioso la paternidad de Dios, y una vida futura de plenitud y bienaventuranza. Quedamos en posesión de una desvanecida fe, de un Bautismo y un cierto aroma cristiano que se deslíe en el alma, como el aroma de una rosa marchita.

¿Qué les pudo suceder a estos hermanos frente a la persona de Jesús? No saben. No responden.

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Hay que enamorarse de Cristo para lanzarse a la misión


Hay que enamorarse de Cristo para lanzarse a la misión, afirma Cardenal Cipriani

LIMA, 25 Jun. 08 (ACI).-El Arzobispo de Lima, Cardenal Juan Luis Cipriani, afirmó que quien se enamora de Cristo siente la necesidad de transmitir el Evangelio al prójimo; también invitó a los jóvenes a responder al llamado del Señor y lanzarse a la misión, participando activamente en la Gran Misión de Lima.

El Purpurado recordó que la capital peruana está integrada mayormente por jóvenes, a quienes el sacrificio, lanzarse a la misión y ayudar a los necesitados, son tareas que les apasionan. "Por eso a los jóvenes, tan sensibles al llamado de Cristo, los invito a seguirlo", expresó durante la Misa de Acción de Gracias por la Clausura de las Escuelas Vicariales.

El Arzobispo indicó que sacerdotes, religiosos y religiosas tienen un papel muy importante en la Gran Misión porque la vida en la Iglesia es sacramental. También destacó la importancia de la catequesis y el uso de los medios de comunicación para llevar el Evangelio.

El Cardenal Cipriani afirmó que quien se enamora de Cristo siente la necesidad de ir a transmitir el Evangelio a otros. "Ir por todo el mundo bien formados con una vida sacramental, con la palabra de Dios, con el Santo Rosario en la mano a todos los rincones, sin temor al que dirán y a las reacciones, con la alegría de llevar la buena nueva sin cansancio ni vanidades", señaló.

El Purpurado dijo que la historia del Perú "se puede escribir con la historia de hombres y mujeres; ricos y pobres, de todas la situaciones sociales que hicieron de su vida un encuentro con Cristo".

Afirmó que estas personas dejaron su huella en hospitales, "miles de misas, bautizos, santuarios, imágenes de Nuestra Madre y cruces en todos los rincones; miles y miles de horas de misioneros subiendo y bajando por la selva, sierra y la costa. Preguntémonos ¿Por qué no hoy? ¿Por qué nos falta esta vitalidad?, y la respuesta será: porque nos falta ese enamorarse de Cristo".

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FERNANDO LUGO RECONOCIDO COMO “CURA DE LOS POBRES”


Fernando Lugo, ex obispo y religioso formado en la Congregación del Verbo Divino, siempre ha tenido un especial compromiso con la causa de la justicia social y la opción por los pobres. Así lo demuestra este testimonio.

El presidente electo de Paraguay, Fernando Lugo, convocó a luchar por la causa de la justicia social a los miles de ciudadanos que asistieron a su designación como hijo ilustre de Guaranda, en la provincia ecuatoriana de Bolívar, donde ejerció como sacerdote y cuyos vecinos aún le conocen como el “cura de los pobres”.

En la Plaza Roja de Guaranda y acompañado por Rafael Correa, presidente de Ecuador, Lugo fue distinguido por el Ayuntamiento y la prefectura provincial por su labor pastoral en esta zona, en el centro de los Andes ecuatorianos, donde residió entre 1978 y 1981. Miles de personas asistieron a la lectura de la resolución de las autoridades, en un acto en el que Lugo dijo que no se sentía extraño en esa tierra, que recorrió ejerciendo su ministerio `pastoral y misionero.

Fernando Lugo convocó a los ciudadanos a luchar por la justicia social y Rafael Correa le dio la bienvenida como integrante de una corriente de gobernantes de izquierda que se extiende por Latinoamérica, en contraposición al neoliberalismo extremo.

Los pueblos latinoamericanos han despertado de una “larga y triste noche neoliberal”, aseguró el gobernante de Ecuador, en medio de un público expectante.

Ambos recibieron numerosos obsequios de grupos sociales y ciudadanos de Bolívar que recordaban a Lugo y celebraban su vuelta a estas tierras como presidente electo de Paraguay. Lugo, que llegó a Ecuador el domingo, visitó ayer, además de Guaranda, la cercana ciudad de Echeandía, donde fue párroco.

En esa localidad le esperaba también Carmen Minchalo y toda su familia, a la que Lugo consideró como “propia”, porque es la que le atendió como uno de los suyos durante su estancia misionera en Ecuador.

El Ayuntamiento de Echeandía también celebró el retorno del “cura Lugo” y organizó un festejo en el parque central para entregar al presidente electo de Paraguay las llaves de la ciudad.

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Necesitamos un nuevo paradigma



Estamos en busca de un nuevo paradigma para la catequesis. ¿Por qué? ¿Por qué necesitamos un «nuevo paradigma» catequético?

LA CATEQUESIS HOY: UN SISTEMA EN CRISIS

Una primera razón fundamental está bastante clara: hoy existe una crisis evidente del sistema catequético tradicional. Vivimos una sensación generalizada de fracaso, de ineficacia, de impotencia, de situación muy problemática.

Es verdad que no faltan, en el panorama catequético actual, aspectos muy positivos y prometedores, como son, por ejemplo: la creciente demanda de formación religiosa; el aumento y mejora de los catequistas; el redescubrimiento de la Biblia; la nueva floración de experiencias catecumenales; el lento avanzar de la catequesis con adultos; el énfasis en la comunidad; la valoración de la familia como lugar de educación religiosa; la promoción de los laicos en la Iglesia; el paulatino reconocimiento de la igualdad de la mujer; los nuevos esfuerzos de inculturación de la fe; la nueva conciencia de la importancia del dialogo intercultural e interreligioso, etc. Son todos elementos y síntomas de un despertar religioso y pastoral cargado de esperanza.

Pero no podemos negar la existencia de una crisis generalizada del sistema catequético, manifestada en toda una serie de situaciones problemáticas o francamente negativas. He aquí algunas de estas situaciones:
- El relativo fracaso del proceso tradicional de iniciación cristiana, que se ha convertido, para muchos niños y jóvenes, en un verdadero «proceso de conclusión».
- La crisis evidente de la socialización religiosa y de la educación en la familia y en la escuela.
- El carácter ampliamente infantil a infantilizante de la catequesis, mientras resulta siempre precaria y descuidada la catequesis de adultos.
- El problema siempre abierto de la pastoral sacramental, con sus tradicionales ambigüedades y componendas.
- La asignatura pendiente del lenguaje de la comunicación religiosa, que no es significativo y no comunica.
- La inadecuada a insuficiente formación pastoral y catequética, tanto de los catequistas y agentes pastorales como de los mismos sacerdotes y seminaristas.

Como consecuencia de todo esto tenemos a un pueblo cristiano no catequizado, no evangelizado, no formado en su fe. No podemos negar la existencia de mucha ignorancia religiosa, de representaciones religiosas inaceptables, de una preocupante separación entre fe y cultura, de una situación de subjetivización exasperada, de verdadera crisis de identidad religiosa.

EN UN MUNDO EN SITUACIÓN DE CAMBIO CONTINUO

También es verdad que todo el problema debe quedar situado en el contexto, complicado y problemático, del mundo actual.

La situación es muy compleja porque el mundo y la sociedad han cambiado enormemente, en todos los sentidos, y el cambio continúa vertiginosamente, de forma acelerada a incesante. Resulta muy difícil, prácticamente imposible, controlar su marcha, prevenir sus efectos, imaginar de alguna manera el futuro que nos espera. Se puede decir que, en nuestro tiempo, lo único que no cambia es precisamente el cambio continuo.

No estamos solamente ante una «época de cambio», sino más bien ante un «cambio de época». La comunicación de la fe, y toda la acción pastoral de la Iglesia tienen que encarar hoy nuevos e importantes retos. Vivimos «el malestar religioso de nuestra cultura».

Resulta imposible prever el futuro. Estamos realmente ante una «terra incognita» que no nos deja ver con claridad hacia que meta tenemos que caminar. ¿Cómo será el mundo dentro de cinco o diez años? ¿Con qué problemas habrá que contar en la comunicación de la fe? ¿Hacia qué modelo de cristiano y de comunidad cristiana debemos orientar nuestros esfuerzos pastorales?

Por lo que se refiere a la labor y responsabilidad educativas, la situación se presenta francamente incomoda para cuantos se interesan y están implicados en ella: educadores, pastores, padres de familia, catequistas... Hoy en día cualquier educador esta expuesto a tensiones aparentemente contradictorias: ser responsables de una realidad en gran parte imprevisible; ser capaces al mismo tiempo de adaptarse a las novedades y de conservar la propia identidad; comportarse como verdadero educador, siendo transmisor de un patrimonio de valores, respetando al mismo tiempo la creatividad y autonomía de las personas. Les toca vivir en una situación siempre abierta, dinámica, con frecuencia contradictoria. Hay quien habla, refiriéndose a los adultos de nuestro tiempo, de «inmadurez de la madurez adulta».

EL "PARADIGMA TRIDENTINO" YA NO ES ACTUAL

La situación es compleja y las causas, múltiples. Pero no se puede negar la responsabilidad de un sistema catequético claramente inadecuado.

Hoy se alza en campo catequético un clamor general: el «paradigma tridentino» ya no funciona, no responde a las nuevas exigencias. Se impone la búsqueda de un nuevo paradigma para la catequesis.

Pare evitar equívocos, podemos resumir con rápidos trazos lo que entendemos por «paradigma tridentino». Es la concepción de la catequesis, en un contexto relativo de «cristiandad», como instrucción religiosa o enseñanza de la doctrina cristiana, recogida por lo general en los catecismos, dirigida principalmente a los niños y extendida, idealmente, también a los adultos.

De este paradigma debemos afirmar, por lo menos, que hoy nos resulta insuficiente, inadecuado, incapaz de responder a los nuevos retos que el mundo nos lanza.

Pero digamos enseguida que el problema parece alcanzar proporciones más amplias que las propiamente catequéticas. La búsqueda de un nuevo paradigma para la catequesis resulta enmarcada en búsquedas más amplias a importantes. Por lo menos estas dos: el tema del futuro del cristianismo y la necesidad de repensar el planteamiento pastoral de la Iglesia, hoy.

UN TEMA DE FONDO: ¿TIENE FUTURO EL CRISTIANISMO?

Hoy es muy frecuente hacerse esta pregunta. Y constituye un reto apasionante digno de la mayor atención. ¿Estamos ante una crisis irreversible?

Los síntomas de una grave crisis son más que evidentes: disminución masiva de la práctica religiosa, secularización, indiferencia religiosa, desinterés de los jóvenes, escasez de vocaciones y crisis de credibilidad de la Iglesia. En definitiva: crisis profunda del cristianismo.

Muchos hacen diagnósticos preocupados, alarmantes: el cristianismo ha perdido en gran parte su credibilidad; el cristianismo en Francis esta perdiendo toda su valencia y presencia cultural, per lo que se debe hablar de «exculturation» del cristianismo. Se habla de crisis profunda, crisis de la Iglesia, «verdadera catástrofe», «crisis de Dios» (J. B. Metz). Se recurre a las imágenes del eclipse, del invierno, de la demolición. El cristianismo, se dice, se parece a los andamios que han servido para la construcción de la cultura occidental, pero que ahora son ya inútiles; o a un conjunto de bellas ruinas que se admiran en un museo o que se utilizan come piezas ornamentales. Hay quien se pregunta si seremos nosotros quizás los últimos cristianos.

En algunos lugares el catolicismo parece estar en decadencia, en retirada, mientras que otras denominaciones, como los protestantes y evangélicos, o como el Islam, aumentan sus prosélitos. A nadie se le oculta la quiebra, a veces vertiginosa, de la práctica y creencias religiosas, la expansión de las sectas, la difusión en la sociedad de un neopaganismo ambiental y de la cultura de la indiferencia religiosa. De todo esto podemos colegir que el problema de la evangelización y la catequesis hay que situarlo hay en un contexto problemático de insospechadas proporciones.
También es verdad que se constata una cierta persistencia a incluso «retorno» de la religión, con la floración y el pulular de muchos grupos y movimientos religiosos nuevos (New Age, sectas, ofertas en Internet...).

En el fondo, la situación religiosa actual puede ser caracterizada con rasgos de complejidad, ambivalencia y ambigüedad. No faltan en ella aspectos positivos, como tampoco los negativos: formas de superstición, fanatismo, fundamentalismo, formas ambiguas de religiosidad popular, etcétera.

UNA CRISIS, EN GRAN PARTE, DE ORDEN "CULTURAL"

Se puede decir que la crisis actual del cristianismo es en gran parte de orden cultural: no tanto del cristianismo como tal, cuanto de una suya concreta modalidad histórica, crisis por tanto de «este cristianismo».

Contribuye a esto el terrible desfase cultural que se ha producido entre la cultura moderna y las expresiones de la fe cristiana. La modernidad ha introducido nuevos paradigmas interpretativos, pero la Iglesia se ha mantenido por lo general al margen de la nueva sensibilidad.

Esta situación problemática –por ser en gran parte un problema de orden cultural- puede y debe encontrar soluciones. No tiene sentido pensar que nuestra época sea más desfavorable para el Evangelio que las anteriores. Incluso se puede constatar que, paradójicamente, en el mundo actual se abren nuevas posibilidades para el cristianismo.

UN NUEVO CRISTIANISMO COMO CONDICIÓN Y TAREA

Si queremos una renovación seria de la acción pastoral y vislumbrar los rasgos de un nuevo paradigma eatequético, se impone el esfuerzo de imaginar el contexto global de la empresa: el modelo de cristianismo que se anuncia y por el que hay que afanarse.

¿Tiene futuro el cristianismo? Podemos responder tranquilamente que si, y no solo por razones de fe. Claro que con ciertas condiciones y, ciertamente, con rasgos muy distintos de los del pasado. No, por ejemplo, como aparecía en la situación de «cristiandad», ni con muchos aspectos institucionales heredados de los siglos pasados. Pensamos en un cristianismo que no se presente solo como patrimonio histórico y cultural en nuestros pueblo; o como legado europeo que los misioneros difunden por el mundo.

El cristianismo del futuro podemos imaginarlo con al menos estos rasgos característicos:

- Cristianismo en un contexto plural. El pluralismo hace que no pueda hablarse ya de hegemonía o de control social, pues la propuesta cristiana se encontrará como una entre tantas, emplazada para demostrar su propia validez y credibilidad. Se encontrara en condición continua de diálogo intercultural a interreligioso, y seriamente comprometida en la causa ecuménica.
- Cristianismo con una nueva relación con la cultura. Esta relación esta pidiendo una seria reformulación de la fe, una valiente revisión del mensaje moral, un esfuerzo de discernimiento y revitalización de las tradiciones cristianas.
- Cristianismo con profundos cambios estructurales a institucionales. Pensamos en cambios relacionados con la realización de la eclesiología conciliar de comunión y de servicio, con todas sus consecuencias: superación del eclesiocentrismo y del centralismo romano; abandono del clericalismo y de toda forma de discriminación intraeclesial (en especial de los laicos, las mujeres, los pobres); conversión evangélica de la autoridad (en relación sobre todo con el ejercicio del papado y la actuación de la colegialidad); promoción de las iglesias locales y particulares; etc.

El rostro de un nuevo cristianismo parece que ya empieza a aflorar en no pocas experiencias y realidades del mundo actual. Podemos observar que, mientras asistimos al desmoronamiento implacable de un modelo de Iglesia y de cristianismo, lentamente aflora y se afirma un nuevo cristianismo y una Iglesia nueva que crece desde la base, en multitud de pequeñas o grandes realizaciones, las más de las veces calladas, humildes, pero cargadas de futuro. Son realidades prometedoras de las que, por lo general, no se habla mucho y que no llaman la atención. Pero ya se saber «hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece».

La actitud pastoral no debe ser de desconfianza o de condena del mundo y de la cultura actual, sino decididamente de simpatía, de comprensión, de esfuerzo sincero por captar sus dinamismos de fondo y los valores del nuevo tipo de racionalidad que encarna. En definitiva: actitud de fe, de confianza en el poder de Dios, que «tanto amó al mundo...» (Jn 3,16). No debemos dudar de que Dios sigue amando al mundo, también al mundo de hoy.

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Teología del laicado según el Vaticano II

Publicado por El Mensajero

M.G. MASCIARELLI

La renovación actual de la problemática del laicado pasa por un doble camino: uno existencial-experiencial y otro teorético-teológico. En los años del posconcilio se ha creado sobre nuestro tema una nueva conciencia, contextualmente con la aclaración y el desarrollo de la teología del Vat II. Es difícil decir si la problemática laical se va desarrollando más a nivel existencial experiencial que a nivel teorético-teológico. Por lo demás, es imposible verificar cuál de los dos modos de renovación influye más en el otro.

En cambio, es posible afirmar que estos dos caminos, a través de los cuales pasa la innegable promoción del laicado, no son paralelos, sino que se entrecruzan: la nueva experiencia laical estimula a la teología, obligándola a continuar el esfuerzo de análisis más rigurosos y la prosecución de síntesis más coherentes; por su parte, la teología ayuda a las nuevas experiencias de los laicos con la oferta de nuevos paradigmas tipológicos y de nuevos criterios de orientación para resolver sus problemas a nivel de identidad y de comportamiento.

LOS LAlCOS HOY EN LA IGLESIA

Lo primero que hay que decir al hablar de los laicos hoy en la iglesia es que nos encontramos ante un problema en evolución que, entre otras cosas, ha sido estudiado relativamente poco y por poco tiempo, y cuyos términos y articulaciones son de algún modo todavía inciertos y confusos. El índice de esta incertidumbre y confusión es la comprobable copresencia de tres actitudes, que se asumen a menudo respecto al tema de los laicos: una actitud conservadora (se afirma que los laicos cuentan ya bastante en la iglesia), una actitud reivindicativa (se sostiene que los laicos son poco considerados en la iglesia por la persistencia del clericalismo), una actitud niveladora (se insinúa que el problema de los laicos es un falso problema: la iglesia, se dice, es una comunidad de iguales, diferenciada sólo a nivel funcional). En todo caso, es posible captar en el actual momento evolutivo un signo cierto e inconfundible: va surgiendo cada vez más una conciencia nueva de toda la iglesia sobre la realidad de los laicos.

Hasta no hace mucho tiempo, por la conocida concepción pasiva de la condición laical, se daba por descontado que un cristiano, por el hecho de no sentirse llamado a una vocación sacerdotal o religiosa, era laico. Hoy, sin embargo, por influjo de una nueva teología de las vocaciones, se va desarrollando una significativa renovación de la teología del laicado y de la misma eclesiología, ya no se habla del laico en sentido negativo, ni se habla de la iglesia como si estuviese dividida en cristianos cualificados y cristianos genéricos: la vocación cualifica a todo cristiano. Por lo demás, la Escritura hace una exposición amplia de las vocaciones, e incluye entre ellas también a las laicales. En el AT, junto a vocaciones estrictamente religiosas, es decir, de hombres dedicados al culto, encontramos numerosas vocaciones de tipo laical: tales son, p. ej., las vocaciones de Abrahán (cf Gén 12,1), de Moisés (cf Éx 3,10-16), de los profetas (cf Is 8,11), de los jueces (cf Jue 6,1-24) y de los reyes (cf ISam 10,1727; 16,1-13). En cuanto al NT, dentro de la amplia vocación al discipulado, junto a la vocación de los apóstoles, encontramos también vocaciones laicales: la de Zaqueo (cf Lc 19,1-10), el cual, después del encuentro con Jesús, no cambia de oficio, sino que sigue ejerciendo su trabajo con una lógica renovada; la vocación del maestro de la ley, llamado a comportarse como el buen samaritano (Lc 10,25-27), y, sobre todo la vocación de María (Lc 1,26-38), que en la anunciación recibió una llamada típicamente laical, cual es la llamada a la maternidad mesiánica.

Hoy, sin embargo, la importancia religiosa y eclesial de los laicos ha surgido sobre todo porque la teología de las vocaciones no pone en la base de sus tematizaciones las vocaciones particulares al sacerdocio y a la vida religiosa, sino más bien la vocación a la salvación. Dios, en efecto, llama ante todo y primariamente a todos los hombres a las nupcias de su Hijo (Mt 22,3-9; Lc 14,1624; Ap 19,9); todos los hombres tienen la vocación a Cristo porque la plenitud de la vida del hombre y del cosmos se realizará cuando todo haya sido recapitulado en Cristo (cf Ef 1,10; Gál 1,20; 2Pe 3,10-13; LG 48). Desde esta vasta perspectiva de partida se ha llegado a ampliar el tema de las vocaciones dentro de la iglesia considerada como realidad enteramente vocacional hasta redescubrir la condición laica como vocación. Dios no llama nunca a vivir en la vida cristiana de modo genérico, sino siempre con una modalidad especifica, que puede ser la sacerdotal, la religiosa o la laica, además esta última es siempre la vocación de fondo de todos los cristianos, incluso de los que son sacerdotes-ministros y de los que abrazan la vida religiosa. Se descubre de nuevo con ello una vocación fundamental que afecta a todo el pueblo de Dios, y que por tanto funda la condición laica básica de la iglesia, dada por el sacramento del bautismo —que encuentra su perfeccionamiento en la confirmación— como hecho vocante por excelencia en la vida del cristiano. La iglesia «sociedad de los llamados por Cristo», asamblea divinamente pensada y querida, no se divide en virtud de las diversas vocaciones, sino que se construye por ellas, según la afirmación paulina: «Un solo cuerpo, y miembros todos los unos de los otros» (Rm 12,5). Por eso los elementos que diferencian a sus diversos miembros o sea, los dones, los cargos y los diversos cometidos eclesiales constituyen en sustancia una especie de complemento recíproco y están ordenados a la única misión del mismo cuerpo (cf LG 7; AA 3): «El hecho de que en la iglesia se pueda ser pastores, laicos o religiosos, no implica desigualdad, en cuanto a la dignidad común de los miembros (cf LG 32) sino que expresa más bien la articulación de las junturas y de las distintas funciones de un organismo».

Los diversos estados de vida -también el laical- expresan, cada uno por su cuenta, la riqueza del pueblo de Dios; por tanto, la riqueza de la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa no quita nada a la riqueza de la vocación de los laicos; todos los miembros del pueblo de Dios, ligados por el vinculo de la ley nueva (Jn 13,34), forman el único cuerpo de Cristo y están llamados a cooperar, cada uno dentro de su vocación, al bien común, es decir, a que todo el género humano sea llevado a la unidad de la familia de Dios. Lo específico de los laicos es hacer todo esto «con carácter secular» (LG 31).




La conciencia eclesial sobre la realidad de los laicos no ha alcanzado un pleno desarrollo ni ha superado del todo ciertos esquematismos que impiden una lectura amplia y comprensiva de las múltiples diversificaciones que existen dentro del estado, de las funciones y de la espiritualidad de los laicos.

Es preciso, p. ej., que la teología de las vocaciones y de los carismas proceda de manera cada vez más armónica en su investigación sobre los laicos; que supere toda concepción reductiva respecto a la vocación y al carisma de los laicos debido a una mala relación con la vocación y los carismas de los sacerdotes ministros y de los religiosos; que, en cambio, valore positiva, y en algún modo au-tónomamente, su enorme importancia, con una raíz sacramental (bautismo, confirmación, matrimonio). Además, como ya se apuntaba, han sido superados esquematismos peligrosos

e incongruentes; p. ej., el que intenta poner al sacerdote ministro en el altar y al laico en las realidades terrenas, en contraposición con el Vat ll 8. Se corre el riesgo de que el redescubrimiento de los ministerios catalice alrededor suyo la teología del laicado, induciendo a pensar que en los ministerios sobre todo se realizan los laicos, asimismo, se intenta interpretar de modo exclusivo la afirmación de que los laicos están destinados a la animación de las realidades temporales, como si los laicos no actuaran como tales fuera de la animación de esas realidades.

Sin embargo, la consideración que acabamos de hacer no debería impedir, en nuestra humilde opinión, que, además del reconocimiento de la función especifica de los laicos en el mundo, se concibiese la identidad de los laicos incluso en términos de plenitud; así como se habla, en su género, de plenitud del sacerdocio, debería poderse hablar oportunamente de plenitud del laicado, justamente porque existe también un cometido especifico de los laicos en orden al cual alcanzan ellos la plenitud de la vocación cristiana. Por último, hay que observar que la rígida categorización actual de estado, función-rol, espiritualidad de los laicos, queda superada también mediante una reconsideración de la importancia de la persona (entendida en su singularidad). En otras palabras, la teología de las vocaciones debe ampliar aún más la apertura del ángulo de su objetivo; debe pasar de la generalización inherente al razonamiento sobre el estado, la función, la espiritualidad de los laicos, a la particularización implicada en un razonamiento sobre las personas; éstas, en efecto, son los sujetos de los carismas, de los deberes, de los cargos y, en último análisis, de la gracia y de la salvación.

EVOLUCIÓN POSCONCILIAR DE LA TEOLOGÍA DEL LAICADO

El posconcilio ha provocado también en una cierta medida un desarrollo de la teología del laicado, desarrollo que está todavía en marcha a todos los niveles; un indicio de que perdura el estado evolutivo de la reflexión teológica del laicado es la evidente insuficiencia terminológica con que nos enfrentamos, por lo cual sobre tal problemática, entre otras cosas, «probablemente será necesario un ulterior esfuerzo de creatividad literaria y lingüística para buscar una terminología nueva». En todo caso se pueden indicar ya algunas líneas de tendencia de tal evolución.

a) Desarrollo de los ministerios. Un cambio llamativo en la problemática laical es hoy el intenso carácter ministerial que va asumiendo. La reflexión suscitada por el Vat II a fin de poner de relieve los elementos específicos de la iglesia y de su ministerio sacerdotal ha involucrado necesariamente el tema de los ministerios en plural. Más aún, la teología posconciliar —solicitada por los mismos sínodos de los obispos: el lIl, de 1971, y el IV, de 1974, y por la Evangelii nuntiandi, de 1975— ha ido redescubriendo que desde los orígenes toda la iglesia fue ministerial, siguiendo las huellas de su fundador, que se presentó como el siervo del Señor para la salvación del mundo; así, la teología va comprobando que el Espíritu ha suscitado siempre diversos carismas y múltiples ministerios. Como consecuencia de todo ello, hoy se relaciona a los laicos con la realidad ministerial. En el posconcilio se han promulgado diversos textos del magisterio que conciernen a los laicos en relación con los ministerios; entre ellos destacan la carta apostólica motu proprio Ministeria quaedam (15 de agosto de 1972) de Pablo VI; Ia declaración de la Congregación para la doctrina de la fe Inter insigniores (15 de octubre de 1975), sobre la debatida cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, así como la carta circular dirigida a los ordinarios por la sagrada Congregación para la evangelización (17 de mayo de 1970) sobre L’action missionnaire des laïcs. En teología se lleva a cabo hoy una revalorización de los ministerios, que como efecto secundario tiende a conferir nuevas dimensiones al ministerio directivo u ordenado de los obispos, sacerdotes y diáconos, se lo considera como uno de los ministerios o, mejor, como el ministerio de los ministerios, el servicio coordinador y de amplias miras para el crecimiento armonioso de la comunidad en la fe y en el amor, ministerio que deja a los obispos, sacerdotes y diáconos como hermanos entre hermanos.

b) La exigencia de desarrollar el Vat II. Se advierte sobre el tema del laicado la exigencia de no repetir simplemente al Vat II, sino de asimilarlo y desarrollarlo. Esta exigencia la ha sentido también el padre Congar, que sin lugar a dudas es el teólogo que más ha influido en el Vat II respecto a la teología del laicado. El insigne eclesiólogo francés revisa sus posiciones teológicas sobre el laicado, principalmente con un articulo muy comprometido y denso de evolución: Mi itinerario en la teología del laicado y de los ministerios. Respecto a sus Jalones de 1953, añade el convencimiento de que el binomio decisivo no es tanto el de sacerdocio-laicado cuanto el de ministerios-comunidad. Se pasa así de un esquema lineal (partiendo de Cristo se va hacia la jerarquía y de ésta a la iglesia como comunidad de fieles) a otro circular, en el que la comunidad aparece como una realidad englobante, dentro de la cual los ministerios, también los instituidos y sacramentales, se sitúan como servicios a lo que la comunidad está llamada a ser y a hacer, según la afirmación paulina de Ef 4,11-12: «A fin de perfeccionar a los cristianos en la obra de su ministerio, (que es) la edificación de su cuerpo». El nuevo enfoque que da Congar a la teología de los laicos es, según se ve, efecto de una variación en la concepción eclesiológica, que se hace más marcadamente comunional; se impone el llamado principio de totalidad —al que apela con frecuencia la teología posconciliar de los laicos, y que consiste en dar la prioridad a la unidad, que el Vat II ha expresado con la categoría de pueblo de Dios y que la teología posconciliar prefiere expresar con la de comunión— sobre la diversidad creada por la diferenciación ministerial.

Se sigue de ahí que el tema de los laicos ha de ser colocado antes que el discurso sobre el ministerio sacerdotal y contemplarlo en su aspecto positivo, mostrando que no es suficiente caracterizar al laico como aquel que no es clérigo ni religioso, si bien ésta, observa Congar, «es una precisión que ciertamente debe intervenir en un momento u otro», por lo cual, como se apuntaba, no puede sostenerse una actitud niveladora que equipare en todo a sacerdotes y laicos, ni es suficiente hablar en la iglesia sólo de diversas funciones, sin precisar que la más importante de ellas se basa en una articulación (diferenciación) creada por una estructura sacramental (orden): no existe en la iglesia sólo la dimensión sacramental-bautismal (= principio de totalidad), sino también la dimensión sacramental-jerárquica (= principio de la diversificación); en otras palabras, no existe sólo el sacerdocio de los fieles, sino también el sacerdocio ministerial. Nos parece que es justo partir del binomio comunidad-ministerios, convencidos de la fecundidad de tal enfoque entre otras cosas para crear una sensibilidad de comunión; pero no nos parece que con ese punto de partida desaparezca toda diferencia en la iglesia, y mucho menos la existente entre jerarquía y laicado

En el esfuerzo notable que la teología posconciliar va haciendo para asimilar en su desarrollo la lección del Vat II sobre los laicos, nos parecen dignas de mención tres tesis desarrolladas por Citrini.

1) El problema de los laicos se puede estudiar hoy con mayor claridad en virtud del redescubrimiento (o acentuación) de dos elementos de la eclesiología conciliar: el escatológico y el antropológico. Viendo a la iglesia en la perspectiva más amplia del reino de Dios, el Vat II ha pretendido asegurar la autonomía tanto de la secularidad como de la misma iglesia, «signo e instrumento» del reino (LG 1). Por lo demás, «el sujeto real de la sacralidad cristiana y de la secularidad, más allá de la iglesia y del mundo, es el hombre... Iglesia y mundo son dos tejidos de relaciones, dos estructuras de comunión entre los hombres, y de los hombres, a través de las cosas y de los hermanos, con Dios en Cristo».

2) El problema de los laicos se puede afrontar con tanta mayor claridad en el plano teológico cuanto menos se identifica (conscientemente o no) la relación iglesia-mundo con las relaciones jerarquía-laicado, religiosos-seglares. El ministerio jerárquico y la vocación profética de los religiosos no se discuten, pero «ningún hombre de iglesia puede eximirse de ser hombre de mundo, so pena de no ser ya hombre; ni, viceversa, responsabilidades seculares, asumidas por vocación justamente en su secularidad.... pueden quitarle al laico el ser hombre de iglesia, so pena de no ser ya cristiano».

3) El problema de los laicos se puede desarrollar tanto más fructuosamente (bajo todos los aspectos) cuanto mejor se sepa distinguir (sin complejo alguno de inferioridad, tanto de una parte como de otra) el nivel dogmático del pastoral. «Laico, p. ej., es un concepto pastoral... Hay tantas vocaciones laicas cuantos son los laicos. Hay tantos modos diversos de asumir la secularidad cuantas son las diversas vocaciones laicales (mejor: cristianas). El orden y el matrimonio (que involucran a la persona en su totalidad) son los únicos elementos que entre bautizados establecen cesuras vocacionales netas. En lo demás no existen soluciones de continuidad entre las diversas vocaciones, si no es con un significado práctico-pastoral». Así, el hecho de dedicarse a tiempo pleno al servicio de la comunidad eclesial puede tener una notable importancia para la vocación personal y desde el punto de vista de la espiritualidad; pero «a los conceptos de tiempo pleno y de tiempo libre, lo mismo que al de profesionalidad, difícilmente se les podría atribuir un valor teológico». Se niega así la identificación de laico con laicidad o con secularidad; ésta es para el laico —como por lo demás también para el clero— una dimensión más o menos grande, más o menos determinante de la vocación personal.

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WebJCP | Abril 2007